martes, 18 de agosto de 2026

Demasiado lejos

Tres meses después de terminar Qué quedara de nosotros, hago lo mismo con Demasiado lejos, esa novela que Eduardo Sacheri dedica “a quienes no intentan dejarse encandilar”. He hablado, directamente, con dos argentinos, sobre el tema Malvinas entre el final de una lectura y otra. Con Alfredo, que tenía una pegatina en su bar, el Victoria, cuando me escapaba en el recreo del Cervantes; con Cristian, el tipo que llevó la compra del coche de mi señora esposa. Un tema difícil, complicado y con personas que no te conocen más que superficialmente, menos todavía. Demasiado lejos, creo yo, va de más a menos, pero no por ello se hace menos interesante. Orden, patria, obligación. Alfredo es un argentino llegado a España y el dueño del bar de DL es “un asturiano que cruzó el océano para terminar en este zoológico de locos llamado República Argentina”. Ver los asuntos desde la distancia, física y cronológica, sabiendo el final del drama, tiene sus momentos, tanto o más que los de Vincent Vega en Pulp Fiction. DL es sangre y dolor de padres, es inquietud y mapas (faltan mapas en el libro, o, como decía EHDLCV, “nos faltan mapas en la vida”), es cadena de mando y es desconocimiento real de un problema, pero las entidades territoriales son difíciles de clasificar: “¿Quiénes entran dentro de la palabra ustedes cuando se habla de un país?”. Y claro, siempre es lunes en política, y “los lunes son días de cálculos”. Lo define Sacheri en DL como la “podrida”, es decir, “balas, muchas balas y muchos muertos”. Y todo es mentira, y “a veces me da por pensar que los diarios no dicen necesariamente la verdad”. Y en esa locura de banderas, de ideologías desconectadas de la realidad, de antiperonistas y recontraperonismos, todo puede ser un himno de Clint Mansell o un grupo que genera más estupidez dentro de la estupidez. Mucha estupidez, “porque los trapos sucios de la familia no se lavan en ningún lado”. Y la necedad, y la ineficiencia de la diplomacia, y ese “estado de furia homicida” que no acaba nunca bien. Lo resume bien Sacheri, hablando del problema malvinesco, pero puede cambiar latitud, longitud, cronología, que el problema, a fin de sumas y restas, se reproduce más o menos igual: “El problema es la ceguera de estos imbéciles, que se supone que son profesionales de la guerra. La confianza, la suficiencia, la autocomplacencia que despliegan desde el hundimiento del Sheffield, como si la guerra fuese un partido de fútbol y acabasen de empatar el Score”. Y apostilla: “No hay manera de que abandonen el optimismo suicida, los comentarios jactanciosos, los juicios ramplones”. Pum, pum. Es lo que pasa siempre, que “las cosas buenas de la vida se terminan mucho antes que las malas”. Pero hay cosas que no las ves ni en colores con las mejores gafas: “No lo vio venir. Él, que se preparaba para la desilusión todos los días, a todas horas y con todo el mundo, ensayando el desencanto preventivo”. Y hablando de prevención, ES, subraya: “Tendría que existir una escala para los hijos de puta y su peligrosidad, como la hay para sus terremotos”. Pero al final todo se olvida, ya sea por el abandono, por el interés, o, lo que es más triste, por “la falta de hijos que perpetúen nuestra memoria”. En definitiva, Demasiado lejos es un buen libro para recordarnos que todo es mentira y que “no vamos hacia la verdad, sino hacia la verdad que necesitamos”.

viernes, 7 de agosto de 2026

Friday Night Lights. Segunda temporada.

Pese a que se queda interrumpida, o cortada (adiós a las huelgas, vivan las huelgas, que decía EHDLCV), la segunda temporada de Friday Night Lights sigue profundizando en su temática de siempre (todo es mentira, con o sin hormonas, con o sin ida y vuelta, con o sin basura emocional). Pero las mentiras deben ser contada de manera real, que el barniz no se joda a la primera, sea de barco o no, vengan añadidas flores del tiempo, o de invernadero. Siempre hay rupturas, siempre hay un adiós esperando, siempre una paliza, siempre una chispera, siempre un plan B esperando, porque en FNL siempre hay un plan B, una opción en la que pensar, aunque sin neuronas es un poco difícil pensar. Vivan las mentiras.

viernes, 31 de julio de 2026

Star City. Primera temporada.

Star City tiene al principio un aire entre La vida de los otros y Chernobyl que ya ilustra lo que se nos viene encima. Pero como en FAM (de ahí vienen todos los fantasmas, todos los jodidos fantasmas), todo se tuerce en las alturas y en subsuelo, bajo Breznev y tras las cejas de Breznev, en los bailes parisinos y en las bodas de apariencia. Todo mentira, y mejor cerrar el pico. Siempre cerrar el pico. Bien cerrado. Y siempre pensar te mete en líos, los ruskis lo dejan claro: “Quiero saber qué está haciendo todo el mundo antes de que lo haga, quiero saber qué está diciendo todo el mundo antes de que lo diga, quiero saber qué está pensando todo el mundo antes de que lo piense”. No hay medias tintas, ni, como dirían mi hija, colorás. De aquí al Gulag pasando por los cielos, si es que acaso existen los cielos y no es gulag todo en nuestras vida. Entre el ejercicio de persecución y la locura más rancia del comunismo, esta ilustración, que sube y baja, que desconcierta y da miedo (miedo, crecimiento del miedo, que decía el hombre de la camisa verde), nos lleva a pensar más de la cuenta en lo que pudo ser y no fue, en los frutos de una guerra que justificó todo lo que vino después hasta que lo que vino después se hizo irrespirable. Y así seguimos, con todo irrespirable.

Friday Night Lights. Primera temporada.

“No es tan grave. Sólo es fútbol”. Todo mentira. Sea el deporte que sea, el nivel que sea, la liga que sea. El deporte lo cambia todo, lo marca todo. Nada como llegar veinte años tarde a una historia de un equipo de instituto en uno de los deportes patrios de Gringolandia. Viernes, instituto; sábado, universidad; domingo, NFL a saco. Pero para llegar a esa liga, hay que subir escalones, en Tejas o en cualquier sitio: “Eso de beber leche la noche antes… bébete un batido de vez en cuando”. De tarde en tarde. De lo frívolo y lo insustancial a lo grave y conflictivo. El miedo y todas esas jodiendas, con primeros planos y cámaras que bailan como los marranos camino de Alhama por la autovía a su paso por Librilla. Todo mentira y la pregunta del millón: “¿A Dios le gusta el fútbol?”. Y la respuesta, de manual, porque no queda otra: “El fútbol le gusta a todo el mundo”. Pero la cámara se sigue moviendo. Y las cuitas de la falta de inexperiencia, de lo novedoso, de lo que causa miedo y provoca pavor. Y muchas veces lo que más miedo da es la esperanza. Todo es mentira: “ La vida es muy frágil. Todos somos vulnerables y en algún momento de nuestra vida, todos caeremos. Tengamos esto siempre presente: lo que tenemos es especial, y nos lo pueden arrebatar, y cuando nos lo arrebatan, nos ponen a prueba”. Y aunque “todos tenemos una historia triste que contar” (o muy triste, o demasiado triste), “nunca se está preparado para la responsabilidad”. Nunca, y, con la paternidad, menos todavía. Y entonces, te das cuenta, de que “no hay debilidad en el perdón”. Un buen ejercicio el de la primera temporada de FNL, aunque no siempre sea perfecto y no siempre tengamos un buen plan para ese día.

domingo, 26 de julio de 2026

The Bear. Quinta temporada.

Hágase querer por una tensión que lo rompe todo. Con una música que te lleva al extremo (¿Dónde se quedó el Animal?), con unas despensas que se acaban, con unas cuentas como el PIB de Burundi y con unos movimientos de cámara que recuerdan a FNL, The Bear baja la persiana con ese estrés que lo ha caracterizado desde el principio, con una sarna con gusto, con un acento que va a destiempo pero que no chirría. Entre tormenta y desagüe, todo estalla, todo busca un plan B, todo tiene un fin para acabar soplando las velas que todos olvidamos soplar. ¿Han estirado mucho el chicle? Por supuesto, es que ahora todo Cristo estira su Viernes Santo. Todos. Y ya puestos a subrayar, gritemos, insultemos a la vez, busquemos ese refresco famoso con el que hacer el plato de la madre que ya no está. Un buen final para un ejercicio que, casi siempre, ha estado a la altura de su primera temporada. Casi siempre.

miércoles, 1 de julio de 2026

Capitán Veneno (Aguilera Munro: oficial de prensa de Franco).

Escribe Álvaro González Esteban (Corazón Rural) sobre Gonzalo de Aguilera Munro un libro en el que nos ilustra sobre un personaje que da miedo, del que dan miedo sus palabras, de un tipo que dejó por escrito sus desvaríos y que, entre obstáculo y obstáculo, se hizo un hueco en un lugar en el que seguramente no debió estar. Guerras, episodios con periodistas extranjeros en una guerra que se pateó por carreteras haciendo el Fitipaldi y una contradicción hecha persona. A veces nos movemos por instinto y, otras, por simple supervivencia. Gonzalo de Aguilera Munro, loco que no sabía de locura pero si de mil cosas más. Hace ÁGE un retrato que resume muy bien en una frase: “Gonzalo Aguilera Munro era un individuo de carácter extrovertido, culto, divertido, teatral, tal vez histriónico”. Y añade: “Alguien más idóneo para la barra de un bar que para una guerra”. Pero el libro, aparte de recordar Torrijos, Toledo, la liberación del Alcázar, los internados de Inglaterra y Alemania, la Gran Guerra, las amantes y sus encuentros, nos deja teorías que hoy serían copiadas y dictadas por algunos (la del alcantarillado, por ejemplo) y una sucesión de historias orales que aquella locura de guerra o guerra de locura dejó en España. Y esas secuelas dejan a un personaje que cumple de sobra el perfil para hachebeizarlo en cualquier momento, incluso antes de que el olor al último trago de brandy se vaya del ambiente.

lunes, 29 de junio de 2026

Outer Range. Primera temporada.

Deja la primera temporada de Outer Range una sensación de desamparo que no acaba nunca: los que están, sólo parecen sobrevivir; los que se van, tienen motivos de sobra; los que llegan de lejos, porque buscan algo que no encuentran; los que luchan desde pequeños, porque siempre han llevado esa hiel que los lleva a ellos; los indios, porque son indios, que diría EHDLCV. O no, quizás no lo diría. Aunque al principio parecía que iba a ser mucho más (una The Leftovers de segunda categoría, pero a eso no llega), tiene sus momentos aunque hay que ponerle bastante imaginación. O demasiada. Bichos del pasado, indios del pasado, agujeros del tiempo, rodeos que rompen hombros, amores a los que volver, deudas atemporales, desapariciones sin vuelta atrás. Un buen ejercicio de ilusionismo en el que los magos no están a la altura por mucho búfalo y mucho bisonte que aparezca a la carrera. Lástima, que diría Andrés Gimeno: otro revés fallido.