viernes, 29 de julio de 2022

Abbot Elementary. Primera temporada.

Modern Family ha hecho mucho daño a la comedia. Hay mucho guion que los imita o pretende imitarlos y hay que tener mucho talento para imitarlos. Y no es fácil. Abbott Elementary nos muestra a un grupo de maestros con muchos problemas, como todos los maestros y profesores: gente (ese ente siempre presente, sea lo que sea) imperfecta para enseñar a pequeños seres aún más imperfectos con padres hiperimperfectos. Relevos generacionales y siempre con la tecnología jodiendo la marrana: “La tecnología es práctica cuando llevas mucho tiempo solo”. Y frases que has querido decir en voz alta, y no las has dicho, pero Modern Family, digo Abbott Elementary las dice por ti: “Estás molestando a mis alumnos: no es por tu voz baja, es por tu mera presencia”. Tipos y tipas que piensan en la vieja escuela (Ray Donovan siempre en el horizonte, en el recuerdo, en la Irlanda verde que quiere unir Tatum y Durant), y en la nueva escuela, viejos modelos educativos contra lo que ahora te venden las redes sociales, los podcasts y el Tik tok, o Tik Tok, o lo que sea. Sustitutos a tiempo parcial que piensan en abandonar el barco pronto y acaban heredando el barco (o hundiéndose con él). Tipos raros, en definitiva, en un mundo cada vez más raro. Lo positivo es la brevedad de los capítulos: no hace falta estirar más el chicle. Y una directora, digámoslo, peculiar (¿hay algún director que lo sea?). O volver a pensar en el Principio de Peter. Y el peligro de los uniformes. Y Dragones y mazmorras. Y talento en mitad del desmadre. Y alumnos ridiculizando a otros alumnos. Y la pregunta del millón: ¿Somos más de Allen Iverson o de Tyron Lue? ¿La vida son títulos o estadísticas individuales? ¿Nos vale la película o el final de la película? Y El club de los poetas muertos ha hecho mucho daño a la docencia, y no solo por ese final de mierda. Y es cierto que las voces de los profesores no siempre coinciden con sus caras. Y siempre, siempre, habrá que repetir que “soñáis con ser Rocky y no sabéis dar un puñetazo.

Los carlistas

El carlismo es uno de esos asuntos de los que creemos que sabemos mucho, pero no es así. O mejor dicho, mejor hacerlo en primera persona masculino singular. Los carlistas, libro de Antonio M. Moral Roncal ayuda a entender ese complejo conglomerado de ideas, sucesos y equivocaciones no sé si bien intencionadas. Para AMMR todo se aceleró con la Revolución Francesa y con ese enemigo común que era el liberalismo. Siempre el liberalismo. Escribe AMMR: “Uno de los hechos históricos más interesantes de este periodo es el fortalecimiento de una corriente contrarrevolucionaria en el seno de un régimen absolutista”. Da más detalles desde el principio el autor: “El no restablecimiento de la Inquisición, hecho anecdótico pero cargado de significado junto a la formación de gobiernos moderados facilitaron la creación de una frustración entre las filas ultrarrealistas”. Pone énfasis el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares en esas conspiraciones ultrarrealistas apoyándose en los Voluntarios Realistas, como la Guerra de los Agraviados (1827), sobre todo en Cataluña, que él define como “revuelta de protesta realista contra el gobierno, salvando la figura del monarca”. Apostilla AMMR: “El último año del reinado de Fernando VII fue una frenética carrera contra reloj entre carlistas y cristinos para organizar el inevitable conflicto”. Analiza el papel de la nobleza y de la Iglesia, indicando los prelados que se pusieron a favor del Pretendiente: el arzobispo de Cuba y los obispos de Solsona, Mondoñedo, Orihuela, Lérida y León. Respecto al día a día, “la balanza se inclina a favor del carlismo a la hora de analizar la actitud del clero regular”. AMMR le da tres características al primer carlismo: contrarrevolucionario, antiliberal y religioso, subrayando en bolígrafo rojo esa idea de “defensa de la Iglesia Católica y de su preeminencia social, religiosa y cultural frente al liberalismo”. ¿Y quién se levanta en armas? Alguien útil, y posible (me faltan cuatro adjetivos, Guillermo): “El soldado carlista se creía un soldado católico en guerra de religión”. Y todo bien sencillo, muy fácil de entender: “La simplicidad de su ideario y de los objetivos favorecieron esta convergencia social, elemento clave a la hora de explicar el arraigo popular del carlismo”. Divide en fases la primera guerra carlista (1833-1840): la fallida insurrección [septiembre 1833-diciembre 1833], la época de Zumalacárregui [diciembre 1833-julio 1835], la época de expediciones (julio 1835-octubre 1837) y el final de la guerra (octubre de 1837-julio 1840]. En los años de postguerra habla del exilio a Francia de uso 26.000 refugiados carlistas, y el exilio den Bourges de Don Carlos. En Cataluña destaca la figura del “trabucarie” o “latrofaccioso” mientras que en Madrid empiezan a crearse periódicos a favor del carlismo como La Esperanza (1844). Acaba este intervalo con la abdicación en Carlos Luis de Borbón Braganza, conde Montemolín. Subraya el autor el fracaso repetido de la posibilidad de boda con Isabel II. La segunda guerra carlista (1846-1849) o guerra de los matiners (madrugadores), sobre todo en Cataluña, aunque indica AMMR que “algunos autores se niegan a llamarla segunda guerra carlista”. Entre 1850 y 1868 señala el autor una época de crisis y dificultades, con la preparación de un alzamiento frustrado en 1855 y la conspiración de San Carlos de la Rápita que fracasa con fusilamiento y con Carlos VI firmando su renuncia al trono. Después subraya AMMR la teoría de las dos legitimidades y la alianza con los neocatólicos del carlismo. Con el sexenio, aparece la Unión Católico-Cartlista que en las elecciones de 1971 consiguió más de 50 diputados a Cortes y un importante número de senadores. La tercera guerra carlista (1872-1876) aparece gracias a la convergencia de “miedos, descontentos y desesperaciones ante un supuesto avance revolucionario”. Indica AMMR que “los carlistas comenzaron a crear un ejército semejante al de sus enemigos”. Subraya la importancia de la victoria en Estella y Montejurra: “A fines de 1873, la mayor parte de País Vasco y Navarra se encontraban bajo bandera carlista, de manera que, en poco tiempo, se estableció ya un estado legitimista”. Además, indica el autor que “el avance de la revolución democrática provocó un fortalecimiento de la contrarrevolución”. Pero el fin de la guerra vino con “el principal obstáculo para la victoria del carlismo: La restauración canovista”, a través del acuerdo y la represión. En el último cuarto de siglo XIX los pretendientes delegan en representantes como Cándido Nocedal o el Marqués de Cerralbo, que se centran en “la labor de propaganda que pasó a convertirse en una obsesión”, a través de la prensa, de la imagen y la transmisión oral. También da importancia el autor a la creación de la Casa de los Carlistas y los Círculos. Con la figura de don Jaime (1870-1931) se habla de Jaimismo durante el reinado de Alfonso XIII, con “notable interés por la conquista del espacio público, eso sí, imitando al resto de partidos”. Y da muchísima importancia AMMR al Requeté, que se utilizó en el “permanente enfrentamiento en las calles con republicanos y revolucionarios, especialmente cuando éstos amenazaban con un acto anticlerical”. Y el neutralismo ante la dictadura primorriverista al principio y la posterior crítica en 1925 al Directorio Militar, que provocó el control de la censura a la prensa carlista. Con la II República, en las elecciones de 28 de junio de 1931 se lleva a cabo una coalición con católicos independientes y nacionalistas, saliendo elegidos 5 de sus representantes. También, indica el autor, la colaboración con la creación del proyecto de Estatuto de autonomía, aunque la división entre carlistas y alfonsinos llevó a diferentes pactos. Con la muerte, sin hijos del Pretendiente, los derechos pasaron a su octogenario tío Alfonso Carlos, también sin hijos, que era hermano de Carlos VII. Indica AMMR la recuperación, a partir de entonces, del nombre de Comunión Tradicionalista o Tradicionalista Carlista. También subraya el autor la figura, desde Cádiz, del que él llama “integrista desconocido”, Manuel J. Fal Conde, que consiguió un importante número de votos en las elecciones de 1931, adquiriendo relevancia desde ese momento en el movimiento a nivel nacional. Con las elecciones en la época republicana, se reproducen los pactos con la CEDA en algunas provincias en 1933. En cuanto al papel de la mujer, destaca AMMR por lo novedoso, la figura de María Rosa Urraca Pastor, maestra burgalesa, aunque sigue afirmando el autor que “en el carlismo se seguía pregonando que el sitio natural y específico de la mujer era el hogar y la educación de los hijos, pero se aceptaba su incorporación a la calle cuando Dios, la Patria o el Rey lo necesitaban, como sucedía en aquellos momentos”. También pone de manifiesto Moral Roncal que, tras el golpe de estado fallido de Sanjurjo, hay choques “entre carlistas y afiliados izquierdistas”. Aparte del citado Fal Conde, subraya la imagen proyectada de Luis Redondo y Enrique Varela (jefe nacional del Requeté). En estos requetés, se cuantificaba las unidades en grupos (20 hombres), piquete (70) y requeté (276). Los enfrentamientos con grupos políticos provocaron muertes de afiliados y diputados, como fue el caso del diputado vizcaíno Marcelino Oreja por obreros socialistas en Mondragón. En 1936 se producen cambios en el movimiento, pasando la regencia a Francisco Javier de Borbón-Parma, sobrino de Alfonso Carlos, que le sucedió a su muerte. En las elecciones de febrero de 1936 los resultados alcanzaron los 10 diputados”. Con la Guerra Civil, indica Moral Roncal que “la prioridad carlista fue ganar la guerra anti-España”, siendo muy importantes en julio sobre todo en Andalucía y Navarra, y en batallas como las de Teruel, Zaragoza y El Ebro. A diferencia de otros grupos del frente sublevado, indica AMMR que el carlismo tuvo menos crecimiento que Falange durante la Guerra, aunque incorporaron a sus filas a personas procedentes de la CEDA, Acción Popular, PNV, la Lliga o Renovación Española. La negativa de Franco ante los partidos políticos llevó al destierro de Fal Conde. Tras el decreto de unificación de 19 de abril de 1937, quedaron asignados los roles en el nuevo estado en ciernes, siendo elegido el Conde de Rodezno como ministro de Justicia en el primer gobierno de Franco de 1938, iniciando una tendencia que se mantiene hasta la muerte de Franco. Durante la guerra, solo en Navarra ocupan puestos importantes en la administración, hecho que se mantiene hasta el final del régimen. Tras la finalización del conflicto, se iban a producir enfrentamientos con los falangistas, como el ataque sufrido en la concentración carlista del santuario de Begoña en agosto de 1942 (indica AMMR que incluso fue con la presencia del ministro Valera). A partir de 1939 se va a repetir la peregrinación a Montejurra, iniciándose el 3 de mayo de ese año, indicando AMMR que desde finales de los cincuenta “aumentó su carácter nacional, confluyendo carlistas de toda España, adquiriendo matices políticos y de sociabilidad, al producir discursos varios miembros de la familia Borbón-Parma”. Con el fallecimiento de Carlos VIII en 1953, y la elección franquista en la figura de Juan Carlos, Don Javier es invitado por Franco a abandonar España a mitad de la década de los cincuenta, aunque Don Javier colabora con el régimen en lo que AMMR llama “etapa de vigilancia tolerada”. Sin embargo, en el acto de Montejurra de 1957, era presentado el hijo del pretendiente, don Carlos Hugo, como príncipe de Asturias, resumiéndolo así AMMR: “Comenzaba un proceso de márquetin original y único: convertir a un universitario francés en un príncipe español”. Indica AMMR que aumentó la popularidad de los Borbón-Parma, sobre todo tras la boda de Carlos Hugo con Irene de Holanda, compitiendo en popularidad “entre las dos parejas reales". Además, indica Moral Roncal que “tanto el juanismo como el carlismo aportaban paulatinamente estrategias de colaboración y de oposición frente al régimen franquista”. El autor describe lo que el llama “el canto del cisne” a la “aventura política de Carlos Hugo”, indicando que “el Partido Carlista se convirtió en un partido socialista, autogestionario y federal, con el beneplácito de Carlos Hugo y tres de sus hermanas, que comenzaron a creer los vaticinios de la oposición antifranquista: a la muerte del dictador, Juan Carlos sería derribado del trono, por lo que era necesario presentarse como un candidato demócrata a sustituirle”. Subraya el autor la actividad política del partido en los años setenta, aunque su final vino por su fragmentación varios grupos en 1975, con la búsqueda de una alternativa por Comunión Tradicionalista y la Hermandad de excombatientes de Requetés en la figura de Sixto Enrique Borbón-Parma, “de reconocido talante ultraderechista”. Tras los dos fallecidos en los actos de Montejurra de 1976, recuerda AMMR que “los seguidores de Carlos Hugo acusaron al gobierno de Arias Navarro de impunidad y complicidad con los sixtistas”. Tras no participar en las primeras elecciones democráticas, en las de 1979 alcanzó únicamente los 50.513 votos, sin representación en diputados en Cortes, lo que llevó a la renuncia de Carlos Hugo en 1979. A modo de resumen, AMMR indica el “carácter amalgático, capaz de captar, articular y dar sentido a una variada gama de españoles descontentos (por el temor al orden social subvertido por la revolución, por la pérdida de los privilegios forales, por el empobrecimiento económico, por la disolución de formas de vida tradicional, por la amenaza a la Iglesia Católica y a la Monarquía tradicional…) con intereses dispersos y motivaciones múltiples”.

miércoles, 27 de julio de 2022

Sumisión

Sumisión es el primer libro que leo de Michel Houllebecq, recomendado por un grupo que tengo olvidado. Me extraña que no aparezca la palabra suicidio, la del suicidio de la civilización occidental, hasta muy al final. En el compacto de Anagrama que tengo entre mis manos no es hasta la página 241: “Europa ya se había suicidado”. He ido alternando el libro, en menos de una semana, con música de Nirvana y Pearl Jam, y Jeremy y Alive han sido canciones recurrentes. Jeremy cuenta la historia de ese chico que se vuela la tapa de los sesos en clase, como cuenta Ronen Givony en Not for you, y en el instituto no paran las clases: todo se ve como algo normal. En Sumisión se nos cuenta la islamización de la Europa contemporánea y, como en el instituto de Jeremy, todo sigue igual. En Sumisión, MH nos lleva a las cuitas de un profesor universitario, más preocupado por su ajetreo sexual que por sus clases al principio del libro, más preocupado en hacernos mención de lo que come (en todos los sentidos) y del tiempo que hace. Pero conforme pasan las páginas, lo único que no cambia es su obsesión por Joris-Karl Huysmans, desde el día de su tesis hasta el final: “La noche de mi defensa fue solitaria y muy alcoholizada”. Muestra MH la imagen (muy reconocible) del profesor universitario ( en este caso de Literatura del XIX) rodeado de seres en una facultad en la que hay fascinación por el dinero y el consumo: “Adoración de iconos variables: deportistas, diseñadores de moda o de portales de internet, actores y modelos”. Y mientras adoramos lo que no tenemos que adorar, llega la decadencia de occidente. Se inventa el autor una serie de personajes con los que el profesor obsesionado con Huysmans que le sirven de altavoz de sus pensamientos: “Cada vez estaba más influido por el pensamiento de Toynbee, por su idea de que las civilizaciones no mueren asesinadas, sino que se suicidan”. Y es en ese final, allá por la página 242 cuando lo resume a la perfección con la palabra que da nombre a este ensayo hecho novela: “La cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta”. Vivimos rodeados de gente hastiada con su trabajo, y me reafirmo en primera persona leyendo a Houellebecq: “Nunca tuve la menor vocación docente, y 15 años más tarde, mi carrera no había hecho más que confirmar esa falta de vocación inicial”. Y aplaudimos memes que nos llegan al móvil, y noticias sin interés en Twitter, y mierdas varias mientras ya no hay ni palos ni sombrajo. El profesor de Literatura del XIX va sustituyendo las alumnas que le hacen compañía y le calientan la cama, o él es el sustituido, depende de las borrascas y los anticiclones, de la bruma occidental o de la comida del libanés de turno. La historia se centra en la llegada de un partido musulmán al poder en Francia con la sumisión de la izquierda, y posteriormente en otros países, en solitario o en coalición. Y va soltando frases, pero no España ya hace tiempo que tenemos este problema pero no lo queremos ver: “Nunca he estado convencido de que sea buena idea que las mujeres puedan votar, estudiar lo mismo que los hombres, acceder a las mismas profesiones, etcétera. La verdad es que nos hemos acostumbrado a ello, pero ¿seguro que es una buena idea?”. Y ese profesor, que se “sentía tan politizado como una toalla de baño” va adaptándose a la nueva situación, como si ese palo astillado que entra por su culo y llega a sus entrañas no fuera ni palo ni estuviera astillado. Pero como todo vale para frenar a la extrema derecha, comemos halal o lo que haga falta: “El avance de la extrema derecha, desde entonces, hizo que las cosas se pusieran un poco más interesantes al introducir en los debates el olvidado escalofrío del fascismo”. Y en ese punto, en la solución a un problema que no tiene solución, sale la izquierda unida al islam como intento de solución a ese jodido problema que no tiene solución: “El islamoizquierdismo era un intento desesperado de los marxistas descompuestos, en plena podredumbre, en estado de muerte clínica para salir del cubo de la basura de la historia agarrándose a las fuerzas ascendientes del islam”. ¿Y enfrente? ¿Identitarios trasnochados disfrazados de algo que no quieren? ¿O sí quieren? Buena pregunta, antes de la respuesta: “Para los identitarios europeos está claro que, tarde o temprano, estallará necesariamente una guerra civil entre los musulmanes y el resto de la población”. Y uno es intocable hasta que deja de ser intocable. Y en la educación está la clave: “Quien controla a los niños controla el futuro, punto final”. Sumisión nos pone en un escenario en el que nos encontraremos, pero en el que ya tenemos ciertos factores presentes en el juego. Si no queremos verlo, es nuestro problema, y en la ONCE nos acogerían con los brazos abiertos: “Las ratas son mamíferos inteligentes. Muy probablemente sobrevivirán al hombre; su sistema social, en todo caso, es mucho más sólido”. Y equivocamos el sentido de la brújula, o no tenemos brújula, o no queremos tener brújula: “El verdadero enemigo de los musulmanes, lo que temen y odian por encima de todo, no es el catolicismo: es el secularismo, el laicismo, el materialismo ateo”. El buenismo nos hará morir rodeados de los nuestros, y no como ahora, con viejos solos en casas o en residencias. Pero luego repasando las notas, me di cuenta de mi equivocación. Aparecía la palabra suicidio, en el sentido estricto, en la página 196: “Me estaba aproximando al suicidio, sin sentir desesperación ni siquiera una tristeza particular”. Quizás, como ya adelantó el hombre de la camisa verde, nos pasa poco y queremos más, y mientras hacemos el gilipollas en bodas y comuniones, y olvidamos lo realmente importante: “Nietzsche dio en el clavo, con su olfato de viejo cabrón: el cristianismo era en el fondo una religión femenina”. Todo es mentira, incluso en el comunismo: “Trotski había tenido razón frente a Stalin: el comunismo solo podía triunfar a condición de ser mundial. La misma regla, advertía, valía para el islam: sería universal, o no sería”. Y apostilla MH: “La Iglesia católica se había vuelto incapaz de oponerse a la decadencia de las costumbres”. Cualquier gilipollas de turno se enfada con el cura cuando no deja bautizar a su hija si el padrino o la futura madrina, están divorciada. No pises la iglesia, no pienses en la iglesia. O no pienses en nada. Sumisión es un buen libro para hacernos pensar muchos asuntos, e, incluso, si vamos a suspender las clases en el próximo suicidio de un niño en un colegio o si solo estamos preocupados por no ponerles falta a los alumnos el día de la fiesta del animal sacrificado. Viva Napoléon, el nuevo Imperio sin romanos y las conversiones masivas. Y todo lo demás. Coda: Y en 34 días empieza el curso. Viva la vocación.

lunes, 25 de julio de 2022

Gaslit. Primera temporada.

Viva la mentira, porque vivimos en ella. Gaslit es una sucesión de mentiras, como nuestra vida, pero a diferencia de ese chiste ambulante que es la nuestra, Gaslit brilla. “La Historia no está escrita por las masas débiles, los Don Nadie: los comunistas, los afeminados, las mujeres. Está escrita y reescrita por soldados que portan banderas de reyes. Eso es o que significa ser fuerte, eso es lo que significa ser norteamericano; eso es lo que signfica ser Nixon”. De Nixon, a veces, nos acordamos por Oliver Stone. O por cosas así. O por aquel gesto del helicóptero. Por esas despedidas sin reconocer nada, como cuando te llamaban la atención de pequeño (o de adulto). Gaslit nos hace vivir la mentira institucionalizada, la mentira desde arriba, pero que también llega abajo, al día a día, a las protestas de los veteranos de Vietnam, a las calles llenas de mierda (¿alguna vez no han estado las calles llenas de mierda?). Mejor no pensar, mejor no pensar nunca en el sitio de aquí a un año, mejor no preguntar y así no desaparecerán las pirámides. Gran pregunta esa de la desaparición de las pirámides, parece como si la hubiera hecho el hombre de la camisa verde. O no. Siempre volvemos a La Biblia, siempre adoramos, como en Cartagena, a Cayo Mucio Escévola. En Casi Famosos decían que “la gente guapa no tiene valores”; en Gaslit, aseguran que “la gente importante tiene la importancia que los demás les otorgamos”. Todo mentira en esta vida, aquí y en Arkansas: “Jesucristo no vencería los republicanos en las primarias”. Pero nos estamos haciendo mayores, o, mejor dicho, me estoy haciendo viejo, o me estoy preguntando si realmente nací viejo. Me costó un capítulo y pico darme cuenta de que Sean Penn era Sean Penn (con papada, pero Sean Penn). Quizás se esté convirtiendo en el nuevo Gary Oldman, y ya salga disfrazado en cualquier sitio, en cualquier velada nocturna, en cualquier chiringuito de verano, en cualquier mentira con traje (¿hay alguien con traje en política que no sea mentira?). Cuba, Méjico, confusión, todo mentira. Cuidar al café, como en un barco de vela. Comparar el matrimonio con un buen jardín, o un buen jardín con un matrimonio, ya no me acuerdo del término real y del término imagen. No deja de ser una montaña rusa, o norvietnamita, pero Gaslit nos ayuda a pensar en la balanza de la oscuridad, de que todo llega entre el fracaso y la vida cotidiana, entre lo asqueroso y lo que parece lúcido, entre un lunes por la casa encerrado en casa con las persianas bajas y unos zapatos que te hacen daño al salir un viernes por la noche. “Cada mentira que permitimos erosiona nuestro sentido de la verdad, hasta que nos convertimos no solo en mentirosos sino en la propia mentira”. Y en esta vida no vale solo reir, que las ratas tienen hambre de otras ratas, tienen hambre de soledad, tienen hambre de locura, tienen hambre de enfermedad. Quizás, simplemente, es que no pensamos lo suficiente, o nos escuchamos lo suficiente, o lo suficiente hace tiempo que no nos conviene: “¿Ha escuchado su propia voz en una grabadora? Suena extraño, como alguien más, alguien que no conoce”. Lo dicho, Gaslit, todo mentira. Coda: Todos desnortados, entre otras cosas, porque la mayoría son sureños.

viernes, 22 de julio de 2022

Sherwood. Primera temporada.

Todo es mentira. Todos sois unos mentirosos. Todo es una jodida mentira. Empieza Sherwood con imágenes de mineros liándola bien y con la contestación de Doña Margarita: “Lo que tenemos es un intento de la mafia de cambiar el estado de derecho”. O algo así. Minas, huelga, esquiroles, subrayados negros, cajas de información confidencial, piquetes, traidores, jodiendas con vistas al túnel. Hágase querer por una mina. O por lo que dé carbón. Y respuestas que dan que pensar ante una candidata tory en un entorno así: “¿Estás registrada como loca?”. Saltos temporales que nos llevan a joder la marrana y a intentar creer que Trevor Francis era un plan B. No señor. Y esas frases que recuerdan a Juan Benjamín hablando de JFH y de Anelka y de todo lo demás. Mineros contra mineros, sindicatos contra sindicatos, mineros en huelga contra conductores de mineros que no hacían huelga. Todos contra todos. Y la policía infiltrando a su personal en todos los sindicatos mineros, en los blancos y en los rojos. Poco se ha escrito, para lo que fue, sobre el thatcherismo. Más se debería escribir y hablar, ahora que vienen curvas para la clase trabajadora (salvo en España, que el sindicalismo está comprado y no sale a la calle salvo cuando hay gaviotas podridas, si es que no hay alguna gaviota que no esté podrida). Pero Sherwood lleva ese pasado al presente, ese enfrentamiento a las familias, a los vecinos, a los taxis y a los bares, a joder familias que ya nacieron quebradas pero que aquella Gran Bretaña de los 80’s fracturó aún más. No se hace hincapié en los problemas sociales porque eso no siempre vende en la prensa (¿quién consume prensa?), en las series, en los relatos, en las películas, en las clases de los institutos. No se trata de hacer apología del owenismo, pero pasar de puntillas por ciertos asuntos, olvidar lo que no se debe olvidar no nos ayuda en nada. Y Sherwood ayuda a entender esa fisura que se produjo en la Britania de Margaret y que luego ha sido copiada por el resto: dinamitar la oposición entrando hasta el tuétano de las organizaciones que reivindicaban lo justo. ¿No reflexionamos o no nos interesa reflexionar? Y siempre hay un poeta romántico que nos sirve de código, de identidad falsa, que nos ayuda a “vivir una mentira en lo laboral y en lo personal”. Nos muestra Sherwood la auténtica guerra civil que con el asunto minero se montó en la pérfida Albión, enfrentando a padres con hijos, a policías con policías, a sangre y vecindad. Pero antes o después, te cruzas o te cruzan, aquí en el alquitrán, en el bosque o en el Purgatorio con sus múltiples nombres. “Todo el mundo carga mentiras”. Siempre nos equivocamos, pero está bien sospechar de cualquiera, no fiarse de nadie y crear en esa mentira que es que “la adversidad es el primer camino hacia la verdad”. Y ya puestos creer en algo, hagamos que Sherwood nos haga pensar aunque todo sea mentira.

Lykkeland. Segunda temporada.

No todo en la vida es una versión del Lust for Life de Iggy. No. La vida es una versión de una vieja canción que no siempre acaba bien. Puede acabar con rosas en una playa, puede acabar en una iglesia transformada en bar, puede acabar en voluntarismo, puede acabar en mantas húmedas que tapan un cadáver aún más húmedo sobre una mesa plegable de madera, puede acabar en una empresa de exportación de caballa o, como es lo más importante, en una gasolinera. Hasta el capítulo sexto, diría que la segunda temporada de Lykkeland me estaba gustando menos que la primera temporada por una serie de concesiones, unas concesiones que yo no hubiera hecho al ecologismo, al empoderamiento de la mujer, al poder de la Iglesia y de los pastores que en vez de guiar a las ovejas lo único que hacen es joder el rebaño, a la emancipación femenina, al maltrato entre niños. No sé, me chirriaba mucho, sonaba mal, después del buen recuerdo que tenía de Lykkeland desde el segundo capítulo de la primera temporada. A veces etiquetamos todo por seis horas y no sabemos lo que nos espera en las dos últimas, con dos maravillas finales que compensan todo lo anterior. Al final y al principio, se repite mucho la palabra avaricia, no solo en Lykkeland, sino en nuestra vida, en horas extras y catequesis, en tonterías que nos hacen pensar más en el dinero que en la vida. Goteras para todos. Vivan los hidrocarburos. Pero no existe la perfección y los accidentes ocurren, pero hay distintas magnitudes y no siempre valoramos en su justa medida dichas magnitudes. Damos importancia a mamarrachadas y no añoramos realmente lo que no tenemos hasta que dejamos de hacerlo. La vida, como en Lykkeland, es una sucesión de reventones y evacuaciones, de vertidos que nos joden o dejan de jodernos, de petrolíferas en apuros, de estados con más grietas que un deshielo. ¿Y con cuanto nos quedamos de lo que nos vende la prensa? ¿Somos realmente críticos? Parece que solo nos importa el precio de la gasolina, no vaya a ser que pensemos en otra cosa (¿me están utilizando?). Hay una frase en Lykkeland que resume el cotarro a la perfección: “La llama del gas convertida en la nueva estrella de Belén”. Consecuencias económicas que valoramos por días, por semanas, por meses, por años. Lo cuantificamos todo, no vaya a ser que nos pongamos a pensar (¿me están utilizando con este puto tema de la calefacción y de la gasolina?). Los vertidos, como metrorragia contemporánea convertida en hipérbole del capitalismo, son un apocalipsis temporal pero que acaban siempre mal. O muy mal. Si lo calculamos todo en la vida, estas hemorragias que causan guerras o accidentes son las que han movido la política internacional durante las últimas décadas. Hagamos recuento (¿por qué no me cojo esa estantería de libros y me pongo a leer?) y veremos que los grandes conflictos contemporáneos tienen ese jodido denominador común: el becerro negro que llama el pastor desviado de Lykkeland (y que necesita un asesor de vestuario, un estilista en toda regla distinta de la metrorragia). Pero siempre hay una ilusión en forma de bar, aunque no me acuerdo del tiempo que llevaba sin escuchar la palabra “chapapote”. ¿Dónde pijo están todos los que salieron a la calle con los accidentes chapapóticos en España? Esperando a Feijoo, o que llegue Feijoo a La Moncloa, que ya habrá tiempo de colapsar calles entonces con el chico de la cremita en la espalda. Desastres. Pero siempre hay una frase para soltar en un debate, en una sala de profesores, en un bar repleto de tipos con pin de la Agenda veinte treinta (o dos cero tres cero, o imagínate cualquier jodienda que soltar sin motivo aparente, en plan mormón): “Sí necesitamos el petróleo para tu barco ecologista, para tu coche, para la caldera del colegio de tus hijos y para el generador del hospital que se enciende cuando te operan del corazón y falla la electricidad”. No hace falta estudiar para soltar la frase, pero queda bien, con o sin chapapote en las suelas de las zapatillas (o de cera después de una procesión de Semana Santa). Subordinación, subordinación. Investigación. O no. “No siempre conviene saber con las personas con las que trabajas”. Gran verdad. En Lykkeland se recrea el golpe de estado en Irán y la inquietud de los que trabajan con el sha, y en esa incertidumbre te sueltan que “los mejores soldados no son siempre los que mejor se comportan”. Ni los profesores, tampoco. Y el ejemplo de Irán, también vale con Rusia, porque en este tiempo de la felicidad sin felicidad posible aparece la compra de gas ruso por parte de Alemania Occidental, y ya por aquella época, que no hace tanto, pero parece que hace mucho más, ya se sabía que “nada gustaría más a los rusos que inundar Europa con su gas y su petróleo”. O dicho de otra manera, al más puro estilo hombre de la camisa verde: “Nos tienen cogidos por los huevos”. Vivan las fronteras que tienen fisuras, tanto o más que la penúltima ley educativa española, que en dos años tendremos otra. Vivan las banderas, “que no creo que ser patriótico sea estúpido”. Y siempre se puede leer el Evangelio de San Marcos, claro que sí. Y entre tanta reivindicación, y mujeres que van llegando a puestos de importancia, y de bajos instintos, llega ese séptimo episodio y te un sopapo de los que estaríamos hablando todo el día si Lykkeland estuviera grabada en Yankilandia y tuviese tres letras distintas en su inicio en vez de esas NRK o tuviera solo la primera y en rojo. Pero no, el sopapo te lo comes y te hace reflexionar y te lleva a un octavo de más reflexión y de más de todo con las vísceras revueltas y pensando en sorollísticas preguntas sobre el precio del pescado y que hacen descreer de Dios al más devoto monje cisterciense. Lykkeland, otra pequeña joya que adorar, antes o después de nuestra dosis de avaricia diaria.

jueves, 21 de julio de 2022