domingo, 1 de marzo de 2026

Der Tiger (El tanque)

Hágase querer por la escucha de una misa en latín en mitad de ningún sitio, en mitad de una guerra de todos los demonios. Der Tiger nos lleva a una misión de locos en un mundo de locos, en un mundo de humo, puentes caídos (ahora que se lleva tanto lo de utilizar la palabra puente) y ríos que sirven para muchas cosas. Pero Der Tiger es sobre todo paranoia, búsqueda innecesaria en la derrota inminente, chapuzón iniciático de caos y de un amén que no siempre significa lo que tiene que significar. Meta para todos, entre la lucidez taciturna (siempre JMR) y una evocación continua de imágenes que nos llevan a Malick en la mirada: “Los de los tanques siempre tan especiales”. Y el Reich, siempre era el Reich, lo primero. Vino, fuego y profesores de latín: “Si algo nos legaron los antiguos romanos, si hay una gran contribución que su imperio legó al saber humano, esa es la guerra. Siempre estaban en guerra. Y no para someter a ningún enemigo, sino a su propio pueblo, siempre luchando, siempre librando guerras”. La cadena de mando y sus mierdas: “Órdenes que hay que acatar y olvidar quién eras y qué te gustaba”. Pero no siempre se entienden bien las órdenes: “Las órdenes son lo único que tenemos, ellas lo sostienen todo. El ejército, la soledad, todo”. Y todo cambia, el escenario, pero recuerda demasiado, por momentos, a ese napalmístico ejercicio visual de Coppola. Pero, como siempre, todo era mentira. Todo.

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