miércoles, 5 de octubre de 2022

Quentin Tarantino (libro de Ian Nathan)

Pienso mucho en Tarantino. En lo mucho que me gustaba y el motivo por el que no me apasiona. Nos pasa a todos: éramos rebeldes. Éramos subversivos. ¿Y ahora qué somos? ¿Solo chistes ambulantes o algo más triste? ¿Algo más triste aún? No estoy de acuerdo con eso de “atrevido e innovador”. No. Pero el libro me gusta mucho: su texto y sus fotografías. Sus zonas negras. “Reservoir Dogs era especial, todos estuvimos de acuerdo”. Y el miedo y las risas y la forma en como “su historia se convirtió en evangelio”. Hoy todo parece refrito historicista, copia de copia de mala copia, y no hay profetas innovadores. Nos creemos que Mr. Robot es original porque está rodeado de miseria de guiones (y en ese gremio, hay corporativismo de defensa de un colectivo que ha preferido el número [abusivo] a la calidad). Y elevamos a los profetas del pasado a héroes de Biblias que de su Génesis a su Apocalipsis brillan, aunque no siempre por igual: “Esa es la clave del mito Tarantino: el optimismo que lo acompañó. Era el Mesías de los frikis del cine”. No es fácil, pero QT lo hizo: “Un matrimonio hecho de arte y comercialidad; basura y humanidad; violencia y risa. Historias que se elevan por su propio artificio, pero que parecen algo real”. Finales en plan Airbag. Y hablando de valores, apostilla Ian Nathan en esta obra suya titulada Quentin Tarantino: “Sus trabajos son engañosamente éticos”. Viva marzo y viva 1963. Enumera el autor películas que influyeron en QT, pero es que son tantas y tan buenas que hay que coger un bolígrafo y muchos folios. Se habla del instituto como prisión (como mi día a día, añado yo). Sobre RD escribe IN: “Tipos duros con Ray-Ban con sus discursos de jerga callejera en Los Ángeles empalmados en sermones de altura pop archivados en la voluminosa memoria de Tarantino. Era un escritor del Método: todas sus voces fluían de él como un río”. Y puestos a ser psicópatas, dejemos de ser psicópatas por un rato: “Esto no va de violencia per se, esto va de estilo”. Y la pregunta del millón de atenciones: “Había muchos Tarantinos diferentes clamando por ser escuchados”. Silencio, se rueda. Lo de Tarantino es como lo de Radiohead con Creep, o con himnos que luego no se repiten pero siempre están ahí. No sé las veces que pude ver RD o PF. No me salen las cuentas. Escribe IN que “Pulp Fiction se niega a comportarse como una película normal”. ¿Acaso alguien quiere? ¿Qué es lo normal? ¿No podemos hacer de una catana un leit motiv? ¿No podemos creer en la catarsis? ¿Y en la redención? Subraya IN que Pulp Fiction es, desde el punto de vista conceptual, anterior a Reservoir Dogs y eso se ve en las elecciones de los actores (el autor lo llama Dios en ese sentido). Un ejemplo, el de Travolta: “Como predijo Tarantino, el talento no se había ido, simplemente había permanecido inactivo, y Travolta es una maravilla de contemplar”. Hoy la ene roja, o la suma haches y dos letras más hubieran hecho una serie de Travolta y Samuel L. Jackson inacabable. Pulp Fiction, escribe el autor, “es una película profundamente comprometida con las reglas que mantienen unido este inframundo criminal. Es una película inesperadamente ética”. Y puestos a coger epítetos convertidos en otra cosa, apostilla: “Pulp Fiction no era simplemente una película, era un evento cultural sísmico”. Batería, bajo, guitarra y una voz que acaba en todo, o en robo, o en sesos en una americana negra que empezó impoluta la película y que acaba hecha unos zorros: “Ver Pulp Fiction por primera vez fue como asistir a un concierto de rock en forma de película”. Y todo es una balanza, pero no es fácil compaginar talento y billetes: “Nadie podía ser declarado el nuevo Orson Welles, el elegido que se colocaría con un pie en el cine de autor y otra en el cine comercial, sin alguna venganza del karma”. Y claro que el nombre de Tarantino pasó a ser adjetivo de muchas cosas, incluso antes que otros lo utilizaran como exageración. Habla el autor del experimento que supuso Four Room y la obsesión de QT por actuar, y los años sabáticos, y la adaptación de Jackie Brown y la figura de Elmore Leonard que nos encandiló en Justified a todos. Ian Nathan va más allá y habla de la primera secuencia de JB como “posiblemente la mejor de la carrera de Tarantino”. También, para Ian Nathan, el personal se confundió ante las expectativas creadas con JB, ya que era “sutil y lenta”. Subraya IN que no todo el mundo entendió las esperas, como esos seis años hasta la parejita de Kill Bil: “Para su regreso, planeaba hacer la película más ruidosa, reverencial -y menos realista- posible”. Recuerdo que vi primero Kill Bill 2 y luego Kill Bill 1, cortesía de videoclub de, como no, El hombre de la camisa verde. Un puto shock fue aquello. Escribe Ian Nathan: “El suyo no es un desapego inteligente. Y afirma no saber que significa realmente la ironía, toda su falsedad es real. Subvierte el género, pero nunca lo traiciona”. Y añade: “Kill Bill fue una terapia de choque, un festival de Tarantino en forma de película”. Del siguiente episodio de QT, esta vez con Robert Rodríguez, debo decir que a mí personalmente me encantó. Recuerdo verlo con Sergio y Antonio, y sobre Death Proof con sus diálogos tiene algo especial, aunque Planet Terror no es despreciable en absoluto. Para el autor, “al igual que Kill Bill, su nueva película era hasta cierto punto una oleada de muerte y destrucción. Esa descarada sensibilidad del cine grindhouse tampoco estaba completamente fuera de su estilo. Y también aparecían los temas clásicos de Tarantino: la profesionalidad, la lealtad, la traición, la raza y la violencia a sueldo”. Malditos bastardos la vi con Don Importante en Nueva Condomina después de una farra(gosa) comida de domingo en casa del Marqués. Ya no hay tiempos así, ni sobremesa en las terrazas así, ni nada así: “No es simplemente una película sobre la ejecución de Hitler. El orgásmico diluvio de muerte del final sucede dentro de un cine y la propia película es el medio a través del que llega la muerte. El cine, se podría decir, está corrigiendo la historia". Django la vi con el amigo Jesús Manuel un viernes de esos que sabíamos el comienzo pero no el final. Nos hicimos un Django y luego una ruta murciana digna de Jamie Foxx. Escribe el autor en este libro tan amarillo: “Era como si estuviera excavando en la raíz temática de su propia obra: la raza, el crimen y la segregación social que sustentaban el Sueño Americano”. Tiene momentos sublimes, y como indica el autor, “y de acuerdo con las perversas leyes del universo de Tarantino, los planes se acaban torciendo porque solo en la catástrofe es cuando los personajes se rebelan a sí mismos”. Los odiosos ocho no la he visto, aunque está apuntada en una de esas agendas llenas de futuras e imprevistas visiones, y Érase una vez en Hollywood la dejé después de media hora. Acaba el autor asegurando que "Tarantino es un hombre de mediana edad y un superviviente. Es sinónimo de una época y un lugar, y el impacto sísmico que tuvo cuando era un joven que le cambió la cara al cine podría haber desaparecido fácilmente, la sensación del momento se podría haber perdido. Sin embargo, ya sea por esa monumental confianza en sí mismo o por la insistencia de ese talento natural, combiando con una hábil gestión de su propia fama .y su propia fortuna-, la próxima película de Quentin Tarantino sigue siendo un acontecimiento capaz de parar Hollywood, con la posibilidad que sea la última". Un buen libro que deja buenas frases y unas imágenes bestiales.

Brockmire. Segunda temporada.

“El podcast está bien pero no son las grandes ligas”. Empieza más agria la segunda temporada de Brockmire, con más mala baba y más pesadumbre, con más mala leche y más dejadez taciturna, con más uva podrida y uva a medio pudrir. O no hay uva, solo mierda en un ambiente nuevo pero con la misma mierda de siempre: “Sospecho que en el fondo, aunque no queramos admitirlo, nos gustan los niños con cáncer porque su inminente muerte nos recuerda que estamos vivos. Son ellos los castigados, no nosotros”. O no hay vuelta atrás y todo es mentira, o no buscamos nunca la verdad porque no existe: “No relajarse es el dogma básico del fascismo”. No vale ser el número tres cuando aspiras al número uno. Pero ser el número tres, antes de ser el número uno, te lleva al estrés, a la desesperación, al exilio, a la lentitud dentro de la cámara lenta. Y si no has visto El padrino, tienes un problema. O muchos problemas. O un contenedor de un barco lleno de problemas. Todo mentira en esta vida menos El padrino. “Para los muertos tengo poesía, para los vivos mis disculpas más sinceras”. La familia nos lleva a hacer visitas inesperadas y dolores de cabeza y si es de bebida de cereal, más todavía: “Beber sin parar es el único modo que tenemos de tolerarnos”. No siempre, no. Y está bien recordar cuando descubrimos a Nietzsche, aunque fuera en el instituto. Y el intento de que recapacite, de dar marcha atrás. Esta segunda temporada de Brockmire nos hace pensar en las oportunidades perdidas, en lo que desaprovechamos cuando no nos damos cuenta de lo importante, de lo que vale realmente la pena.

domingo, 2 de octubre de 2022

Apagón. Primera temporada.

Con lo mucho que me gustó El gran apagón y lo desconcertado que me ha dejado Apagón. Cuando vas a la prensa repiten que la serie se ha inspirado en el podcast. Pues no lo veo yo así. La idea, quizás. Pero son ligas distintas de deportes distintos. Escuchar El gran apagón era adictivo (yo lo hice poco antes de la pandemia y con el coronavirus ya en el horizonte). Ver Apagón ha sido, salvo el primer capítulo, monótono. Han llevado la historia a lo marginal, a lo maqui, a lo escondido, a poner la voz en los que vinieron y no tenían nada mientras que los de aquí, observan. No sé la opinión de José Antonio Pérez, el creador del podcast, pero no sé si estas interpretaciones tan libres son originales o buscan llevarlo todo al extremo. Para mí ha acabado siendo la gran decepción, pero es que lo sonidos imaginados son difícilmente expresables en imágenes. Veo esta primera temporada menos incisiva que El colapso, menos imaginativa que Anna, menos brillante que Station Eleven. Pretende hacernos comparar, en el primer episodio, una muerte episódica (mejor dicho, 43 muertes en un accidente de tren) con lo que viene después: el caos. Y a ese caos se llega a través de llamadas familiares, a través de una Protección Civil que no protege, a través de un fallo eléctrico masivo, a través de eventos que pasaron en 1859 y que no se repiten hasta que se repiten. Y con el icono de una batería de móvil que se acaba, y que se ve que puede volver en cualquier momento, no hacen esperar algo llamativo pero nada nos llama la atención, todo nos suena a otras cosas vistas y escuchadas con antelación. Alguna frase salvamos: “Hay que invertir un poco más en ciencia”. En esa marginalidad que impregna esta primera temporada, nos llevan a arrabales que todos conocemos (o por lo menos, nos hacemos la idea), nos llevan a hospitales al borde del abismo, nos muestran a personas desesperadas en un mundo desesperado. Y el campo aparece como elemento catártico aunque insufrible, variable como él solo. Manchas solares que cambian vidas, y asesores de mierda para ministras de mierda que parecen reales porque sueltan por su hocico frases que podrían ser verosímiles. De lo positivo, en ese primer episodio, nos muestra la posibilidad de redención a partir de opciones rechazadas por los políticos, porque en la estrecha mente de los políticos hay que ahorrar dramas en épocas de mentiras. Los políticos lo joden todo. Prepararse para estar preparados no entra en su mente. Un político no piensa en el caos, piensa en el tamaño de sus genitales. Mientras tanto, hay personas en primera persona del singular que buscan ropa de abrigo, botiquines, comida, pilas, gasolina, que se van al campo, que vuelven al Medievo en mitad de su peste particular. Todos tenemos, en algún momento, nuestro episodio de Peste Negra o de Pequeña Edad de Hielo en nuestras vidas. Y como la mafia, cuando todo es caos, toca pensar en la familia, en salvar a la familia. Siempre. Recuerdo a Tony Soprano y la piscina y su hijo y las locuras. Cuando estoy con los jóvenes en clase siempre les pregunto si podríamos vivir sin semáforos, sin policías, sin médicos. Siempre añado que los policías, como los médicos y los profesores, como esos mismos semáforos y los teléfonos móviles, somos un mal necesario. Y no sabemos vivir sin teléfonos móviles. Y entonces pienso en ese asesor, de esa ministra, soltando mierda por su boca: “No se puede alarmar a la gente sin un motivo real y un riesgo posible no es un motivo real. Nosotros tenemos que tranquilizar y trabajar, porque si pasara lo que nadie quiere que pase, que es impensable: ¿a quién culpas de lo impensable?”. Y luego te acuerdas de los padres de ese asesor, y de esos políticos y de la cantidad de dolor que se habría ahorrado si no hubieran nacido.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Not for you. Pearl Jam, vivir en presente.

Unas frases de Héctor Berlioz utiliza Ronen Givony para empezar su libro Not for you. Pearl Jam. Vivir en presente: “La música les ha trastornado el cerebro”. Con su personalísimo preámbulo, confiesa RG que los había visto en directo en 57 ocasiones. Sigue en el confesionario RG: “A los más sensatos esta cifra les parecerá (según el gusto musical) obsesiva, excesiva o absurda, y con razón”. Y pone equivalencias sobre números: cinco suponen devoción, mas de 25 suponen que “estás desconectado de la gente adulta y responsable, lo que no siempre es malo”. Además reconoce su condición de “diletante”. Nacido en 1978, explica los motivos de la realización del libro (en el epílogo da más información al respecto), de las charlas con sus colegas sobre Nirvana, Weezer o Nine Inch Nails. Se define como W.M.A. (estadounidense varón blanco), [judío, laico y a la izquierda de Bernie Sanders), aunque es más de Bach y Beethoven que del grunge. Hace un pequeño análisis sociológico sobre las personas que van a un concierto de Pearl Jam. NFY es el libro que yo hubiese querido escribir si supiese escribir; es el libro que yo hubiese querido escribir si me gustaran tanto PJ como a RG; en definitiva, NFY es mucho más que un libro. NFY es un tratado sobre Historia y política, sobre música y tradiciones, sobre mentalidades y arte. Habla desde el principio sobre las diferencias en los conciertos, sobre la reinvención del grupo en los conciertos, de la no existencia de dos conciertos iguales y hasta aparece referencia a Jerry García y los Grateful Dead. Y puestos a hilar, madeja: “Nadie se mantiene siempre en la perfección”. NFY es un libro sobre la vida y el comercio, sobre leyes y política: “Pearl Jam fue la banda más famosa, influyente e imitada de los años 90”. No estoy de acuerdo, es discutible tal afirmación. Pero RG sigue: “No es casual que la edad dorada del grunge corresponda con exactitud con la llegada, ilusión inicial y desencanto de la era Clinton”. RG va comparando discos y mandatos presidenciales y papales, como bien indica al final de NFY. “Las maquetas de Ten se grabaron en el verano de 1990, unos días después de que Sadam Husein invadiera Kuwait, y el álbum salió al mercando cuando se iniciaba el derrumbamiento de la URSS”. No se puede separar música y vida. Nunca. “Los grupos y su música contribuyeron a crear, durante un tiempo, una nueva cultura juvenil, del pueblo, progresista, sensible y comprometida, para una década se las prometía distinta”. En el segundo capítulo habla RG de los 12 momentos en la Prehistoria de Pearl Jam (Eiroa vive): Beatles, Boeing, Starbucks, Bruce, The Who, Steve Woxniak y el festival de San Bernardino (eran más, pero tengo mala memoria y se me dan mal las cuentas, pero no las matemáticas). También creo que hablaba de Jeff Ament, y de de Deranged Diction, y, después, de Green River. Otra figura recurrente en NFY es la de John Lennon y su asesinato, porque NFY también va de asesinatos y guerras, de soldados de guerra y de porcentajes de población yanki que hubo en distintas guerras y en la actualidad. También se acuerda de Mother Love Bone y, por supuesto, de Chris Cornell, otra figura recurrente a lo largo de NFY: “Para muchos, como apuntó Chris Cornell en Pearl Jam Twenty, el momento determinante de la era del grunge no es la muerte de Kurt Cobain sino la de Andy Wood el 19 de marzo de 1990”. Y más frases: “El principal responsable en la creación de Pearl Jam fue Stone Gossard”. También habla RG de Eddie Vedder en Bad Radio, y las cintas, y los días sin dormir y el sur, y esa primera canción: Alive. No sé las veces que he podido escuchar Alive, o Animal, o Jeremy, o Present Tense. No lo sé. También reflexiona RG sobre la importancia del video, de la MTV, sobre la guerra del Golfo, sobre ese 17 de enero de 1991 que parece ayer y es hace un rato, pero en ese rato he encanecido mucho. Demasiado. También nos hace recordar la Operación Tormenta del Desierto y Garden y esa diatriba sobre el asunto del aborto del que tanto nos hace pensar la lectura del libro. Y hablando del primer disco, por la página 97, aparece la pregunta de rigor fatimí, si es que sigue existiendo rigor fatimí: “¿Es Ten un buen disco? Casi no viene al caso, es como si nos preguntamos si el Atlántico es un buen océano?”. Va más allá, como si fuera un escalador ruso, o ucraniano, en época estalinista y fuera degradado, o gulaguizado: “Si la carrera de Pearl Jam es un mapa, Ten es su Everest”. Y añade: “Ten es el disco más realista del grupo. Todas las canciones son una historia real o están basadas en un hecho real”. ¿Y qué no está basado en algo que no sea mentira? Y juntando letras, asegura RG: “Las letras hablan de personas que se enfrentan a situaciones cotidianas y no cumplen las expectativas por miedo, obligación o inercia”. Y me gustan esas reflexiones que va dejando, para que vayamos apuntando antes de referirse a Al Gore, a Ross Perot, a otros figuras que pierden pero ganan. O no ganan. O nada. “Es un fenómeno que traería de cabeza a un marxista de salón”. Es verdad que muchos marxistas son ahora de salón, y han dejado de ser marxistas, y no sabemos lo que son, lo que fueron, lo que dejan de desayunar o lo que rumian en sus retinas. Y hablando de números y fechas, que es en lo que piensan muchos viejos marxistas, le da hilo a la cometa RG sobre las fechas similares de salida de Ten y Nevermind en 1991, y luego Ten y In Utero. Y los primeros conciertos de PJ, y los videos que podemos ver de la época, y el desenchufado de la MTV de 16 de marzo de 1992 y el de Nirvana, más explotado, de fecha posterior (noviembre de 1993). Y Cameron Crowe, que tanto aparece por Gintonicdream, y Singles: “No descubrimos nada si decimos que la banda sonora de Singles (13 canciones, de las que 10 son impecables) ha envejecido mejor que el film”. Más sobre Singles de RG: “Singles es uno más de esos ejemplos, divertidos en ocasiones y siempre protagonizados por blancos, de género de jóvenes ociosos de la Generación X, que pronto perfeccionaría Friends”. La compara con Reality Bites, Clerks o Empire Records. Insiste el autor en la fertilidad de esa década. Se centra unas páginas en Singles, rodada entre el 11 de marzo (hay mucho 11 en NFY, nada es casual) y el 24 de mayo de 1991. Y esos grupos del recuerdo, como Alice In Chains, o Mooky Blaylock (todo es baloncesto en nuestra vida, siempre). Y el retraso del estreno de la película, que no sería hasta el 18 de septiembre de 1992, definida en el libro como “retrato de Seattle, además de precursora y modélica”. Y puntualiza: “Singles fue una cinta profética, además de un homenaje a una ciudad". Y más música y más grupos, como Temple of the Dog (un solo disco en 1991), y Steve van Zandt (vivan Los Soprano), antes, durante y después del asesinato de JL. Y, como cualquier tarde, Daughter: “Daughter, más que ninguna otra canción o posterior, recoge las influencias, antecedentes y modelos. Es un lienzo, por sus ideas políticas más profundas, una ventana a disposición de la colectividad, y un mapeo del ADN artístico del grupo”. Y el subidón, y la portada en la revista TIME el 25 de octubre de 1993. NFY también es un eje cronológico, una línea del tiempo (no solo musical). Escribe RG: “El artículo de la revista Time recogía las tensiones más extensas de la cultura indie. Reflejaba un conflicto que nunca se resolvería entre la cultura popular (una expresión artística para todo el mundo) y la elitista. En el caso del grunge, una expresión de gente blanca, urbana y de clase obrera, la ironía se daba manera pronunciada”. Y el artículo en Rolling Stone obra de Cameron Crowe, que llevaba sin escribir ahí desde 1979. Escribe RG: “Si el nuevo rock se fundó en 1992, en 1994 alcanzó la hegemonía”. Y pone la puntilla: “Demasiado rebuscado para habérselo inventado”. Y el cinturón de la Biblia, y Romeo Dellaire (viva Ricardo Vicente), y el sitio de Sarajevo y citas ajenas sobre la muerte de Cobain: “El filósofo Ludwig Wittgenstein preguntaba lo siguiente: ¿Por qué una crucifixión embelesa al mundo desde hace 2000 años, si los romanos crucificaron a miles de personas que cayeron rápidamente en el olvido? Me enteré varios meses después del genocidio de Ruanda (e incluso por encima) mientras sobre el caso de Kurt Cobain me lo había leído casi todo”. Y esa muerte, marcó y marcará, y “en el concierto se impone el oficio sobre la tristeza”. Y la actuación de PJ en el SNL el 16 de abril de 1994, con Adam Sandler antes de conocer a Juancho, y Emilio Estévez y la pregunta del trillón de trillones: “¿Era en realidad tan importante Pearl Jam a principios de los noventa?”. Y la fotografía con Clinton en la Casa Blanca, y los jaleos con las comisiones de las ventas de entrada (es la parte que menos me gusta del libro). Y las jodiendas con vistas a la bahía sobre los tres baterías del grupo, y afirmaciones con las que tampoco estoy de acuerdo: “La mayoría de los baterías de rock son aburridos. O mejor dicho, con pocos se divierte uno al verlos”. Y los motivos de la salida de Dave, el batería del grupo: “En pocas palabras, Dave salió por poner de los nervios a Eddie”. Escribe el autor: “Si en 1994 me hubieran preguntado por el futuro del grupo, hubiera dicho que PJ, sin Dave, no duraría mucho, como Nirvana sin Dave Grohl (sí, hasta ese extremo)”. Más fechas: 22 de noviembre de 1994, lanzamiento de Vitalogy, ventas altas, aunque en palabras del autor, “el grupo se encontraba en proceso de disolución. Estaban muriendo de éxito”. Y añade RG: “Vitalogy es el menos accesible, el que menos concesiones ofrece, el más desigual, autoindulgente y deliberadamente opaco. Es un álbum de enigmas, de textos que no se entienden bien, dobles sentidos, acrónimos, citas y mensajes grabados al revés. Es la obra de una persona que no se olvida que se examinará con lupa todo lo que escriban, digan o canten. El recurso de Pearl Jam en 1994 era la metáfora, decir una cosa para expresar otra distinta. A esas canciones les preocupa su público potencial y, si no conectaban, adiós y a otra cosa”. Y sigue: “¿Qué diría un psiquiatra? Que Vitalogy es un trabajo de una morbosidad incesante, centrado de manera casi compulsiva en la mortalidad y en la muerte. Que expresaba una sensación de crisis fácilmente perceptible tanto para los fans como para los oyentes esporádicos”. Y más: “Se notaba un cierto cansancio, una fatiga, escaso interés por justificarse”. Y antes del punto final, otro recorte: “Vitalogy ofrece, por el contrario, un frío consuelo”. Y Rupert Murdoch, y el nacimiento de Fox News, y el asesinato de Selena, y el atentado en OKC, y la matanza de Sbrenica y hasta Mónica la del gotelé. Y luego, como en una etapa de la Vuelta a España, el bache, pero el de 1995, y aquel concierto del 11 de julio en Chicago en el Soldier Field ante 47000 personas. Y luego, No Code, que para el autor “se considera un álbum con peor acogida de público y crítica”. Añade en la página 289 el autor: “Si hubiera que explicar en menos de un minuto lo que no soportaba la gente de Eddie, éste es un fragmento insuperable. La absoluta falta de gratitud, la confusión, la voluntad de comportarse de forma deplorable. Concentra todos los estereotipos de sin par Generación X reunidos en un embalaje de aguafiestas. Al ver la expresión de hostilidad en su rostro, se entiende que Rolling Stone dedicara meses después unas cuantas páginas a atacarle de manera despiadada”. Esto va al tanto de la entrega de los premios Grammy de 1996 y las palabras de EV. Y luego, la libertad de no hacer nada durante semanas, y la salida a la venta de Yield el 3 de febrero de 1998. Escribe el autor: “Los planetas se alinearon para la creación de Yield. Es su cuarta obra maestra”. Suma y sigue: “Pearl Jam hizo con Yield el disco que muchos esperaban. Pero el resultado general es más conservador que Vitalogy, Vs. O No Code”. Pero no es oro todo lo que había en el Banco de España: “Para otro tipo de fan, por el contrario, Yield representaría otra cosa, el inicio del inevitable declive de Pearl Jam”. Y quemas de banderas, y asuntos sobre quemas de trozos de tela, que es lo mismo pero no siempre es lo mismo. Y las citas de Milton Friedman y las contrarréplicas de Noam Chomsky, y las sesiones de Binaural a finales de 1999, y los atentados de 7 de agosto de 1998 en las embajadas gringas de Kenia y Tanzania, y el recuerdo de The Looming Tower y Microsoft y el Tommy de los Who (muy recurrente) y esa imagen de que “los radicales y los reaccionarios tienen mucho en común”. Más de lo que pensamos, aquí y después de las elecciones de Italia. Y el concierto en Dinarmarca y aquellos nueve muertos y los heridos, y las elecciones del 43% de Clinton y el 19% de Perot, y la figura de Nader: “Sacó al final 2,6 millones de votos, el 3% aproximadamente del electorado. Quedó muy por debajo del 5 por ciento que le habría dado derecho a subvenciones. Gore ganó en número de votos pero perdió en Florida por 600. En este estado Nader obtuvo 97488 (yo fui uno de ellos)”. Y el nuevo siglo, y el nuevo disco. Un 12 de noviembre de 2002 salió al mercado Riot Act. Escribe Ronen Givony al respecto: “Es un disco conocido sobre todo por su pesimismo, su carácter combativo y su rabia incandescente. Es el álbum más abiertamente político de Pearl Jam”. Y añade, también al respecto: “Pero también es un trabajo impregnado de dramas personales: una reflexión sobre la vida, el envejecimiento y la inocencia”. Y puntualiza, por si sirven de algo las puntualizaciones: “Riot Act es, en el fondo, un trabajo que no está a la altura”. Y siguiendo ese eje temporal, tito Arnold llega a ser gobernador de California en 2003, tras la crisis energética que sufrió el estado desde 2001. Y Colin Powell y las armas de destrucción masiva y el recuerdo de Generation Kill, y su Bushleaguer. Y citas de Eric Hobsbawm y Proust, y la salida de PJ, su álbum de estudio número ocho, de 2 de mayo de 2006. Y el caos económico de 2009 y la victoria de Obama y los programas de Fox News comiendo de la tarta del éxito televisivo porque había vida más allá de la CNN. Y ese 2009 y Backspacer, y ese disco que “huele a muerto. Suponía el conformismo total, un insulto a todo lo que en un tiempo pasado había defendido el grupo”. Y de ahí, de salto en salto, a 2013 y Lighting Bolt, que salió a la venta un 11 de octubre de ese año, y las referencias al documental Body of War que había sido estrenado en 2007. Y Gigatown de marzo de 2020. Y las consideraciones finales del autor, que, a veces duelen, pero son realistas: “Es triste reconocerlo, en gran medida Pearl Jam está pasado de moda”. Y pensamientos globales, sobre los que volver a reflexionar: “En la segunda mitad de los 90, el fenómeno del grunge terminó con un suspiro y una resaca posterior de la que los grupos nunca se han recuperado del todo”. Y más: “Tal vez es lo que tenía que pasar. El rock no es un movimiento ni un monumento, su destino es la combustión y reemplazo por otra cosa nueva”. Y había mucho más que la música: “Pearl Jam y sus coetáneos pusieron de moda el idealismo, la preocupación por los demás. Era una música que creía, de forma ingenua, de un lenguaje compartido, en la conciencia social y la comunidad, que aspiraba a cambiar la vida de la gente”. En definitiva, un libro que es más que un libro porque no se puede resumir una idea y un espíritu en 435 páginas. Imprescindible. Coda: Ahora menos del 0,5%; en Vietnam, el 4%; en la Segunda Guerra Mundial, el 12%. Si, el porcentaje de yanquis que sirven y sirvieron en el ejército de USA antes y ahora.

lunes, 26 de septiembre de 2022

La lección. Primera temporada.

No sé si viene al caso o no, pero al empezar a ver La lección se me vino a la cabeza una frase de las que soltaba el hombre de la camisa verde en mitad de cualquier conversación, con o sin sentido alguno: “Está el precio del ganado y por otro lado la calidad del ganado”. Luego volveremos con las cabezas de ganado, un poco más tarde. La lección nos lleva a un instituto de Israel, donde nos mete, de cabeza, en jaleos sobre opiniones y religiones y abusos de opiniones. Las mentiras con altavoz tienen su eco. Y si se mete la prensa a joder la marrana (esto iba de ganado), peor todavía. En la cuadra, entre mierda sobre mierda, el ganadero debe poner orden, debe inyectar semen a la cerda madre, debe fumigar los alrededores, debe desparasitar a las bestias, debe vacunar a los jóvenes animalillos. El ganado y los deberes, siempre en clase y con falta de clase. Y en ese cuadro, en esa naturaleza viva y después muerta (porque en La lección hay mucha referencia a las muertes ocurridas y no ocurridas), se reflexiona sobre el sacrificio y el valor que tienen los muertos y los no muertos, los vivos con problemas y con necesidades físicas y afectivas varias. Y ante ese panorama pastoril, antes o después, bestia parda muerta y llantos y rechinar de cascabeles. A veces no está bien volver al encuadre del instituto, aunque ese encuadre solo sea un motivo más pensar en películas como Perro blanco. Si algo nos enseña el buen pastor, aparte de ser citado en Pulp Fiction, es que todos llevamos un Tarantino dentro y que siempre un samoano puede cruzarse en nuestra vida. Y quien dice un samoano dice alguien que no piensa como nosotros, o es más lechoso, o bien peinado, o enseña filosofía o valores o educación cívica, si es que queda civismo que enseñar. Hágase querer por un charco bien lleno de barro que los cochinos querrán meterse en él; hágase querer por ese micrófono y la batidora de mierda pesebrista llegará al cielo y al infierno; hágase querer por el sacrificio animal que es tan equiparable al humano como los días que acaban en ese y nuestras cabezas, sean más o menos animales, acuden al instituto para la sorpresa del día. Y aunque no acaben en ese, todos los días tienen a la manada deseosa de sangre, deseosa de carnaza, o pienso, o hierbas varias, que siempre hay que tragar sangre para escupirla. Una buena lección la de esta serie.

Hágase querer por la lluvia de otoño

City on a Hill. Tercera temporada.

“La muerte acaba con la vida, no con las relaciones”. Hay varias muertes al comienzo de la tercera temporada de City on a Hill, pero deberían sumarse más. La vida es una sucesión de entierros, de esquelas en el periódico, de necrológicas llenas de buenas intenciones porque hay muchos caracteres que completar por unas columnas que no salen ni a seis euros la hora. O a siete. Policías, dioses, revivir el infierno y la felicidad, rezos en mitad de un infierno que pasa de lo personal o lo que no se resiste. O se resiste, y todo es mentira, y en estos momentos de servidumbre solo queda el deber de obedecer. Y los fantasmas del pasado, con y sin lápida, vuelven a sacar llanto y crujir de coches. Nos lleva también COAH a la convivencia mal entendida, a mantenerse en la pocilga para no acabar en la cloaca. Pero buscamos algo más, “porque hay satisfacción en la venganza”. Pero entre a pocilga y la cloaca, hay que andar con ojo, porque “a veces buscas fantasmas y te encuentras demonios”. Hay pasados que mejor dejar estar, y otros que te sorprenden. Siempre en la duda, siempre en la pregunta eterna, siempre en la mentira. Y en la lucha, con o sin citas a Hitler y las referencias a los coches (demasiado baloncesto y Sean Connery), y todo lo que te lleva a las soluciones alternativas. A ciertas edades esas soluciones solo llevan a la marcha, a la huida, a dejarlo todo atrás. Y justo ahí, cuando toca Waterloo aunque sepamos el resultado de la contienda, no es posible determinar la guillotina hasta que estamos esperando pastillita en Santa Helena. Y siempre, en mitad de esa media mentira, debemos preguntarnos sobre nosotros, sobre Dios y sobre lo que vamos a desayunar mañana. Siempre sale el sol, pero siempre hay nubes en el horizonte, siempre hay jodiendas que te hacen cambiar la perspectiva de lo que odiamos y de lo que seguimos odiando. Siempre. Y esas frases, remarcadas, que nos llevan a la rutina en mitad de la derrota cotidiana: “Los demonios no piensan en las consecuencias”. Y seguimos con tierra en los zapatos, y, casi nunca, somos correspondidos.