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lunes, 12 de mayo de 2025
The Office (USA). Segunda temporada.
Vuelve Carrell a las andadas para empezar la segunda temporada de The Office. Tras una conversación de vecinos sobre premios que no han sido dados, el tipo con ojos de loco, corbata de piltrafilla y peinado indeterminado y cambiante, suelta: “Y al día siguiente el empleado nota un hedor que viene de la casa del vecino. El vecino se ha ahorcado. Por falta de reconocimiento”. ¿De verdad que miramos los accidentes de coches cuando ocurren? Hágase querer por un premio, por beber los posos de los floreros, por lo que dejamos en el váter al salir: “Cincuenta indicios de que tu párroco podría ser Michael Jackson”. Vaya tiempos los de los reenvíos de correos electrónicos. Se pregunta The Office, desde el principio de esta segunda entrega, por los límites del humor: “No existe el concepto de chiste apropiado; por eso es un chiste”. Claro que si haces ciertas preguntas, te das cuenta y “da mucha pena que la educación pública a muchos no les haya servido de nada”. O de casi nada. Siguen, como antes, las preguntas a destiempo entre compañeros: “¿Dónde está el clítoris? En una web ponía que está en el vértice labial. ¿Eso qué significa? ¿Qué aspecto tiene la vulva femenina?”. No. ¿De verdad quedan pelirrojas naturales? ¿De verdad un 10% de duda es duda? Y más: “Lo que me pasa es que soy el jefe y parece ser que no puedo decir nada”. Los límites, la raya. Y más límites. ¿Dónde está nuestro límite? Y claro, llegados así, solo queda repetir: “A partir de este momento ya no podremos ser amigos. Y cuando hablemos de algo aquí, solamente podremos hablar de cosas relativas al trabajo. Y podéis considerar esto mi despedida de la comedia”. Claro, “eso me dijo ella”. Besos para todos. Y si hay que contratar un abogado, se contrata. Viva la libertad de expresión (“y los pleitos por accidentes, temas laborales y píldoras adelgazantes”). O no: “Hay que llevar cuidado con lo que se dice”. O no se dice y se piensa decir, luego, en un rato, con o sin la muñeca hinchable cerca. Y si te toca la lotería ya sabes a la persona que vas a echar a la calle. Tampoco: “Si yo me comprara un ataúd me lo compraría con muros más gruesos para no tener que escuchar a los otros muertos”. Alegría: “Me encanta Halloween. No sé, es divertido. Cada año me lo paso pipa. El año pasado, vine disfrazado de teta de Janet Jackson. Estaba de moda. La gente se partía el pecho. El año anterior me disfracé de Monica Lewinsky, ese estaba chupado”. Y al empezar el capítulo siguiente, le dice a Pam: “Te noto premenstrual”. Imposible hacerlo hoy. Más: “A veces las mujeres dicen más cosas con las pausas que con las palabras”. En ese universo de chorradas bien construidas (no como la Alhambra), SC se sincera con uno de sus empleados en mitad de una sala de juntas llena: “Ahora insinúo que cuando coincidimos en el ascensor, más ve valdría coger las escaleras. Porque, joder, cómo apestas… Y yo nunca diría algo así en público, nunca lo he hecho y jamás lo haré. Pero todos debemos ser absolutamente conscientes…”. La inconsciencia, quizás sea lo mejor, o lo mejor aún está por llegar (“¡Como si el alcohol hubiera matado a alguien!”). Pero como todo es mentira, una buena muestra de ello es el amigo invisible (“Feliz cumpleaños, Jesusito, al final se armó el Belén”). Y más preguntas que nos hacen pensar: “¿Pueden 15 botellas de vodka emborrachar a 20 personas?”. Hágase querer por un baile, por un baile ajeno, por un baile de vergüenza ajena. Titanic, la trilogía de El Señor de los Anillos. ¿Carbonizarse el pie en una plancha de la comida? ¿A quién no le gusta desayunar oliendo a bacon? Y la amistad no existe, solo tenemos gente con la que pasamos ratos: “Pues no. Yo solo dono órganos a los amigos de verdad. Apáñate con un riñón de mono”. De las manos de cerdo hablamos otro día. Y puestos a comparar, siempre salen comparaciones: “Scranton es estupendo, pero Nueva York es como Scranton hasta el culo de tripis. No, de speed; no… de esteroides”. Y nada como soltar en un discurso, sin venir a cuento, después de otro orador: “Lo siento mucho, no sabía que llevaba audífono; pensaba que hablaba… un poco raro”. Y siempre podemos engañar a alguien, o soltarle un discurso de tito Benito para que lo transforme, o lo reutilice. Y cuando toca ponerse serios, no hay manera de ponerse serios: “No es que los niños me incomoden; es que, ¿para qué ser padre si puedes ser el tío gracioso?. Nadie se rebela jamás contra su tío gracioso”. Y habas chinas en germinación en un cajón de la oficina. De la maldita oficina, en la que se escucha: “Yo nunca sonrío si puedo evitarlo. Mostrar los dientes demuestra el sometimiento en los primates. Cuando alguien me sonríe, solo veo un chimpancé que no quiere morir”. Y llegando al final, desparrame sobre perros, SIDA, afganos y puros: “Hay temas que los cómicos no pueden tocar, como JFK, el SIDA, el holocausto… y hasta hace poco el asesinato de Lincoln. Antes muerto que ver esta obra”. Una temporada que, aunque deja puntos suspensivos, mejora la media docena de píldoras primigenias.
domingo, 11 de mayo de 2025
Canijo
En vez de Canijo debería llamarse la novela de los vómitos. No, mejor. La novela del mono. Vaya retrato del mono hace Fernando Mansilla en esta obra titulada Canijo. Ahora que parece que todos son seguidores de Glutamato Ye Ye tras la muerte de Enrique Fernández en la ciénaga de las redes sociales, recuerdo la letra de El suicida mientras terminaba Canijo (a partir de ahora LNDM), porque había personajes que no escogían el camino menos tortuoso para quitar(se) de la circulación. En este cuadro, el de LNDM, aprendemos que “los camellos del caballo no entran a sus clientes, no hablan, te miran a los ojos y esperan, son los amos”. Estos tesoros nacionales de la España de fines de los 80’s, entre las 3000 viviendas y calles con nombres de santos en Sevilla, nos muestran lo peor de la vida hecha rastrojos: “Porque el caballo tiene eso, que pica, y es agradable, pero pica mucho y los chavales se rascan con frenesí, sobre todo las narices, que es donde más pica”. LNDM muestra cuernos y violencia tras entierros, muestra golosinas de terror y lugares de yonquis sevillanos, pero sobre todo muestra lo que el nombre alternativo al título nos quiere decir: “Los síntomas y señales del síndrome de abstinencia en su cuerpo: el descontrol muscular, los espasmos, el desdibujamiento siniestro de su rostro, la expresión ida, la terrible ansiedad que transmitía su sistema nervioso”. Y apostilla FM: “Algo al otro lado que acababa con el desasosiego: el calor interior, las arcadas de placer, el control de la realidad, la desaparición absoluta de la ansiedad. Aire, combustible, calor, realidad…”. Escribe el autor, y subraya, que la droga no engancha, que la droga posee. Muestra la bestialidad de las bestias, también convrtidas en camellos, la bestialidad de aquella persona cuyo mejor día en la vida fue el que probó la heroína. Enfatiza FM en LNDM: “Yacía en el catre aplastado por toneladas de mono, de gorila inmenso”. En este paseo por el desierto, en esta Biblia desgastada y sin salvación y casi sin venas, leemos en la página 270: “La primera verdad del drogadicto es: no te fíes ni de ti mismo. De ti menos que de nadie. Cumpliéndose también la segunda verdad: el cliente siempre lleva las de perder”. En la página siguiente, leemos: “La tercera gran verdad del drogadicto: el cliente siempre espera”. Y la dependencia no solo era hípica, sino económica: la deuda infinita. Sumando doses, cincos y sietes, llegamos a la siguiente conclusión: “Todos nosotros, poseídos por el Espíritu, orgullosos de nuestra condición de yonquis, conscientes de entregarnos sin condiciones a la ruina más absoluta por un buen chute de heroína y cocaína. Capaces de darlo todo, la vida, el amor, la amistad, el prestigio, el orgullo, la honradez y la hacienda entera. Todo. Por un chute de heroína y coca”. Todo. No hay mejor resumen porque como transmite FM, “este es un submundo habitado por la no-normalidad”. Superado el ejército espartano (+2), seguimos sumando ideas para el cambio a LNDM: “Cuando pides para quitarte el mono te da igual que te miren como te miren, el yonqui pasa de todo y la opinión de los demás te importa menos que nada”. Todo, menos que nada y saber que “cuando uno está enganchado, el cerebro trabaja siempre a favor del enganche”. Y en ese pum pum del ring, leemos como “cada vez se hacen los monos más insoportables”. El retrato se pone más borde al final con el SIDA, bicho de esos finales de década, con el epílogo hospitalario y el juego del olvido: “El que prueba las agujas ya se puede hacer la cruz”. LNDM es un retrato que da miedo, pero que hay que leer para intentar comprender la complejidad de esa España que miraba para otro lado ante el enganche definitivo.
martes, 6 de mayo de 2025
Black Metal
En la presentación de los personajes de Black Metal, de Magius, hay mucho de pipí en las camas, recuerdos olímpicos de Lillehammer, caretos irreconocibles, historias familiares entre divorcios y fríos y una ausencia de rostros que harían que nos cruzásemos de acera si nos encontrásemos con alguno de estos pájaros viniendo hacia nosotros. Como si fuera un libro de Historia, comienza recordando el pasado y tradiciones (modas envejecidas como diría EMDG), los deportes de invierno y los deportes de la realeza. Pero llegados a otra página sin número (como todas), nos viene a la mente la pregunta del medio millón de coronas: “¿O hay alguna que otra nube en el cielo nórdico?”. Falta algún mapica para situarnos en Bergen (situada en la zona noroccidental de Noruega), aunque los pluviómetros funcionan todos los días. Y cuando los cerebros inquietos se juntaban a principios de los 90’s, cualquier cosa era posible. La adoración al diabólico black metal, a “la maldad en estado puro”, es premisa fundamental en BM. Castillo, gárgolas y demonios, y frases de épocas oscuras pasadas por la nieve nórdica: “En mi feudo medieval todos conocen mi política: la muerte y la tortura… ¡¡¡Soy un tirano!!!”. En la presentación del grupo Mayhem se utilizan los adjetivos siguientes para sus miembros: vagos, maleantes, duros, violentos, agresivos, loco o maniaco (casi como una clase de FPB). Nada como una presentación en condiciones. “Nosotros somos Mayhem… Nos gusta la tortura y la muerte… Por eso seguimos las enseñanzas de Satán y de los camaradas Stalin y Mao”. Aunque la pregunta del otro medio millón, esta vez de euros, es la siguiente: ¿Qué harías si te encontrases un cuervo muerto? Y en ese infierno del Bosco (vaya recreación), leemos: “El infierno nórdico es probablemente el lugar más divertido al que un niño noruego de principios de los 90 pueda viajar”. Pero el infierno es una cosa muy personal, y leemos en BM: “Necrobutcher me dijo que su novia le dijo que yo las debía quemar. Pero hace años que prescindí de sentir amor. No estoy en este negocio por diversión”. Pero puestos a vender, habrá que vender: “No es fácil el capitalismo: hay que vender cantidad de mierda para sobrevivir”. Y apostilla unas páginas más atrás: “Satán y el capitalismo no cuadran”. En su cítrico punto de vista (limón para todos), escribe Magius retratando al personal: “Recuerda lo que aprendiste en el campamento de verano de los alevines comunistas (...) La política del palo y la zanahoria”. Referencias a Fidel Castro, a Albania (“Albania es el futuro”), a las clases de marxismo-satanismo ortodoxo, a la forma en que “los adultos han hecho desgraciados a los niños” y de como “la única manera de matar para siempre a un muerto es destruyendo su tumba, su recuerdo”. Y, dentro o fuera de contexto, leemos en BM: “Hola, tío, no soy tu papi; sólo un toxicómano al que alguien prometió dinero por quedarse quieto”. Música, jóvenes profesionales sin ascenso a la vista y frases sobre las que reflexionar: “Esta parece la clásica historia de preadolescentes que se rebelan contra sus padres y la sociedad bebiendo cerveza, falsificando carnés o destrozando un viejo cementerio”. El fuego, la catarsis, el recuerdo de Ceacescu (para bien y para mal), y como “el alegre comunista es ahora el desagradable patrón de una fábrica”. Ya puestos a reflexionar con BM, hay que pensar lo que los padres piensan de sus hijos cuando no se hacen cargo de ellos. Ese nórdico momento, el de mirar desde más alto que nadie (aprovechando los largos permisos de paternidad) se traducen de muchas maneras (o así lo entendemos desde lejos): “Mi madre dice que soy hiperactivo y que prefiere financiarme todas las grabaciones antes que llevarme a un psicólogo. Dice que son muy caros…”. El problema (en el buen sentido) es que los dibujos de Magius no te hacen ver la peligrosidad de estos zagales, como no piensan en lo salvajes que son cuando están tranquilos en su pupitre (bueno, ahora no hay pupitres, hay mesas y sillas color selva antes de que AS se pinte de betún debajo de los ojos y busque un bicho raro en una película). Y hay poses (cuchillos, Hitler, castillo, SS, teutónico, pretensión artística, kárate, olimpiada matemática, regrabar líneas, gitano/inmigrante/olor, rescisión de contrato, ascensor ,Asperger, hiperactividad, nazi, co-líder, duda, apropiación, escapar[guerra,monstruo, muerte complejidad política, olimpiada matemática [de nuevo], guturales gorgoritos, lerdo, el precio de la fama, reformatorio, fake news antes de las fake news, maldad satánica, incredulidad, crisis emocional) que luego valen para todo. Y esa frase de la página sin número (otra más) que nos manda al carajo: “En realidad, en el Black Metal, nadie es amigo de nadie…”. Bienvenidos todos. O casi todos “(Hungría. Nosotros ser pobres por culpa de comunismo”). Jerga que entendemos hasta que queremos dejar de entender. O lo de siempre: “¿Y tú a qué has venido?”. Un buen libro con el que pensar que, hasta en la primera adolescencia del ruido y la música, todo es mentira. Todo.
lunes, 5 de mayo de 2025
Cuando nadie nos ve. Primera temporada.
Con un ritmo lento (a veces, demasiado lento), se desarrolla la primera temporada de Cuando nadie nos ve. Entre citas bíblicas, drogas, corrupción política, Semana Santa andaluza, bases gringas en España, bares, extranjeros copiando lo peor, clases particulares, obras de arte escondidas, casas en mitad de ningún sitio, chachas que lo ven todo y Guardia Civil, se desarrolla este ejercicio que no es completo (parece que falta siempre algo de velocidad) pero que es un buen retrato contemporáneo. La mafia, seas de donde seas, siempre acaba alcanzando ciertas estancias en el poder. Ya sea un concejal, una alcaldesa de pueblo, un militar yanqui destinado en Morón, un ladronzuelo en moto. Y el Libro de Job, y los salmos de turno, y las artes marciales y la prudencia hasta que todos dejan de ser prudentes, y las pastis de temporada y la demencia de toda la vida, y la viudedad tras el suicidio y todo un cúmulo de circunstancias que, junto a unos diálogos tranquilos, dejan ocho capítulos para disfrutar entre versículos: “Guárdame como a la niña de tus ojos, escóndeme bajo la sombra de tus alas”. Pero hay lugares en los que ni la mayor de las cuevas sirve de refugio. Y como todo es mentira, “el mal está en el ojo del que mira”.
domingo, 4 de mayo de 2025
Mantícora
Como me ocurrió con El quinto en discordia, el principio me desconcertó. Mantícora nos va metiendo en su tela de araña poco a poco, casi sin querer. La dejé dos veces en el carricoche de mi hija, leída entre sueños de la pequeña junto al patio de un colegio que pone, a mi pesar, a Coldplay a todo trapo para los cambios de clase. Aunque la figura del profesor de Historia de EQED sigue presente, Mantícora nos lleva a la introspección, a la del personaje y a la nuestra, porque nos hace preguntarnos sobre nosotros mismos, sobre lo que nos rodea, sobre nuestra infancia, sobre nuestras experiencias (sean pagadas o no, pagadas por ajenos o en PPMS), sobre nuestro devenir lleno siempre de dificultades y del que salimos, aunque no siempre indemnes. En la página 310 se habla de la “reevaluación de una experiencia personal y profunda”, que es la que lleva el personaje central junto a la doctora encargada de ayudarle en Zúrich. En esa misma página leemos sobre el olvido, sobre las razones que nos llevan a hacer ciertos movimientos en nuestra partida de ajedrez vital (seamos ciegos o no) y en las que no siempre alcanzamos las tablas (o más quisiéramos nosotros contentarnos con las tablas, si es eso a lo que aspiramos). Pero no hay solución contra la mentira, igual que “no hay nada capaz de hacer que una bolsa vacía se sostenga en pie”. Edades y salmos, momentos en los que se desea morir. Reflexiona RD en Mantícora muchísimo sobre el valor de la bebida y de su ausencia y como “la abstinencia, o la templanza, si prefiere la versión religiosa, es una virtud de la clase media”. Sobre la riqueza y la tacañería también hay un buen número de frases en este libro, sobre los síntomas y las enfermedades antes, durante y tras las guerras. Y nos deja preguntas que nunca habíamos leído, o sobre las que es difícil quedar al margen: “Es como eso que se dice de los burros muertos: ¿Quién ha visto uno alguna vez?”. Los burros muertos y su visión. Hablando de muertos escribe el autor: “Los funerales sacan a relucir esa parte lamentable que uno tiene dentro. Uno se ha repetido durante años que no importa qué sea del cadáver, y en los cócteles, cuando llega la hora de ponerse serio, en el momento de mayor embriaguez, uno afirma que los judíos tenían razón, que los entierros más rápidos y más baratos son los más adecuados y filosóficamente más decentes”. Como si del tema 21 a Oposiciones al Cuerpo de Profesores de Secundaria en su especialidad de Geografía e Historia se tratase, se repite, una y otra vez, la historia de David y Absalón. La edad, sus consecuencias, los actos y el córner que decide el partido, estés jugando en 2014 contra el Atleti o no: “Entre los 35 y los 45, todos hemos de doblar una esquina en el camino de la vida, o bien estamparse contra una tapia de ladrillos”. También resalta Mantícora nuestras pasiones (o la falta de ellas), nuestra facilidad para ser autocomplacientes y llevándolo al extremo (sin llegar a las 72 horas), nuestras pasiones ocultas: “Pásese un día sin comer y la cuestión del alimento pasa a ser imperativa. En nuestra sociedad, el alimento no es más que un punto de arranque para el anhelo”. Y la divinidad (o su ausencia) siempre aparecen en el retrovisor, en la cueva, en el osario común olvidado hasta el día de Todos los Santos: “Así las cosas comencé yo a apensar mucho en Dios, y a preguntarme que pensaba Dios de mí”. Y puestos a pensar en Dios, pensemos en el martirio: “Entender y experimentar no son actividades intercambiables. Cualquier teólogo entiende perfectamente el martirio, pero sólo el mártir experimenta el fuego que le quema las carnes”. Continuamente, a lo largo del libro, el verbo pensar centra muchos de los diálogos y de las argumentaciones. Junto al verbo pensar, se unen los secretos. En plural. Como en EQED, todo lo que gira en torno a los secretos, lleva al lío y muchas veces es mejor mirar para otro lado (y no pensar): “Tú no hagas preguntas, que así no te dirán mentiras”. Subraya RD el ruido de la guerra y el ruido de la docencia: “Al igual que tantos profesores de enseñanza secundaria, era un bicho raro”. Y hablando de profesores, hay en algunas especialidades, algunos en concreto, que te cambián la vida: “El estudio de la Historia, decía, era en parte el estudio de los mitos y las leyendas que la humanidad ha entretejido en torno a figuras extraodrdinarias, como Alejandro Magno o Julio César o Carlomagno o Napoleón: eran todos ellos hombres, mortales, y siempre que fuera posible contrastar la realidad con la leyenda era maravilloso verificar qué les habían atribuido los aduladores y mitómanos”. Incluso nos lleva RD a 1812, a la retirada de Moscú de Napoleón contada por Stendhal. En esa profesión docente, hace hincapié en la provocación en la “incomodidad intelectual”, en la búsqueda de contradicciones que no siempre son tenidas en cuenta. Y si hay historia, RD nos dice que estemos atentos a la canción, y, en la propia canción, a los estribillos. Hasta hay referencias a la incomprensión, a la comida del martes de carnaval, a la contradicción entre riqueza, virtud y devoción (o de la forma en la que algunos llevan a cabo esa contradicción), a lo retrospectivo de la caridad y de que es importante saber que “si quieres fruta, come toda la que puedas, pero no te compres el árbol”. Sobre la supervivencia, RD nos mete, con calzador, opiniones sobre la importancia del cinismo: “Ser un cínico no es lo mismo que evitar la ilusión, pues el cinismo es otra clase de ilusión. Todas las fórmulas para hacer frente a la vida, e incluso muchas filosofías son vanas ilusiones. El cinismo es una ilusicón de las peores”. Y puestos a llegar al altar del diccionario, nos da el autor nuevas definiciones, como la de fanatismo: “Se trata de un exceso de compensación frente a la duda”. Aunque no sea martes (ni de carnaval ni el que va después de Semana Santa), toca elegir bando, toca escoger bandera, o credo, o cruzada: “Aseguraos de elegir aquello en lo que creéis, y sabed bien por qué creéis en ello, porque si no elegís aquello en lo que creéis, podéis estar seguros de que alguna creencia, y seguro que no muy de fiar, os elegirá a vosotros”. No todo es Libro de los Jueces, pero hay algo de ello en Mantícora, incluso al recordarnos, de nuevo, algo sobre ese verbo al que antes hacía referencia: “Estupendo trabajo el de pensar. Pero has de saber que también es el mayor refugio, la mayor escotilla de nuestro tiempo”. Y ya puestos a valorar, valoremos Mantícora como un libro con el que pensar en nuestras contradicciones y que no está de más asumir que “cada país tiene a los extranjeros que se merece”.
domingo, 27 de abril de 2025
The Office (USA). Primera temporada.
“Y hasta donde os alcanza la vista es mi reino”. Con esas palabras, tras hablar por teléfono con una mujer y siguiéndole el rollo como si fuera un hombre, se presenta Steve Carrell en The Office. Mientras los demás van dando la cara, gritando, mofándose de sí mismos y haciendo el cafre, empiezan a sumar los palabros sobre cosas y personas: “Yo la llamo Hillary Rara Clinton”. Llamadas intempestivas, palabras desafortunadas, conversaciones en voz baja sobre despidos, disfraces de gatos y el clásico “yo iba para cómico” y “soy Hitler, Adolf Hitler”. Y preguntas en voz alta: “¿Es el sueño de las niñas ser recepcionistas?”. Y el aumento nos lo merecemos todo. La profesionalidad ante todo. ¿A quién admirar? Si ponemos a Dios en el cuarto lugar de admiración sólo hay que pensar en los que van antes. Quizás no daríamos con la respuesta. ¿Cuál es la cara de preguntar algo? Gelatina para todos. O para casi todos. Colores y raza en la misma frase. Hoy sería imposible grabar muchas de estas escenas. Razas, atracción y sexo en una misma frase. Y la sorna no le gusta a más de uno, sea marroncito o no. Galletas para todos, definan o no al héroe. Hágase querer por una firma, aunque sea del Pato Lucas: “Quiero ver las olimpiadas del sufrimiento: la esclavitud frente al holocausto”. Y haciendo el palomo con tarjetitas en el pelo, el director regional reencarnado en ST, nos dice: “Habréis visto que a nadie le tocó ser árabe. Me pareció demasiado explosivo, y no va con segundas”. Judías verdes: “Eso no procede ahora. No me parece correcto llamarlas judías. Me parece ofensivo”. O no. Todo filfa en TO, todo chascarrillo con acento distinto, con y sin flequillo: “Para mí esto es un trabajito. Si yo ascendiera en la empresa, entonces sería mi profesión. Y, bueno, si esta fuera mi profesión, preferiría tirarme a la vía del tren”. El tren y sus metáforas. Más: “No es bueno mimar a la gente. En la selva no hay seguro médico”. Bajo esa apariencia de pánfilos, la crítica va a la sociedad, directa a la yugular, sobre esos momentos en los que estás rodeado en el trabajo de individuos a los que odias (“me paso horas ideando formas de devolvérsela, pero todas son delitos graves con pena de cárcel”), sobre las apariencias y lo que hacemos, y, sobre todo, sobre lo que pensamos hacer y, al final, no hacemos. O no nos atrevemos a hacer. Tomar nota. Confidencialidad y preocupaciones de mierda: “Meredith es una meretriz”. O no: “¿Qué gracia puede tener un útero extirpado?”. Hasta te da hambre viendo como se lo pasan y te sueltan de golpe: “¿Sabes una cosa? Si yo fuera alérgico a los lácteos, me pegaba un tiro”. Gallos, simpáticas muchachas y nada como que no tengamos odio en TO. ¿Quién pijo lee revistas de aerolíneas? ¿Existen realmente las revistas de aerolíneas? Y puestos a acelerar al personal, que no falten las drogas. Un intento de renovación que no siempre fue entendido por los amantes del vinagre. Por algo será.
viernes, 25 de abril de 2025
Bosch: Legacy. Tercera temporada.
El Lobo Plateado está de vuelta. Bosch, con esa cara que te deja pensando en lo que estará pensando, sacando su lado borde, si es que acaso tiene otra. La que se hace más preguntas es su retoño. Idealizamos a individuos que no son perfectos. Muchas grietas, que al principio no vemos, empiezan a aumentar hasta que el tabique no aguanta. Todos tenemos trapos sucios, montañas de basura planetaria que no hay cementerio nuclear que la acoja. Y “si hay que ayudar para enterrar a la escoria por segunda vez, se ayuda”. O lo que sea. Lo que pasa en Afganistán, se queda en Afganistán, aunque nunca se sabe cómo se reinterpretan los hechos del pasado en nuestro presente incierto. “Una familia no desaparece sin más”, pero siempre hay personas que hacen lo que sea porque desaparezcan los demás. Persecuciones, rumores no demostrados, encuestas que van mal, hacer negocios con las personas equivocadas, lazos rotos y familias que no ejercen de familias. Y de esa oscuridad que esconde Bosch (y su retoño), no hay escapatoria. Ninguna. Recuerdos de venganzas que se cumplen, recuerdos de dientes que se fueron por el camino, de globos que explotan antes de inflarse. Aunque tiene altibajos, ha estado a la altura de ejercicios anteriores. Y siempre hay algo que queda por resolver. Un cierre (de momento) con el bajar una persiana desde la que seguir viendo angelinas calles desde las alturas.
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