domingo, 11 de octubre de 2026

Special Ops: Lioness. Tercera temporada.

No hace falta decir nada más sobre Taylor Sheridan, porque, decir algo más, es ponerlo en más altares de los que necesita. Con datos sobre China, sobre universidades, sobre vitamina D y sol, y con un primer capítulo que deja a película taquilleras en bragas de muñeca de silicona, con casas que se destruyen, o familias, o mierdas a una Ucrania de bayonetas y drones, la tercera temporada de Special Ops: Lioness va con otro salto longitudinal, con otro decatlón de peligrosidad, con otro ejercicio de supervivencia mientras te sacan aparatitos entre los dedos de los pies (meñiques para todos). O tampoco. Las buenas intenciones y esas mierdas que venden los marlaskianos que antes eran antimarlaskianos, son todo mentiras. Y los microplásticos y el cáncer en los jóvenes, y las despedidas que no lo son tanto, y ese resquemor en el que los acorbatados y las trajeadas luchan por ver la longitud de sus egos, y, si hace falta, de sus miembros. De todos sus miembros. Pero como todo es mentira, ¿cuándo sale la verdad en las noticias?”. Nunca. A veces estamos tan obsesionados con una idea, con una fijación, que olvidamos el resto; nos centramos en la cabeza del Bautista y olvidamos de lo que Caravaggio pintó alrededor; nos creemos águilas cuando sólo somos caracoles que creemos en la lluvia para intentar salir adelante. Nada. Hágase querer por buenas historias, por entretenimiento bien contado, por edificios construidos con sólidos cimientos aunque la distancia entre los pilares (Irán, Estados Unidos, Siria, Ucrania, Rusia) sea enorme. Esperando más.

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