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jueves, 26 de febrero de 2026
El mundo de los prodigios
Ahora que todos los políticos hablan de la importancia del relato (el de mentira, como todo), nos olvidamos de los relatos de verdad, de los que nos dan ese “valor añadido” y que nos aportan algo, aunque siempre esté presente esa vanidad de los artistas (“perfectamente admisible”). No creo que El mundo de los prodigios esté a la altura de de sus predecesoras en la trilogía, pero no todos los días nacen iguales, que decía el hombre de la camisa verde. EMDLP nos lleva por caminos de botellas a medio vaciar, por el camino del vicio y lo que no siempre es honesto, nos lleva a la importancia de recrear libros o textos que, realmente, no siempre son tan importantes (o nosotros creemos que no son tan importante”. Y en mitad de este circo (porque en EMDLP hay mucho circo, en todos los sentidos), en mitad del recuerdo de Goethe, nos encontramos con el espanto que nos asusta y nos atrae, con aquello que nos pasaba con las canciones de Roxy Music, que dependía mucho de la hora de escucha. Escribe RD que “el demonio ya no es hoy en día una figura popular”. El demonio ha desaparecido de la vida de muchos de nosotros, pero sigue estando ahí, aunque “son muy pocos los que se lo toman realmente en serio”. Y apostilla: “Al demonio le gustan más los momentos de indecisión”. Pero como hasta Oswald Spengler es mentira (y su rapado, más todavía), podemos asumir que “tomarse a broma el pasado es una forma de sugerir que no fue en realidad tan importante como puede parecer”. O quizás, nada de nada. Como sigue siendo mentira Oswald Spengler, “las bromas desmantelan los horrores, les restan toda importancia”. Toda. Pero hay que tomárselo todo a chiste, llevarlo al humor, aunque entre tanto rezo (ayer, hoy, en el reel siguiente), “el monoteísmo no deja huecos para los chistes”. En esta colección de frases enmarcables que va dejando RD, el relato parece que se olvida, porque todo es una sucesión de fantasmas que te hacen pensar que ese momento, el del delirio, está por llegar: “Cuando beba por el demonio, quiero estar seguro de que lo hago muy en serio”. Pero como somos ombliguistas por naturaleza, y nuestro ego no entraría ni en el Exxon Valdez, subrayamos en rojo que “las palabras no son más que los pedos que se tira un hatajo de idiotas que ha engullido demasiados libros”. Pum, pum. Y el Deuteronomio, y el Génesis, y el Levítico y todo lo demás, escrito por un arameo (o por Mel Gibson, antes del viernes de Dolores y del día de la Ascensión), son trucos, y ya sabemos que “los trucos los considero una mierda, para así ser digno de Cristo”. Y ya puestos (de incienso, por supuesto, y de olor a santidad) hay que robar momentos al día, robar segundos para hacer lo realmente importante: “Hay dos cosas que tienes que estar listo para hacer en este mundo: una es luchar por lo correcto y la otra es leer la Biblia a diario”. Y en la cruzada, la espada: “¡La espada bien limpia y la Biblia bien sucia!”. Pero en la mentira únicamente hay esclavitud: “Todos abrazamos nuestras cadenas. No hay hombres libres”. Y en ese intento (con la Biblia, con el día a día, con las lavadoras, con la sumisión, con las preguntas peligrosas, con los que andamos por aquí y con los que ya no están por aquí pero dejaron rastro), quizás, debemos “mantener una fachada de decencia, a pesar de todo”. A pesar de todo RD nos recuerda nuestra inexistencia para casi toda la humanidad (“Es como si fueras nadie, pero con encanto. Un cero a la izquierda, pero un cero entrañable”), inexistencia que sólo se alivia con ayuda líquida y con las ratas del carnaval, hasta que podemos “experimentar algo así como la Revolución Francesa en las entrañas”. En las putas entrañas. Y en nuestro egoísmo (¿acaso tenemos algo más?) debemos ser capaces de creer que, nuestra mentira, es la más importante de todas: “Debajo del terciopelo está el acero y, si aparece algo que no cede ante el acero, ese filo se retira e ignora la existencia de lo que se le resista”. Pero luego mete RD en la batidora a la tragedia, y a la comedia y al romanticismo (con o sin necesidad) y hasta a Aldous Huxley (“¿Qué haría Aldous Huxley si se viera en este mismo aprieto?”). Y asumiendo nuestra decrepitud (no nos queda otra, ninguna otra), falta reconocer que somos chistes ambulantes y, en nuestro pasado, chistes sin gracia ni pudor: “¿Se nos perdonarán alguna vez las estupideces que cometimos en nuestra juventud? Es una cuestión que a menudo me atormenta”. Será por tormentos, pero como todo es mentira, RD hace la pregunta del millón de bitcoins: “La verdad del pasado es algo que se ve en los museos”. Un gran libro al que le falta una puntilla para ser extraordinario.
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