lunes, 27 de abril de 2026

The Pitt. Segunda temporada.

Hace unas semanas me preguntaba mi señora esposa una de las cuestiones que la obligaba un cuestionario del INE (de esos que son voluntariamente obligatorios) sobre el grado de satisfacción en el trabajo. Un cero, le conteste. Me miró con cara que va desde la que está oliendo raro a la de un partidazo extrañado de Alvarado antes de llegar a NY. Pero no. La segunda temporada de The Pitt va sobre los colapsos, los de los cuerpos humanos y los de las mentes de los cuerpos humanos. Del colapso de seguir viviendo y hacer lo que te gusta pero que te impide seguir adelante, porque estar rodeado de muerte continuamente lleva precisamente a eso. A no poder seguir, a odiar lo que te encantaba, a escoger caminos equivocados (de esos que te llevan a rehabilitación), a creerte el origen de todo cuando eres manifiestamente prescindible, a preguntarte si te están utilizando (otra vez), a creer que lo que nos cuentan puede llegar algún día a ser verdad. Pero “la muerte no se cambia” y te hace pensar, y en esa deriva, incluso alguno, antes o después, sobrevive. O cree que sobrevive.

La Antártica empieza aquí

“La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sostiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje”. La Antártica empieza aquí, como algo antes de lo grande, o medianamente alto, o muy alto (etiquetas para todos, pero bien escritas las etiquetas), deja retazos de lo bueno que puede llegar a ser alguien antes de ser bueno, antes de que tenga retazos para ser bueno, antes de tener que pensar, en mitad de música de jazz, de la altura que va de una pértiga en un domingo sin tener que rezar. Empieza muy bien y termina muy bien, y el resto, no está tan bien: “Ser escritor, como ser soldado o samurai, implicaba una postura como ser soldado o samurai, implicaba una postura violenta frente a la realidad, una resistencia continua, sin pactos ni tregua”. Pero siempre tenemos esa balanza, la del tiempo (la del tiempo cuando empieza la crianza no vale, está adulterada, está condicionada por las tareas propias de tu sexo cuando nadie hace las tareas propias de su sexo): “Todo me parecía una pérdida de tiempo frente a la necesidad de leer y preparar lo que iba a escribir”. De eso se trata todo, leyendo LAEA: mientras estamos haciendo otras cosas, no escribimos, no reflexionamos lo suficiente como cuando veíamos esa casa blanca del Carmolí con la tarjeta metálica de WHLnº9 (o quizás, era otra número, o era otra cosa, o era otro Carmolí desde el que despeñarse). Pero eso se lo dejamos a los que tienen juventud, o creen que tienen juventud, o algo parecido a eso: “La juventud sería para sufrir, endurecerse, juntar materiales y construir un castillo”. Redención, condenas (o eso dice alguien después), repeticiones, expediciones, pero todo es mentira: “Porque una cosa es escribir una buena historia, me explicó, y otra es ser parte de ella”: Luego vienen pájaros y jaula (y lo que sigue, una cosa a la otra), y los Países Bajos, y el fútbol y la prostitución, y las recaídas de los alcohólicos, y como todo se vuelve un chiste en mitad de un ambiente en el que no quieres estar: “Toda vida, todo tipo de vida, requiere un grado constate de violencia para permanecer en este mundo”. Y cuando el avance es el otro avance, porque “cuando uno está perdido todo lo demás está en su lugar”, no hay avance posible. En su puto lugar. Pero en el planteamiento, está el mismo error, porque queremos un sol eterno en un territorio vedderiano en el que tenemos lluvia, más lluvia y solamente lluvia: “El problema es que la gente no busca el fracaso”. El puto fracaso. Y así seguimos, que nadie asume su fracaso. Su jodido fracaso.

jueves, 16 de abril de 2026

DTF St. Louis. Primera temporada.

“¿Cuándo se acabaron los recreos?”. Llevaba tiempo sin que me mantuviese tan atento a un primer capítulo de una serie (tendría que hacer memoria, e incluso haciéndola no lo recuerdo). DTF St. Louis, entre chutes de juegos de mesa, abrazos no deseados, barrigas menos deseadas, escotes tapados por ropa de árbitro aún menos deseada (sigo sin decir colegiada, que los árbitros no son médicos ni del colegio de dietistas) nos lleva a un escenario que va de la soledad a la compañía en menos de lo que se descarga una aplicación de móvil (latas de Bloody Mary para todos). En esa soledad, la de estar acompañados por personas a los que vemos un rato en la cama antes de irnos a trabajar y así hasta el día siguiente, creemos que lo cotidiano ha llegado para quedarse, como la artritis o las bisagras que chirrían, o ese dolor en los dedos de los pies que avisan de la lluvia de mañana. DTFSL nos mete en un jardín desde el principio, con ese fondo verde que se transforma en mapa del tiempo pero que realmente no había sido fumigado nunca. Los mensajes, las llamadas, las piscinas. Hágase querer por el engaño de la engañada, hasta que todo se vaya hasta la próxima gota fría (tampoco uso DANA, me niego, ni en las clases de segundo de bachillerato de Geografía). Hágase desear hasta que ese deseo se vuelva incontrolable y todo acabe de mala manera. O no acabe. Y siempre hay alguien que mete las narices en algo relacionado con Indiana Jones, o con los vertederos, o con esas cartas en la cabeza que nada bueno pueden traer. Y tiro, no porque me toque, sino porque me gusta tirar piedras a las paredes. O no. Pero como todo es mentira, siempre hay alguien que te vende un sueño, o la forma de recrear un sueño. Otra mentira. Ni existen los sueños ni existen las ventas de sueño. Todo es un engaño, todo bebida falsa, todo encuentro irreal. O quizás, rascando un poco, encontramos lo que no queremos encontrar, lo que no queremos ver, lo que creíamos olvidado pero siempre estuvo ahí, como ese nivel medio de hip hop que deja mucho que desear, porque todo en la vida deja mucho que desear. La vida no es un concierto en el que te cogen y te sueltan la mano sin motivo aparente. No es así, y nada es así. Como en Breaking Bad, porque todo, al final, nos recuerda a Breaking Bad, esto va de dinero. ¿Cómo pagar lo del hijo raro? ¿Cómo pagar la vida anterior? ¿Cómo pagar una casa unifamiliar en vez de vivir en un apartamento de 50 metros cuadrados en un quinto piso sin ascensor? Como en los estados convertidos en ciénagas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Muy por encima, y luego nos quejamos, o buscamos un plan B, o queremos una piscina más grande, o las piedras golpeadas nos estallan en la cara. Pero como nos dice Isabel Cea en Sacrificio en la canción de Triángulo de Amor Bizarro, “la muerte es solo un gesto”. Pero no todo el mundo la entiende, o la quiere entender. Un poco más corta (o menos torcida), hubiera quedado mejor, pero siempre podemos pedirnos una bebida para aparentar. O cuatro, aunque no tengan descuento.