jueves, 4 de enero de 2018

Skam. Cuarta temporada.

Han vuelto para marchar(se) definitivamente. Ya no habrá más vergüenza, ya no habrá más Skam. Otra vuelta de tuerca. La última. Skam vuelve a ser un retrato de una sociedad como la noruega (extrapolable a cualquier sociedad avanzada). Problemas de jóvenes que no son únicamente suyos (soledad, racismo, alcoholismo, prejuicios, inseguridad) que se mantienen en la edad adulta. Siempre. Y en esta última temporada, se suma la disyuntiva que nos aporta el valor religioso de las conductas en pleno siglo XXI. En ese cóctel, bomba explosiva, se suma la jodienda de las redes sociales, del qué dirán y del hackeo para hacer daño. Sangre, sudor e Instagram, que me dijo un día un alumno en clase. Examen tras examen, la vida nos pone un insuficiente diario, una D en la que no hay salida porque la A es utópica. Existencias difíciles las nuestras, las vuestras, las suyas. No hay victoria porque una derrota a tiempo es un desenlace necesario. ¿Por qué se inventaron las tablas en ajedrez? ¿300 golpes antes de madurar? ¿Somos naranjas en mitad de una sequía infinita? Reflexiona, y mucho, esta cuarta temporada de Skam en la problemática de la suplantación de identidad. La mentira vence aunque tenga apariencia de verdad dócil. Y todo lo demás, también.