jueves, 14 de mayo de 2026

El señor de las moscas. Primera temporada.

¿Esto iba de hacer un Groucho en mitad de una isla perdida lejos de la influencia de la reina de Inglaterra? ¿Iba de subir en un avión hacia ningún sitio? Todo mentira: “Inglaterra solo se ve si hay buena luz”. Claro, “y no debemos ensuciar lo que bebemos”. Cuando uno quema hormigas siempre puede pensar en el futuro, o no pensar, que es mejor. O creer que no pensar es mejor. Juega mucho esta adaptación de El señor de las moscas con las músicas y los silencios, con las lentes y las arenas, con la diferencia de edad cuando no hay edad y con una oscuridad que llega y ya es tarde para decidir quien manda, como pasa a las doce de la noche después de las elecciones. Lástima de caracoles, de tiempo perdido, de asma ajena, de buenas intenciones cuando nadie, o casi nadie, ya tiene buenas intenciones. Y los truenos, las lágrimas, los cerdos, los cochinos jabalíes, la hierba en la mitad salvada, las camisetas de tirantes llenas de mierda, los cocos y el agua de los cocos, la natación y lo que no es natación. Como todo es una mierda, siempre hay regaladores de consejos hasta en los peores momentos. Hágase querer por una reunión, por una obediencia, por una televisión, por una distracción, por una caza. El esfuerzo, esa gran mentira disfrazada de esfuerzo, que decía el hombre de la camisa verde. Y El señor de las moscas está lleno de verde, de momentos que van del chapuzón al delirio, a la sangre, al cangrejo, al flequillo y a ese momento en el que los momentos ya solo son espacios entre jaleos y broncas y mierdas varias. Con la mirada de niños que pasan a la arena (ríase del circo romano), todo cambia: “Como si la isla diera miedo, como si la fiera o la serpiente fuera verdad”. Siempre hay soledad, siempre hay miedo, siempre hay algo que no se llama rescate. Hágase querer por la lealtad. Y por la leña, por la leña, también. Siempre hace falta leña, tengamos o no chimenea. Decía el hombre de la camisa verde que siempre hacen falta barreños, porque la siguiente gotera estaba al caer. Los restos. Siempre hay restos, te encuentren (o no) muerto el día de la romería. Y los líderes tienen más grietas que una casa de Lorca un 11 de mayo. Hágase querer por una asamblea. Por una jodida asamblea. Los sueños, las manzanas y todo lo demás, porque “portarse bien es aburrido”. Muy aburrido, aunque tengamos en cuenta que “todos somos cobardes en algún momento”. Muy cobardes, porque siempre “importa lo que uno hace y cómo la hace”. Pero la paranoia siempre se impone, siempre sitúa las medallas en los cuellos, corresponda o no a la locura manifiesta. Y no hablamos de lo que no queremos hablar, porque es mejor no hablar (casi tanto como no pensar). Y cuando no llamamos a las cosas por su nombre, todo está romanalberquizado, incluso viendo al que persigue al ciervo pero en realidad le metió el rejón al cerdo. Y los zanahorios al rescate, aunque a la hora de contar muertos siempre no salen las cuentas. No salen. Un buen intento de recreación pero que estira demasiado el chicle con sabor a coco. Y el chicle, al final, casi que no sabe a coco. A nada.

martes, 12 de mayo de 2026

Spandex

Spandex, de Joaquín Rodríguez, nos lleva a esa galaxia de viejas glorias que aguantan con un motor que chirría, perdiendo facultades pero creyendo que lo mejor está siempre por llegar (con o sin laca, con o sin pintura en la cara, con o sin síndrome de avestruz). Spandex nos deja claro, desde el principio, que “los milagros no existen y la fuerza de la gravedad hizo el resto”. Saltos al vacío, guitarras que acompañan a torreznos (¿o era al revés?), resentidos con bata e ilusiones convertidas en volver a llenar pabellones que ardieron por el camino. Spandex también nos muestra lugares, revistas, personajes reconocibles y esos efectos que convulsionan todo, como el grunge, “un tsunami que se llevaba todo por delante”. Pero al final, como pasa siempre, “todos estamos más viejos y más gordos”, y el cambio, e internet, y las transiciones que no siempre se muestran como uno quiere: “Es la típica estrella del rock en decadencia que se dedica básicamente a beber cerveza y a no encontrar nunca el día apropiado para retirarse de los escenarios”. Pero cuando suena la música de La guerra de las galaxias todo cambia. O crees que cambia. Vivan los saltos.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Ahora o nunca

Después de un destierro totanero, entre huertos de concepción y chimeneas varias, volvió a mis manos Ahora o nunca de Miguel Sanchez-Ostiz, una colección de frases que no dejan indiferente, aunque “a cambios de escritura deberían corresponder cambios de vida, pero ni uno ni otros resultan sencillos”. Nunca. O casi nunca. Con muchas referencias a esa referencia que es Las pirañas, nos advierte el MS-O: “Guárdate de la gente sensible y frágil, letrada o no, sobre todo si va en cuadrilla, de ronda de noche, en callejón solitario o en descampado”. AON es un libro que, a veces, agobia, con ese “pulso como para robar panderetas”. Como decía el hombre de la camisa verde, “la vida no es una canción de los Stone Roses, pero debería serlo”. O no, vaya usted a saber, escuchando This is the one, mientras releo este AON: “Es asombroso lo que acabas tragando para ser de la patria o de la cuadrilla, del grupo, por estar en la pomada que se decía hace unos años a pesar de ver la peor cara de tus compinches de ocasión”. Hay lamento, queja bien retratada en AON: “La historia no te deja así como así, te va royendo los zancajos, te tropiezas con ella donde menos te la esperas, cuando no la llevas atada al cuello como cepo de penado”. This is the one. Las decisiones, camino o no de un matadero existencial que siempre llevamos en la quijotera: “Mucho tiempo perdido en necedades. La primera, la obstinación en ser lo que no eres. Descontento permanente con tu suerte… Una suerte que tú mismo has escogido. Una necedad completa”. Y en ese retrato, en ese espejo de mil insomnios, se ve el “veneno sin antídoto”. Pero como todo es mentira, abundan sus más fieles seguidores: “Mentirosos, no solo intentan reescribir la historia para sus cómplices y parroquia devota y entregada, sino que ejercen de profesionales de la mentira, esa lacra nacional ya vieja”. Y apostilla MS-O sobre las mentiras: “Al final, defección más que decepción. Las falsas amistades: las peores amistades. Acabas no fiándote de nadie en ese guirigay, una patraña de la peor especie”. Y las apariencias, o las falsas apariencias, o lo que no queremos ver en ese espejo de mil insomnios, por mucho que repitas a gritos el Sally Cinnamon como terapia o como escape: “Max Aub decía (en su biografía de Buñuel) que eres o acabas siendo no como te gustaría, sino como te pintan. Tu autobiografía no puede coincidir con tu biografía, por muy estrepitosas o mortecinas que sean ambas. Nada coincide con nada, ni el que vive a oscuras con el mismo que vive a luz del día, aunque al final entierren o incineren al mismo”. Y en el espejo no entramos todos: “Para que te admitan, tienes que expresarte de una manera que le guste al sanedrín de las ortodoxias que esté de guardia, no precisamente como eres”. Los tesoros nacionales no son siempre admirados, ni reconocidos, o cuando son reconocidos, como habla MS-O de Juan Eduardo Zúñiga al final del libro, ya es un poco tarde. Y hablando de espejos, o recreándose en el espejo, escribe MS-O: “Concibo mis novelas como un rompecabezas que se ha ido uniendo como una galería de espejos quebrados, una galería de feria”. Reflexiona también sobre el negocio de la muerte y como “la ancianidad causa espanto si no tienes medios, y si los tienes, también”. Pero fiel a sus principios, queda claro que el “el diario como desahogo es letrinesco”. Amén. Y luego, en ese sueño macabro de despertar a una realidad que nos puede llegar en cualquier momento, aunque Los vegetales nos decían que “prefiero la seguridad de mi sueño”: Pero esa realidad, la descrita en AON, es más real que la realidad: “Raras veces reparamos en que nos podemos quedar solos de manera sorpresiva, repentina y que todo nuestro mundo se puede venir abajo”. Y claro, “no todos pueden morir entre los suyos. Ese es un lujo o una suerte que no está al alcance de todo el mundo”. Y en esa perspectiva, no puedes huir, porque “a cierta edad no te vas, te quedas; fantaseas, pero te que quedas, porque no hay salida”. Y en el cementerio, sea noviembre o nunca, lo deja claro MS-O: “Cada vez tengo más claro que somos nuestros muertos”. Luces eternas para todos, pero sin focos, porque “los perdedores resultan atractivos hasta que están demasiado cerca”. Sobre ese pasado no tan lejano, y sobre bichos que habitan nuevas casas con el permiso del insecticida del poder, escribe MS-O: “Para pasar la página de la historia primero hay que escribirla, no son solo personajes novelescos". Y el recuerdo del Museo de cera de José María Álvarez, y la forma de ver las cosas, o de interpretarlas: “Cuando la denuncia y la inquisición se hacen pasión: la caza del disidente, del que no canta a capella, del que no comparte las pasiones destructivas y apaciguadoras que se acogen a la protección de lo políticamente correcto”. Y los pésames, y las tragedias, y esos paisajes ruinosos, y los personajes sectarios y las banderizas y las citas de dietarios ajenos. Y en la caída de la cuchara de la desesperación, “no hay peor patraña que la historia contada a medias, edulcorada y falseada”. Y los retratos, hechos a imagen reconocible de los que vemos campar sin contestación: “Qué grotesco resulta el mediocre perdonavidas que oficia de maldito de pueblón, esa gente que parece que vaya a hacer y no hace, que iba a hacer y no hizo”. Y al final de AON, se vuelve a referir el autor a Las pirañas, esa lectura que todavía abruma: “Las pirañas una página detrás de otra, abrumador: ese libro no fue para mí un exorcismo de nada. En el prólogo que tengo que escribir no me voy a referir a la lectura paleta que se hizo de esa novela. Había más que eso y ni se olió”. Y la doble visión del mundo, de la precaución a la ausencia de miras: “Cuídate de quien se muestra contrario a la violencia, incluso la verbal, pero disfruta de la difamación, las mentiras, la calumnia y las injurias bajo disfraces literarios”. Y más sobre LP: “No creí, que corregir un libro como Las pirañas fuera tan complicado. ¿Sobran o faltan páginas? Pues las dos cosas. Y además resulta difícil poner orden a lo que nunca lo tuvo, no ya como labor de edición, sino de escritura”. Y Aguirre y Ursúa, y los pleitos y las farras, esas que “siempre las paga alguien, alguien que entra por el callejón y la puerta de servicios”. Pero siempre nos queda algo porque si no queda nada, bajamos la persiana: “Si dejamos que nos arrebaten el pequeño sueño, la burla, la sonrisa de nuestros sueños de despierto, nuestros vuelos de mayor o menor alcance, estamos perdidos”. Y gracias a lecturas como las de los libros de Sánchez-Ostiz no bajamos la persiana. De momento.

lunes, 27 de abril de 2026

The Pitt. Segunda temporada.

Hace unas semanas me preguntaba mi señora esposa una de las cuestiones que la obligaba un cuestionario del INE (de esos que son voluntariamente obligatorios) sobre el grado de satisfacción en el trabajo. Un cero, le conteste. Me miró con cara que va desde la que está oliendo raro a la de un partidazo extrañado de Alvarado antes de llegar a NY. Pero no. La segunda temporada de The Pitt va sobre los colapsos, los de los cuerpos humanos y los de las mentes de los cuerpos humanos. Del colapso de seguir viviendo y hacer lo que te gusta pero que te impide seguir adelante, porque estar rodeado de muerte continuamente lleva precisamente a eso. A no poder seguir, a odiar lo que te encantaba, a escoger caminos equivocados (de esos que te llevan a rehabilitación), a creerte el origen de todo cuando eres manifiestamente prescindible, a preguntarte si te están utilizando (otra vez), a creer que lo que nos cuentan puede llegar algún día a ser verdad. Pero “la muerte no se cambia” y te hace pensar, y en esa deriva, incluso alguno, antes o después, sobrevive. O cree que sobrevive.

La Antártica empieza aquí

“La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sostiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje”. La Antártica empieza aquí, como algo antes de lo grande, o medianamente alto, o muy alto (etiquetas para todos, pero bien escritas las etiquetas), deja retazos de lo bueno que puede llegar a ser alguien antes de ser bueno, antes de que tenga retazos para ser bueno, antes de tener que pensar, en mitad de música de jazz, de la altura que va de una pértiga en un domingo sin tener que rezar. Empieza muy bien y termina muy bien, y el resto, no está tan bien: “Ser escritor, como ser soldado o samurai, implicaba una postura como ser soldado o samurai, implicaba una postura violenta frente a la realidad, una resistencia continua, sin pactos ni tregua”. Pero siempre tenemos esa balanza, la del tiempo (la del tiempo cuando empieza la crianza no vale, está adulterada, está condicionada por las tareas propias de tu sexo cuando nadie hace las tareas propias de su sexo): “Todo me parecía una pérdida de tiempo frente a la necesidad de leer y preparar lo que iba a escribir”. De eso se trata todo, leyendo LAEA: mientras estamos haciendo otras cosas, no escribimos, no reflexionamos lo suficiente como cuando veíamos esa casa blanca del Carmolí con la tarjeta metálica de WHLnº9 (o quizás, era otra número, o era otra cosa, o era otro Carmolí desde el que despeñarse). Pero eso se lo dejamos a los que tienen juventud, o creen que tienen juventud, o algo parecido a eso: “La juventud sería para sufrir, endurecerse, juntar materiales y construir un castillo”. Redención, condenas (o eso dice alguien después), repeticiones, expediciones, pero todo es mentira: “Porque una cosa es escribir una buena historia, me explicó, y otra es ser parte de ella”: Luego vienen pájaros y jaula (y lo que sigue, una cosa a la otra), y los Países Bajos, y el fútbol y la prostitución, y las recaídas de los alcohólicos, y como todo se vuelve un chiste en mitad de un ambiente en el que no quieres estar: “Toda vida, todo tipo de vida, requiere un grado constate de violencia para permanecer en este mundo”. Y cuando el avance es el otro avance, porque “cuando uno está perdido todo lo demás está en su lugar”, no hay avance posible. En su puto lugar. Pero en el planteamiento, está el mismo error, porque queremos un sol eterno en un territorio vedderiano en el que tenemos lluvia, más lluvia y solamente lluvia: “El problema es que la gente no busca el fracaso”. El puto fracaso. Y así seguimos, que nadie asume su fracaso. Su jodido fracaso.

jueves, 16 de abril de 2026

DTF St. Louis. Primera temporada.

“¿Cuándo se acabaron los recreos?”. Llevaba tiempo sin que me mantuviese tan atento a un primer capítulo de una serie (tendría que hacer memoria, e incluso haciéndola no lo recuerdo). DTF St. Louis, entre chutes de juegos de mesa, abrazos no deseados, barrigas menos deseadas, escotes tapados por ropa de árbitro aún menos deseada (sigo sin decir colegiada, que los árbitros no son médicos ni del colegio de dietistas) nos lleva a un escenario que va de la soledad a la compañía en menos de lo que se descarga una aplicación de móvil (latas de Bloody Mary para todos). En esa soledad, la de estar acompañados por personas a los que vemos un rato en la cama antes de irnos a trabajar y así hasta el día siguiente, creemos que lo cotidiano ha llegado para quedarse, como la artritis o las bisagras que chirrían, o ese dolor en los dedos de los pies que avisan de la lluvia de mañana. DTFSL nos mete en un jardín desde el principio, con ese fondo verde que se transforma en mapa del tiempo pero que realmente no había sido fumigado nunca. Los mensajes, las llamadas, las piscinas. Hágase querer por el engaño de la engañada, hasta que todo se vaya hasta la próxima gota fría (tampoco uso DANA, me niego, ni en las clases de segundo de bachillerato de Geografía). Hágase desear hasta que ese deseo se vuelva incontrolable y todo acabe de mala manera. O no acabe. Y siempre hay alguien que mete las narices en algo relacionado con Indiana Jones, o con los vertederos, o con esas cartas en la cabeza que nada bueno pueden traer. Y tiro, no porque me toque, sino porque me gusta tirar piedras a las paredes. O no. Pero como todo es mentira, siempre hay alguien que te vende un sueño, o la forma de recrear un sueño. Otra mentira. Ni existen los sueños ni existen las ventas de sueño. Todo es un engaño, todo bebida falsa, todo encuentro irreal. O quizás, rascando un poco, encontramos lo que no queremos encontrar, lo que no queremos ver, lo que creíamos olvidado pero siempre estuvo ahí, como ese nivel medio de hip hop que deja mucho que desear, porque todo en la vida deja mucho que desear. La vida no es un concierto en el que te cogen y te sueltan la mano sin motivo aparente. No es así, y nada es así. Como en Breaking Bad, porque todo, al final, nos recuerda a Breaking Bad, esto va de dinero. ¿Cómo pagar lo del hijo raro? ¿Cómo pagar la vida anterior? ¿Cómo pagar una casa unifamiliar en vez de vivir en un apartamento de 50 metros cuadrados en un quinto piso sin ascensor? Como en los estados convertidos en ciénagas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Muy por encima, y luego nos quejamos, o buscamos un plan B, o queremos una piscina más grande, o las piedras golpeadas nos estallan en la cara. Pero como nos dice Isabel Cea en Sacrificio en la canción de Triángulo de Amor Bizarro, “la muerte es solo un gesto”. Pero no todo el mundo la entiende, o la quiere entender. Un poco más corta (o menos torcida), hubiera quedado mejor, pero siempre podemos pedirnos una bebida para aparentar. O cuatro, aunque no tengan descuento.

viernes, 27 de marzo de 2026

Bait. Primera temporada.

Después de Black Mirror, ya nada alrededor del cerdo será igual. Lo de Bait, que empieza muy bien y luego se descarrila, se va de madre. Entre la paranoia y lo inexplicable, entre el requisito de etnia y religión, y lo sarcástico. No sabría la forma de clasificar a Bait, con un aspirante a Bond que busca lo que no hay, con una familia que existe pero se surrealiza continuamente, con una aparato mental no apto para mentes cuerdas. Hágase querer por un viaje londinense, por una fiesta familiar, por un cine que ya no es cine porque hace mucho tiempo que dejó de serlo para convertirse en un producto de márketing, en un truco de márketing que escuchamos en Casi famosos. Todo mentira en esta vida, hasta las cabezas de cerdo voladoras y dicharacheras.