Hace 11 horas
sábado, 3 de octubre de 2026
El otro Chiquito. Primera temporada.
El otro Chiquito, llevándonos a los 90’s, nos hace recordar lo que no deberíamos olvidar. Hemos olvidado que cuando llegábamos al instituto por las mañanas, no hablábamos de otra cosa: del Mississippi y de Pepe Navarro, de Pepelu, de Lucas Grijander, de aquellas jacas que salían, aquellas cortinas, aquel delirio, aquellas sonrisas, aquello que no siempre se podía explicar con la palabra adecuada pero que todos entendíamos. En ese delirio, sin grunge pero con griterío y monumentos, sin pájaros en la cabeza pero con cachondeo inagotable, todo valía. Y se nos hacía tarde viendo la tele y no pasaba nada. El otro Chiquito, en ocasiones, con ese tono que por momentos parece el de un asesinato, hace un recorrido por la biografía de Chiquito pero apenas vemos chistes; hace una ilustración sobre aquel bendito engendro ideado por Pepe Navarro pero sin meterse demasiado en arena; hace un retrato pero es incompleto. Y, de pronto, pasamos de Sergio del Molino (nos lo meten con calzador en todos los saraos) a Mario Conde, del Juan de jersey de cuello alto a un Flo que parece que estaba ahí por error. Le falta chispa a EOC, pero como lienzo de un momento nos vale, aunque el momento se merecía otra foto, otro salto, con más pecado y mucho más fistro. Y todo lo demás.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
El problema final. Primera temporada
Cuando uno está tiempo fuera de todo (absolutamente de todo), no recuerda bien lo que leyó, lo que observó, en lo que se fijó. Todo olvido. O casi todo. No recordaba, años después, El problema final de Arturo Pérez-Reverte. Viendo ahora su adaptación televisiva, sigo sin recordar, por lo menos, esa lentitud con la que la serie se va desarrollando. Quizás, estas adaptaciones, necesitan esa velocidad (o esa falta de velocidad), esos pantalones anchos de José Coronado, esos peluquines que desentonan, esas medias que van de lo peligroso a lo decadente, ese acento en María Valverde. Quizás, en mitad de esa lentitud, pueda uno encontrar los matices, los detalles, la necesidad de la parálisis del recreo. O no. Puede ser que quizás si se necesite más velocidad, menos pantalón ancho y menos sombrero, menos cambio de vestuario, menos tiempo y menos de todo. Pero, puestos a quitarle prisa a todo, puestos a reflexionar, habrá que hacerlo por sobre la necesidad de llevarlo todo a ese extremo llamado ahora serie. Y quizás, sólo quizás, esta lentitud sea fallida. O esa es mi impresión, o que el libro me resultó, o debió resultarme, más interesante que la serie. O, puestos a pensar mal, quizás deba volver a leer más y quitarme las pantallas. Para (casi) siempre.
martes, 8 de septiembre de 2026
Furious. Primera temporada.
Furious nos hace un cóctel que piensas que debería explotar pronto, pero se hace de rogar (alguno diría que se indigesta, que todo se queda en una silla de ruedas, en una mano encogida, en una paliza a propósito, en enfermedades que van de la locura a la soleda, de lo soberbia a la inconsciencia, de lo banal a lo más absoluto despreciable. Y, aunque parezca que va de otra cosa, Furious, en su primera temporada va sobre todo del desprecio, de ese desprecio ajeno que tanto nos molesta pero sobre todo el desprecio que muchas personas tienen sobre su ser, sobre todo su ser. Aunque va en ocasiones a la exageración, a la aguja, al fentanilo, al dolor ajeno (ahora sería de los demás, que diría MAHN), y a otros muchos asuntos, siempre damos gracias porque siempre hay alguien que está peor, que vive el infierno en sus propias carnes, en sus entrañas y en el alma que les fue robada cuando tocaba, que siempre toca antes o después, con homilía o sin ella de por medio. Furious, otra bluf que va de muchísimo a menos, pero al final, las matemáticas siguen siendo furiosas. Y mucho.
domingo, 30 de agosto de 2026
Sacrifico de sangre. Primera temporada.
La primera temporada de Sacrificio de sangre cumple con los requisitos nórdicos de lo nórdico: gente atormentada, alcohol, policías sin afeitar, minorías étnicas que ya no son minorías y que conviven con la otra minoría nórdica (anteriormente la nórdica original), cuadros que inspiran, gente con pendientes en sitios que no deberían llevar pendientes, sindicatos que generan odio y jefazos que generan más odio que los sindicatos nórdicos que ya no sólo representan lo nórdico. No es la Seven nórdica que venden (adiós cabezas, adiós), pero para cinco horas de solsticio, nos vale. O eso creemos. Y yo no me tapo con edredones.
sábado, 29 de agosto de 2026
The Westies. Primera temporada.
Con la sidra de turno, The Westies empieza con las altas pretensiones de enfrentar a italianos e irlandeses, al IRA y la expansión de NY, a policías con dependencias y cuentas pendientes, a JASP que vienen de Vietnam y con no menos dependencias, y a tipos que nada tienen que perder hasta que pierden lo más valioso. Aunque algunas tramas son un poco rocambolescas, esto va de sillas: de tipos atados a sillas y de tipos que quieren ocupar las sillas de otros. Con finales de capítulos que suben el nivel del resto de minutos, y aunque hay que ponerle imaginación, la ilustración no deja de desentonar y está sonorizada con un buen puñado de canciones. Pero le falta un punto, algo para ser grande. O eso es lo que parece.
lunes, 24 de agosto de 2026
Anniversary
25. Libre. Chéjov. Mierdas con camisas, o blusas, con botones sueltos. Vinos. Senadores. Música como si fuera aquel capítulo de Black Mirror en el que aquella pava con ínfulas caía en desgracia camino de la boda de su examiga, o bruja, o largabruja, que decía el EHDLCV. Vivan los bastiones. Vivan los pañuelos. Y no se puede joder al sistema porque el sistema está jodido. No hay perdón los días de vinilos. La fe: “El árbol está invadiendo el jardín del vecino”. Mierda sobre mierda. Máscara sobre máscara. Vitamina sobre vitamina. Y no, “la autocracia no tiene sentido del humor”. El problema de Anniversary (o bendito problema) es que, dentro de su dramática bajada a los infiernos (infiernos bien contados), en muchos momentos, en demasiados momentos, nos recuerda a El cuento de la criada, a ese momento en el que piensas que “ya he visto esto aunque no lo he visto realmente”. Todo es caos, aunque podría haberse llamado caída en desgracia, o cada uno tiene el diablo que se merece, o la peor etiqueta del mundo pegada con demasiada silicona a la mejor botella del mundo. Anniversary da miedo, pero el miedo que tenemos aquí no queremos verlos. Y lo tenemos desde hace tiempo.
jueves, 20 de agosto de 2026
Lucky. Primera temporada.
Termino la primera temporada de Lucky justo antes de que el amigo Andrés me pregunte por Álvaro Pombo y de que mi hija me tenga seis horas jugando con trozos de madera y, creo, que Lucky, se merecía un mejor final, o, al menos, algo más de venganza, algo más de punzada en el corazón, ahora que ya nadie se acuerda del Wilco de Templeton. Con buenos capítulos (o trepidantes, que se añora mucho lo trepidante cuando ya nada es trepidante) al principio, llegas a Lucky por esa separación entre ojos, a esa bandera argentina descarnada que es Anya Taylor-Joy. Da igual que el señor Justified no lleve gorro, sea su padre y sea un cabrón; da igual que Annette Bennig vaya de madre mala (o descarriada); da igual todo, porque todo lo abarca AT-J. Todo. Hay robo, hay mentira, hay persecuciones guapas, hay jodiendas que se estiran innecesariamente (ese penúltimo capítulo), hay falsedad entre pozos de petróleo, hay que pensar sobre aquello que nos decía Mediapunta: “No tengo la fe, y tengo la D de la derrota en mi piel”. Y Lucky, en esta primera temporada, va de derrotas, de recuerdos de piscinas y cumpleaños de robo, de cárceles y de gentuza disfrazada de guays y de oraciones que no tienen respuesta. Porque al final, ni un muñeco te salva, ni diez palabras, ni jodiendas con vistas a un horizonte demasiado idealizado. Un buen divertimento para desconectar de todo lo demás.
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