viernes, 6 de noviembre de 2026

Grande de España. Primera temporada.

Cualquier intento de hacer muecas, o llevar al ridículo, a la nobleza española decadente (la de ahora, la de antes, la de siempre), nos lleva a Berlanga, a los porteros, a Saza intentando el negocio con ellos. Porque las moscas esas asquerosas, las verdes, van a lo que van. No van a otra cosa. Ya lo cantaban Airbag: “Ahí viene la decepción”. Pese a algún chispazo en el que te ríes (por paciencia, por estrés, o inercia [viva la inercia]), Grande de España se queda en serie pequeña, en provinciana en mitad de un palacete en el centro de ninguna parte, pueblerina dentro de un escenario audiovisual superado por el número y no por la calidad. Pero ya decía el hombre de la camisa verde que todas las flores del campo no eran bonitas ni olían bien. Y algo así le pasa a Grande de España, a los zapatos de sus protagonistas, que desentonan. Mucho. Pero el infierno, incluso el de los que antes eran grandes y ahora están convertidos en chiste, sigue siendo un asunto personal. Demasiado personal.

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