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domingo, 14 de junio de 2026
Cuarto partido de la final de la NBA 2026 (Redención, dolor, apocalipsis)
He podido ver sin enterarme de nada del cuarto partido de la final hasta el minuto 17. Piensas en derrota, en rebotes, en el acierto exagerado de los Spurs en el triple (estamos hablando de la final entre NY y SA). Hay días que llega alguien aquí por error (como yo en mi vida anterior, de día y de noche, antes de escuchar a TAB, y como ahora, todos los días en el instituto). Vivan los estanques de plata. Sacrificio. No tiene explicación lo de esta noche. O quizás pueda tenerla. O no. O nada. “Tú, yo, inseparables…”, que dicen también TAB. Luego, al rato, tampoco crees que nada tiene explicación. Esos triples, ese Harper, ese V y ese C, ese deje de superioridad. Por el otro, probaturas e improvisación que van de Sochan al alemán de apellido que no se puede escribir (casi nada, casi nada se puede meter entre metales de una tabla que no se puede completar, o que pensamos que no se puede completar, o que no queremos completar). Y luego, una cuesta arriba, un Tourmalet, una canción que no tiene frases que acaben en infinitivo pero que parece que si puede cuadrar con un calendario inexplicable. Hágase querer por los choques, por el contacto, por posesiones que deberían alargarse (Fox, Brunson) y que no se alargan [la necesidad por encima de la necesidad, la necesidad por encima de los jueves de mercado]. Evaporación de ventaja que nunca debería ser evaporada. ¿Y esos tipos que sólo piden alargar posesiones? ¿Y esos tipos que sólo piden algo abriendo brazos y rascándose la oreja y creyendo que son entrenadores cuando solo son herederos de un tendero que no tiene herencia? Y en esa oscuridad, no hay sacrificio posible a estas alturas de la fuente sin agua (¿MJ sobra?). ¿O sobra todo? ¿Cadenas para soltar a alguien atado desde una altura que no se puede ver? Ahora, sin importancia (o con toda la que puede tener un viernes casi que amanece), hay seres que se atreven a preguntar sobre la posibilidad (o la obligación) de que un hijo lleve bicicleta o patín, pero no se atreven a preguntar sobre la posibilidad neuronal de sus organismos (o antiorganismos). Ya lo cantaba Jota: “Si me diste la espalda…”. No hay que preguntarse por rotaciones, por ejercicios de repetición, por tipos que nunca se ríen pero que ejercen su influencia total (¿por qué tardó tanto en entrar OJA en el tercer partido, qué esperabas MB?). Todo es manifiestamente mejorable. Mucho. Todo. O no. Pero es que no es explicable. Nada es explicable. Nada.
lunes, 8 de junio de 2026
For All Mankind. Quinta temporada.
Siempre hay que querer a los buenos guionistas que en mitad de una tortura escriben: “¿Crees que tengo miedo? Yo llevaba la seguridad de la ciudad de las estrellas cuando eras un adolescente con acné que se follaba a la cabra de la familia”. De la puta familia. Siempre hay tiempo para seguir pegando a alguien que tienes encerrado, decía EHDLV. Claro. Es lo que hay. Dolor, estrellas, agujeros negros y algo que hay que limpiar, y volver a limpiar. No es fácil terminar algo como FAM, pero es muy difícil terminar cualquier cosa. Es muy difícil terminarlo todo. O casi todo. Hay momentos en esta quinta temporada que piensas en un gulag y otros gulags con más frío. Hágase querer por confesiones, por confesiones que hacen por ti, por confesiones que te despiertan: “Si no cumples y me quedo aquí, acabarás solo en este mundo. Enterrarás a toda tu familia y pasarás el resto de tu vida esperando un puñal en la oscuridad”. Aunque se va al populismo (“Imagina que cierran Disney World, deciden echar a todos sus trabajadores y que echan también a toda la gente de Orlando”), no todo es populismo (o populismo ruso). Filtra, filtra, que algo queda. Volver, rancheras. Nada como intentar diferenciar el hogar y el puto agujero en el que vives. O en el que intentas sobrevivir. Algo atemporal. Legoland, Legoland, Legoland y “jamás se abandona el KGB”. El KGB. Culpabilidad, gracias y un día en el que no sale el sol. El egoísmo, porque FAM va también de egoísmo, de pensar en uno mismo antes de pensar en los demás, de “instalarse en montañas”, porque lo demás nunca nos gusta. Queremos ser faros en mitad de una tempestad en la que solo somos olas. Olas muy cutres. El capitalismo, crecer y todas esas mierdas, cada uno en su cárcel. En su cárcel particular. En su puta cárcel particular y como MR, alguien dice, después del alcohol, que hay que ser fuerte. Muy fuerte. O lo suficientemente fuerte. O algo más fuerte que los de enfrente, que “Marte es nuestro”. Muy nuestro. El fuego, la falta de oxígeno y todo lo que no está entre Los Garres y Marte no es ni Lages ni Saturno: “No más manifestaciones”. Decisiones incorrectas, siempre, por el mal de todos. Y volver, en estas jodiendas, es un verbo complicado. También la palabra insurgente. Todo es complicado. Radical. Terrorismo. Pero ese final, tan difícil de conseguir, se salva, o se intenta salvar y quedan un par de capítulos finales más o menos resultones, aunque siempre piensas en “Que no sea Kang, por favor”. Que no sea Kang.
martes, 2 de junio de 2026
El nombre de la rosa. La novela gráfica. Volumen 2 (de 2).
Empieza valiente la segunda parte de la adaptación en dibujo de El nombre de la rosa. No hay medias tintas porque la revolución de los colores, la del monasterio y el goce, siempre busca la altura y ya se sabe que “de la mujer dice el Eclesiastés que su conversación es como fuego ardiente, y los Proverbios dicen que se apodera de la preciosa alma del hombre”. Habla ENDLR de exceso y celo, de herejía e imposiciones, de inquisición y violencia, pero a lo mejor se queda un poco corto en meter más texto de UE, más texto contra JDB, más jarana ante el desastre. O no. O todos franciscanos o todos escuchando a Mostaza y Gálvez, o todos creyendo que hay que quemar a los que no piensan como nosotros, o no piensan, o lo de pensar no va con ellos. O solo va con ellos, o contra nadie. “Al volver pasé por tu casa”, cantan siempre Kokoshca, en No queda nada. Pues eso pasa con la lectura de ENDLR, que al final no queda nada. Nada de nada. Ni un ápice de cenizas, aunque siempre volvamos a la meseta, a la puta meseta. Volver para nada.
Los 36 de la Madeleine.
“David contra Goliat, esta es su historia”. Eso se lee en Los 36 de la Madeleine. Uno esperaba más de L36DLM, pero ahora ya uno espera uno un poco más de la vida y luego hay tortazos. La vida son tortazos y goteras, que decía el hombre de la camisa verde. Exalta a una pandilla de personajes de los que no se acordaría ni Dios, tanto o menos que a la Quinta del biberón. Eso es la historia de España: un olvido detrás de otro (o algo así decía EHDLCV). Y esas viejas cantinelas, o cantinelas viejas, con calor o con lo que es lo contrario, o saltar y volver a saltar: “Cuando se acabe esta guerra, entraremos en Madrid con los tanques americanos. Primero será Hitler y luego, Franco”. Y un pijo. Y los campos de refugiados y exiliados y la escalera de la muerte y frases de oficiales alemanes: “No merecemos llevar el uniforme que llevamos”. Un esfuerzo importante para retratar una situación que parece insuficiente. O eso es lo que parece. O no.
Euphoria. Tercera temporada.
Ahora que no debemos mirar mal a nadie, ni respirar sin permiso, está bien tarantinizar lo que se pueda. Euphoria, en su apuesta por ir por delante, por saltar y batir plusmarca, se tartantiniza, se corta el meñique en directo, hace un capítulo para enmarcar en su tercera píldora y decide que, si hay que hacer sangre, se haga homenajeando a los clásicos, buscando la espina oculta en ese rosal que aparentemente, por su precio, ni se nos va a inmutar. Pero hay un salto en el tiempo y en el muro, en las jaulas paladiniananas y en los soft de lujo, y, ya puestos, recuperamos licántropos como cazadores de deseos. Porque en la vida todo es deseo y Euphoria es el deseo mayor del reino, es el deseo mayor de una idea que no pretende contentar, que a veces duele y, a veces, reconforta con ese dolor. Y en el altar, en ese altar de flores caras y fentanilos varios, de arte convertido en deseo y deseo convertido en arte, solo nos faltaba meñiquenizar el dolor, la envidia y la mentira. No hay diagnóstico semanal esperando las malas noticias en Euphoria porque las malas noticias siempre llegan y mejor que lleguen barnizadas. En esta fachada de sueños reconvertidas en dramas cotidianos ya no nos sorprende nada, hasta que nos sorprende. Pero luego, sin juegos, escuchamos en el capítulo 6: “¿Por qué quiere algo el cliente que puede matarlo?”. Y Dios, y creer, y la redención y todo lo demás. Y ya sabemos que, tanto en la ficción como en la otra ficción, “si no muere alguien importante de vez en cuando, la gente se aburre”. Mucho. Y en esa tarantinización (de principio a fin), todo salta por la ventana, por el rosario, por el perro, por la sombra que no vemos, por los tacones que nadie se volverá a poner, por las cajas en plan tito Alfredo, por todo sobre lo que podemos opinar pero que nos parece inalcanzable. Sombras para todos.
domingo, 24 de mayo de 2026
Legends. Primera temporada.
Legends es un buen producto, pero no es un producto brillante. Y, entonces, la crítica, que ya solo toma naranjas y limones, casi siempre podridos, piensa en azúcar, o siente el azúcar, y cree que los manjares son manjares y las lechugas, ambrosía. Nada que ver con The Wire. Esto son partidos distintos; deportes distintos; universos distintos. Buena trama, doña Margarita y sus once años y medio, la lucha contra la heroína y los magnates de la distribución que siempre se visten como verduleros de Bagdad, padres de yonquis, yonquis sin padres y muertos de hambre que se aburren en sus puestos de trabajo y aspiran a algo mejor (como si eso fuera tan fácil en la vida). Legends hace una buena ilustración de esos momentos de desesperación, de portadas fáciles de periódicos aún más fáciles, de doble rasero y de un actor que lo mismo te hace de ministro que de rey, que al final todo es la misma mentira. Y con cualquier naranja que sepa bien, nos emocionamos. Pero al final, no se puede confundir un gajo con un jardín infinito. Nunca.
sábado, 16 de mayo de 2026
Qué quedará de nosotros
Cuando no tienes ni puta idea de algo, desconcierta; cuando no tienes ni puta idea de algo que debería interesarte, desconcierta más. No tenía ni puta idea del asunto de Las Malvinas antes de leer Qué quedará de nosotros. No sé lo que se me ha quedado después de QQDN, pero Eduardo Sacheri intenta ilustrar el asunto, intenta que se pueda entender el asunto, intenta que la gente, antes de saltar al campo a cazar ovejas para saciar el hambre, pueda entender algo del jodido asunto. Del asunto. Las banderas hay que desempolvarlas, como decía doña Carmina de los apuntes y las fichas de las figuras literarias. Las que salen a relucir en QQDN son las argentinas que no habían vuelto a salir desde el Mundial 78, pero es que todos los mundiales son bestiales, como todo es “carnicería de ironías y sarcasmos”. De mucho sarcasmo. Ahora que ya no lo utilizo en mi vida, está bien recrearse en textos que lo hacen, y QQDN lo hace mucho, entre el calor y el frío, entre el hambre y la comida repetida, entre “los días que empiezan mal y que después empeoran”. Porque lo de Las Malvinas, sin saber nada y leyendo QQDN, empeora conforme el reloj sin parar avanza y deja de avanzar. O lo que sea: “Que no podemos estar lejos de Argentina, boludo, porque estamos en Argentina”. Pero hay indefinición, hay territorios que definir de nuevo, o volver a situar, o creer que hay que resituar: “¿Decimos que la tierra de las Malvinas es argentina o estamos diciendo que los que viven en las islas son argentinos?”. Y la mierda de los zorros, y los zorros de mierda, y los días de mierda, y la mierda de los días, con o sin madriguera. Estar. Sentir estar. Choques armados, disciplina, logística. Palabras que son bacalás, bacalás de mucho tiempo y que huelen mal y que no hay Dios que las compre. También mete el aguijón QQDN sobre la cadena de mando, sobre lo que enseña (y lo que no enseña) la vida militar y como casi todos “los grupos humanos tienden al orden, no al caos”. Pero como el espejo no se ve bien, o no se deja ver bien, o no queremos verlo bien, “hay que tomarse un minuto para mirar y entender”. Y luego, también nos subraya Sacheri la importancia de decir las cosas y saber decirlas, la importancia de creer: “Y van a confiar en sus jefes si los ven sacrificarse como ellos”. Y apostilla ES: “Y si no es el caso, si saben que entienden cuánto se están sacrificando”. Ser jefe, vaya negocio. Y luego, los maricomplejines, o mari lo que sea, que siempre han existido, pero no siempre han sido retratados: “No quieren decir Argentina para hablar de allá, porque les parece que eso sería como aceptar que esto no es, también Argentina. Por eso, para evitar que alguien los pueda considerar poco patriotas, dicen el continente para hablar de allá y las islas para hablar de acá”. Del jodido acá. Pero al final sólo queda la fidelidad, el respeto, creer en alguien o alguien en el que poder creer: “Así como necesitás respaldarte en tus soldados, necesitás respaldarte en tus jefes”. Y los asustados y el miedo, y las imprudencias y todo lo demás. Y va a ser verdad que “lo peor de morirte es que dejás todo por la mitad”. ¿Pero entonces? ¿Qué es lo que ha quedado? ¿Queda algún resquicio de verdad en algo de lo que nos cuentan? Quizás, ninguno: “Y lo que más le va a molestar, si lo matan acá, es no enterarse nunca de cómo siguieron las cosas. Qué pasó después de la derrota?”. Asumir una derrota, asumir un desastre, asumir una derrota y unos fantasmas, y asumir los fantasmas que quedan después, toda la vida, toda la puta vida. Añade el autor: “¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos?”. Olvidar, otro invento. Pero lo resume bien al final cuando define la guerra ED: “Carlitos acaba de entender lo que es la guerra. No esta guerra. Cualquier guerra. Unos tipos quieren algo. Otros tipos quieren lo mismo . Se encuentran para matarse. Los que maten a los que mueran son los que ganan la guerra y son los que quedan con eso que querían los unos y los otros”. Al final, todo va de eso, de quedar, de quedarse. El egoísmo, da igual que en la radio se escuche un Argentina contra Bélgica en un lugar perdido de España, en un mundial que ya no es lo que era, con un sumo pontífice que no ha rezado lo suficiente (o no ha estado el tiempo suficiente para acabar con la guerra) o creer que lo que queda por venir, o por llegar, da igual. Porque al final todo son tiros, aquí y en Amor a quemarropa. Pero en Amor a quemarropa por lo menos Hans Zimmer nos lo endulza con una buena melodía. Y aunque no creas, como Quinteros, miras al cielo y ruegas lo que tengas que rogar: “Y Quinteros le pide a un Dios en el que no cree que deje bajar del monte con vida a sus soldados”. Que los deje. Y punto.
jueves, 14 de mayo de 2026
El señor de las moscas. Primera temporada.
¿Esto iba de hacer un Groucho en mitad de una isla perdida lejos de la influencia de la reina de Inglaterra? ¿Iba de subir en un avión hacia ningún sitio? Todo mentira: “Inglaterra solo se ve si hay buena luz”. Claro, “y no debemos ensuciar lo que bebemos”. Cuando uno quema hormigas siempre puede pensar en el futuro, o no pensar, que es mejor. O creer que no pensar es mejor. Juega mucho esta adaptación de El señor de las moscas con las músicas y los silencios, con las lentes y las arenas, con la diferencia de edad cuando no hay edad y con una oscuridad que llega y ya es tarde para decidir quien manda, como pasa a las doce de la noche después de las elecciones. Lástima de caracoles, de tiempo perdido, de asma ajena, de buenas intenciones cuando nadie, o casi nadie, ya tiene buenas intenciones. Y los truenos, las lágrimas, los cerdos, los cochinos jabalíes, la hierba en la mitad salvada, las camisetas de tirantes llenas de mierda, los cocos y el agua de los cocos, la natación y lo que no es natación. Como todo es una mierda, siempre hay regaladores de consejos hasta en los peores momentos. Hágase querer por una reunión, por una obediencia, por una televisión, por una distracción, por una caza. El esfuerzo, esa gran mentira disfrazada de esfuerzo, que decía el hombre de la camisa verde. Y El señor de las moscas está lleno de verde, de momentos que van del chapuzón al delirio, a la sangre, al cangrejo, al flequillo y a ese momento en el que los momentos ya solo son espacios entre jaleos y broncas y mierdas varias. Con la mirada de niños que pasan a la arena (ríase del circo romano), todo cambia: “Como si la isla diera miedo, como si la fiera o la serpiente fuera verdad”. Siempre hay soledad, siempre hay miedo, siempre hay algo que no se llama rescate. Hágase querer por la lealtad. Y por la leña, por la leña, también. Siempre hace falta leña, tengamos o no chimenea. Decía el hombre de la camisa verde que siempre hacen falta barreños, porque la siguiente gotera estaba al caer. Los restos. Siempre hay restos, te encuentren (o no) muerto el día de la romería. Y los líderes tienen más grietas que una casa de Lorca un 11 de mayo. Hágase querer por una asamblea. Por una jodida asamblea. Los sueños, las manzanas y todo lo demás, porque “portarse bien es aburrido”. Muy aburrido, aunque tengamos en cuenta que “todos somos cobardes en algún momento”. Muy cobardes, porque siempre “importa lo que uno hace y cómo la hace”. Pero la paranoia siempre se impone, siempre sitúa las medallas en los cuellos, corresponda o no a la locura manifiesta. Y no hablamos de lo que no queremos hablar, porque es mejor no hablar (casi tanto como no pensar). Y cuando no llamamos a las cosas por su nombre, todo está romanalberquizado, incluso viendo al que persigue al ciervo pero en realidad le metió el rejón al cerdo. Y los zanahorios al rescate, aunque a la hora de contar muertos siempre no salen las cuentas. No salen. Un buen intento de recreación pero que estira demasiado el chicle con sabor a coco. Y el chicle, al final, casi que no sabe a coco. A nada.
martes, 12 de mayo de 2026
Spandex
Spandex, de Joaquín Rodríguez, nos lleva a esa galaxia de viejas glorias que aguantan con un motor que chirría, perdiendo facultades pero creyendo que lo mejor está siempre por llegar (con o sin laca, con o sin pintura en la cara, con o sin síndrome de avestruz). Spandex nos deja claro, desde el principio, que “los milagros no existen y la fuerza de la gravedad hizo el resto”. Saltos al vacío, guitarras que acompañan a torreznos (¿o era al revés?), resentidos con bata e ilusiones convertidas en volver a llenar pabellones que ardieron por el camino. Spandex también nos muestra lugares, revistas, personajes reconocibles y esos efectos que convulsionan todo, como el grunge, “un tsunami que se llevaba todo por delante”. Pero al final, como pasa siempre, “todos estamos más viejos y más gordos”, y el cambio, e internet, y las transiciones que no siempre se muestran como uno quiere: “Es la típica estrella del rock en decadencia que se dedica básicamente a beber cerveza y a no encontrar nunca el día apropiado para retirarse de los escenarios”. Pero cuando suena la música de La guerra de las galaxias todo cambia. O crees que cambia. Vivan los saltos.
miércoles, 6 de mayo de 2026
Ahora o nunca
Después de un destierro totanero, entre huertos de concepción y chimeneas varias, volvió a mis manos Ahora o nunca de Miguel Sanchez-Ostiz, una colección de frases que no dejan indiferente, aunque “a cambios de escritura deberían corresponder cambios de vida, pero ni uno ni otros resultan sencillos”. Nunca. O casi nunca. Con muchas referencias a esa referencia que es Las pirañas, nos advierte el MS-O: “Guárdate de la gente sensible y frágil, letrada o no, sobre todo si va en cuadrilla, de ronda de noche, en callejón solitario o en descampado”. AON es un libro que, a veces, agobia, con ese “pulso como para robar panderetas”. Como decía el hombre de la camisa verde, “la vida no es una canción de los Stone Roses, pero debería serlo”. O no, vaya usted a saber, escuchando This is the one, mientras releo este AON: “Es asombroso lo que acabas tragando para ser de la patria o de la cuadrilla, del grupo, por estar en la pomada que se decía hace unos años a pesar de ver la peor cara de tus compinches de ocasión”. Hay lamento, queja bien retratada en AON: “La historia no te deja así como así, te va royendo los zancajos, te tropiezas con ella donde menos te la esperas, cuando no la llevas atada al cuello como cepo de penado”. This is the one. Las decisiones, camino o no de un matadero existencial que siempre llevamos en la quijotera: “Mucho tiempo perdido en necedades. La primera, la obstinación en ser lo que no eres. Descontento permanente con tu suerte… Una suerte que tú mismo has escogido. Una necedad completa”. Y en ese retrato, en ese espejo de mil insomnios, se ve el “veneno sin antídoto”. Pero como todo es mentira, abundan sus más fieles seguidores: “Mentirosos, no solo intentan reescribir la historia para sus cómplices y parroquia devota y entregada, sino que ejercen de profesionales de la mentira, esa lacra nacional ya vieja”. Y apostilla MS-O sobre las mentiras: “Al final, defección más que decepción. Las falsas amistades: las peores amistades. Acabas no fiándote de nadie en ese guirigay, una patraña de la peor especie”. Y las apariencias, o las falsas apariencias, o lo que no queremos ver en ese espejo de mil insomnios, por mucho que repitas a gritos el Sally Cinnamon como terapia o como escape: “Max Aub decía (en su biografía de Buñuel) que eres o acabas siendo no como te gustaría, sino como te pintan. Tu autobiografía no puede coincidir con tu biografía, por muy estrepitosas o mortecinas que sean ambas. Nada coincide con nada, ni el que vive a oscuras con el mismo que vive a luz del día, aunque al final entierren o incineren al mismo”. Y en el espejo no entramos todos: “Para que te admitan, tienes que expresarte de una manera que le guste al sanedrín de las ortodoxias que esté de guardia, no precisamente como eres”. Los tesoros nacionales no son siempre admirados, ni reconocidos, o cuando son reconocidos, como habla MS-O de Juan Eduardo Zúñiga al final del libro, ya es un poco tarde. Y hablando de espejos, o recreándose en el espejo, escribe MS-O: “Concibo mis novelas como un rompecabezas que se ha ido uniendo como una galería de espejos quebrados, una galería de feria”. Reflexiona también sobre el negocio de la muerte y como “la ancianidad causa espanto si no tienes medios, y si los tienes, también”. Pero fiel a sus principios, queda claro que el “el diario como desahogo es letrinesco”. Amén. Y luego, en ese sueño macabro de despertar a una realidad que nos puede llegar en cualquier momento, aunque Los vegetales nos decían que “prefiero la seguridad de mi sueño”: Pero esa realidad, la descrita en AON, es más real que la realidad: “Raras veces reparamos en que nos podemos quedar solos de manera sorpresiva, repentina y que todo nuestro mundo se puede venir abajo”. Y claro, “no todos pueden morir entre los suyos. Ese es un lujo o una suerte que no está al alcance de todo el mundo”. Y en esa perspectiva, no puedes huir, porque “a cierta edad no te vas, te quedas; fantaseas, pero te que quedas, porque no hay salida”. Y en el cementerio, sea noviembre o nunca, lo deja claro MS-O: “Cada vez tengo más claro que somos nuestros muertos”. Luces eternas para todos, pero sin focos, porque “los perdedores resultan atractivos hasta que están demasiado cerca”. Sobre ese pasado no tan lejano, y sobre bichos que habitan nuevas casas con el permiso del insecticida del poder, escribe MS-O: “Para pasar la página de la historia primero hay que escribirla, no son solo personajes novelescos". Y el recuerdo del Museo de cera de José María Álvarez, y la forma de ver las cosas, o de interpretarlas: “Cuando la denuncia y la inquisición se hacen pasión: la caza del disidente, del que no canta a capella, del que no comparte las pasiones destructivas y apaciguadoras que se acogen a la protección de lo políticamente correcto”. Y los pésames, y las tragedias, y esos paisajes ruinosos, y los personajes sectarios y las banderizas y las citas de dietarios ajenos. Y en la caída de la cuchara de la desesperación, “no hay peor patraña que la historia contada a medias, edulcorada y falseada”. Y los retratos, hechos a imagen reconocible de los que vemos campar sin contestación: “Qué grotesco resulta el mediocre perdonavidas que oficia de maldito de pueblón, esa gente que parece que vaya a hacer y no hace, que iba a hacer y no hizo”. Y al final de AON, se vuelve a referir el autor a Las pirañas, esa lectura que todavía abruma: “Las pirañas una página detrás de otra, abrumador: ese libro no fue para mí un exorcismo de nada. En el prólogo que tengo que escribir no me voy a referir a la lectura paleta que se hizo de esa novela. Había más que eso y ni se olió”. Y la doble visión del mundo, de la precaución a la ausencia de miras: “Cuídate de quien se muestra contrario a la violencia, incluso la verbal, pero disfruta de la difamación, las mentiras, la calumnia y las injurias bajo disfraces literarios”. Y más sobre LP: “No creí, que corregir un libro como Las pirañas fuera tan complicado. ¿Sobran o faltan páginas? Pues las dos cosas. Y además resulta difícil poner orden a lo que nunca lo tuvo, no ya como labor de edición, sino de escritura”. Y Aguirre y Ursúa, y los pleitos y las farras, esas que “siempre las paga alguien, alguien que entra por el callejón y la puerta de servicios”. Pero siempre nos queda algo porque si no queda nada, bajamos la persiana: “Si dejamos que nos arrebaten el pequeño sueño, la burla, la sonrisa de nuestros sueños de despierto, nuestros vuelos de mayor o menor alcance, estamos perdidos”. Y gracias a lecturas como las de los libros de Sánchez-Ostiz no bajamos la persiana. De momento.
lunes, 27 de abril de 2026
The Pitt. Segunda temporada.
Hace unas semanas me preguntaba mi señora esposa una de las cuestiones que la obligaba un cuestionario del INE (de esos que son voluntariamente obligatorios) sobre el grado de satisfacción en el trabajo. Un cero, le conteste. Me miró con cara que va desde la que está oliendo raro a la de un partidazo extrañado de Alvarado antes de llegar a NY. Pero no. La segunda temporada de The Pitt va sobre los colapsos, los de los cuerpos humanos y los de las mentes de los cuerpos humanos. Del colapso de seguir viviendo y hacer lo que te gusta pero que te impide seguir adelante, porque estar rodeado de muerte continuamente lleva precisamente a eso. A no poder seguir, a odiar lo que te encantaba, a escoger caminos equivocados (de esos que te llevan a rehabilitación), a creerte el origen de todo cuando eres manifiestamente prescindible, a preguntarte si te están utilizando (otra vez), a creer que lo que nos cuentan puede llegar algún día a ser verdad. Pero “la muerte no se cambia” y te hace pensar, y en esa deriva, incluso alguno, antes o después, sobrevive. O cree que sobrevive.
La Antártica empieza aquí
“La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sostiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje”. La Antártica empieza aquí, como algo antes de lo grande, o medianamente alto, o muy alto (etiquetas para todos, pero bien escritas las etiquetas), deja retazos de lo bueno que puede llegar a ser alguien antes de ser bueno, antes de que tenga retazos para ser bueno, antes de tener que pensar, en mitad de música de jazz, de la altura que va de una pértiga en un domingo sin tener que rezar. Empieza muy bien y termina muy bien, y el resto, no está tan bien: “Ser escritor, como ser soldado o samurai, implicaba una postura como ser soldado o samurai, implicaba una postura violenta frente a la realidad, una resistencia continua, sin pactos ni tregua”. Pero siempre tenemos esa balanza, la del tiempo (la del tiempo cuando empieza la crianza no vale, está adulterada, está condicionada por las tareas propias de tu sexo cuando nadie hace las tareas propias de su sexo): “Todo me parecía una pérdida de tiempo frente a la necesidad de leer y preparar lo que iba a escribir”. De eso se trata todo, leyendo LAEA: mientras estamos haciendo otras cosas, no escribimos, no reflexionamos lo suficiente como cuando veíamos esa casa blanca del Carmolí con la tarjeta metálica de WHLnº9 (o quizás, era otra número, o era otra cosa, o era otro Carmolí desde el que despeñarse). Pero eso se lo dejamos a los que tienen juventud, o creen que tienen juventud, o algo parecido a eso: “La juventud sería para sufrir, endurecerse, juntar materiales y construir un castillo”. Redención, condenas (o eso dice alguien después), repeticiones, expediciones, pero todo es mentira: “Porque una cosa es escribir una buena historia, me explicó, y otra es ser parte de ella”: Luego vienen pájaros y jaula (y lo que sigue, una cosa a la otra), y los Países Bajos, y el fútbol y la prostitución, y las recaídas de los alcohólicos, y como todo se vuelve un chiste en mitad de un ambiente en el que no quieres estar: “Toda vida, todo tipo de vida, requiere un grado constate de violencia para permanecer en este mundo”. Y cuando el avance es el otro avance, porque “cuando uno está perdido todo lo demás está en su lugar”, no hay avance posible. En su puto lugar. Pero en el planteamiento, está el mismo error, porque queremos un sol eterno en un territorio vedderiano en el que tenemos lluvia, más lluvia y solamente lluvia: “El problema es que la gente no busca el fracaso”. El puto fracaso. Y así seguimos, que nadie asume su fracaso. Su jodido fracaso.
jueves, 16 de abril de 2026
DTF St. Louis. Primera temporada.
“¿Cuándo se acabaron los recreos?”. Llevaba tiempo sin que me mantuviese tan atento a un primer capítulo de una serie (tendría que hacer memoria, e incluso haciéndola no lo recuerdo). DTF St. Louis, entre chutes de juegos de mesa, abrazos no deseados, barrigas menos deseadas, escotes tapados por ropa de árbitro aún menos deseada (sigo sin decir colegiada, que los árbitros no son médicos ni del colegio de dietistas) nos lleva a un escenario que va de la soledad a la compañía en menos de lo que se descarga una aplicación de móvil (latas de Bloody Mary para todos). En esa soledad, la de estar acompañados por personas a los que vemos un rato en la cama antes de irnos a trabajar y así hasta el día siguiente, creemos que lo cotidiano ha llegado para quedarse, como la artritis o las bisagras que chirrían, o ese dolor en los dedos de los pies que avisan de la lluvia de mañana. DTFSL nos mete en un jardín desde el principio, con ese fondo verde que se transforma en mapa del tiempo pero que realmente no había sido fumigado nunca. Los mensajes, las llamadas, las piscinas. Hágase querer por el engaño de la engañada, hasta que todo se vaya hasta la próxima gota fría (tampoco uso DANA, me niego, ni en las clases de segundo de bachillerato de Geografía). Hágase desear hasta que ese deseo se vuelva incontrolable y todo acabe de mala manera. O no acabe. Y siempre hay alguien que mete las narices en algo relacionado con Indiana Jones, o con los vertederos, o con esas cartas en la cabeza que nada bueno pueden traer. Y tiro, no porque me toque, sino porque me gusta tirar piedras a las paredes. O no. Pero como todo es mentira, siempre hay alguien que te vende un sueño, o la forma de recrear un sueño. Otra mentira. Ni existen los sueños ni existen las ventas de sueño. Todo es un engaño, todo bebida falsa, todo encuentro irreal. O quizás, rascando un poco, encontramos lo que no queremos encontrar, lo que no queremos ver, lo que creíamos olvidado pero siempre estuvo ahí, como ese nivel medio de hip hop que deja mucho que desear, porque todo en la vida deja mucho que desear. La vida no es un concierto en el que te cogen y te sueltan la mano sin motivo aparente. No es así, y nada es así. Como en Breaking Bad, porque todo, al final, nos recuerda a Breaking Bad, esto va de dinero. ¿Cómo pagar lo del hijo raro? ¿Cómo pagar la vida anterior? ¿Cómo pagar una casa unifamiliar en vez de vivir en un apartamento de 50 metros cuadrados en un quinto piso sin ascensor? Como en los estados convertidos en ciénagas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Muy por encima, y luego nos quejamos, o buscamos un plan B, o queremos una piscina más grande, o las piedras golpeadas nos estallan en la cara. Pero como nos dice Isabel Cea en Sacrificio en la canción de Triángulo de Amor Bizarro, “la muerte es solo un gesto”. Pero no todo el mundo la entiende, o la quiere entender. Un poco más corta (o menos torcida), hubiera quedado mejor, pero siempre podemos pedirnos una bebida para aparentar. O cuatro, aunque no tengan descuento.
viernes, 27 de marzo de 2026
Bait. Primera temporada.
Después de Black Mirror, ya nada alrededor del cerdo será igual. Lo de Bait, que empieza muy bien y luego se descarrila, se va de madre. Entre la paranoia y lo inexplicable, entre el requisito de etnia y religión, y lo sarcástico. No sabría la forma de clasificar a Bait, con un aspirante a Bond que busca lo que no hay, con una familia que existe pero se surrealiza continuamente, con una aparato mental no apto para mentes cuerdas. Hágase querer por un viaje londinense, por una fiesta familiar, por un cine que ya no es cine porque hace mucho tiempo que dejó de serlo para convertirse en un producto de márketing, en un truco de márketing que escuchamos en Casi famosos. Todo mentira en esta vida, hasta las cabezas de cerdo voladoras y dicharacheras.
martes, 24 de marzo de 2026
La hija
Como todo es mentira, cuando acabo un libro me pongo la versión de Caja del diablo de Triángulo de Amor Bizarro. Esa Isabel, que no Rosario, nos habla, como Jota, de mentiras: ”Siempre pienso que me han engañado”. Y es así. La hija no es un libro fácil, en ninguna de sus partes, pero es un libro de los que te hace pensar (otra vez, que para eso estamos). Pensar, meterte en líos, Casi Famosos, que decía el hombre de la camisa verde. Cada vez añoro más el silencio. He leído La hija en huecos que he tenido en una sala de profesores en la que brincan más que piensan, en la que festejan más que piensan. Se ríen, o hacen comentarios, cuando te ven con el libro de turno, y no diferencian Qué quedará de nosotros de Sacheri de La hija de del Molino. Y a ellos les da igual. Vivimos rodeados de personajes que satirizan al que lleva el libro entre manos, en la mochila, en el ajetreo. La hija, en ese afán entre lo didáctico y lo inventivo (o la palabra que sea equivalente), busca creer que hay relación entre en lo que, a lo mejor, no lo hay. O quizás, el autor tenga razón. No lo sé. Pero en ese intento, en el de hacer pensar, en el de escuchar esa mentira, ese engaño, nos lo pasamos bien. O yo por lo menos lo intento, aunque creo que no está a la altura de Los alemanes. Esto es otra cosa, otra cosa hibridizada, que está bien. Escribe SDM: “Cuando pensamos en la infancia, los padres ya están colocados en la escena, no se presentan”. Cuando mi canija, con sus 33 meses y 18 días me mira, y me pide el libro, o la música de Martín, o hacer una muralla con trozos de madera, me creo de verdad (aunque sea mentira) eso de que “las cosas importantes nunca están lejos”: Ahora, con el miedo en el cuerpo de que me pase algo, o a mi canija, me acuerdo mucho de eso que decía EHDLCV: “La vida es eso que pasa entre muerte y muerte de gente que tenemos cerca”. Demasiado cerca, aunque “la vida consiste en subsistir”. Pero La hija te hace pensar en ese XIX que tenemos entre ceja y ceja, entre temas de oposiciones y cuadros a los que le damos vuelta en la quijotera, aunque “a nadie le importa el arte, siempre importan otros asuntos”: Otros putos asuntos, otros caminos de sirga como los de la 253. También creemos que decidimos solos (“Uno decide lo que cree que es mejor en soledad, y apechuga con su decisión”) y luego la vida te pone en tu sitio, o la democracia, o los abrazos, o los matrimonios con los primos: “Nos pasamos la vida admirando los amores imposibles, y cuando suceden en la realidad, escupimos sobre ellos como frailes con trabucos”. Ese mismo Jota de antes, en su Si me diste la espalda, dice que “ahora existen mil demonios”, ocupando lugares reconocibles. La hija nos recuerda que “la revolución es divertida si tienes veinte años y pocas ganas de dormir”: Pero luego está la vida, y “sentía la mentira como un insulto”: Pero no es así, porque “ninguna euforia dura demasiado”. Sobre la cimentación de nuestros valores, nadie está de acuerdo. No tuvo que ser fácil ser hija de Goya en aquel momento, pero no debe ser fácil para mi hija tener un padre como el que tiene. Pero es verdad que no tuvieron cantajuegos ni Isabel ni Luisa Fernanda. Y a cada uno de nosotros se nos mueren los reyes (ya lo cantó Algora, “no era una perdiz lo que me comí, fue el final del cuento”). Pero toca seguir, sean en la sala 66 o en la que sea, porque “no somos la misma persona todo el tiempo, no nos vestimos igual para la ópera que para el fútbol”: Pero ese triste final (el del cuento, el de SA y el de todos nosotros), nos lleva a creer que estos desastres personales tienen solución. Pero no. Siempre vendrá un Arrieta, aquí o en la tierra de las nieves de los Wolves, a ponernos tiritas, pero la herida sigue ahí, porque “somos prisioneros de nuestros prejuicios y vivencias”: Un buen libro para creer que todo esto tiene solución, aunque no la tenga. Pero siempre me queda mi canija. Mi canija.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Los domingos
“Es tan fácil rendirse”. Muy fácil. Los domingos pone en la diana a aquellos que se cuestionan lo que hacen los demás, lo que intentan hacer los demás. En esa cuestión, en esa capacidad de elección, siempre es difícil posicionarse (o no hacerlo, y pasar por tonto o por calzonazos, o por gilipollas). En esa diferencia (la que decía el hombre de la camisa verde que separa al tonto del gilipollas), es muy fácil caer en el tópico, en la palabra resultonta, en la chufla que no siempre se entiende, y cuando se entiende se busca detrás otro matiz. “Jesús pone deseos en los corazones de la gente”,pero muchas veces creemos que esos deseos podemos moldearlos a nuestro antojo, a nuestro capricho. Y como nos cansamos, “nadie está feliz todo el rato”. Lleva también Los domingos la trama a lo económico, a lo monetario, al chanchullo familiar de herencias y desvaríos, de elecciones equivocadas y familias por completar, de números que lo descuadran todo y familias que crecen y, quizás, desaparecen. Y en esos tiempos divinos, tan distintos de los terrenales, de los que acontecen sin reloj y entre rejas, siempre hay una prueba que pasar, un listón que saltar, una penúltimo foso para el gran salto. Pero siempre tropezamos, sea domingo o no. Una película para pensar en que lo que nos conviene no siempre es bien visto por los demás. Casi nunca.
domingo, 1 de marzo de 2026
Der Tiger (El tanque)
Hágase querer por la escucha de una misa en latín en mitad de ningún sitio, en mitad de una guerra de todos los demonios. Der Tiger nos lleva a una misión de locos en un mundo de locos, en un mundo de humo, puentes caídos (ahora que se lleva tanto lo de utilizar la palabra puente) y ríos que sirven para muchas cosas. Pero Der Tiger es sobre todo paranoia, búsqueda innecesaria en la derrota inminente, chapuzón iniciático de caos y de un amén que no siempre significa lo que tiene que significar. Meta para todos, entre la lucidez taciturna (siempre JMR) y una evocación continua de imágenes que nos llevan a Malick en la mirada: “Los de los tanques siempre tan especiales”. Y el Reich, siempre era el Reich, lo primero. Vino, fuego y profesores de latín: “Si algo nos legaron los antiguos romanos, si hay una gran contribución que su imperio legó al saber humano, esa es la guerra. Siempre estaban en guerra. Y no para someter a ningún enemigo, sino a su propio pueblo, siempre luchando, siempre librando guerras”. La cadena de mando y sus mierdas: “Órdenes que hay que acatar y olvidar quién eras y qué te gustaba”. Pero no siempre se entienden bien las órdenes: “Las órdenes son lo único que tenemos, ellas lo sostienen todo. El ejército, la soledad, todo”. Y todo cambia, el escenario, pero recuerda demasiado, por momentos, a ese napalmístico ejercicio visual de Coppola. Pero, como siempre, todo era mentira. Todo.
jueves, 26 de febrero de 2026
El mundo de los prodigios
Ahora que todos los políticos hablan de la importancia del relato (el de mentira, como todo), nos olvidamos de los relatos de verdad, de los que nos dan ese “valor añadido” y que nos aportan algo, aunque siempre esté presente esa vanidad de los artistas (“perfectamente admisible”). No creo que El mundo de los prodigios esté a la altura de de sus predecesoras en la trilogía, pero no todos los días nacen iguales, que decía el hombre de la camisa verde. EMDLP nos lleva por caminos de botellas a medio vaciar, por el camino del vicio y lo que no siempre es honesto, nos lleva a la importancia de recrear libros o textos que, realmente, no siempre son tan importantes (o nosotros creemos que no son tan importante”. Y en mitad de este circo (porque en EMDLP hay mucho circo, en todos los sentidos), en mitad del recuerdo de Goethe, nos encontramos con el espanto que nos asusta y nos atrae, con aquello que nos pasaba con las canciones de Roxy Music, que dependía mucho de la hora de escucha. Escribe RD que “el demonio ya no es hoy en día una figura popular”. El demonio ha desaparecido de la vida de muchos de nosotros, pero sigue estando ahí, aunque “son muy pocos los que se lo toman realmente en serio”. Y apostilla: “Al demonio le gustan más los momentos de indecisión”. Pero como hasta Oswald Spengler es mentira (y su rapado, más todavía), podemos asumir que “tomarse a broma el pasado es una forma de sugerir que no fue en realidad tan importante como puede parecer”. O quizás, nada de nada. Como sigue siendo mentira Oswald Spengler, “las bromas desmantelan los horrores, les restan toda importancia”. Toda. Pero hay que tomárselo todo a chiste, llevarlo al humor, aunque entre tanto rezo (ayer, hoy, en el reel siguiente), “el monoteísmo no deja huecos para los chistes”. En esta colección de frases enmarcables que va dejando RD, el relato parece que se olvida, porque todo es una sucesión de fantasmas que te hacen pensar que ese momento, el del delirio, está por llegar: “Cuando beba por el demonio, quiero estar seguro de que lo hago muy en serio”. Pero como somos ombliguistas por naturaleza, y nuestro ego no entraría ni en el Exxon Valdez, subrayamos en rojo que “las palabras no son más que los pedos que se tira un hatajo de idiotas que ha engullido demasiados libros”. Pum, pum. Y el Deuteronomio, y el Génesis, y el Levítico y todo lo demás, escrito por un arameo (o por Mel Gibson, antes del viernes de Dolores y del día de la Ascensión), son trucos, y ya sabemos que “los trucos los considero una mierda, para así ser digno de Cristo”. Y ya puestos (de incienso, por supuesto, y de olor a santidad) hay que robar momentos al día, robar segundos para hacer lo realmente importante: “Hay dos cosas que tienes que estar listo para hacer en este mundo: una es luchar por lo correcto y la otra es leer la Biblia a diario”. Y en la cruzada, la espada: “¡La espada bien limpia y la Biblia bien sucia!”. Pero en la mentira únicamente hay esclavitud: “Todos abrazamos nuestras cadenas. No hay hombres libres”. Y en ese intento (con la Biblia, con el día a día, con las lavadoras, con la sumisión, con las preguntas peligrosas, con los que andamos por aquí y con los que ya no están por aquí pero dejaron rastro), quizás, debemos “mantener una fachada de decencia, a pesar de todo”. A pesar de todo RD nos recuerda nuestra inexistencia para casi toda la humanidad (“Es como si fueras nadie, pero con encanto. Un cero a la izquierda, pero un cero entrañable”), inexistencia que sólo se alivia con ayuda líquida y con las ratas del carnaval, hasta que podemos “experimentar algo así como la Revolución Francesa en las entrañas”. En las putas entrañas. Y en nuestro egoísmo (¿acaso tenemos algo más?) debemos ser capaces de creer que, nuestra mentira, es la más importante de todas: “Debajo del terciopelo está el acero y, si aparece algo que no cede ante el acero, ese filo se retira e ignora la existencia de lo que se le resista”. Pero luego mete RD en la batidora a la tragedia, y a la comedia y al romanticismo (con o sin necesidad) y hasta a Aldous Huxley (“¿Qué haría Aldous Huxley si se viera en este mismo aprieto?”). Y asumiendo nuestra decrepitud (no nos queda otra, ninguna otra), falta reconocer que somos chistes ambulantes y, en nuestro pasado, chistes sin gracia ni pudor: “¿Se nos perdonarán alguna vez las estupideces que cometimos en nuestra juventud? Es una cuestión que a menudo me atormenta”. Será por tormentos, pero como todo es mentira, RD hace la pregunta del millón de bitcoins: “La verdad del pasado es algo que se ve en los museos”. Un gran libro al que le falta una puntilla para ser extraordinario.
domingo, 22 de febrero de 2026
La cena
Nunca pensé que una película de Manuel Gómez Pereira me recordara a El Club de la lucha. Nunca. Pero aunque hay papeles estelares (o colaboraciones especiales), que parece que van a ser largas y son cortísimas, la película tiene sus momentos entre ratas y sótanos, entre manjares prohibidos y canciones que nunca sonarían en la realidad que se quiere recrear. Como todo es una fiesta (y, por supuesto, mentira), hay que darle una oportunidad a estos tipos bigotudos y recién salidos cada uno de sus guerras y cautividades particulares mientras van dejando frases sobre ideas políticas y sobre una España en la que todo ya era un trámite, aunque, la mayoría de veces un trámite muy peligroso. Con ese humor y esa musiquilla singular, con tiros y cuernos y puertas que no siempre se abren y cuando se abren te meten en líos, La cena es otro de esos ejercicios de futilidad bien entendida pero que nos llevan al jaleo y a la reflexión, a subrayar en nuestra quijotera particular que “los ricos no sabrían vivir en un mundo sin pobres”. Sopa para todos, por supuesto, con mucho azafrán. Con muchísimo azafrán.
sábado, 21 de febrero de 2026
Salvador. Primera temporada.
Después de ver el primer episodio de Salvador (o todo eso que ocurre en torno a las pobladas cejas, como las mías, de Luis Tosar) no sabía si seguir con el asunto. Por el nivel, digo. Aunque con algún recuerdo a otra serie española con el tema de los marselleses y los ultras patrios y los ríos, ese listón (el famoso rasero que cada uno utiliza para su menester, para su arroz y pava particular aunque no lleve ni arroz ni coliflor), casi sergeibubkiano, pone la continuidad difícil. Muy difícil. Pero claro, siempre hay frases con las que te encuentras en la vida: “Pero tenga cuidado con lo que busca, que igual lo encuentra”. Luego llega un Duplantis y te revienta, pero en la vida todo va de superarse. Salvador nos retrata los extremos, el olvido, los sucedáneos y ese populismo más o menos barato que nos invade ante la inercia de esos mismos políticos que lo fomentan de una manera u otra. Y en ese retrato, aparece el salto isinbayéstico, el que nos retrata con cámara y falta de respuestas. Habla Salvador de “munición ideológica” y bulos, de saltos al vacío sin red ni navegación precisa. Y parece que la culpa siempre es de los padres, chirría que te chirría: “De esos que se preocupan muchísimo y se ocupan poquísimo”. Aunque en el resentimiento, se sueltan frases para pensar, o dejar de hacerlo: “En patera no viene ningún catedrático de literatura comparada”. Y claro, “todavía peor que los hijos son los padres”. Y ese profesor metido a ultra de serie b, barriga empizarrada, más falso que el duro filemonístico. El problema, como casi siempre, es querer quedar bien con todos, hacer lo que nos dicen que toca (o que hay que hacer, o pensar, o recrear [“el recreo es eso que haces cuando ya no queda nada”, decía el hombre de la camisa verde]). O no. Escuchamos, en torno a una mesa: “No me gustan los políticos porque entiendo lo que dicen, pero no entiendo lo que me quieren decir”. Pero hay más: “Hay que ser inteligente si se quiere ganar esta guerra. ¿Sabe por qué no ha habido una revolución contra la inmigración?”. Y esos espíritus, que salen, y relucen, o lo ennegrecen todo: “¿De verdad cree que después de 1000 años entre el Islam y la Europa cristiana nos vamos a llevar bien solo porque algunos quieren que nos llevemos bien? ¿Por qué? ¿Por principios? Los principios no existen, los principios se inventan. A la gente hay que explicarle lo que debe pensar y después lo que debe hacer”. Pero todo es mentira : “La verdad, como tal, no existe. La verdad, como los principios, hay que crearla, hay que buscarla”. Pum, pum: “Hasta los atentados de las Torres Gemelas, o los de Atocha, la gente no sabía lo que era un yihadista”. Y claro, la respuesta es clara: “No hay nada más convincente que un converso”. Nada. Y al final, “el techo de cada uno es nuestra propia mediocridad”. Pero al final siempre se nos rompe la pértiga, y, sobre todo, por la falta de uso. Y en caso contrario, usar alguna neurona, si es que nos quedan.
jueves, 12 de febrero de 2026
El robo. Primera temporada.
Vivan los sindicatos y los que juegan con el dinero de los demás. ¿Se puede robar a un ladrón? Vivan las galletas, vivan los que atracan al ladrón, que decía el hombre de la camisa verde. Muy verde. El robo nos toma el pelo desde el principio, que parece ser que de eso se trata. De señalar a políticos, a empresas, a bancos, a ladrones o supuestos ladrones de distintos colores y pelos y que se ve, desde el principio, que no están a la altura. A ninguna altura. Y si en la fórmula ponemos el dinero de las pensiones, la cuadra animalística se completa, con una ida y vuelta sin nombre ni dirección. Sin ninguna dirección, con la ecuación del policía con púas de juegos varios y con rubia con capucha que duerme poco y sale mucho y bebe aún más. Pero al final, como siempre, todo es mentira. Hasta el mismo robo.
lunes, 2 de febrero de 2026
Marbella (Expediente Judicial). Segunda temporada.
“Yo no soy un gángster. Que mi dinero viene de la droga… ¿De dónde creéis que viene el vuestro? O el de las grandes cadenas de hoteles, restaurantes, campañas políticas. No estoy hablando solo de Marbella, ni de la Costa del Sol. Te estoy hablando del mundo entero. Es muy fácil poner mala cara cuando se habla de narcoabogados, pero si no fuera por nosotros, esto sería el caos y los primeros que pedirían que todo volviera a ser como antes, seríais vosotros, los buenos, o los que vais de buenos”. Esas palabras del abogado protagonista de Marbella resumen la gran mentira del mundo. ¿O es que no nos acordamos del Just Say No reaganinano ideado por publicistas drogotas? Aunque no está al nivel de la primera temporada, esta continuación sigue siendo divertida, aunque hay acentos exagerados, caballos que mueren de forma equivocada, obras inacabadas e infiernos personales manifiestamente mejorables. Pero todo es posible cuando se asaltan hospitales y hay personas que muestran el lado más cabrón de las cosas. Y si han convertido a Florent en un campeón de las olas, enhorabuena.
His & Hers. Primera temporada.
His & Hers tiene momentos folletinescos que te hacen pensar en dejarlo todo en el limbo, pero es atrayente con su historia de amigas que dejan de ser amigas (¿acaso lo fueron alguna vez?) y esa relación interracial entre gente que tiene cara de estreñimiento (Jon Bernthal) y cara de muela podrida (Tessa Thompson, que parece, por momentos, que dejó su talento en el mundo del oeste postmoderno). Pero no nos desviemos, que Atlanta es muy grande, y blanca por momentos aunque sea negra de nacimiento. Aunque desde el principio algunos la destriparon (momento SO), de nada sirve la demencia, ni el odio, ni la sed ultra de joder al personal con el que tenemos trencillas (si acaso no le hemos dado un champú casero de cebolla y algo más). Sin música de Clif Martínez, nada es lo mismo, pero siempre hay una cámara que graba o deja de grabar,a piltrafillas con pretensiones y un pasado que, convertido en recuerdo duradero, es más cutre que un mueble sueco nada original. Para un rato, para una conversación interrumpida, para un duelo senil en el que encontrarse y no recordar, nunca más aquello de que “si alguien te viene con una corazonada, mándalo a la mierda”. No. No es eso. No. Es más sencillo: “Lo más peligroso que hacemos es mentir: a los demás y a nosotros mismos”. Lo dicho. Todo es mentira.
miércoles, 28 de enero de 2026
Landman. Segunda temporada.
Nada como reflexionar sobre la utilidad del desayuno para volver a ese mundo de Landman que junta mierda en el desierto y escotes en los baños, que une familias desunidas y viudedad disfrazada de crueldad, que resuelve problemas universitarios con globos y herencias y soledad con o sin puesta de sol. Y ser rico no es el sueño de todos, aunque a algunos les cambia la vida. En esta sucesión de banderas y camionetas, de sirenas y búsquedas, de venados limpios y cuestiones sobre la carne de cerdo que no todo el mundo entiende (o no quiere entender), siempre se aprende algo. Y el sermón radiofónico, hecho a la medida del precio del petróleo, porque el dinero, al final, “arruina a más familias de las que ayuda”. Y siempre hay que creer en algo o “evitar decir la verdad durante mucho tiempo, no empecemos ahora”. Pero no todo el mundo lo ve así, porque “ya se había puesto el sol cuando yo nací”. Y quizás, desde nuestra perspectiva contemporánea, “todo lo que acaba bien, está bien”. Las pruebas de Dios, la capacidad de reciclar y lo que nos queda por incorporar a nuestro infierno particular. Porque Landman va de infiernos que no asumimos, que nos llegan y con los que tenemos que apechugar. Y de cementerio a cementerio y tiro porque me toca, aunque no hay Salmo que consuele saltar de cementerio en cementerio, porque “los demonios corren más rápidos que los arcoiris”. Y no nos queda más que la resignación, aunque algunos sigan empeñados en “malgastar la vida en la esperanza”. Se pregunta Landman sobre el valor de lo que decimos, aunque realmente “la palabra de nadie vale nada, porque para eso ya están los abogados”. Y como todo sigue siendo mentira, todo sigue su curso: “La vida no tiene un plan para cada uno. Tú tienes que tener el plan. Luego, luchar con todo para hacerlo realidad”. Y luego el amor, el desamor y todo eso que hacemos para pasar años y años. Pero los planes no siempre funcionan, no siempre son efectivos, no siempre van conforme a la corriente. Y ese “recuerda responder preguntas con preguntas” que tantas veces se nos olvida (o parece que se nos olvida) y creer, o al menos, mirar para otro lado mientras entendemos “la necesidad de distanciarse de la responsabilidad”, como si fuera tan fácil poner un momento American Beauty en nuestras vidas. Pero en esta vida sin brújula, nada como ser “el mapa del camino equivocado”. Nada como volver a Landman para recordar que no somos nadie y, como decía el hombre de la camisa verde, que siempre hay una sorpresa con la que alegrarnos el día. Hasta que llega otro, y lo jode todo.
jueves, 8 de enero de 2026
Rojo
No es fácil reflexionar sobre Rojo, de Marc Cistaré, porque no es fácil pensar sobre algo sobre lo que ha pensado más de uno. Reflexiona mucho MC sobre la democracia (“La lluvia es democrática, le chinche a quien le chinche”) y reflexiona mucho sobre la capacidad de las personas (en primera persona) de cambiar el futuro de los demás (y decía EHDLCV que los demás son muchos). Rojo va sobre picar piedra, sobre encontrar un lugar en el mundo después de muchos desastres y sobre la forma en la que los cobardes encuentran su lugar. Dice MC que “las cuentas atrás no suelen terminar bien”, pero es que casi nada termina bien en la vida. Casi nada. Puestos a mirar al cielo (“uno se olvida de rezar cuando más lo necesita”), nada como mirar al frente: “La alambrada marca la barrera entre el hambre y el hambre extrema. Entre el frío y el frío insoportable. Entre el miedo y el miedo aterrador”. Y apostilla MC: “Cuando alguien manifiesta que se muere hay poco que replicar”. Volviendo a la democracia (“La democracia es una hija de puta cuando quiere”), nos hace pensar Rojo sobre lo que decide la mayoría en nuestro nombre, sobre los dobles trabajos y atribuciones, sobre los silencios incómodos y sobre las ventajas de ser insignificante cuando toca ser insignificante. Escribe MC: “La invisibilidad cotiza al alza en tiempos de guerra”. No hace falta que caigan bombas, pero la invisibilidad está muy cotizada. También retrata (otra vez) la situación del bando republicano, o, mejor dicho, la inexistencia de una cara real del bando republicano, puzzleada en cromos peleados con su creador, o con su origen primigenio. Pero como todo es mentira, Rojo, nos cuenta que las heroicidades, como todo, son mentiras, porque “son como la nieve”. Nieve para todos: “Unas veces cuajan, otras no”. Y el infierno, y las guirnaldas, y la puñeteiridad del tiempo, que “pasaba cona la rapidez con que pasa cuando no tiene que pasar rápido”: Y puestos a añadir, palabras, sobre la democracia, MC, puntualiza, atizando sobre letrinas, esclavos de los puestos de esclavitud y todo lo demás: “La democracia asoma el hocico cuando uno menos lo espera”. Un buen libro para tener buenas reflexiones, y “qué obedientes son los fascistas cuando se les olvida mandar”. Y siempre nos toca obedecer.
lunes, 5 de enero de 2026
Mayor of Kingstown. Cuarta temporada.
Se ha presentado Carmela Soprano, disfrazada de alcaide, en MOK, y llega de la siguiente guisa: “Este es mi castillo ahora, y solo yo puedo bajar el puente levadizo”. El jodido puente levadizo. Tiene arrugas, no lleva ropa estrafalaria, tiene arrugas (otra vez, lo repito) y da lo mismo. Sigue mandando, disfrazada en mitad del feudalismo de MOK. Porque MOK va de eso, de un feudo, de un señor, de señores menos importantes que se creen más importantes porque tienen más poder que el señor. Nada nuevo bajo el sol, porque si algunos dicen que todo es western, el hombre de la camisa verde decía que “todo es feudalismo”. Pero el que manda, se lo deja claro, ya seas Carmela o Jackie disfrazada de enfermera de serie b: “Si quieres paz en tu castillo…”. El medievo contemporáneo sólo ha cambiado la potencia de las armas; el resto, igual. Parecido. Con nieve, con muertos en mitad de la calle con ropa de monasterio, aunque el Jorge de Burgos contemporáneo es alguien de otro color distinto y con retinas distintas. Pero la mierda es mierda en todos los feudos: “Otro maldito día, otro hermoso día”. Y como en cualquier universo de TS, siempre cae un hermano, sea en el primer episodio de la primera temporada o en el tercero de la cuarta. Un hermano de sangre, o un primo medio hermano, o una hermana política, o un socio del peor de los negocios. O del negociado indefinible. Pero siempre caen. Otros los llaman adelgazamiento de la base del régimen de MOK; algunos, adiós supervivencia. Siempre hay que poner cencerros a las bestias. Siempre. Pero no hay suficientes cencerros en este mundo, me dijo un día EHDLCV. MOK no dulcifica nuestro presente, sino que nos lo presenta real: duro, asqueroso, costoso e irrespirable (y si hace falta, con más nieve que antes, que los sabañones hagan su labor tanto o más que las chimeneas en Michigan). Vivan las visitas. Cuando te quedas sin salvavidas, no queda más que hacer. Tragar agua, y volver a tragar e intentar hacer esporas en el resto de tu piel. Viva la impotencia. Sal, arena y vías de trenes convertidas en guillotinas: “Algo limpio, algo necesario”. Hasta que deja de ser limpio, hasta que deja de ser necesario. Pero todo funciona: “Es el transporte. El transporte, la sangre de los Estados Unidos. Un camino para todo, transformadores y basura. Cuando algo se marca para basura, deja de existir”. No: “No es difícil hacer desaparecer algo que no importa”. Y las putas esquinas ejerciendo de putas esquinas. ¿Seguro que cada una de nuestras ciudades no es Faluya? Nada que hacer cuando llega la tormenta, porque en MOK todo es tormenta, y “hay momentos en los que sólo podemos sobrevivir”. Y puestos a rezar, “Dios no necesita escuchar mis oraciones porque tú oyes mis órdenes”. Y la tortura como redención, como único escape posible.
sábado, 3 de enero de 2026
Mix Tape. Primera temporada.
Aunque al principio parece que los tiros son nickhornbynianos (ahora que todos se han subido al carro del Arsenal, incluído Nolan), esto va de Sheffield y de Sidney, y de libros por escribir y de recuerdos de un pasado que siempre vuelve (y ahora más con las redes sociales). Pero nada es fácil, por mucho de que se repita mucho la frase (“el matrimonio se trabaja”). Mix Tape es una serie de preguntas que no siempre tienen respuesta, aunque, a veces, las suponemos. El tiempo, ese bandido que siempre nos apuñala, que decía el hombre de la camisa verde. Enchufes rotos, imágenes del pasado, palomas que te sorprenden cuando menos te lo esperas y madres que se equivocan mucho. Aparenta más de lo que es, pero siempre es bueno creer que la vida es una canción de Jesus and Mary Chain. Pero no lo es.
viernes, 2 de enero de 2026
Elsbeth. Primera temporada.
Después de año y pico vuelvo a Elsbeth con el mismo interés que la primera vez y con tiempo escaso, otra vez. Y Elsbeth empieza con una lucha contra el tiempo en un piloto de carreras, bolsos, pastillas y puñales, casi como podría ser una canción de Joe Crepúsculo. O no. Elsbeth son palabras mayores, disfrazada de letras pequeñas, aunque con argumentos sólidos. Pero muchas veces nos quedamos con la primera imagen de alguien en nuestra retina y la de Elsbeth es la de una loca a dos bajo cero con una corona estatualibertaria y nos lleva a la confusión, tanto o más que su bufanda multicolorina: “¿Sabe que se puede aprender mucho de una persona observando su armario del baño?”. Y como todo es mentira, “la verdad se convierte en meter a los malos en la cárcel”. Y si decimos bufanda, podemos decir también pañuelo. Y de King a King, y tiro porque me toca, y Elsbeth nos toca mucho la moral (en el buen sentido) por su forma de mirar, por su forma de doblar la cabeza, por su forma robótica de hacer gestos o de gesticular en sus hechos. Y las blusas también son de colores. De muchos colores: “Tener curiosidad no es husmear, es un signo de inteligencia”. La inteligencia no siempre se muestra de la misma manera, con o sin solapa de móvil de florecitas y jersey de mantel de bar de carretera. Hágase querer por unos pendientes de corazoncitos. Vivan los balones medicinales y la política internacional: “Cuando los rusos se cargan a una persona tratan de demostrar algo, para asustar al próximo que se le ocurra criticarles”. Y claro, todos hemos sido alguna vez de los de Eli Manning después de Eli Manning: “No se lo digas a mis superiores, pero yo también he apostado a los Giants de vez en cuando”. ¿De verdad los jóvenes no han visto Ocean's Eleven? ¿Quién confunde las palabras famosa e infame? Y puede ser que “los favores puedan interpretarse mal”. O muy mal, o dejamos los consejos para otros: “No dejes que tu inseguridad oculte tu incapacidad”. Elsbeth, ese personaje “extrañamente insistente o insistentemente extraña”. Muy extraña, y, como bien dice la policía, “nunca confíes en un bailarín”. Y puestos a bailar, la misma policía, nos retrata la subida de precios, lo insostenible, independientemente del lugar en el que te encuentras: “Los que ante no podían permitirse Manhattan se iban a Brooklyn, pero ahora tampoco pueden permitirse Brooklyn”. Y apostilla: “Ahora se van con sus padres”. Kombucha para todos después del trabajo. Y no lo pone el Génesis, “pero si buscan algo, hablen con una bibliotecaria”. Paxlovid para todos.
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