Hace 21 minutos
jueves, 5 de noviembre de 2026
Prípiat (de Banin)
En esas que empezó a llover sobre las 23:40. Algo demencial, algo de la Murcia de los baldosines que te escupen barro a los ojos, a los vaqueros, al bolso, a los botines de los que llevan botines. Y en ese momento, después de ese ritmo inalcanzable de un RM Vs PAO en el MA, me pongo a a escuchar el Prípiat de Banin. Y suena bien, y con esos colores que Magius le ha dado a esa canción, y a ese Jota junto al tren, y a ese tren con cuatro tipos, y empiezas a asociar ideas: “He vivido en Prípiat un montón de años, como todo al final te acabas acostumbrando, un cubo construí con plomo y hormigón, para sobrevivir, un tiempo funcionó”. Con Los Planetas, he pasado del diez al infierno, como antes pasé del infierno a la felicidad. Como con el comunismo, uno pasa de ser uno de irredento seguidor a su detractor más bestia. La entrevista de Banin en el elDiario.es a Nando Cruz es reveladora. Bendita música. Para la música, pero los baldosines nos seguirán torturando durante unos días. O meses. Y en un rato a darle otra vez a la AP7: “Aguantar y resistir. Ya no me queda nada por descubrir aquí”. En bucle esos 139 segundos. Una y otra vez, como esa exhibición de Abalde, como ese resquemor por la derrota. Decía el hombre de la camisa verde que siempre salimos perdiendo. Banin nos susurra: “Fuera de la zona de exclusión tengo una opción para escapar”. Pues toca escapar. O lo que sea.
lunes, 26 de octubre de 2026
Slow Horses. Sexta temporada.
Hágase querer por el fuego en un contenedor; hágase querer por una persecución sin cuartel; hágase querer por una carnicería sin concesiones. La sexta temporada de Slow Horses, dentro de su tan repetida oscuridad, lleva a ese adelgazamiento de personajes que la renueva continuamente y que te deja con más sed incluso después del último capítulo de sangre. Lo que pasa en Kazán no se queda en Kazán, ni lo que pasa en la tele sólo se queda en la tele. No. Todo está entrelazado con Rusia, aunque no siempre los que parecen payasos lo sean. Lo brutal sale a relucir, en cuartos de baño y en casas de vacaciones, en salones con maquinitas y con músicas que te llevan a otros tiempos, a otras épocas, a otras guerras más frías pero no siempre tan sucias. Las reglas de Moscú y todo eso que se nos escapa de las manos y no entenderemos nunca de los ajetreos entre los países. Pero puestos al ajetreo, que sea con Slow Horses.
Fauda. Quinta temporada.
No son solo los ataques del 7 de octubre de 2023, pero son una parte importante. En tiempos de máquinas y algoritmos, la sangre no siempre no salta. Ni se pega. Ni se ve en el telediario (bueno, para muchos telediarios Hamas no es terrorismo). Fauda, con su viaje marsellés y su vuelta a la realidad de la locura, de la locura insana, no da tregua. Muchas veces pensamos en el horror y la venganza, pero no hay venganza que cure el horror sufrido en carne propia. Ninguna venganza. Sería fácil reducir Fauda al conflicto puntual, a la coyuntura, a lo episódico, pero no es posible, porque ese sindiós no hay profeta que lo arregle, quizás porque ya no tiene solución. Ninguna. Pero el relato, la importancia del relato, vuelve a escenificarse porque hace falta, una y otra vez, escenificarse. La quinta temporada de Fauda no es fácil de ver, no es agradable, pero es que la vida en mitad del infierno hace mucho tiempo que lleva siendo desagradable. Viajes, fronteras y esa mierda de dolor que te lleva a hacer disparates una y otra vez. Lo ideal hubiese sido que nunca se hubiese creado Fauda, o que hubiese sido una ficción de unas mentes demasiado imaginativas. Pero no. Desgraciadamente, podría existir Fauda hasta el infinito, aunque su realidad asusta. Y seguirá asustando.
jueves, 15 de octubre de 2026
El castillo. Primera temporada.
Empieza El Castillo con la voz de Roberto Carlos, el futbolista del Real Madrid (el cantante ya lo dejamos para otro día, aunque antes del futbolista todo el mundo, al escuchar Roberto Carlos, pensaba en en el cantante). Nos lleva, esa voz, a esos años impares en los que andaba el equipo de Lorenzo Sanz entre Champions, allá por el 99. Y nos lleva a lo sórdido, a lo escabroso, a lo desagradable, a aquello ante lo que cerramos los ojos, o ante lo que nos damos la vuelta o ante aquello que no queremos leer en el periódico. No sé si la palabra desagradable es la exacta. Voces roncas de alcohol y tabaco y de lo que haga falta; cuerpos hechos trizas, en todos los sentidos; clientes de toda calaña: hágase querer por un desastre. Y policías, también de todo tipo y con todo tipo de sentidos alterados, con cejas pobladas y gominas noventeras (eso me lleva más a Mijatovic que a Roberto Carlos) y jueces, y “ya se sabe que a los jueces les gustan más las drogas que las putas”, y esas frases que llevan a confusión, y confusiones que llevan a otras frases. El Castillo y las confianzas con personajes en los que no habría que confiar, en personajes que quitan la fe en la condición humana, si es que ya no está todo lo suficientemente deshumanizado. Y de pesetas a euros, tiro porque me toca. Furgonetas que suben mujeres como ganado, o ganado sin anillar al volante para conducir mujeres al infierno, sería mejor decir. Y Valdano, y Julio César Iglesias, y la radio como señal cronológica de una etapa cercana pero que parece pleistocénica. Y el mundo hecho un desastre, y el desastre hecho mundo.
lunes, 12 de octubre de 2026
La isla
No está La isla a la altura de El sermón sobre la caída de Roma ni de A su imagen, pero es que difícilmente hay muchos libros que estén a la altura de El sermón sobre la caída de Roma ni de A su imagen. Pese a esos peros (todo es queja en la vida, todo cansancio, existencial y del otro), deja Jérôme Ferrari chispazos de ese genio para retratar y retratarnos en esta gran mentira que es la vida. Aunque al principio parece todo brumoso (como casi todo en la vida), al final consigue enderezar la historia con su facilidad para resumir el caos diario de cada uno de nuestros momentos, de cada una de nuestras vidas. “Nunca he creído en las mentiras de la nostalgia” escribe ya casi al final de La isla, cuando muestra su pensamiento sobre el turismo y la mierda que todo ese fenómeno hilarante del selfi y lo cutre lo invade todo: “Nosotros no somos inocentes, sino cómplices de la transformación del mundo en un gran centro comercial”. Somos inconformistas, y muchas cosas más que JF resume en una frase: “Los humanos nunca ganan cuando ven cumplidos sus deseos”. En esta ilustración sobre los cafres y su deseo de hacer daño, sobre las idas y venidas al hogar familiar, sobre los más bajos instintos y lo que creemos perder cuando no sabemos que nacimos derrotados, todavía se ve el hilo de esperanza en algún momento (“habíamos venerado la cultura y el estudio, porque nada nos importaba más que salir del lodazal”). Pero como ya todo es turismo y terciarización, no hay salida posible: todo mierda. En algún momento, todos pasamos por esa lucidez imposible (“a veces sueño en dejar la enseñanza”), pero se nos pasa, y volvemos a la mentira del día a día, y claro, siempre pasa lo mismo: “Todo salió como estaba previsto, pero no significa que saliera bien”. Pero esa lucidez (tildada por JF como de “insufrible privilegio”) nos lleva a transformar lo cotidiano en algo no solo insufrible, sino en algo que va de las tentaciones desérticas al Apocalipsis: “El lugar en el que estaban ofrecía ya una versión bastante convincente del infierno”. No está mal volver a las palabras de Ferrari, aunque dejen más desesperanza en nuestra vida.
domingo, 11 de octubre de 2026
Special Ops: Lioness. Tercera temporada.
No hace falta decir nada más sobre Taylor Sheridan, porque, decir algo más, es ponerlo en más altares de los que necesita. Con datos sobre China, sobre universidades, sobre vitamina D y sol, y con un primer capítulo que deja a película taquilleras en bragas de muñeca de silicona, con casas que se destruyen, o familias, o mierdas a una Ucrania de bayonetas y drones, la tercera temporada de Special Ops: Lioness va con otro salto longitudinal, con otro decatlón de peligrosidad, con otro ejercicio de supervivencia mientras te sacan aparatitos entre los dedos de los pies (meñiques para todos). O tampoco. Las buenas intenciones y esas mierdas que venden los marlaskianos que antes eran antimarlaskianos, son todo mentiras. Y los microplásticos y el cáncer en los jóvenes, y las despedidas que no lo son tanto, y ese resquemor en el que los acorbatados y las trajeadas luchan por ver la longitud de sus egos, y, si hace falta, de sus miembros. De todos sus miembros. Pero como todo es mentira, ¿cuándo sale la verdad en las noticias?”. Nunca. A veces estamos tan obsesionados con una idea, con una fijación, que olvidamos el resto; nos centramos en la cabeza del Bautista y olvidamos de lo que Caravaggio pintó alrededor; nos creemos águilas cuando sólo somos caracoles que creemos en la lluvia para intentar salir adelante. Nada. Hágase querer por buenas historias, por entretenimiento bien contado, por edificios construidos con sólidos cimientos aunque la distancia entre los pilares (Irán, Estados Unidos, Siria, Ucrania, Rusia) sea enorme. Esperando más.
miércoles, 7 de octubre de 2026
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
