domingo, 30 de agosto de 2026

Sacrifico de sangre. Primera temporada.

La primera temporada de Sacrificio de sangre cumple con los requisitos nórdicos de lo nórdico: gente atormentada, alcohol, policías sin afeitar, minorías étnicas que ya no son minorías y que conviven con la otra minoría nórdica (anteriormente la nórdica original), cuadros que inspiran, gente con pendientes en sitios que no deberían llevar pendientes, sindicatos que generan odio y jefazos que generan más odio que los sindicatos nórdicos que ya no sólo representan lo nórdico. No es la Seven nórdica que venden (adiós cabezas, adiós), pero para cinco horas de solsticio, nos vale. O eso creemos. Y yo no me tapo con edredones.

sábado, 29 de agosto de 2026

The Westies. Primera temporada.

Con la sidra de turno, The Westies empieza con las altas pretensiones de enfrentar a italianos e irlandeses, al IRA y la expansión de NY, a policías con dependencias y cuentas pendientes, a JASP que vienen de Vietnam y con no menos dependencias, y a tipos que nada tienen que perder hasta que pierden lo más valioso. Aunque algunas tramas son un poco rocambolescas, esto va de sillas: de tipos atados a sillas y de tipos que quieren ocupar las sillas de otros. Con finales de capítulos que suben el nivel del resto de minutos, y aunque hay que ponerle imaginación, la ilustración no deja de desentonar y está sonorizada con un buen puñado de canciones. Pero le falta un punto, algo para ser grande. O eso es lo que parece.

lunes, 24 de agosto de 2026

Anniversary

25. Libre. Chéjov. Mierdas con camisas, o blusas, con botones sueltos. Vinos. Senadores. Música como si fuera aquel capítulo de Black Mirror en el que aquella pava con ínfulas caía en desgracia camino de la boda de su examiga, o bruja, o largabruja, que decía el EHDLCV. Vivan los bastiones. Vivan los pañuelos. Y no se puede joder al sistema porque el sistema está jodido. No hay perdón los días de vinilos. La fe: “El árbol está invadiendo el jardín del vecino”. Mierda sobre mierda. Máscara sobre máscara. Vitamina sobre vitamina. Y no, “la autocracia no tiene sentido del humor”. El problema de Anniversary (o bendito problema) es que, dentro de su dramática bajada a los infiernos (infiernos bien contados), en muchos momentos, en demasiados momentos, nos recuerda a El cuento de la criada, a ese momento en el que piensas que “ya he visto esto aunque no lo he visto realmente”. Todo es caos, aunque podría haberse llamado caída en desgracia, o cada uno tiene el diablo que se merece, o la peor etiqueta del mundo pegada con demasiada silicona a la mejor botella del mundo. Anniversary da miedo, pero el miedo que tenemos aquí no queremos verlos. Y lo tenemos desde hace tiempo.

jueves, 20 de agosto de 2026

Lucky. Primera temporada.

Termino la primera temporada de Lucky justo antes de que el amigo Andrés me pregunte por Álvaro Pombo y de que mi hija me tenga seis horas jugando con trozos de madera y, creo, que Lucky, se merecía un mejor final, o, al menos, algo más de venganza, algo más de punzada en el corazón, ahora que ya nadie se acuerda del Wilco de Templeton. Con buenos capítulos (o trepidantes, que se añora mucho lo trepidante cuando ya nada es trepidante) al principio, llegas a Lucky por esa separación entre ojos, a esa bandera argentina descarnada que es Anya Taylor-Joy. Da igual que el señor Justified no lleve gorro, sea su padre y sea un cabrón; da igual que Annette Bennig vaya de madre mala (o descarriada); da igual todo, porque todo lo abarca AT-J. Todo. Hay robo, hay mentira, hay persecuciones guapas, hay jodiendas que se estiran innecesariamente (ese penúltimo capítulo), hay falsedad entre pozos de petróleo, hay que pensar sobre aquello que nos decía Mediapunta: “No tengo la fe, y tengo la D de la derrota en mi piel”. Y Lucky, en esta primera temporada, va de derrotas, de recuerdos de piscinas y cumpleaños de robo, de cárceles y de gentuza disfrazada de guays y de oraciones que no tienen respuesta. Porque al final, ni un muñeco te salva, ni diez palabras, ni jodiendas con vistas a un horizonte demasiado idealizado. Un buen divertimento para desconectar de todo lo demás.

martes, 18 de agosto de 2026

Demasiado lejos

Tres meses después de terminar Qué quedara de nosotros, hago lo mismo con Demasiado lejos, esa novela que Eduardo Sacheri dedica “a quienes no intentan dejarse encandilar”. He hablado, directamente, con dos argentinos, sobre el tema Malvinas entre el final de una lectura y otra. Con Alfredo, que tenía una pegatina en su bar, el Victoria, cuando me escapaba en el recreo del Cervantes; con Cristian, el tipo que llevó la compra del coche de mi señora esposa. Un tema difícil, complicado y con personas que no te conocen más que superficialmente, menos todavía. Demasiado lejos, creo yo, va de más a menos, pero no por ello se hace menos interesante. Orden, patria, obligación. Alfredo es un argentino llegado a España y el dueño del bar de DL es “un asturiano que cruzó el océano para terminar en este zoológico de locos llamado República Argentina”. Ver los asuntos desde la distancia, física y cronológica, sabiendo el final del drama, tiene sus momentos, tanto o más que los de Vincent Vega en Pulp Fiction. DL es sangre y dolor de padres, es inquietud y mapas (faltan mapas en el libro, o, como decía EHDLCV, “nos faltan mapas en la vida”), es cadena de mando y es desconocimiento real de un problema, pero las entidades territoriales son difíciles de clasificar: “¿Quiénes entran dentro de la palabra ustedes cuando se habla de un país?”. Y claro, siempre es lunes en política, y “los lunes son días de cálculos”. Lo define Sacheri en DL como la “podrida”, es decir, “balas, muchas balas y muchos muertos”. Y todo es mentira, y “a veces me da por pensar que los diarios no dicen necesariamente la verdad”. Y en esa locura de banderas, de ideologías desconectadas de la realidad, de antiperonistas y recontraperonismos, todo puede ser un himno de Clint Mansell o un grupo que genera más estupidez dentro de la estupidez. Mucha estupidez, “porque los trapos sucios de la familia no se lavan en ningún lado”. Y la necedad, y la ineficiencia de la diplomacia, y ese “estado de furia homicida” que no acaba nunca bien. Lo resume bien Sacheri, hablando del problema malvinesco, pero puede cambiar latitud, longitud, cronología, que el problema, a fin de sumas y restas, se reproduce más o menos igual: “El problema es la ceguera de estos imbéciles, que se supone que son profesionales de la guerra. La confianza, la suficiencia, la autocomplacencia que despliegan desde el hundimiento del Sheffield, como si la guerra fuese un partido de fútbol y acabasen de empatar el Score”. Y apostilla: “No hay manera de que abandonen el optimismo suicida, los comentarios jactanciosos, los juicios ramplones”. Pum, pum. Es lo que pasa siempre, que “las cosas buenas de la vida se terminan mucho antes que las malas”. Pero hay cosas que no las ves ni en colores con las mejores gafas: “No lo vio venir. Él, que se preparaba para la desilusión todos los días, a todas horas y con todo el mundo, ensayando el desencanto preventivo”. Y hablando de prevención, ES, subraya: “Tendría que existir una escala para los hijos de puta y su peligrosidad, como la hay para sus terremotos”. Pero al final todo se olvida, ya sea por el abandono, por el interés, o, lo que es más triste, por “la falta de hijos que perpetúen nuestra memoria”. En definitiva, Demasiado lejos es un buen libro para recordarnos que todo es mentira y que “no vamos hacia la verdad, sino hacia la verdad que necesitamos”.

viernes, 7 de agosto de 2026

Friday Night Lights. Segunda temporada.

Pese a que se queda interrumpida, o cortada (adiós a las huelgas, vivan las huelgas, que decía EHDLCV), la segunda temporada de Friday Night Lights sigue profundizando en su temática de siempre (todo es mentira, con o sin hormonas, con o sin ida y vuelta, con o sin basura emocional). Pero las mentiras deben ser contada de manera real, que el barniz no se joda a la primera, sea de barco o no, vengan añadidas flores del tiempo, o de invernadero. Siempre hay rupturas, siempre hay un adiós esperando, siempre una paliza, siempre una chispera, siempre un plan B esperando, porque en FNL siempre hay un plan B, una opción en la que pensar, aunque sin neuronas es un poco difícil pensar. Vivan las mentiras.

viernes, 31 de julio de 2026

Star City. Primera temporada.

Star City tiene al principio un aire entre La vida de los otros y Chernobyl que ya ilustra lo que se nos viene encima. Pero como en FAM (de ahí vienen todos los fantasmas, todos los jodidos fantasmas), todo se tuerce en las alturas y en subsuelo, bajo Breznev y tras las cejas de Breznev, en los bailes parisinos y en las bodas de apariencia. Todo mentira, y mejor cerrar el pico. Siempre cerrar el pico. Bien cerrado. Y siempre pensar te mete en líos, los ruskis lo dejan claro: “Quiero saber qué está haciendo todo el mundo antes de que lo haga, quiero saber qué está diciendo todo el mundo antes de que lo diga, quiero saber qué está pensando todo el mundo antes de que lo piense”. No hay medias tintas, ni, como dirían mi hija, colorás. De aquí al Gulag pasando por los cielos, si es que acaso existen los cielos y no es gulag todo en nuestras vida. Entre el ejercicio de persecución y la locura más rancia del comunismo, esta ilustración, que sube y baja, que desconcierta y da miedo (miedo, crecimiento del miedo, que decía el hombre de la camisa verde), nos lleva a pensar más de la cuenta en lo que pudo ser y no fue, en los frutos de una guerra que justificó todo lo que vino después hasta que lo que vino después se hizo irrespirable. Y así seguimos, con todo irrespirable.

Friday Night Lights. Primera temporada.

“No es tan grave. Sólo es fútbol”. Todo mentira. Sea el deporte que sea, el nivel que sea, la liga que sea. El deporte lo cambia todo, lo marca todo. Nada como llegar veinte años tarde a una historia de un equipo de instituto en uno de los deportes patrios de Gringolandia. Viernes, instituto; sábado, universidad; domingo, NFL a saco. Pero para llegar a esa liga, hay que subir escalones, en Tejas o en cualquier sitio: “Eso de beber leche la noche antes… bébete un batido de vez en cuando”. De tarde en tarde. De lo frívolo y lo insustancial a lo grave y conflictivo. El miedo y todas esas jodiendas, con primeros planos y cámaras que bailan como los marranos camino de Alhama por la autovía a su paso por Librilla. Todo mentira y la pregunta del millón: “¿A Dios le gusta el fútbol?”. Y la respuesta, de manual, porque no queda otra: “El fútbol le gusta a todo el mundo”. Pero la cámara se sigue moviendo. Y las cuitas de la falta de inexperiencia, de lo novedoso, de lo que causa miedo y provoca pavor. Y muchas veces lo que más miedo da es la esperanza. Todo es mentira: “ La vida es muy frágil. Todos somos vulnerables y en algún momento de nuestra vida, todos caeremos. Tengamos esto siempre presente: lo que tenemos es especial, y nos lo pueden arrebatar, y cuando nos lo arrebatan, nos ponen a prueba”. Y aunque “todos tenemos una historia triste que contar” (o muy triste, o demasiado triste), “nunca se está preparado para la responsabilidad”. Nunca, y, con la paternidad, menos todavía. Y entonces, te das cuenta, de que “no hay debilidad en el perdón”. Un buen ejercicio el de la primera temporada de FNL, aunque no siempre sea perfecto y no siempre tengamos un buen plan para ese día.

domingo, 26 de julio de 2026

The Bear. Quinta temporada.

Hágase querer por una tensión que lo rompe todo. Con una música que te lleva al extremo (¿Dónde se quedó el Animal?), con unas despensas que se acaban, con unas cuentas como el PIB de Burundi y con unos movimientos de cámara que recuerdan a FNL, The Bear baja la persiana con ese estrés que lo ha caracterizado desde el principio, con una sarna con gusto, con un acento que va a destiempo pero que no chirría. Entre tormenta y desagüe, todo estalla, todo busca un plan B, todo tiene un fin para acabar soplando las velas que todos olvidamos soplar. ¿Han estirado mucho el chicle? Por supuesto, es que ahora todo Cristo estira su Viernes Santo. Todos. Y ya puestos a subrayar, gritemos, insultemos a la vez, busquemos ese refresco famoso con el que hacer el plato de la madre que ya no está. Un buen final para un ejercicio que, casi siempre, ha estado a la altura de su primera temporada. Casi siempre.

miércoles, 1 de julio de 2026

Capitán Veneno (Aguilera Munro: oficial de prensa de Franco).

Escribe Álvaro González Esteban (Corazón Rural) sobre Gonzalo de Aguilera Munro un libro en el que nos ilustra sobre un personaje que da miedo, del que dan miedo sus palabras, de un tipo que dejó por escrito sus desvaríos y que, entre obstáculo y obstáculo, se hizo un hueco en un lugar en el que seguramente no debió estar. Guerras, episodios con periodistas extranjeros en una guerra que se pateó por carreteras haciendo el Fitipaldi y una contradicción hecha persona. A veces nos movemos por instinto y, otras, por simple supervivencia. Gonzalo de Aguilera Munro, loco que no sabía de locura pero si de mil cosas más. Hace ÁGE un retrato que resume muy bien en una frase: “Gonzalo Aguilera Munro era un individuo de carácter extrovertido, culto, divertido, teatral, tal vez histriónico”. Y añade: “Alguien más idóneo para la barra de un bar que para una guerra”. Pero el libro, aparte de recordar Torrijos, Toledo, la liberación del Alcázar, los internados de Inglaterra y Alemania, la Gran Guerra, las amantes y sus encuentros, nos deja teorías que hoy serían copiadas y dictadas por algunos (la del alcantarillado, por ejemplo) y una sucesión de historias orales que aquella locura de guerra o guerra de locura dejó en España. Y esas secuelas dejan a un personaje que cumple de sobra el perfil para hachebeizarlo en cualquier momento, incluso antes de que el olor al último trago de brandy se vaya del ambiente.

lunes, 29 de junio de 2026

Outer Range. Primera temporada.

Deja la primera temporada de Outer Range una sensación de desamparo que no acaba nunca: los que están, sólo parecen sobrevivir; los que se van, tienen motivos de sobra; los que llegan de lejos, porque buscan algo que no encuentran; los que luchan desde pequeños, porque siempre han llevado esa hiel que los lleva a ellos; los indios, porque son indios, que diría EHDLCV. O no, quizás no lo diría. Aunque al principio parecía que iba a ser mucho más (una The Leftovers de segunda categoría, pero a eso no llega), tiene sus momentos aunque hay que ponerle bastante imaginación. O demasiada. Bichos del pasado, indios del pasado, agujeros del tiempo, rodeos que rompen hombros, amores a los que volver, deudas atemporales, desapariciones sin vuelta atrás. Un buen ejercicio de ilusionismo en el que los magos no están a la altura por mucho búfalo y mucho bisonte que aparezca a la carrera. Lástima, que diría Andrés Gimeno: otro revés fallido.

viernes, 26 de junio de 2026

El imperio desierto

El imperio desierto, de Ramón Mayrata, nos lleva a ese gran desconocido que es el Sahara español, o lo que había de Sahara español cuando dejó de ser español y pasó al aquelarre, a la locura y que ha terminado de ser vilipendiado por perros metidos a políticos (o casi siempre fueron perros los políticos, aunque no se autodenominaran así). “Nadie puede pretender aprender del pasado. Enterrarlo, sí”. Esas palabras de RM nos con las que inicia EID nos lleva a ese mapa mental que es el Sahara, algo indeterminado ya por bastantes, y, sobre todo, olvidado por la mayoría. “El desierto es capaz de enamorar con la misma intensidad que la más fascinante de las mujeres”, escribe RM en este libro en el que hay mucho margen, mucha opinión de primera mano y mucho olvido (“Tú no sabes lo que significa la palabra ayer. Tú no tienes ayer”). EID habla de subterfugios y amores, de hambre y movimientos de liberación, de palabras desconocidas (barbián) y de la forma en que “todas las calaveras ríen”. Pero no hay mucha risa en EID, aunque sí referencias a lo bereber, a los Ulad Delim, a los regulares, a la temeridad y a la forma en que en la que todo depende, como bien dice Mayrata de la voluntad. De la jodida voluntad: “Todos olvidáis que este país es como un niño abandonado en el centro de África con un saco de piedras preciosas colgado del cuello”. Y como todo es mentira, también es mentira la sociedad internacional, ese algo abstracto que no existe nada más que para joder la marrana: “Creéis que esa panda de bucaneros que es la la llamada comunidad internacional os va a regalar un país por el simple hecho de que sus habitantes deseen la independencia”. Nada. Y como la vida va de derrota en derrota, también nos recuerda RM que “la mayoría de los hombres malgasta su vida entre el ilusionismo estéril y la obcecación en el error”. Y algo de ilusionismo sabe Mayrata. Subraya todo el tiempo la importancia de lo que hay entre duna y duna (“no se enfrentan a un puñado de hombres, se enfrentan a un desierto”) y de lo que hay entre alma y alma (“creen que sólo somos un inconveniente”). EID también muestro lo que no siempre vemos, lo que está entre el alcohol y lo invisible: “La imaginación no es más que una resaca tras una borrachera de realidad”. Y apostilla: “Eso que llamamos realidad no es más que una versión, entre otras muchas, de lo que pasa”. Y no sabes si es mejor olvidar o escapar, porque de la “mala memoria depende su tranquilidad” (y en cierto modo, la de todos). Y volviendo a los políticos hechos perros y a los perros hechos políticos, se pregunta el autor: “¿Para ti es un problema local que condenen a todo un pueblo a la extinción? Yo siempre lo he llamado genocidio?”. Un excelente libro que nos cuenta historias que debemos recordar. Siempre.

martes, 23 de junio de 2026

Literatura, amigo Thompson (1988-1989)

Nada como volver a MS-O y a La ruta del aventurero y a Pío Baroja, y a esas frases de la página nueve (tanto o más que ese “Bienvenido [o bienvenido] a mi casa” de Triángulo de Amor Bizarro en MAR). La literatura y esas otras ocas olvidadas, que no patos. Pum, pum. L,AT va de libros, pero también va de párrafos, va de momentos, va de segmentos: “Pío Baroja, en algún sitio, o en varios, dice que él escribía por pasar el rato y por ganar algo”. Como todo es mentira, pasa el tiempo y el tiempo se va a la mierda: “Como los años entierran a los años, perdía su pista: esos libros que van desplazándose por los anaqueles como las amistades a las que dejamos de frecuentar”. Y Boris Vian, Pablo Neruda, Borges, Milton, Céline, y Gil de Biedma y todo lo que podemos esperar de los buenos libros, aunque no siempre nos parezcan buenos libros (“campeones de lo antisocial”, que dicen TAB), en “la breve tregua de una tregua aún más breve”. Pero no hay brújula, ni leches que superen el vómito cuando es infinito (“uno debe ir curándose de ese enfermizo vivir en lo perdido”). Y Mutis, y Musil, y Conrad, y González-Ruano y Rilke y entender que “a veces es preciso reducir la vida a lo esencial”. Y las cosas, y no tenerlas, y querer tenerlas y todo lo demás. Viva Salgari, viva lo que viene aunque no venga y no lo encontremos en las Islas Lofoten: “Los muertos están ebrios de lluvia antigua y sucia allá en el cementerio extraño de Lofoten”. Y Valentí Puig, y otras reflexiones, porque “quién no ha temido alguna vez ser el único testigo”. Y apostilla MS-O: “Tarde o temprano aparecerán por alguna página”. Y esos últimos días (casi planetarios) llegando a creer tiempo para leer las lecturas pendientes (Museo de cera de José María Alvárez [su lectura preferida de aquel junio]; Crónica del alba, de Ramón José Sender; Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja). Y ese inicio de La torre de Dédalo que resume muchas cosas: “Libros que permitían el espejismo o la ficción de vivir intensamente, de una forma menos mortecina: un vivir exaltado, el del que sueña despierto. Ignoro por qué razón esos sueños y sus protagonistas, esos espejismos fueron, o han sido, tan prolongados, han permanecido tanto tiempo conmigo a modo de una rara familia, de una estirpe, a la que es difícil renunciar, pues está en el origen de esta pasión”. Y ese “prestigio de la diferencia” que lo subraya (en rojo) casi todo. Y “eso, la lectura, un mundo aparte”. Y citas, más citas, de más asuntos pendientes (Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, con subrayados de suegros no conocidos; El obsceno pájaro de la noche de José Donoso) y de artículos de Umbral en El Norte de Castilla. Pero como todo es mentira, “las gentes, como los que temen morir ahogados, reaccionamos de formas muy curiosas”. Y el reloj, jodiendo la marrana, siempre: “Y al final, no sé, la dolorosa sensación de que todo recuerdo, todo vagabundeo por el pasado es insuficiente, de que no hay tiempo para revisitar, releer, volver a ver y a escuchar. No sé, esa zarabanda de imágenes, de páginas, de rostros…”. Y el torreón de Gómez de la Serna en Velázquez, y la forma en la que “hay quien escoge la noche para construirse un mundo”. Y añade MS-O: “En la noche uno está a salvo de los mercachifles malévolos, de sus jaculatorias y de sus jeremiadas”. Y Felipe II (rey de gusanera para MS-O) y la presencia de “imágenes del pasado que iluminan el presente, que nos hacen comprenderlo mejor”. Y los cuadros de Saura, y El perro de Goya, y “el fervor del presente, el apetito, el no desentenderse de la exigencia del siglo”. Crusoes todos: “No hay otra tierra que esa isla desierta”. Pero siempre hay que buscar algo, algo que nos salve, algo que de esperanza: “Cuestión de celebrar lo que no va a volver a repetirse, como si no fuera así y esos momentos de rara plenilunio pertenecieran a la vida de todos los días”. L,AT es un artificio que da mucha vida, por lo menos para mí lo ha sido, entre este mayo y junio que se hace interminable, que no termina nunca, que necesita un apoyo existencial. Y deja buenos momentos: “Cuando escribir es, además de una manía, un reto, un desafío, contra la violencia del mundo, contra la malevolencia del prójimo en un ciudad asfixiante, contra la propia enfermedad y las propias taras, contra esa muerte que uno lleva dentro y engorda a costa de uno, contra las pejigueras de la vida…”. No conocía lo de “pejigueras” hasta las lecturas de MS-O, y creo que es una palabra que lo define bien. Y en esa 176, lo define mejor todavía: “Que se llega sencillamente para no enloquecer, para amar incluso, para no matar, para desentrañar alguna minúscula parte del secreto de la propia existencia, y en esto puedes no tener suerte alguna, algún secreto que, como un fósil, como una de esas piedras raras que vienen de otro hemisferio, como un aerolito, está agazapado en algún rincón de nosotros mismos, en el pasado o en el futuro”. En el futuro, o en lo que venga: “Escribir para que los días se parezcan a esas noches que no son de insomnio, sino de paz, de quietud, de un silencio que no encierra amenaza alguna, de tregua, y más que de tregua de armisticio; escribir para desvelar, para ocultar, para olvidar, para conocer antes las propias vergüenzas…”: Joder, y lo acaba, recordando ese agosto y ese septiembre de San Juan de Luz de 1989 con ese “la escritura, un puerto de quietud”. Y yo quiero más quietud en mi vida. Mucha más quietud. .

domingo, 14 de junio de 2026

Cuarto partido de la final de la NBA 2026 (Redención, dolor, apocalipsis)

He podido ver sin enterarme de nada del cuarto partido de la final hasta el minuto 17. Piensas en derrota, en rebotes, en el acierto exagerado de los Spurs en el triple (estamos hablando de la final entre NY y SA). Hay días que llega alguien aquí por error (como yo en mi vida anterior, de día y de noche, antes de escuchar a TAB, y como ahora, todos los días en el instituto). Vivan los estanques de plata. Sacrificio. No tiene explicación lo de esta noche. O quizás pueda tenerla. O no. O nada. “Tú, yo, inseparables…”, que dicen también TAB. Luego, al rato, tampoco crees que nada tiene explicación. Esos triples, ese Harper, ese V y ese C, ese deje de superioridad. Por el otro, probaturas e improvisación que van de Sochan al alemán de apellido que no se puede escribir (casi nada, casi nada se puede meter entre metales de una tabla que no se puede completar, o que pensamos que no se puede completar, o que no queremos completar). Y luego, una cuesta arriba, un Tourmalet, una canción que no tiene frases que acaben en infinitivo pero que parece que si puede cuadrar con un calendario inexplicable. Hágase querer por los choques, por el contacto, por posesiones que deberían alargarse (Fox, Brunson) y que no se alargan [la necesidad por encima de la necesidad, la necesidad por encima de los jueves de mercado]. Evaporación de ventaja que nunca debería ser evaporada. ¿Y esos tipos que sólo piden alargar posesiones? ¿Y esos tipos que sólo piden algo abriendo brazos y rascándose la oreja y creyendo que son entrenadores cuando solo son herederos de un tendero que no tiene herencia? Y en esa oscuridad, no hay sacrificio posible a estas alturas de la fuente sin agua (¿MJ sobra?). ¿O sobra todo? ¿Cadenas para soltar a alguien atado desde una altura que no se puede ver? Ahora, sin importancia (o con toda la que puede tener un viernes casi que amanece), hay seres que se atreven a preguntar sobre la posibilidad (o la obligación) de que un hijo lleve bicicleta o patín, pero no se atreven a preguntar sobre la posibilidad neuronal de sus organismos (o antiorganismos). Ya lo cantaba Jota: “Si me diste la espalda…”. No hay que preguntarse por rotaciones, por ejercicios de repetición, por tipos que nunca se ríen pero que ejercen su influencia total (¿por qué tardó tanto en entrar OJA en el tercer partido, qué esperabas MB?). Todo es manifiestamente mejorable. Mucho. Todo. O no. Pero es que no es explicable. Nada es explicable. Nada.

lunes, 8 de junio de 2026

For All Mankind. Quinta temporada.

Siempre hay que querer a los buenos guionistas que en mitad de una tortura escriben: “¿Crees que tengo miedo? Yo llevaba la seguridad de la ciudad de las estrellas cuando eras un adolescente con acné que se follaba a la cabra de la familia”. De la puta familia. Siempre hay tiempo para seguir pegando a alguien que tienes encerrado, decía EHDLV. Claro. Es lo que hay. Dolor, estrellas, agujeros negros y algo que hay que limpiar, y volver a limpiar. No es fácil terminar algo como FAM, pero es muy difícil terminar cualquier cosa. Es muy difícil terminarlo todo. O casi todo. Hay momentos en esta quinta temporada que piensas en un gulag y otros gulags con más frío. Hágase querer por confesiones, por confesiones que hacen por ti, por confesiones que te despiertan: “Si no cumples y me quedo aquí, acabarás solo en este mundo. Enterrarás a toda tu familia y pasarás el resto de tu vida esperando un puñal en la oscuridad”. Aunque se va al populismo (“Imagina que cierran Disney World, deciden echar a todos sus trabajadores y que echan también a toda la gente de Orlando”), no todo es populismo (o populismo ruso). Filtra, filtra, que algo queda. Volver, rancheras. Nada como intentar diferenciar el hogar y el puto agujero en el que vives. O en el que intentas sobrevivir. Algo atemporal. Legoland, Legoland, Legoland y “jamás se abandona el KGB”. El KGB. Culpabilidad, gracias y un día en el que no sale el sol. El egoísmo, porque FAM va también de egoísmo, de pensar en uno mismo antes de pensar en los demás, de “instalarse en montañas”, porque lo demás nunca nos gusta. Queremos ser faros en mitad de una tempestad en la que solo somos olas. Olas muy cutres. El capitalismo, crecer y todas esas mierdas, cada uno en su cárcel. En su cárcel particular. En su puta cárcel particular y como MR, alguien dice, después del alcohol, que hay que ser fuerte. Muy fuerte. O lo suficientemente fuerte. O algo más fuerte que los de enfrente, que “Marte es nuestro”. Muy nuestro. El fuego, la falta de oxígeno y todo lo que no está entre Los Garres y Marte no es ni Lages ni Saturno: “No más manifestaciones”. Decisiones incorrectas, siempre, por el mal de todos. Y volver, en estas jodiendas, es un verbo complicado. También la palabra insurgente. Todo es complicado. Radical. Terrorismo. Pero ese final, tan difícil de conseguir, se salva, o se intenta salvar y quedan un par de capítulos finales más o menos resultones, aunque siempre piensas en “Que no sea Kang, por favor”. Que no sea Kang.

martes, 2 de junio de 2026

El nombre de la rosa. La novela gráfica. Volumen 2 (de 2).

Empieza valiente la segunda parte de la adaptación en dibujo de El nombre de la rosa. No hay medias tintas porque la revolución de los colores, la del monasterio y el goce, siempre busca la altura y ya se sabe que “de la mujer dice el Eclesiastés que su conversación es como fuego ardiente, y los Proverbios dicen que se apodera de la preciosa alma del hombre”. Habla ENDLR de exceso y celo, de herejía e imposiciones, de inquisición y violencia, pero a lo mejor se queda un poco corto en meter más texto de UE, más texto contra JDB, más jarana ante el desastre. O no. O todos franciscanos o todos escuchando a Mostaza y Gálvez, o todos creyendo que hay que quemar a los que no piensan como nosotros, o no piensan, o lo de pensar no va con ellos. O solo va con ellos, o contra nadie. “Al volver pasé por tu casa”, cantan siempre Kokoshca, en No queda nada. Pues eso pasa con la lectura de ENDLR, que al final no queda nada. Nada de nada. Ni un ápice de cenizas, aunque siempre volvamos a la meseta, a la puta meseta. Volver para nada.

Los 36 de la Madeleine.

“David contra Goliat, esta es su historia”. Eso se lee en Los 36 de la Madeleine. Uno esperaba más de L36DLM, pero ahora ya uno espera uno un poco más de la vida y luego hay tortazos. La vida son tortazos y goteras, que decía el hombre de la camisa verde. Exalta a una pandilla de personajes de los que no se acordaría ni Dios, tanto o menos que a la Quinta del biberón. Eso es la historia de España: un olvido detrás de otro (o algo así decía EHDLCV). Y esas viejas cantinelas, o cantinelas viejas, con calor o con lo que es lo contrario, o saltar y volver a saltar: “Cuando se acabe esta guerra, entraremos en Madrid con los tanques americanos. Primero será Hitler y luego, Franco”. Y un pijo. Y los campos de refugiados y exiliados y la escalera de la muerte y frases de oficiales alemanes: “No merecemos llevar el uniforme que llevamos”. Un esfuerzo importante para retratar una situación que parece insuficiente. O eso es lo que parece. O no.

Euphoria. Tercera temporada.

Ahora que no debemos mirar mal a nadie, ni respirar sin permiso, está bien tarantinizar lo que se pueda. Euphoria, en su apuesta por ir por delante, por saltar y batir plusmarca, se tartantiniza, se corta el meñique en directo, hace un capítulo para enmarcar en su tercera píldora y decide que, si hay que hacer sangre, se haga homenajeando a los clásicos, buscando la espina oculta en ese rosal que aparentemente, por su precio, ni se nos va a inmutar. Pero hay un salto en el tiempo y en el muro, en las jaulas paladiniananas y en los soft de lujo, y, ya puestos, recuperamos licántropos como cazadores de deseos. Porque en la vida todo es deseo y Euphoria es el deseo mayor del reino, es el deseo mayor de una idea que no pretende contentar, que a veces duele y, a veces, reconforta con ese dolor. Y en el altar, en ese altar de flores caras y fentanilos varios, de arte convertido en deseo y deseo convertido en arte, solo nos faltaba meñiquenizar el dolor, la envidia y la mentira. No hay diagnóstico semanal esperando las malas noticias en Euphoria porque las malas noticias siempre llegan y mejor que lleguen barnizadas. En esta fachada de sueños reconvertidas en dramas cotidianos ya no nos sorprende nada, hasta que nos sorprende. Pero luego, sin juegos, escuchamos en el capítulo 6: “¿Por qué quiere algo el cliente que puede matarlo?”. Y Dios, y creer, y la redención y todo lo demás. Y ya sabemos que, tanto en la ficción como en la otra ficción, “si no muere alguien importante de vez en cuando, la gente se aburre”. Mucho. Y en esa tarantinización (de principio a fin), todo salta por la ventana, por el rosario, por el perro, por la sombra que no vemos, por los tacones que nadie se volverá a poner, por las cajas en plan tito Alfredo, por todo sobre lo que podemos opinar pero que nos parece inalcanzable. Sombras para todos.

domingo, 24 de mayo de 2026

Legends. Primera temporada.

Legends es un buen producto, pero no es un producto brillante. Y, entonces, la crítica, que ya solo toma naranjas y limones, casi siempre podridos, piensa en azúcar, o siente el azúcar, y cree que los manjares son manjares y las lechugas, ambrosía. Nada que ver con The Wire. Esto son partidos distintos; deportes distintos; universos distintos. Buena trama, doña Margarita y sus once años y medio, la lucha contra la heroína y los magnates de la distribución que siempre se visten como verduleros de Bagdad, padres de yonquis, yonquis sin padres y muertos de hambre que se aburren en sus puestos de trabajo y aspiran a algo mejor (como si eso fuera tan fácil en la vida). Legends hace una buena ilustración de esos momentos de desesperación, de portadas fáciles de periódicos aún más fáciles, de doble rasero y de un actor que lo mismo te hace de ministro que de rey, que al final todo es la misma mentira. Y con cualquier naranja que sepa bien, nos emocionamos. Pero al final, no se puede confundir un gajo con un jardín infinito. Nunca.

sábado, 16 de mayo de 2026

Qué quedará de nosotros

Cuando no tienes ni puta idea de algo, desconcierta; cuando no tienes ni puta idea de algo que debería interesarte, desconcierta más. No tenía ni puta idea del asunto de Las Malvinas antes de leer Qué quedará de nosotros. No sé lo que se me ha quedado después de QQDN, pero Eduardo Sacheri intenta ilustrar el asunto, intenta que se pueda entender el asunto, intenta que la gente, antes de saltar al campo a cazar ovejas para saciar el hambre, pueda entender algo del jodido asunto. Del asunto. Las banderas hay que desempolvarlas, como decía doña Carmina de los apuntes y las fichas de las figuras literarias. Las que salen a relucir en QQDN son las argentinas que no habían vuelto a salir desde el Mundial 78, pero es que todos los mundiales son bestiales, como todo es “carnicería de ironías y sarcasmos”. De mucho sarcasmo. Ahora que ya no lo utilizo en mi vida, está bien recrearse en textos que lo hacen, y QQDN lo hace mucho, entre el calor y el frío, entre el hambre y la comida repetida, entre “los días que empiezan mal y que después empeoran”. Porque lo de Las Malvinas, sin saber nada y leyendo QQDN, empeora conforme el reloj sin parar avanza y deja de avanzar. O lo que sea: “Que no podemos estar lejos de Argentina, boludo, porque estamos en Argentina”. Pero hay indefinición, hay territorios que definir de nuevo, o volver a situar, o creer que hay que resituar: “¿Decimos que la tierra de las Malvinas es argentina o estamos diciendo que los que viven en las islas son argentinos?”. Y la mierda de los zorros, y los zorros de mierda, y los días de mierda, y la mierda de los días, con o sin madriguera. Estar. Sentir estar. Choques armados, disciplina, logística. Palabras que son bacalás, bacalás de mucho tiempo y que huelen mal y que no hay Dios que las compre. También mete el aguijón QQDN sobre la cadena de mando, sobre lo que enseña (y lo que no enseña) la vida militar y como casi todos “los grupos humanos tienden al orden, no al caos”. Pero como el espejo no se ve bien, o no se deja ver bien, o no queremos verlo bien, “hay que tomarse un minuto para mirar y entender”. Y luego, también nos subraya Sacheri la importancia de decir las cosas y saber decirlas, la importancia de creer: “Y van a confiar en sus jefes si los ven sacrificarse como ellos”. Y apostilla ES: “Y si no es el caso, si saben que entienden cuánto se están sacrificando”. Ser jefe, vaya negocio. Y luego, los maricomplejines, o mari lo que sea, que siempre han existido, pero no siempre han sido retratados: “No quieren decir Argentina para hablar de allá, porque les parece que eso sería como aceptar que esto no es, también Argentina. Por eso, para evitar que alguien los pueda considerar poco patriotas, dicen el continente para hablar de allá y las islas para hablar de acá”. Del jodido acá. Pero al final sólo queda la fidelidad, el respeto, creer en alguien o alguien en el que poder creer: “Así como necesitás respaldarte en tus soldados, necesitás respaldarte en tus jefes”. Y los asustados y el miedo, y las imprudencias y todo lo demás. Y va a ser verdad que “lo peor de morirte es que dejás todo por la mitad”. ¿Pero entonces? ¿Qué es lo que ha quedado? ¿Queda algún resquicio de verdad en algo de lo que nos cuentan? Quizás, ninguno: “Y lo que más le va a molestar, si lo matan acá, es no enterarse nunca de cómo siguieron las cosas. Qué pasó después de la derrota?”. Asumir una derrota, asumir un desastre, asumir una derrota y unos fantasmas, y asumir los fantasmas que quedan después, toda la vida, toda la puta vida. Añade el autor: “¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos?”. Olvidar, otro invento. Pero lo resume bien al final cuando define la guerra ED: “Carlitos acaba de entender lo que es la guerra. No esta guerra. Cualquier guerra. Unos tipos quieren algo. Otros tipos quieren lo mismo . Se encuentran para matarse. Los que maten a los que mueran son los que ganan la guerra y son los que quedan con eso que querían los unos y los otros”. Al final, todo va de eso, de quedar, de quedarse. El egoísmo, da igual que en la radio se escuche un Argentina contra Bélgica en un lugar perdido de España, en un mundial que ya no es lo que era, con un sumo pontífice que no ha rezado lo suficiente (o no ha estado el tiempo suficiente para acabar con la guerra) o creer que lo que queda por venir, o por llegar, da igual. Porque al final todo son tiros, aquí y en Amor a quemarropa. Pero en Amor a quemarropa por lo menos Hans Zimmer nos lo endulza con una buena melodía. Y aunque no creas, como Quinteros, miras al cielo y ruegas lo que tengas que rogar: “Y Quinteros le pide a un Dios en el que no cree que deje bajar del monte con vida a sus soldados”. Que los deje. Y punto.