lunes, 12 de agosto de 2019

Lambs of God. Primera temporada.

Por cada vez que vayáis a una reseña sobre Lambs of God y se pueda leer "cuento gótico", chupito. De Bezoya, de Lanjarón, de amoniaco, cada uno que decida lo suyo, que cada uno tiene el diablo que se merece. Eso pasa con la primera temporada de Lambs of God: que un cura, en 1999, va a ver a tres monjas de un monasterio y recibe su (¡no?) merecido. O tal vez, sí. Caras reconocibles, sueños, horror, autoflagelación, locura, ojos de color distinto, rasuración monacal y muchas cosas más. Pero cuando todo parece monotemático, de encierro cistercienciense antes del Apocalipsis del 2000, el asunto cambia y tira por otros derroteros, y empiezan a salir silencios callados durante muchos años, y secretos que no deberían salir y obispos que quieren perras y esconder otras mierdas varias. La búsqueda, la familia, las dependencias, la falta de escrúpulos de algunos por sacar con las entrañas lo que haga falta. En mitad de ese síndrome inacabable, Lambs of God nos hace pensar, nos hace llevar las ideas al extremo, a olvidarnos del resto del mundo, a huir sin mirar atrás, a saltar, a empujar, a enterrar. Y puestos a contar historias, que los cuentos nos lleven con ellas. Milagros y montañas, ermitañas y herencias, olvidos y muertes necesarias. De todo un poco en la primera temporada de Lambs of God.