jueves, 14 de octubre de 2021

El juego del calamar. Primera temporada.

Puestos a fabular, fabulemos con la desesperación. Cuando estás desesperado, y todos lo hemos estado o estaremos, estás dispuesto a cualquier hacer cosa. Cualquier disparate. El juego del calamar reflexiona sobre la desesperación de los que antes o después caemos, de los que antes o después acabamos con una nariz rota, con los que antes o después volamos sin alas… o en plan Ícaro. O quizás, canica arriba, canica abajo, no sea simplemente una fábula, sea una sucesión de capítulos de Humor amarillo pero en serio. ¿Quién no sabe lo que es par o impar? Pues no sé. Y una sucesión de disparos y máscaras con una gran facilidad para el asesinato, para una continuación de asesinatos. También reflexiona sobre las listas, sobre si hay predestinación o no, si hay dolor o llamamiento para encender velas para un futuro entierro, o para traficar con órganos, o historias para no dormir. Aunque quizás su eclosión sea exagerada. Le ponen imaginación, pero no es Utopía o el primer Black Mirror. No lo sé. Estamos siempre con lo del rasero. Las comparaciones. Las jodiendas con vistas a la bahía. Los estados de ánimo y las variantes del vacío. Y los decorados y los nombres antes de morir. Un retratito para todos. Y luego, como con los móviles, a jugar con el vidrio templado y con los puentes mientras los apostadores vips ríen y monopolizan el asunto. En las épocas pasadas, siempre recordaba Casi famosos y aquello de que “el monopolio de la motivación no es exclusivo de nadie”. O tal vez, sí. Tal vez sí lo sea. Tal vez nuestra existencia sea una partida de cartas, un cinquillo con demasiadas sotas, un otoño sangriento pensando en deudas heredadas. Y los finalistas. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Música clásica? ¿Acantilados? ¿Comer pensando que no hay un mañana. Como en Juegos de Guerra, la única manera de ganar es no jugar.

Megacuarenteno en La Gran Batalla por Murcia

Conocí a Jesús Manuel García Gómez hace ahora 25 años, en el primer curso de la licenciatura de Historia del curso académico 1996/1997. No hizo falta una presentación formal, porque al final los nombres son accesorios. Después de varios días en una cantina, el dijo su nombre: Jesús. Pues vale. Siempre cuento esta anécdota pero no es una anécdota, es algo más. Pero quizás las etiquetas estén para algo. O no. La pandemia nos pilló de improviso. El último día que hablé con él antes del cierre del 14 de marzo de 2020 fue el miércoles 11, el mismo día que coincidí por la mañana con otro de los retratados en La Gran Batalla por Murcia de Megacuarenteno, con Andrés Serrano. Te acuerdas de los días como de las torres de las catedrales, con imágenes hechas y con sensaciones. Lo de Megacuarenteno fue algo de sensaciones. ¿Qué pensamos esos días? ¿Qué escribimos esos días? ¿Qué dibujamos esos días? En Murcia aguantamos con los alumnos hasta el viernes 13, con las clases a medias y suspendiendo la visita a la Universidad con los alumnos de mi tutoría. Algunos fueron a pedirme los 3 euros del autobús. Podría decir sus nombres. O no. Recuerdo escuchar compulsivamente los primeros días de la siguiente semana el monólogo de Alsina. Vaya serie. Y me refugié en otros libros y otras series, y también nos refugiamos con Megacuarenteno desde el final de aquel mes. Yo empecé con Darkness (la huella del crimen), escuché mucho a Pearl Jam (con el que hablaba con otro compi en la carrera [Rafa Ortuño, viva Yecla], el día 17 me terminé la tercera temporada de StartUp, me terminé Mujeres y negros de Enrique Rubio, vi la primera temporada de Los salvajes, recuerdo la impresión por la muerte de Chema Candela (después de tantos años escuchándolo en la radio), el viernes 20 vi Riphagen, hacía todas las noches videollamadas a Lali de una hora o más, el sábado 21 una voz argentina me llamó por la calle y me habló de una foto que yo había puesto en redes sociales con un globo (lo habían pintado sus hijo), vi The Gloaming, y más Alsina, y José Manuel Puertas y Casa habitada por murciélagos y más Megacuarenteno. Cuando unos alumnos de cuarto el año pasado en Alquerías me preguntaron que hice se lo dije del tirón y les enseñé unas viñetas de Megacuarenteno. Había que agarrarse a algo. Jesús lo hizo con lo que luego es este tebeo. Escuché mucho a El niño gusano. A cada uno le daba por una cosa. Megacuarenteno también era la espera: esperar la siguiente andanza, el siguiente personaje reconocible, la siguiente iglesia o el siguiente (no) Bando de la huerta o covientierro de la sardina (o como se escriba). Era esperanza. Era ver al sabio del Cabezo, a bichos y arañas, a generales y jefas, a los compañeros de andanzas universitarias. ¿Qué sentido tiene el arte en nuestras vidas? Cada uno lo interpreta de una manera. A mí un mosaico romano no me produce un placer orgiástico, pero no me daña la vista. Me recreo viendo pinturas con el ordenador y en los manuales, aunque esos primeros días no me apetecía. O no quería. O quizás estábamos más sensibles (me acuerdo de decir que The English Game me gustó, pero luego hablando con Sergio el me abrió los ojos). No lo sé. No podemos valorar el arte por lo que simplemente es, más bien por lo que representa en cada momento: ver la catedral dibujada, ver Monteagudo hecho fortaleza, ver laberintos, y submarinos y cartelitos sobre el Mar Menor que deberían ser iconos. Ahora que estamos en otros encierros interiores, toca reflexionar y valorar lo que tenemos y lo que hemos dejado de tener, y La Gran Batalla por Murcia, recién vista casi del tirón (hubo por ahí un partido de Euroliga y un capítulo de American Rust de intermedio), nos hace volver a aquellos días de esa palabra que nos recuerda Jesús al principio de su libro: incertidumbre. Podrás estar mejor o Jesús, pero siempre recuerdas las palabras de Jesús López, el otro Jesús de este Belén que es la gran batalla por Murcia en la que todos estamos retratados y los políticos más fielmente que nunca. Acabé ese mes viendo Cobra, Unorthodox y Kalifat (series de las que hacen pensar), y seguí en ese limbo de Lexatín y de infusión de mis padres, con los que pasé esos meses en los que dormí muy poquitas horas. Y siempre recordaremos que también nos acompañó Megacuarenteno. Gracias Jesús.

Mañana, más

martes, 12 de octubre de 2021

Primavera para Madrid

Me recomendaba el amigo Jesús, autor de Megacuarenteno y el resto de compis de la carrera que valen y que escuchan, Primavera para Madrid. Un códice de Magius. Ni idea. No lo conocía. Ni la más remota idea (para variar). Lo primero que choca es el dorado y negro del libro (me llega la cuarta edición), con el águila bicéfala coronando las flores que rodean a los caretos de la portada. Y empieza con rezos sobre los rascacielos de oficinas. Marcando territorio, pisando la zona en plan Shaq y el artículo 34. Y no es casual lo de Shaq (o sí), pero se dan las gracias por tener una propiedad en una de las cuatro torres famosas de Madrid, pero un poquito más abajo que el número de la camiseta de O’Neal, en el 33. Y entonces se presenta un tal Cipriano Luna, con una doble arruga en la frente que me recuerda a un vecino de Aljucer que ahora tiene Alzheimer que vivió de las lentejas… Pero me pierdo, y voy sin brújula. El tal Cipriano presenta también a su yernísimo estrella, Lobo Madrid. Auuuuuuuuuuuuuu. Y habla del pádel, de la pista a unos 236 metros de altura, y aparece por allí una Cindy Crawford… y de pronto, las palabras clave: cohecho, malversación, prevaricación… y otras palabras con las que hacer un soneto bankiano, unos sextetos al más puro estilo camiano como cuando uno de mis profesores de Historia compartía cargo en la antigua Caja de Ahorros alicantina y murciana que creció y creció hasta que reventó y reventó. Como diría el bueno de Andrés, pum pum. Y yo añado, que hay que abrir la caja de los bombones. Pero entonces comienza una comisión de investigación, y no sé si habrá personajes rufianescos haciendo preguntas o habrá mentiras sin cintas de video. Se ve el cuadro pero no se ve el careto del cuadro que hay tras los personajes de la investigación comisionada… Y siempre me recuerda mi mente, mi retina cretina (que decía el hombre de la camisa verde) aquel funcionario de Aduanas con la mano en el cogote del exministro. Benditas retinas, Ginés Caballero. Pero volvamos al púrpura y oro, que juegan los Lakers y es domingo por la noche. Y no es la Almudena pero se ven chulapos y chulapas (¿habrá que decir chulapes?), y aparece La Primavera pero no es la de Obdulio Miralles, es pintura pero es otra Primavera. Y el siguiente en aparecer en la tragicomedia madrileña es un cayetanísimo Fede, relaciones públicas discotequero y cicerone de futuras estrellas del Hola, y la sed de Champán pero sin Charolitos, que estos vienen de otros barrios y otras estrategias. Y en esa confusión de gestos y rostros, del antes y el después, aparece la zafiedad de las juntas de accionistas, origen y causa de tanto progreso y tanta miseria. Sí, progreso y miseria, casi siempre, en la misma frase. ¿Cuántos banqueros y presidentes de grandes empresas han dicho lo de yo era pobre cuando empecé? Y Sotogrande, ese sitio que según los de la Ryder española era muy aburrido, pero quizás uno no va únicamente a Sotogrande a divertirse: la estandarización del ocio de lo cotidiano, hacer negocios y más negocios. Sotogrande, Marbella, comunidades con capitales de estado, presidentas, vicepresidentes con áticos y con pisos varios, vicepresidentas, constructores, concejales (de distrito lo llaman allí, en los Madriles), gente con kilos y gente que aspira a ganar más kilos pensando desde la frente al ombligo y pasando del corazón a la cartera… Veo las torres y es pensar en El año del descubrimiento y algunos de los dueños, o exdueños, o exexdueños… Al final, todo, entre Cartagena y Madrid, viene a ser lo mismo en la política y en la vida: todo mentira (hasta el buen sabor del brócoli, o el equivalente a la palabra sabor en el brócoli si es que existe esa palabra de verdad). Me gusta, por el choque, esos dos colores de Primavera para Madrid, o la ausencia del resto, en alguien como yo que apenas lee tebeos. Y sigue la fiesta, en discotecas, en casas, la gran mentira institucionalizada. Las tarjetas black, las cacerías, las fiestas y presentaciones… Todo mentira, en España no ocurrió eso. Nunca. Una ilusión de la prensa rosa, de la de color salmón y de la amarilla, de cartas que lanzan tipos como personajes de cuadros goyescos en bautismos de sangre. Luego se centra el autor en los mitos fundacionales del nuevo estado, nombres e instituciones, pasado y presente, comparando el asunto a David y Salomón, a Carlos V y a Felipe II… Será por pasados imperiales y quijalescos, por relaciones de las que ni te acuerdas. Recuerdo aquel lunes de junio de 2014, con Juan Carlos García Barba y Karin charlando de política después de que el personal adelantara por la izquierda con noticias que nos llegaban por móvil a un Patiño en el que hacía tiempo para una reunión de departamento en el recreo. Parece ayer, pero un ayer en otros colores. Un gran ejercicio el de Primavera para Madrid para llevar un sueño al papel y creer que se pueda hacer realidad.