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martes, 2 de junio de 2026
El nombre de la rosa. La novela gráfica. Volumen 2 (de 2).
Empieza valiente la segunda parte de la adaptación en dibujo de El nombre de la rosa. No hay medias tintas porque la revolución de los colores, la del monasterio y el goce, siempre busca la altura y ya se sabe que “de la mujer dice el Eclesiastés que su conversación es como fuego ardiente, y los Proverbios dicen que se apodera de la preciosa alma del hombre”. Habla ENDLR de exceso y celo, de herejía e imposiciones, de inquisición y violencia, pero a lo mejor se queda un poco corto en meter más texto de UE, más texto contra JDB, más jarana ante el desastre. O no. O todos franciscanos o todos escuchando a Mostaza y Gálvez, o todos creyendo que hay que quemar a los que no piensan como nosotros, o no piensan, o lo de pensar no va con ellos. O solo va con ellos, o contra nadie. “Al volver pasé por tu casa”, cantan siempre Kokoshca, en No queda nada. Pues eso pasa con la lectura de ENDLR, que al final no queda nada. Nada de nada. Ni un ápice de cenizas, aunque siempre volvamos a la meseta, a la puta meseta. Volver para nada.
Los 36 de la Madeleine.
“David contra Goliat, esta es su historia”. Eso se lee en Los 36 de la Madeleine. Uno esperaba más de L36DLM, pero ahora ya uno espera uno un poco más de la vida y luego hay tortazos. La vida son tortazos y goteras, que decía el hombre de la camisa verde. Exalta a una pandilla de personajes de los que no se acordaría ni Dios, tanto o menos que a la Quinta del biberón. Eso es la historia de España: un olvido detrás de otro (o algo así decía EHDLCV). Y esas viejas cantinelas, o cantinelas viejas, con calor o con lo que es lo contrario, o saltar y volver a saltar: “Cuando se acabe esta guerra, entraremos en Madrid con los tanques americanos. Primero será Hitler y luego, Franco”. Y un pijo. Y los campos de refugiados y exiliados y la escalera de la muerte y frases de oficiales alemanes: “No merecemos llevar el uniforme que llevamos”. Un esfuerzo importante para retratar una situación que parece insuficiente. O eso es lo que parece. O no.
Euphoria. Tercera temporada.
Ahora que no debemos mirar mal a nadie, ni respirar sin permiso, está bien tarantinizar lo que se pueda. Euphoria, en su apuesta por ir por delante, por saltar y batir plusmarca, se tartantiniza, se corta el meñique en directo, hace un capítulo para enmarcar en su tercera píldora y decide que, si hay que hacer sangre, se haga homenajeando a los clásicos, buscando la espina oculta en ese rosal que aparentemente, por su precio, ni se nos va a inmutar. Pero hay un salto en el tiempo y en el muro, en las jaulas paladiniananas y en los soft de lujo, y, ya puestos, recuperamos licántropos como cazadores de deseos. Porque en la vida todo es deseo y Euphoria es el deseo mayor del reino, es el deseo mayor de una idea que no pretende contentar, que a veces duele y, a veces, reconforta con ese dolor. Y en el altar, en ese altar de flores caras y fentanilos varios, de arte convertido en deseo y deseo convertido en arte, solo nos faltaba meñiquenizar el dolor, la envidia y la mentira. No hay diagnóstico semanal esperando las malas noticias en Euphoria porque las malas noticias siempre llegan y mejor que lleguen barnizadas. En esta fachada de sueños reconvertidas en dramas cotidianos ya no nos sorprende nada, hasta que nos sorprende. Pero luego, sin juegos, escuchamos en el capítulo 6: “¿Por qué quiere algo el cliente que puede matarlo?”. Y Dios, y creer, y la redención y todo lo demás. Y ya sabemos que, tanto en la ficción como en la otra ficción, “si no muere alguien importante de vez en cuando, la gente se aburre”. Mucho. Y en esa tarantinización (de principio a fin), todo salta por la ventana, por el rosario, por el perro, por la sombra que no vemos, por los tacones que nadie se volverá a poner, por las cajas en plan tito Alfredo, por todo sobre lo que podemos opinar pero que nos parece inalcanzable. Sombras para todos.
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