viernes, 31 de julio de 2026

Star City. Primera temporada.

Star City tiene al principio un aire entre La vida de los otros y Chernobyl que ya ilustra lo que se nos viene encima. Pero como en FAM (de ahí vienen todos los fantasmas, todos los jodidos fantasmas), todo se tuerce en las alturas y en subsuelo, bajo Breznev y tras las cejas de Breznev, en los bailes parisinos y en las bodas de apariencia. Todo mentira, y mejor cerrar el pico. Siempre cerrar el pico. Bien cerrado. Y siempre pensar te mete en líos, los ruskis lo dejan claro: “Quiero saber qué está haciendo todo el mundo antes de que lo haga, quiero saber qué está diciendo todo el mundo antes de que lo diga, quiero saber qué está pensando todo el mundo antes de que lo piense”. No hay medias tintas, ni, como dirían mi hija, colorás. De aquí al Gulag pasando por los cielos, si es que acaso existen los cielos y no es gulag todo en nuestras vida. Entre el ejercicio de persecución y la locura más rancia del comunismo, esta ilustración, que sube y baja, que desconcierta y da miedo (miedo, crecimiento del miedo, que decía el hombre de la camisa verde), nos lleva a pensar más de la cuenta en lo que pudo ser y no fue, en los frutos de una guerra que justificó todo lo que vino después hasta que lo que vino después se hizo irrespirable. Y así seguimos, con todo irrespirable.

Friday Night Lights. Primera temporada.

“No es tan grave. Sólo es fútbol”. Todo mentira. Sea el deporte que sea, el nivel que sea, la liga que sea. El deporte lo cambia todo, lo marca todo. Nada como llegar veinte años tarde a una historia de un equipo de instituto en uno de los deportes patrios de Gringolandia. Viernes, instituto; sábado, universidad; domingo, NFL a saco. Pero para llegar a esa liga, hay que subir escalones, en Tejas o en cualquier sitio: “Eso de beber leche la noche antes… bébete un batido de vez en cuando”. De tarde en tarde. De lo frívolo y lo insustancial a lo grave y conflictivo. El miedo y todas esas jodiendas, con primeros planos y cámaras que bailan como los marranos camino de Alhama por la autovía a su paso por Librilla. Todo mentira y la pregunta del millón: “¿A Dios le gusta el fútbol?”. Y la respuesta, de manual, porque no queda otra: “El fútbol le gusta a todo el mundo”. Pero la cámara se sigue moviendo. Y las cuitas de la falta de inexperiencia, de lo novedoso, de lo que causa miedo y provoca pavor. Y muchas veces lo que más miedo da es la esperanza. Todo es mentira: “ La vida es muy frágil. Todos somos vulnerables y en algún momento de nuestra vida, todos caeremos. Tengamos esto siempre presente: lo que tenemos es especial, y nos lo pueden arrebatar, y cuando nos lo arrebatan, nos ponen a prueba”. Y aunque “todos tenemos una historia triste que contar” (o muy triste, o demasiado triste), “nunca se está preparado para la responsabilidad”. Nunca, y, con la paternidad, menos todavía. Y entonces, te das cuenta, de que “no hay debilidad en el perdón”. Un buen ejercicio el de la primera temporada de FNL, aunque no siempre sea perfecto y no siempre tengamos un buen plan para ese día.

domingo, 26 de julio de 2026

The Bear. Quinta temporada.

Hágase querer por una tensión que lo rompe todo. Con una música que te lleva al extremo (¿Dónde se quedó el Animal?), con unas despensas que se acaban, con unas cuentas como el PIB de Burundi y con unos movimientos de cámara que recuerdan a FNL, The Bear baja la persiana con ese estrés que lo ha caracterizado desde el principio, con una sarna con gusto, con un acento que va a destiempo pero que no chirría. Entre tormenta y desagüe, todo estalla, todo busca un plan B, todo tiene un fin para acabar soplando las velas que todos olvidamos soplar. ¿Han estirado mucho el chicle? Por supuesto, es que ahora todo Cristo estira su Viernes Santo. Todos. Y ya puestos a subrayar, gritemos, insultemos a la vez, busquemos ese refresco famoso con el que hacer el plato de la madre que ya no está. Un buen final para un ejercicio que, casi siempre, ha estado a la altura de su primera temporada. Casi siempre.

miércoles, 1 de julio de 2026

Capitán Veneno (Aguilera Munro: oficial de prensa de Franco).

Escribe Álvaro González Esteban (Corazón Rural) sobre Gonzalo de Aguilera Munro un libro en el que nos ilustra sobre un personaje que da miedo, del que dan miedo sus palabras, de un tipo que dejó por escrito sus desvaríos y que, entre obstáculo y obstáculo, se hizo un hueco en un lugar en el que seguramente no debió estar. Guerras, episodios con periodistas extranjeros en una guerra que se pateó por carreteras haciendo el Fitipaldi y una contradicción hecha persona. A veces nos movemos por instinto y, otras, por simple supervivencia. Gonzalo de Aguilera Munro, loco que no sabía de locura pero si de mil cosas más. Hace ÁGE un retrato que resume muy bien en una frase: “Gonzalo Aguilera Munro era un individuo de carácter extrovertido, culto, divertido, teatral, tal vez histriónico”. Y añade: “Alguien más idóneo para la barra de un bar que para una guerra”. Pero el libro, aparte de recordar Torrijos, Toledo, la liberación del Alcázar, los internados de Inglaterra y Alemania, la Gran Guerra, las amantes y sus encuentros, nos deja teorías que hoy serían copiadas y dictadas por algunos (la del alcantarillado, por ejemplo) y una sucesión de historias orales que aquella locura de guerra o guerra de locura dejó en España. Y esas secuelas dejan a un personaje que cumple de sobra el perfil para hachebeizarlo en cualquier momento, incluso antes de que el olor al último trago de brandy se vaya del ambiente.