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jueves, 16 de abril de 2026
DTF St. Louis. Primera temporada.
“¿Cuándo se acabaron los recreos?”. Llevaba tiempo sin que me mantuviese tan atento a un primer capítulo de una serie (tendría que hacer memoria, e incluso haciéndola no lo recuerdo). DTF St. Louis, entre chutes de juegos de mesa, abrazos no deseados, barrigas menos deseadas, escotes tapados por ropa de árbitro aún menos deseada (sigo sin decir colegiada, que los árbitros no son médicos ni del colegio de dietistas) nos lleva a un escenario que va de la soledad a la compañía en menos de lo que se descarga una aplicación de móvil (latas de Bloody Mary para todos). En esa soledad, la de estar acompañados por personas a los que vemos un rato en la cama antes de irnos a trabajar y así hasta el día siguiente, creemos que lo cotidiano ha llegado para quedarse, como la artritis o las bisagras que chirrían, o ese dolor en los dedos de los pies que avisan de la lluvia de mañana. DTFSL nos mete en un jardín desde el principio, con ese fondo verde que se transforma en mapa del tiempo pero que realmente no había sido fumigado nunca. Los mensajes, las llamadas, las piscinas. Hágase querer por el engaño de la engañada, hasta que todo se vaya hasta la próxima gota fría (tampoco uso DANA, me niego, ni en las clases de segundo de bachillerato de Geografía). Hágase desear hasta que ese deseo se vuelva incontrolable y todo acabe de mala manera. O no acabe. Y siempre hay alguien que mete las narices en algo relacionado con Indiana Jones, o con los vertederos, o con esas cartas en la cabeza que nada bueno pueden traer. Y tiro, no porque me toque, sino porque me gusta tirar piedras a las paredes. O no. Pero como todo es mentira, siempre hay alguien que te vende un sueño, o la forma de recrear un sueño. Otra mentira. Ni existen los sueños ni existen las ventas de sueño. Todo es un engaño, todo bebida falsa, todo encuentro irreal. O quizás, rascando un poco, encontramos lo que no queremos encontrar, lo que no queremos ver, lo que creíamos olvidado pero siempre estuvo ahí, como ese nivel medio de hip hop que deja mucho que desear, porque todo en la vida deja mucho que desear. La vida no es un concierto en el que te cogen y te sueltan la mano sin motivo aparente. No es así, y nada es así. Como en Breaking Bad, porque todo, al final, nos recuerda a Breaking Bad, esto va de dinero. ¿Cómo pagar lo del hijo raro? ¿Cómo pagar la vida anterior? ¿Cómo pagar una casa unifamiliar en vez de vivir en un apartamento de 50 metros cuadrados en un quinto piso sin ascensor? Como en los estados convertidos en ciénagas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Muy por encima, y luego nos quejamos, o buscamos un plan B, o queremos una piscina más grande, o las piedras golpeadas nos estallan en la cara. Pero como nos dice Isabel Cea en Sacrificio en la canción de Triángulo de Amor Bizarro, “la muerte es solo un gesto”. Pero no todo el mundo la entiende, o la quiere entender. Un poco más corta (o menos torcida), hubiera quedado mejor, pero siempre podemos pedirnos una bebida para aparentar. O cuatro, aunque no tengan descuento.
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