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lunes, 24 de agosto de 2026
Anniversary
25. Libre. Chéjov. Mierdas con camisas, o blusas, con botones sueltos. Vinos. Senadores. Música como si fuera aquel capítulo de Black Mirror en el que aquella pava con ínfulas caía en desgracia camino de la boda de su examiga, o bruja, o largabruja, que decía el EHDLCV. Vivan los bastiones. Vivan los pañuelos. Y no se puede joder al sistema porque el sistema está jodido. No hay perdón los días de vinilos. La fe: “El árbol está invadiendo el jardín del vecino”. Mierda sobre mierda. Máscara sobre máscara. Vitamina sobre vitamina. Y no, “la autocracia no tiene sentido del humor”. El problema de Anniversary (o bendito problema) es que, dentro de su dramática bajada a los infiernos (infiernos bien contados), en muchos momentos, en demasiados momentos, nos recuerda a El cuento de la criada, a ese momento en el que piensas que “ya he visto esto aunque no lo he visto realmente”. Todo es caos, aunque podría haberse llamado caída en desgracia, o cada uno tiene el diablo que se merece, o la peor etiqueta del mundo pegada con demasiada silicona a la mejor botella del mundo. Anniversary da miedo, pero el miedo que tenemos aquí no queremos verlos. Y lo tenemos desde hace tiempo.
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