Hace 47 minutos
lunes, 27 de abril de 2026
La Antártica empieza aquí
“La locura, les dices, es una jauría de perros invisibles que te sigue a todas partes; es un laberinto transparente sin Minotauro; es un agujero que te sostiene. Volverte loco, insistes, es como llegar de viaje y encontrar tu casa vacía, la despensa saqueada y las camas deshechas, pero sin haber salido de viaje”. La Antártica empieza aquí, como algo antes de lo grande, o medianamente alto, o muy alto (etiquetas para todos, pero bien escritas las etiquetas), deja retazos de lo bueno que puede llegar a ser alguien antes de ser bueno, antes de que tenga retazos para ser bueno, antes de tener que pensar, en mitad de música de jazz, de la altura que va de una pértiga en un domingo sin tener que rezar. Empieza muy bien y termina muy bien, y el resto, no está tan bien: “Ser escritor, como ser soldado o samurai, implicaba una postura como ser soldado o samurai, implicaba una postura violenta frente a la realidad, una resistencia continua, sin pactos ni tregua”. Pero siempre tenemos esa balanza, la del tiempo (la del tiempo cuando empieza la crianza no vale, está adulterada, está condicionada por las tareas propias de tu sexo cuando nadie hace las tareas propias de su sexo): “Todo me parecía una pérdida de tiempo frente a la necesidad de leer y preparar lo que iba a escribir”. De eso se trata todo, leyendo LAEA: mientras estamos haciendo otras cosas, no escribimos, no reflexionamos lo suficiente como cuando veíamos esa casa blanca del Carmolí con la tarjeta metálica de WHLnº9 (o quizás, era otra número, o era otra cosa, o era otro Carmolí desde el que despeñarse). Pero eso se lo dejamos a los que tienen juventud, o creen que tienen juventud, o algo parecido a eso: “La juventud sería para sufrir, endurecerse, juntar materiales y construir un castillo”. Redención, condenas (o eso dice alguien después), repeticiones, expediciones, pero todo es mentira: “Porque una cosa es escribir una buena historia, me explicó, y otra es ser parte de ella”: Luego vienen pájaros y jaula (y lo que sigue, una cosa a la otra), y los Países Bajos, y el fútbol y la prostitución, y las recaídas de los alcohólicos, y como todo se vuelve un chiste en mitad de un ambiente en el que no quieres estar: “Toda vida, todo tipo de vida, requiere un grado constate de violencia para permanecer en este mundo”. Y cuando el avance es el otro avance, porque “cuando uno está perdido todo lo demás está en su lugar”, no hay avance posible. En su puto lugar. Pero en el planteamiento, está el mismo error, porque queremos un sol eterno en un territorio vedderiano en el que tenemos lluvia, más lluvia y solamente lluvia: “El problema es que la gente no busca el fracaso”. El puto fracaso. Y así seguimos, que nadie asume su fracaso. Su jodido fracaso.
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