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jueves, 15 de octubre de 2026
El castillo. Primera temporada.
Empieza El Castillo con la voz de Roberto Carlos, el futbolista del Real Madrid (el cantante ya lo dejamos para otro día, aunque antes del futbolista todo el mundo, al escuchar Roberto Carlos, pensaba en en el cantante). Nos lleva, esa voz, a esos años impares en los que andaba el equipo de Lorenzo Sanz entre Champions, allá por el 99. Y nos lleva a lo sórdido, a lo escabroso, a lo desagradable, a aquello ante lo que cerramos los ojos, o ante lo que nos damos la vuelta o ante aquello que no queremos leer en el periódico. No sé si la palabra desagradable es la exacta. Voces roncas de alcohol y tabaco y de lo que haga falta; cuerpos hechos trizas, en todos los sentidos; clientes de toda calaña: hágase querer por un desastre. Y policías, también de todo tipo y con todo tipo de sentidos alterados, con cejas pobladas y gominas noventeras (eso me lleva más a Mijatovic que a Roberto Carlos) y jueces, y “ya se sabe que a los jueces les gustan más las drogas que las putas”, y esas frases que llevan a confusión, y confusiones que llevan a otras frases. El Castillo y las confianzas con personajes en los que no habría que confiar, en personajes que quitan la fe en la condición humana, si es que ya no está todo lo suficientemente deshumanizado. Y de pesetas a euros, tiro porque me toca. Furgonetas que suben mujeres como ganado, o ganado sin anillar al volante para conducir mujeres al infierno, sería mejor decir. Y Valdano, y Julio César Iglesias, y la radio como señal cronológica de una etapa cercana pero que parece pleistocénica. Y el mundo hecho un desastre, y el desastre hecho mundo.
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