domingo, 30 de agosto de 2026

Sacrifico de sangre. Primera temporada.

La primera temporada de Sacrificio de sangre cumple con los requisitos nórdicos de lo nórdico: gente atormentada, alcohol, policías sin afeitar, minorías étnicas que ya no son minorías y que conviven con la otra minoría nórdica (anteriormente la nórdica original), cuadros que inspiran, gente con pendientes en sitios que no deberían llevar pendientes, sindicatos que generan odio y jefazos que generan más odio que los sindicatos nórdicos que ya no sólo representan lo nórdico. No es la Seven nórdica que venden (adiós cabezas, adiós), pero para cinco horas de solsticio, nos vale. O eso creemos. Y yo no me tapo con edredones.

sábado, 29 de agosto de 2026

The Westies. Primera temporada.

Con la sidra de turno, The Westies empieza con las altas pretensiones de enfrentar a italianos e irlandeses, al IRA y la expansión de NY, a policías con dependencias y cuentas pendientes, a JASP que vienen de Vietnam y con no menos dependencias, y a tipos que nada tienen que perder hasta que pierden lo más valioso. Aunque algunas tramas son un poco rocambolescas, esto va de sillas: de tipos atados a sillas y de tipos que quieren ocupar las sillas de otros. Con finales de capítulos que suben el nivel del resto de minutos, y aunque hay que ponerle imaginación, la ilustración no deja de desentonar y está sonorizada con un buen puñado de canciones. Pero le falta un punto, algo para ser grande. O eso es lo que parece.

lunes, 24 de agosto de 2026

Anniversary

25. Libre. Chéjov. Mierdas con camisas, o blusas, con botones sueltos. Vinos. Senadores. Música como si fuera aquel capítulo de Black Mirror en el que aquella pava con ínfulas caía en desgracia camino de la boda de su examiga, o bruja, o largabruja, que decía el EHDLCV. Vivan los bastiones. Vivan los pañuelos. Y no se puede joder al sistema porque el sistema está jodido. No hay perdón los días de vinilos. La fe: “El árbol está invadiendo el jardín del vecino”. Mierda sobre mierda. Máscara sobre máscara. Vitamina sobre vitamina. Y no, “la autocracia no tiene sentido del humor”. El problema de Anniversary (o bendito problema) es que, dentro de su dramática bajada a los infiernos (infiernos bien contados), en muchos momentos, en demasiados momentos, nos recuerda a El cuento de la criada, a ese momento en el que piensas que “ya he visto esto aunque no lo he visto realmente”. Todo es caos, aunque podría haberse llamado caída en desgracia, o cada uno tiene el diablo que se merece, o la peor etiqueta del mundo pegada con demasiada silicona a la mejor botella del mundo. Anniversary da miedo, pero el miedo que tenemos aquí no queremos verlos. Y lo tenemos desde hace tiempo.

jueves, 20 de agosto de 2026

Lucky. Primera temporada.

Termino la primera temporada de Lucky justo antes de que el amigo Andrés me pregunte por Álvaro Pombo y de que mi hija me tenga seis horas jugando con trozos de madera y, creo, que Lucky, se merecía un mejor final, o, al menos, algo más de venganza, algo más de punzada en el corazón, ahora que ya nadie se acuerda del Wilco de Templeton. Con buenos capítulos (o trepidantes, que se añora mucho lo trepidante cuando ya nada es trepidante) al principio, llegas a Lucky por esa separación entre ojos, a esa bandera argentina descarnada que es Anya Taylor-Joy. Da igual que el señor Justified no lleve gorro, sea su padre y sea un cabrón; da igual que Annette Bennig vaya de madre mala (o descarriada); da igual todo, porque todo lo abarca AT-J. Todo. Hay robo, hay mentira, hay persecuciones guapas, hay jodiendas que se estiran innecesariamente (ese penúltimo capítulo), hay falsedad entre pozos de petróleo, hay que pensar sobre aquello que nos decía Mediapunta: “No tengo la fe, y tengo la D de la derrota en mi piel”. Y Lucky, en esta primera temporada, va de derrotas, de recuerdos de piscinas y cumpleaños de robo, de cárceles y de gentuza disfrazada de guays y de oraciones que no tienen respuesta. Porque al final, ni un muñeco te salva, ni diez palabras, ni jodiendas con vistas a un horizonte demasiado idealizado. Un buen divertimento para desconectar de todo lo demás.

martes, 18 de agosto de 2026

Demasiado lejos

Tres meses después de terminar Qué quedara de nosotros, hago lo mismo con Demasiado lejos, esa novela que Eduardo Sacheri dedica “a quienes no intentan dejarse encandilar”. He hablado, directamente, con dos argentinos, sobre el tema Malvinas entre el final de una lectura y otra. Con Alfredo, que tenía una pegatina en su bar, el Victoria, cuando me escapaba en el recreo del Cervantes; con Cristian, el tipo que llevó la compra del coche de mi señora esposa. Un tema difícil, complicado y con personas que no te conocen más que superficialmente, menos todavía. Demasiado lejos, creo yo, va de más a menos, pero no por ello se hace menos interesante. Orden, patria, obligación. Alfredo es un argentino llegado a España y el dueño del bar de DL es “un asturiano que cruzó el océano para terminar en este zoológico de locos llamado República Argentina”. Ver los asuntos desde la distancia, física y cronológica, sabiendo el final del drama, tiene sus momentos, tanto o más que los de Vincent Vega en Pulp Fiction. DL es sangre y dolor de padres, es inquietud y mapas (faltan mapas en el libro, o, como decía EHDLCV, “nos faltan mapas en la vida”), es cadena de mando y es desconocimiento real de un problema, pero las entidades territoriales son difíciles de clasificar: “¿Quiénes entran dentro de la palabra ustedes cuando se habla de un país?”. Y claro, siempre es lunes en política, y “los lunes son días de cálculos”. Lo define Sacheri en DL como la “podrida”, es decir, “balas, muchas balas y muchos muertos”. Y todo es mentira, y “a veces me da por pensar que los diarios no dicen necesariamente la verdad”. Y en esa locura de banderas, de ideologías desconectadas de la realidad, de antiperonistas y recontraperonismos, todo puede ser un himno de Clint Mansell o un grupo que genera más estupidez dentro de la estupidez. Mucha estupidez, “porque los trapos sucios de la familia no se lavan en ningún lado”. Y la necedad, y la ineficiencia de la diplomacia, y ese “estado de furia homicida” que no acaba nunca bien. Lo resume bien Sacheri, hablando del problema malvinesco, pero puede cambiar latitud, longitud, cronología, que el problema, a fin de sumas y restas, se reproduce más o menos igual: “El problema es la ceguera de estos imbéciles, que se supone que son profesionales de la guerra. La confianza, la suficiencia, la autocomplacencia que despliegan desde el hundimiento del Sheffield, como si la guerra fuese un partido de fútbol y acabasen de empatar el Score”. Y apostilla: “No hay manera de que abandonen el optimismo suicida, los comentarios jactanciosos, los juicios ramplones”. Pum, pum. Es lo que pasa siempre, que “las cosas buenas de la vida se terminan mucho antes que las malas”. Pero hay cosas que no las ves ni en colores con las mejores gafas: “No lo vio venir. Él, que se preparaba para la desilusión todos los días, a todas horas y con todo el mundo, ensayando el desencanto preventivo”. Y hablando de prevención, ES, subraya: “Tendría que existir una escala para los hijos de puta y su peligrosidad, como la hay para sus terremotos”. Pero al final todo se olvida, ya sea por el abandono, por el interés, o, lo que es más triste, por “la falta de hijos que perpetúen nuestra memoria”. En definitiva, Demasiado lejos es un buen libro para recordarnos que todo es mentira y que “no vamos hacia la verdad, sino hacia la verdad que necesitamos”.

viernes, 7 de agosto de 2026

Friday Night Lights. Segunda temporada.

Pese a que se queda interrumpida, o cortada (adiós a las huelgas, vivan las huelgas, que decía EHDLCV), la segunda temporada de Friday Night Lights sigue profundizando en su temática de siempre (todo es mentira, con o sin hormonas, con o sin ida y vuelta, con o sin basura emocional). Pero las mentiras deben ser contada de manera real, que el barniz no se joda a la primera, sea de barco o no, vengan añadidas flores del tiempo, o de invernadero. Siempre hay rupturas, siempre hay un adiós esperando, siempre una paliza, siempre una chispera, siempre un plan B esperando, porque en FNL siempre hay un plan B, una opción en la que pensar, aunque sin neuronas es un poco difícil pensar. Vivan las mentiras.

viernes, 31 de julio de 2026

Star City. Primera temporada.

Star City tiene al principio un aire entre La vida de los otros y Chernobyl que ya ilustra lo que se nos viene encima. Pero como en FAM (de ahí vienen todos los fantasmas, todos los jodidos fantasmas), todo se tuerce en las alturas y en subsuelo, bajo Breznev y tras las cejas de Breznev, en los bailes parisinos y en las bodas de apariencia. Todo mentira, y mejor cerrar el pico. Siempre cerrar el pico. Bien cerrado. Y siempre pensar te mete en líos, los ruskis lo dejan claro: “Quiero saber qué está haciendo todo el mundo antes de que lo haga, quiero saber qué está diciendo todo el mundo antes de que lo diga, quiero saber qué está pensando todo el mundo antes de que lo piense”. No hay medias tintas, ni, como dirían mi hija, colorás. De aquí al Gulag pasando por los cielos, si es que acaso existen los cielos y no es gulag todo en nuestras vida. Entre el ejercicio de persecución y la locura más rancia del comunismo, esta ilustración, que sube y baja, que desconcierta y da miedo (miedo, crecimiento del miedo, que decía el hombre de la camisa verde), nos lleva a pensar más de la cuenta en lo que pudo ser y no fue, en los frutos de una guerra que justificó todo lo que vino después hasta que lo que vino después se hizo irrespirable. Y así seguimos, con todo irrespirable.