martes, 12 de mayo de 2026

Spandex

Spandex, de Joaquín Rodríguez, nos lleva a esa galaxia de viejas glorias que aguantan con un motor que chirría, perdiendo facultades pero creyendo que lo mejor está siempre por llegar (con o sin laca, con o sin pintura en la cara, con o sin síndrome de avestruz). Spandex nos deja claro, desde el principio, que “los milagros no existen y la fuerza de la gravedad hizo el resto”. Saltos al vacío, guitarras que acompañan a torreznos (¿o era al revés?), resentidos con bata e ilusiones convertidas en volver a llenar pabellones que ardieron por el camino. Spandex también nos muestra lugares, revistas, personajes reconocibles y esos efectos que convulsionan todo, como el grunge, “un tsunami que se llevaba todo por delante”. Pero al final, como pasa siempre, “todos estamos más viejos y más gordos”, y el cambio, e internet, y las transiciones que no siempre se muestran como uno quiere: “Es la típica estrella del rock en decadencia que se dedica básicamente a beber cerveza y a no encontrar nunca el día apropiado para retirarse de los escenarios”. Pero cuando suena la música de La guerra de las galaxias todo cambia. O crees que cambia. Vivan los saltos.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Ahora o nunca

Después de un destierro totanero, entre huertos de concepción y chimeneas varias, volvió a mis manos Ahora o nunca de Miguel Sanchez-Ostiz, una colección de frases que no dejan indiferente, aunque “a cambios de escritura deberían corresponder cambios de vida, pero ni uno ni otros resultan sencillos”. Nunca. O casi nunca. Con muchas referencias a esa referencia que es Las pirañas, nos advierte el MS-O: “Guárdate de la gente sensible y frágil, letrada o no, sobre todo si va en cuadrilla, de ronda de noche, en callejón solitario o en descampado”. AON es un libro que, a veces, agobia, con ese “pulso como para robar panderetas”. Como decía el hombre de la camisa verde, “la vida no es una canción de los Stone Roses, pero debería serlo”. O no, vaya usted a saber, escuchando This is the one, mientras releo este AON: “Es asombroso lo que acabas tragando para ser de la patria o de la cuadrilla, del grupo, por estar en la pomada que se decía hace unos años a pesar de ver la peor cara de tus compinches de ocasión”. Hay lamento, queja bien retratada en AON: “La historia no te deja así como así, te va royendo los zancajos, te tropiezas con ella donde menos te la esperas, cuando no la llevas atada al cuello como cepo de penado”. This is the one. Las decisiones, camino o no de un matadero existencial que siempre llevamos en la quijotera: “Mucho tiempo perdido en necedades. La primera, la obstinación en ser lo que no eres. Descontento permanente con tu suerte… Una suerte que tú mismo has escogido. Una necedad completa”. Y en ese retrato, en ese espejo de mil insomnios, se ve el “veneno sin antídoto”. Pero como todo es mentira, abundan sus más fieles seguidores: “Mentirosos, no solo intentan reescribir la historia para sus cómplices y parroquia devota y entregada, sino que ejercen de profesionales de la mentira, esa lacra nacional ya vieja”. Y apostilla MS-O sobre las mentiras: “Al final, defección más que decepción. Las falsas amistades: las peores amistades. Acabas no fiándote de nadie en ese guirigay, una patraña de la peor especie”. Y las apariencias, o las falsas apariencias, o lo que no queremos ver en ese espejo de mil insomnios, por mucho que repitas a gritos el Sally Cinnamon como terapia o como escape: “Max Aub decía (en su biografía de Buñuel) que eres o acabas siendo no como te gustaría, sino como te pintan. Tu autobiografía no puede coincidir con tu biografía, por muy estrepitosas o mortecinas que sean ambas. Nada coincide con nada, ni el que vive a oscuras con el mismo que vive a luz del día, aunque al final entierren o incineren al mismo”. Y en el espejo no entramos todos: “Para que te admitan, tienes que expresarte de una manera que le guste al sanedrín de las ortodoxias que esté de guardia, no precisamente como eres”. Los tesoros nacionales no son siempre admirados, ni reconocidos, o cuando son reconocidos, como habla MS-O de Juan Eduardo Zúñiga al final del libro, ya es un poco tarde. Y hablando de espejos, o recreándose en el espejo, escribe MS-O: “Concibo mis novelas como un rompecabezas que se ha ido uniendo como una galería de espejos quebrados, una galería de feria”. Reflexiona también sobre el negocio de la muerte y como “la ancianidad causa espanto si no tienes medios, y si los tienes, también”. Pero fiel a sus principios, queda claro que el “el diario como desahogo es letrinesco”. Amén. Y luego, en ese sueño macabro de despertar a una realidad que nos puede llegar en cualquier momento, aunque Los vegetales nos decían que “prefiero la seguridad de mi sueño”: Pero esa realidad, la descrita en AON, es más real que la realidad: “Raras veces reparamos en que nos podemos quedar solos de manera sorpresiva, repentina y que todo nuestro mundo se puede venir abajo”. Y claro, “no todos pueden morir entre los suyos. Ese es un lujo o una suerte que no está al alcance de todo el mundo”. Y en esa perspectiva, no puedes huir, porque “a cierta edad no te vas, te quedas; fantaseas, pero te que quedas, porque no hay salida”. Y en el cementerio, sea noviembre o nunca, lo deja claro MS-O: “Cada vez tengo más claro que somos nuestros muertos”. Luces eternas para todos, pero sin focos, porque “los perdedores resultan atractivos hasta que están demasiado cerca”. Sobre ese pasado no tan lejano, y sobre bichos que habitan nuevas casas con el permiso del insecticida del poder, escribe MS-O: “Para pasar la página de la historia primero hay que escribirla, no son solo personajes novelescos". Y el recuerdo del Museo de cera de José María Álvarez, y la forma de ver las cosas, o de interpretarlas: “Cuando la denuncia y la inquisición se hacen pasión: la caza del disidente, del que no canta a capella, del que no comparte las pasiones destructivas y apaciguadoras que se acogen a la protección de lo políticamente correcto”. Y los pésames, y las tragedias, y esos paisajes ruinosos, y los personajes sectarios y las banderizas y las citas de dietarios ajenos. Y en la caída de la cuchara de la desesperación, “no hay peor patraña que la historia contada a medias, edulcorada y falseada”. Y los retratos, hechos a imagen reconocible de los que vemos campar sin contestación: “Qué grotesco resulta el mediocre perdonavidas que oficia de maldito de pueblón, esa gente que parece que vaya a hacer y no hace, que iba a hacer y no hizo”. Y al final de AON, se vuelve a referir el autor a Las pirañas, esa lectura que todavía abruma: “Las pirañas una página detrás de otra, abrumador: ese libro no fue para mí un exorcismo de nada. En el prólogo que tengo que escribir no me voy a referir a la lectura paleta que se hizo de esa novela. Había más que eso y ni se olió”. Y la doble visión del mundo, de la precaución a la ausencia de miras: “Cuídate de quien se muestra contrario a la violencia, incluso la verbal, pero disfruta de la difamación, las mentiras, la calumnia y las injurias bajo disfraces literarios”. Y más sobre LP: “No creí, que corregir un libro como Las pirañas fuera tan complicado. ¿Sobran o faltan páginas? Pues las dos cosas. Y además resulta difícil poner orden a lo que nunca lo tuvo, no ya como labor de edición, sino de escritura”. Y Aguirre y Ursúa, y los pleitos y las farras, esas que “siempre las paga alguien, alguien que entra por el callejón y la puerta de servicios”. Pero siempre nos queda algo porque si no queda nada, bajamos la persiana: “Si dejamos que nos arrebaten el pequeño sueño, la burla, la sonrisa de nuestros sueños de despierto, nuestros vuelos de mayor o menor alcance, estamos perdidos”. Y gracias a lecturas como las de los libros de Sánchez-Ostiz no bajamos la persiana. De momento.