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sábado, 21 de febrero de 2026
Salvador. Primera temporada.
Después de ver el primer episodio de Salvador (o todo eso que ocurre en torno a las pobladas cejas, como las mías, de Luis Tosar) no sabía si seguir con el asunto. Por el nivel, digo. Aunque con algún recuerdo a otra serie española con el tema de los marselleses y los ultras patrios y los ríos, ese listón (el famoso rasero que cada uno utiliza para su menester, para su arroz y pava particular aunque no lleve ni arroz ni coliflor), casi sergeibubkiano, pone la continuidad difícil. Muy difícil. Pero claro, siempre hay frases con las que te encuentras en la vida: “Pero tenga cuidado con lo que busca, que igual lo encuentra”. Luego llega un Duplantis y te revienta, pero en la vida todo va de superarse. Salvador nos retrata los extremos, el olvido, los sucedáneos y ese populismo más o menos barato que nos invade ante la inercia de esos mismos políticos que lo fomentan de una manera u otra. Y en ese retrato, aparece el salto isinbayéstico, el que nos retrata con cámara y falta de respuestas. Habla Salvador de “munición ideológica” y bulos, de saltos al vacío sin red ni navegación precisa. Y parece que la culpa siempre es de los padres, chirría que te chirría: “De esos que se preocupan muchísimo y se ocupan poquísimo”. Aunque en el resentimiento, se sueltan frases para pensar, o dejar de hacerlo: “En patera no viene ningún catedrático de literatura comparada”. Y claro, “todavía peor que los hijos son los padres”. Y ese profesor metido a ultra de serie b, barriga empizarrada, más falso que el duro filemonístico. El problema, como casi siempre, es querer quedar bien con todos, hacer lo que nos dicen que toca (o que hay que hacer, o pensar, o recrear [“el recreo es eso que haces cuando ya no queda nada”, decía el hombre de la camisa verde]). O no. Escuchamos, en torno a una mesa: “No me gustan los políticos porque entiendo lo que dicen, pero no entiendo lo que me quieren decir”. Pero hay más: “Hay que ser inteligente si se quiere ganar esta guerra. ¿Sabe por qué no ha habido una revolución contra la inmigración?”. Y esos espíritus, que salen, y relucen, o lo ennegrecen todo: “¿De verdad cree que después de 1000 años entre el Islam y la Europa cristiana nos vamos a llevar bien solo porque algunos quieren que nos llevemos bien? ¿Por qué? ¿Por principios? Los principios no existen, los principios se inventan. A la gente hay que explicarle lo que debe pensar y después lo que debe hacer”. Pero todo es mentira : “La verdad, como tal, no existe. La verdad, como los principios, hay que crearla, hay que buscarla”. Pum, pum: “Hasta los atentados de las Torres Gemelas, o los de Atocha, la gente no sabía lo que era un yihadista”. Y claro, la respuesta es clara: “No hay nada más convincente que un converso”. Nada. Y al final, “el techo de cada uno es nuestra propia mediocridad”. Pero al final siempre se nos rompe la pértiga, y, sobre todo, por la falta de uso. Y en caso contrario, usar alguna neurona, si es que nos quedan.
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