sábado, 16 de mayo de 2026

Qué quedará de nosotros

Cuando no tienes ni puta idea de algo, desconcierta; cuando no tienes ni puta idea de algo que debería interesarte, desconcierta más. No tenía ni puta idea del asunto de Las Malvinas antes de leer Qué quedará de nosotros. No sé lo que se me ha quedado después de QQDN, pero Eduardo Sacheri intenta ilustrar el asunto, intenta que se pueda entender el asunto, intenta que la gente, antes de saltar al campo a cazar ovejas para saciar el hambre, pueda entender algo del jodido asunto. Del asunto. Las banderas hay que desempolvarlas, como decía doña Carmina de los apuntes y las fichas de las figuras literarias. Las que salen a relucir en QQDN son las argentinas que no habían vuelto a salir desde el Mundial 78, pero es que todos los mundiales son bestiales, como todo es “carnicería de ironías y sarcasmos”. De mucho sarcasmo. Ahora que ya no lo utilizo en mi vida, está bien recrearse en textos que lo hacen, y QQDN lo hace mucho, entre el calor y el frío, entre el hambre y la comida repetida, entre “los días que empiezan mal y que después empeoran”. Porque lo de Las Malvinas, sin saber nada y leyendo QQDN, empeora conforme el reloj sin parar avanza y deja de avanzar. O lo que sea: “Que no podemos estar lejos de Argentina, boludo, porque estamos en Argentina”. Pero hay indefinición, hay territorios que definir de nuevo, o volver a situar, o creer que hay que resituar: “¿Decimos que la tierra de las Malvinas es argentina o estamos diciendo que los que viven en las islas son argentinos?”. Y la mierda de los zorros, y los zorros de mierda, y los días de mierda, y la mierda de los días, con o sin madriguera. Estar. Sentir estar. Choques armados, disciplina, logística. Palabras que son bacalás, bacalás de mucho tiempo y que huelen mal y que no hay Dios que las compre. También mete el aguijón QQDN sobre la cadena de mando, sobre lo que enseña (y lo que no enseña) la vida militar y como casi todos “los grupos humanos tienden al orden, no al caos”. Pero como el espejo no se ve bien, o no se deja ver bien, o no queremos verlo bien, “hay que tomarse un minuto para mirar y entender”. Y luego, también nos subraya Sacheri la importancia de decir las cosas y saber decirlas, la importancia de creer: “Y van a confiar en sus jefes si los ven sacrificarse como ellos”. Y apostilla ES: “Y si no es el caso, si saben que entienden cuánto se están sacrificando”. Ser jefe, vaya negocio. Y luego, los maricomplejines, o mari lo que sea, que siempre han existido, pero no siempre han sido retratados: “No quieren decir Argentina para hablar de allá, porque les parece que eso sería como aceptar que esto no es, también Argentina. Por eso, para evitar que alguien los pueda considerar poco patriotas, dicen el continente para hablar de allá y las islas para hablar de acá”. Del jodido acá. Pero al final sólo queda la fidelidad, el respeto, creer en alguien o alguien en el que poder creer: “Así como necesitás respaldarte en tus soldados, necesitás respaldarte en tus jefes”. Y los asustados y el miedo, y las imprudencias y todo lo demás. Y va a ser verdad que “lo peor de morirte es que dejás todo por la mitad”. ¿Pero entonces? ¿Qué es lo que ha quedado? ¿Queda algún resquicio de verdad en algo de lo que nos cuentan? Quizás, ninguno: “Y lo que más le va a molestar, si lo matan acá, es no enterarse nunca de cómo siguieron las cosas. Qué pasó después de la derrota?”. Asumir una derrota, asumir un desastre, asumir una derrota y unos fantasmas, y asumir los fantasmas que quedan después, toda la vida, toda la puta vida. Añade el autor: “¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos?”. Olvidar, otro invento. Pero lo resume bien al final cuando define la guerra ED: “Carlitos acaba de entender lo que es la guerra. No esta guerra. Cualquier guerra. Unos tipos quieren algo. Otros tipos quieren lo mismo . Se encuentran para matarse. Los que maten a los que mueran son los que ganan la guerra y son los que quedan con eso que querían los unos y los otros”. Al final, todo va de eso, de quedar, de quedarse. El egoísmo, da igual que en la radio se escuche un Argentina contra Bélgica en un lugar perdido de España, en un mundial que ya no es lo que era, con un sumo pontífice que no ha rezado lo suficiente (o no ha estado el tiempo suficiente para acabar con la guerra) o creer que lo que queda por venir, o por llegar, da igual. Porque al final todo son tiros, aquí y en Amor a quemarropa. Pero en Amor a quemarropa por lo menos Hans Zimmer nos lo endulza con una buena melodía. Y aunque no creas, como Quinteros, miras al cielo y ruegas lo que tengas que rogar: “Y Quinteros le pide a un Dios en el que no cree que deje bajar del monte con vida a sus soldados”. Que los deje. Y punto.

jueves, 14 de mayo de 2026

El señor de las moscas. Primera temporada.

¿Esto iba de hacer un Groucho en mitad de una isla perdida lejos de la influencia de la reina de Inglaterra? ¿Iba de subir en un avión hacia ningún sitio? Todo mentira: “Inglaterra solo se ve si hay buena luz”. Claro, “y no debemos ensuciar lo que bebemos”. Cuando uno quema hormigas siempre puede pensar en el futuro, o no pensar, que es mejor. O creer que no pensar es mejor. Juega mucho esta adaptación de El señor de las moscas con las músicas y los silencios, con las lentes y las arenas, con la diferencia de edad cuando no hay edad y con una oscuridad que llega y ya es tarde para decidir quien manda, como pasa a las doce de la noche después de las elecciones. Lástima de caracoles, de tiempo perdido, de asma ajena, de buenas intenciones cuando nadie, o casi nadie, ya tiene buenas intenciones. Y los truenos, las lágrimas, los cerdos, los cochinos jabalíes, la hierba en la mitad salvada, las camisetas de tirantes llenas de mierda, los cocos y el agua de los cocos, la natación y lo que no es natación. Como todo es una mierda, siempre hay regaladores de consejos hasta en los peores momentos. Hágase querer por una reunión, por una obediencia, por una televisión, por una distracción, por una caza. El esfuerzo, esa gran mentira disfrazada de esfuerzo, que decía el hombre de la camisa verde. Y El señor de las moscas está lleno de verde, de momentos que van del chapuzón al delirio, a la sangre, al cangrejo, al flequillo y a ese momento en el que los momentos ya solo son espacios entre jaleos y broncas y mierdas varias. Con la mirada de niños que pasan a la arena (ríase del circo romano), todo cambia: “Como si la isla diera miedo, como si la fiera o la serpiente fuera verdad”. Siempre hay soledad, siempre hay miedo, siempre hay algo que no se llama rescate. Hágase querer por la lealtad. Y por la leña, por la leña, también. Siempre hace falta leña, tengamos o no chimenea. Decía el hombre de la camisa verde que siempre hacen falta barreños, porque la siguiente gotera estaba al caer. Los restos. Siempre hay restos, te encuentren (o no) muerto el día de la romería. Y los líderes tienen más grietas que una casa de Lorca un 11 de mayo. Hágase querer por una asamblea. Por una jodida asamblea. Los sueños, las manzanas y todo lo demás, porque “portarse bien es aburrido”. Muy aburrido, aunque tengamos en cuenta que “todos somos cobardes en algún momento”. Muy cobardes, porque siempre “importa lo que uno hace y cómo la hace”. Pero la paranoia siempre se impone, siempre sitúa las medallas en los cuellos, corresponda o no a la locura manifiesta. Y no hablamos de lo que no queremos hablar, porque es mejor no hablar (casi tanto como no pensar). Y cuando no llamamos a las cosas por su nombre, todo está romanalberquizado, incluso viendo al que persigue al ciervo pero en realidad le metió el rejón al cerdo. Y los zanahorios al rescate, aunque a la hora de contar muertos siempre no salen las cuentas. No salen. Un buen intento de recreación pero que estira demasiado el chicle con sabor a coco. Y el chicle, al final, casi que no sabe a coco. A nada.

martes, 12 de mayo de 2026

Spandex

Spandex, de Joaquín Rodríguez, nos lleva a esa galaxia de viejas glorias que aguantan con un motor que chirría, perdiendo facultades pero creyendo que lo mejor está siempre por llegar (con o sin laca, con o sin pintura en la cara, con o sin síndrome de avestruz). Spandex nos deja claro, desde el principio, que “los milagros no existen y la fuerza de la gravedad hizo el resto”. Saltos al vacío, guitarras que acompañan a torreznos (¿o era al revés?), resentidos con bata e ilusiones convertidas en volver a llenar pabellones que ardieron por el camino. Spandex también nos muestra lugares, revistas, personajes reconocibles y esos efectos que convulsionan todo, como el grunge, “un tsunami que se llevaba todo por delante”. Pero al final, como pasa siempre, “todos estamos más viejos y más gordos”, y el cambio, e internet, y las transiciones que no siempre se muestran como uno quiere: “Es la típica estrella del rock en decadencia que se dedica básicamente a beber cerveza y a no encontrar nunca el día apropiado para retirarse de los escenarios”. Pero cuando suena la música de La guerra de las galaxias todo cambia. O crees que cambia. Vivan los saltos.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Ahora o nunca

Después de un destierro totanero, entre huertos de concepción y chimeneas varias, volvió a mis manos Ahora o nunca de Miguel Sanchez-Ostiz, una colección de frases que no dejan indiferente, aunque “a cambios de escritura deberían corresponder cambios de vida, pero ni uno ni otros resultan sencillos”. Nunca. O casi nunca. Con muchas referencias a esa referencia que es Las pirañas, nos advierte el MS-O: “Guárdate de la gente sensible y frágil, letrada o no, sobre todo si va en cuadrilla, de ronda de noche, en callejón solitario o en descampado”. AON es un libro que, a veces, agobia, con ese “pulso como para robar panderetas”. Como decía el hombre de la camisa verde, “la vida no es una canción de los Stone Roses, pero debería serlo”. O no, vaya usted a saber, escuchando This is the one, mientras releo este AON: “Es asombroso lo que acabas tragando para ser de la patria o de la cuadrilla, del grupo, por estar en la pomada que se decía hace unos años a pesar de ver la peor cara de tus compinches de ocasión”. Hay lamento, queja bien retratada en AON: “La historia no te deja así como así, te va royendo los zancajos, te tropiezas con ella donde menos te la esperas, cuando no la llevas atada al cuello como cepo de penado”. This is the one. Las decisiones, camino o no de un matadero existencial que siempre llevamos en la quijotera: “Mucho tiempo perdido en necedades. La primera, la obstinación en ser lo que no eres. Descontento permanente con tu suerte… Una suerte que tú mismo has escogido. Una necedad completa”. Y en ese retrato, en ese espejo de mil insomnios, se ve el “veneno sin antídoto”. Pero como todo es mentira, abundan sus más fieles seguidores: “Mentirosos, no solo intentan reescribir la historia para sus cómplices y parroquia devota y entregada, sino que ejercen de profesionales de la mentira, esa lacra nacional ya vieja”. Y apostilla MS-O sobre las mentiras: “Al final, defección más que decepción. Las falsas amistades: las peores amistades. Acabas no fiándote de nadie en ese guirigay, una patraña de la peor especie”. Y las apariencias, o las falsas apariencias, o lo que no queremos ver en ese espejo de mil insomnios, por mucho que repitas a gritos el Sally Cinnamon como terapia o como escape: “Max Aub decía (en su biografía de Buñuel) que eres o acabas siendo no como te gustaría, sino como te pintan. Tu autobiografía no puede coincidir con tu biografía, por muy estrepitosas o mortecinas que sean ambas. Nada coincide con nada, ni el que vive a oscuras con el mismo que vive a luz del día, aunque al final entierren o incineren al mismo”. Y en el espejo no entramos todos: “Para que te admitan, tienes que expresarte de una manera que le guste al sanedrín de las ortodoxias que esté de guardia, no precisamente como eres”. Los tesoros nacionales no son siempre admirados, ni reconocidos, o cuando son reconocidos, como habla MS-O de Juan Eduardo Zúñiga al final del libro, ya es un poco tarde. Y hablando de espejos, o recreándose en el espejo, escribe MS-O: “Concibo mis novelas como un rompecabezas que se ha ido uniendo como una galería de espejos quebrados, una galería de feria”. Reflexiona también sobre el negocio de la muerte y como “la ancianidad causa espanto si no tienes medios, y si los tienes, también”. Pero fiel a sus principios, queda claro que el “el diario como desahogo es letrinesco”. Amén. Y luego, en ese sueño macabro de despertar a una realidad que nos puede llegar en cualquier momento, aunque Los vegetales nos decían que “prefiero la seguridad de mi sueño”: Pero esa realidad, la descrita en AON, es más real que la realidad: “Raras veces reparamos en que nos podemos quedar solos de manera sorpresiva, repentina y que todo nuestro mundo se puede venir abajo”. Y claro, “no todos pueden morir entre los suyos. Ese es un lujo o una suerte que no está al alcance de todo el mundo”. Y en esa perspectiva, no puedes huir, porque “a cierta edad no te vas, te quedas; fantaseas, pero te que quedas, porque no hay salida”. Y en el cementerio, sea noviembre o nunca, lo deja claro MS-O: “Cada vez tengo más claro que somos nuestros muertos”. Luces eternas para todos, pero sin focos, porque “los perdedores resultan atractivos hasta que están demasiado cerca”. Sobre ese pasado no tan lejano, y sobre bichos que habitan nuevas casas con el permiso del insecticida del poder, escribe MS-O: “Para pasar la página de la historia primero hay que escribirla, no son solo personajes novelescos". Y el recuerdo del Museo de cera de José María Álvarez, y la forma de ver las cosas, o de interpretarlas: “Cuando la denuncia y la inquisición se hacen pasión: la caza del disidente, del que no canta a capella, del que no comparte las pasiones destructivas y apaciguadoras que se acogen a la protección de lo políticamente correcto”. Y los pésames, y las tragedias, y esos paisajes ruinosos, y los personajes sectarios y las banderizas y las citas de dietarios ajenos. Y en la caída de la cuchara de la desesperación, “no hay peor patraña que la historia contada a medias, edulcorada y falseada”. Y los retratos, hechos a imagen reconocible de los que vemos campar sin contestación: “Qué grotesco resulta el mediocre perdonavidas que oficia de maldito de pueblón, esa gente que parece que vaya a hacer y no hace, que iba a hacer y no hizo”. Y al final de AON, se vuelve a referir el autor a Las pirañas, esa lectura que todavía abruma: “Las pirañas una página detrás de otra, abrumador: ese libro no fue para mí un exorcismo de nada. En el prólogo que tengo que escribir no me voy a referir a la lectura paleta que se hizo de esa novela. Había más que eso y ni se olió”. Y la doble visión del mundo, de la precaución a la ausencia de miras: “Cuídate de quien se muestra contrario a la violencia, incluso la verbal, pero disfruta de la difamación, las mentiras, la calumnia y las injurias bajo disfraces literarios”. Y más sobre LP: “No creí, que corregir un libro como Las pirañas fuera tan complicado. ¿Sobran o faltan páginas? Pues las dos cosas. Y además resulta difícil poner orden a lo que nunca lo tuvo, no ya como labor de edición, sino de escritura”. Y Aguirre y Ursúa, y los pleitos y las farras, esas que “siempre las paga alguien, alguien que entra por el callejón y la puerta de servicios”. Pero siempre nos queda algo porque si no queda nada, bajamos la persiana: “Si dejamos que nos arrebaten el pequeño sueño, la burla, la sonrisa de nuestros sueños de despierto, nuestros vuelos de mayor o menor alcance, estamos perdidos”. Y gracias a lecturas como las de los libros de Sánchez-Ostiz no bajamos la persiana. De momento.