martes, 24 de marzo de 2026

La hija

Como todo es mentira, cuando acabo un libro me pongo la versión de Caja del diablo de Triángulo de Amor Bizarro. Esa Isabel, que no Rosario, nos habla, como Jota, de mentiras: ”Siempre pienso que me han engañado”. Y es así. La hija no es un libro fácil, en ninguna de sus partes, pero es un libro de los que te hace pensar (otra vez, que para eso estamos). Pensar, meterte en líos, Casi Famosos, que decía el hombre de la camisa verde. Cada vez añoro más el silencio. He leído La hija en huecos que he tenido en una sala de profesores en la que brincan más que piensan, en la que festejan más que piensan. Se ríen, o hacen comentarios, cuando te ven con el libro de turno, y no diferencian Qué quedará de nosotros de Sacheri de La hija de del Molino. Y a ellos les da igual. Vivimos rodeados de personajes que satirizan al que lleva el libro entre manos, en la mochila, en el ajetreo. La hija, en ese afán entre lo didáctico y lo inventivo (o la palabra que sea equivalente), busca creer que hay relación entre en lo que, a lo mejor, no lo hay. O quizás, el autor tenga razón. No lo sé. Pero en ese intento, en el de hacer pensar, en el de escuchar esa mentira, ese engaño, nos lo pasamos bien. O yo por lo menos lo intento, aunque creo que no está a la altura de Los alemanes. Esto es otra cosa, otra cosa hibridizada, que está bien. Escribe SDM: “Cuando pensamos en la infancia, los padres ya están colocados en la escena, no se presentan”. Cuando mi canija, con sus 33 meses y 18 días me mira, y me pide el libro, o la música de Martín, o hacer una muralla con trozos de madera, me creo de verdad (aunque sea mentira) eso de que “las cosas importantes nunca están lejos”: Ahora, con el miedo en el cuerpo de que me pase algo, o a mi canija, me acuerdo mucho de eso que decía EHDLCV: “La vida es eso que pasa entre muerte y muerte de gente que tenemos cerca”. Demasiado cerca, aunque “la vida consiste en subsistir”. Pero La hija te hace pensar en ese XIX que tenemos entre ceja y ceja, entre temas de oposiciones y cuadros a los que le damos vuelta en la quijotera, aunque “a nadie le importa el arte, siempre importan otros asuntos”: Otros putos asuntos, otros caminos de sirga como los de la 253. También creemos que decidimos solos (“Uno decide lo que cree que es mejor en soledad, y apechuga con su decisión”) y luego la vida te pone en tu sitio, o la democracia, o los abrazos, o los matrimonios con los primos: “Nos pasamos la vida admirando los amores imposibles, y cuando suceden en la realidad, escupimos sobre ellos como frailes con trabucos”. Ese mismo Jota de antes, en su Si me diste la espalda, dice que “ahora existen mil demonios”, ocupando lugares reconocibles. La hija nos recuerda que “la revolución es divertida si tienes veinte años y pocas ganas de dormir”: Pero luego está la vida, y “sentía la mentira como un insulto”: Pero no es así, porque “ninguna euforia dura demasiado”. Sobre la cimentación de nuestros valores, nadie está de acuerdo. No tuvo que ser fácil ser hija de Goya en aquel momento, pero no debe ser fácil para mi hija tener un padre como el que tiene. Pero es verdad que no tuvieron cantajuegos ni Isabel ni Luisa Fernanda. Y a cada uno de nosotros se nos mueren los reyes (ya lo cantó Algora, “no era una perdiz lo que me comí, fue el final del cuento”). Pero toca seguir, sean en la sala 66 o en la que sea, porque “no somos la misma persona todo el tiempo, no nos vestimos igual para la ópera que para el fútbol”: Pero ese triste final (el del cuento, el de SA y el de todos nosotros), nos lleva a creer que estos desastres personales tienen solución. Pero no. Siempre vendrá un Arrieta, aquí o en la tierra de las nieves de los Wolves, a ponernos tiritas, pero la herida sigue ahí, porque “somos prisioneros de nuestros prejuicios y vivencias”: Un buen libro para creer que todo esto tiene solución, aunque no la tenga. Pero siempre me queda mi canija. Mi canija.

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