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miércoles, 31 de agosto de 2022
Mayor of Kingstown. Primera temporada.
Cada uno tiene sus propios altares, o cree tener sus propios altares, o piensa que puede llegar a tener sus propios altares. Luego llega Taylor Sheridan, con sus tiros, sus frases, sus silencios, su grupo, su familia llena de lágrimas, su hermano muerto en el primer capítulo y te cambia los altares, el descreimiento sobre los altares o los pensamientos sobre la posesión de supuestos altares propios. Todo es Yellowstone pero hay vida más allá de Yellowstone, pero al final siempre vivimos en una cárcel, en un corral ajeno. Creemos que nuestro cortijo va a ser infinito, pero en cuanto te das la espalda todo cae, todo se desmorona, todo se va a hacer gárgaras y el zumo no es de granada. Antes o después, toda la mentira sale a la luz. El problema de Mayor of Kingstown es que pone el listón excesivamente exigente (en calidad de la historia) desde el primer capítulo. Y tiene de todo, para exprimir junto a ese jugo de granada, que a veces se convierte en la hiel de la venganza o en azúcar de los dioses, porque, aunque “no hay policías buenos”, también hay policías con su corazoncito, o su pequeño hueco de honor en un mundo de deshonor. Mayor of Kingstown nos muestra los gusanos en el cementerio, pero no solo los gusanos. MOK va un paso más allá, nos muestra a las hormigas comiéndose el bicho muerto que se ha alimentado de muertos en el cementerio, y cada vez que hay zanja nueva hay bichos nuevos, hay rambla nueva que llenar con los restos viscerales de turno. “El enemigo de mi enemigo no es mi amigo, solo es otro desgraciado del que preocuparme”. Y la tentación de la venganza, y la tentación del bebé que se espera en el vientre adorado, y la tentación de exagerar una clase de historia rodeada de reclusas, y la tentación hecha Iris. MOK mezcla demasiados pasajes bíblicos en un isla de cárceles, en una sucesión de historias que no son de terror porque cualquier informativo vespertino supera al peor de los sueños de Bram Stoker. Y de repente, con Jim Morrison de fondo, antes del ecuador, nos deja TS un final de tercer capítulo de los de recordar, de los de recreo y adoración en el altar propio o ajeno, que ya está bien de hablar de altares con minúscula. Todo es una cárcel, y la cárcel el mayor de los negocios, el capitalismo puro y duro. Pero, de tarde en tarde, nos sale la vena sensible, un angelito delicado nos hace creer en la pureza de la cosas…hasta que le destrozan sus alas y hasta la última de sus plumas. “¿Sabes qué es la locura? Repetir lo mismo esperando un resultado distinto”. Quizás sea ese nuestro error, multiplicado a lo Bart en la pizarra, el de esperar resultados distintos en infiernos semejantes. “Nunca creí en el cielo o en el infierno. O en Dios o el Diablo. Sigo sin creer en Dios. Pero sí creo en el Diablo, porque me miró directo a los ojos. Y cada sueño, cada temor, cada dolor, los ignoró, y lo que pudo tomar, lo tomó. El Diablo es lo que todos somos. Tú, yo, todos somos unos malditos monstruos”. Palabra de Taylor Sheridan.
lunes, 29 de agosto de 2022
City on a Hill. Segunda temporada.
“Confío más en los libros que en las personas”. Cuando una frase así la dice Jackie Rohr es que algo ha cambiado, que hay algo nuevo bajo el sol de Boston, si es que alguna vez hubo un rato de sol continuo en Boston y no solo bruma. “Coger a alguien con otra mentira, eso es casi bíblico”. City on a Hill nos recuerda que “la mayoría hacemos cosas que juramos que nunca llegaríamos a hacer”. Y es así. Convertidos en chistes ambulantes, no vivimos lo suficiente en el presente porque suena Lenny Kravitz en vez de Pearl Jam. No siempre elegimos los himnos, y no siempre el problema del racismo son los blancos contra los negros, algunas veces son los negros contra los negros. Y encima, entrados los 90’s y en el lugar de Patriots y Celtics, surge la variante IRA, surge el despido, surge el conflicto de intereses, porque al final todo son intereses cruzados, suene o no Lenny de fondo y suenen saxofones, porque en época de Clinton sonaban saxofones, aunque no tocara. “El miedo es una brújula”, pero una brújula muy hija de puta que se pasa el imantado por el forro de su cristalito. No estamos para nortes, ni magnéticos ni de los otros, porque en City on a Hill como en cualquier parte, nacimos desnortados. Y ese pasado familiar que hace tic tac, tic tac, y hasta en la noche te tortura. Y no se fíen de las sotanas, por muy engominadas que vayan. Nunca. “Matar es pecado salvo que lo hagas en grandes cantidades y al son de las trompetas”. ¿No eran al son de saxofones? Y ya puestos, le hacemos caso a Jackie Rohr y nos saltamos toda la misa y nos encomendamos a Dios directos a la comunión. Claro que sí. Que no falten salmos que cantar, ni padres violadores que buscar, ni universidades que mandan cartas de información relevante para el futuro de niñas atormentadas. Y un espejo en el que mirarte, siempre es bueno tener un espejo en el que mirarte cuando estás viendo City on a Hill: “Todos tenemos ego. Lo importante es lo que hacemos con él”. Al final esto se trata de supervivencia, de nacer cuando se pueda, de escapar en cuanto se ponen las cosas feas, y cualquier calle oscura está llena de cosas feas, o materias oscuras que no hace falta descubrir que son bellas. Y en esa ardua tarea, la de sobrevivir, la de escoger bando o marchar a Florida, la de matar al cuñado o vender droga, la de cerrar la peluquería o añorar las venganzas en caliente, siempre hay que pensar que todo puede empeorar, porque “te crees que sales de un agujero y acabas en una cloaca”. Y si en las camas de ciertas familias había cabeza de caballo, en la de Bill Russell solo había mierda, y nunca le ves solución al asunto: “Acabamos ahorcándonos todos tarde o temprano. Y tú lo harás”. Todo es mentira. Pero esto es Boston y no Aljucer y las frases no valen para todas las longitudes, las latitudes y cualquier cosa que empiece por ele: “Esto es Boston. Solo importan tres cosas: deportes, política y venganza”. Y al final todo nos da una conclusión, una metáfora de la vida en la que Jack Rohr es el término imagen, aprendiendo de los finales más que de los principios, que siempre nos cuesta empezar y poner en práctica la frase de Jesús García Roa: “Empezar con énfasis y acabar de forma triunfante”. Bueno, la frase no era de García Roa, era de un manual que citaba García Roa, pero es que City on a Hill es una sucesión de frases y citas, apócrifas hasta el tuétano o hasta que buscan su origen… o paradero. Al final, como todo en la vida, todo es mentira: “Una conciencia tranquila es señal de mala memoria". Viva Boston.
sábado, 27 de agosto de 2022
Abisal. Libro de zonas y de figuras.
No conocía la existencia de Álvaro Cortina Urdampilleta ni de su obra Abisal. Libro de zonas y de figuras pero ya, desde el Exordio inicial, merece la pena. ¿Qué es Abisal? Se encarga el autor de presentar la obra en ese preámbulo, aunque de forma confusa y con palabras raras: habla de barroco, pero también del tiempo que perdemos en Internet, habla de conversaciones y de paseos por casa y calle, habla de autores y de citas, pero lo hace de forma atrayente, con un estilo que llama la atención y que te deja por igual sorprendido y perplejo. O perplejamente sorprendido. Al primer capítulo lo llama Todomosaico, y empieza con una cita de Hans Blumenberg en la que aparecen las palabras historia, prehistoria, recuerdo y leyenda. Y empieza con la tele e Iker Jiménez, y novelas de Houllebecq (no había leído nada de él cuando empecé Abisal). Lo de abrir la Biblia al azar ya lo hacía mi catequista de confirmación, tampoco es nuevo. Cita a San Agustín y a Dante y la confusión reina en mí. Habla el autor del problema de la concentración. Nos pasa a casi todos. Escribe el autor sobre lo oculto y las esencias hablando de Cuarto Milenio (tampoco lo he visto nunca). Como si del Todo modo sciasciano se tratara, habla de ejercicios espirituales mientras se refiere a El imperio contraataca (que, si vi, pero como si no la hubiera visto, tampoco cuenta). Aparece Robert Mitchum y Perseguido y habla de Yeats y de poetas y de canciones de Twin Peaks (vi las dos primeras, pero he querido olvidarlas). Y también encontramos a San Buenaventura, a una Internet como personaje cíclico, citas a Raymond Chandler y preguntas y más preguntas. El segundo capítulo lo titula En torno a una frase del romanticismo y empieza con una cita de Schelling, y referencias a la mitología, en la que los símbolos son importantísimos. Reflexiona sobre lo bello y lo importante, sobre Dioses con nombres concretos sobre los que edificamos una serie de contenidos (y si hay que acordarse de El fugitivo y La tapadera, el autor lo hace [esas dos si las vi y me gustaron mucho, pero es que Grisham, o los negros de Grisham, lo hacían bien]). Y a través de esa imaginación pasa de Schelling a Unamuno (del que no recuerdo si he leído nada). Y la caída de Roma y el cristianismo llegando al poder y toda una serie de mentiras institucionalizadas. Pasan por el filtro también referencias a Lucrecio, al Quijote cervantino (acaso hay otro que mis alumnos recuerden), a Goethe. Del ingenioso, leído obligado por Isabel Cuadrado, me acuerdo para mal; de las cuitas wertherianas, tampoco tengo buen recuerdo pero lo cita en CDME alguna vez. Y Beatriz, siempre Beatriz en el horizonte. Escribe ACU una frase propia de Ginés Caballero, que yo creo escuchársela al hombre de la camisa verde: “No hay arte sin obsesión”. Pero hay que poner los asuntos en valor, hay que simbolizar lo realmente importante, hay que subrayar (con boli rojo) aquello que queremos que se corrija. Subraya (no sé el color del boli) los estados de ánimo y otras cualidades que resaltan y, que poniendo ejemplos dantescos, entronizamos. Y vuelve a sacar ACU el asunto de la “barroquización” para citar a Poe y a Cronenberg, y se refiere a nosotros, sus lectores, como “postpaganos” (al que ya no nos quedan mitos mundiales o patrioteros). Y sin dioses, cada uno que se busque su estampita que adorar. Citando las confesiones agustinianas comienza el tercer apunte titulado La velocidad de los gules y el diablo de la prisa, hablando de imágenes y subjetividad, de zoológicos y bonobos, de tertulias y mensajes telefónicos del nuevo reloj, de Frankestein, Pío Baroja y Ortega, de zombies y de 28 horas después (que tampoco he visto), de la dicotomía entre infectados y zombies. De todo hay en la viña. ¿Van lentos o demasiado lentos los zombies o infectados? Gran pregunta de sobremesa, gran pregunta de tertulia, dando argumentos para ello con la gótica novela Vathek de 1782, aunque asegurando que la primera en la que se habla de zombies es La pata de mono de 1902. Por supuesto que cita a Stephen King y El cementerio de animales. Y puestos a diferenciar, el autor (de buena manera) distingue entre el que ya está en el suelo y al que casi nadie presta atención (mendigo), con el que está en proceso de caída y da con sus dientes en el asfalto o acera (al que si prestan atención, como buen ángel caído desde bici, patinete o caminata espuria). El siguiente apartado empieza citando a Paléfato y se titula Una tertulia y un fragmento de vida. Hay, según el autor, unos “tardobolcheviques letraheridos”, aparte de más personal. La que hoy es mi esposa llamaba a mis compañeros de facultad y de la licenciatura de Historia los “filósofos”, no sé si con buena intención. No lo sé, pero de bolcheviques algunos también iban, aunque no sé yo si son más leninistas, trotskystas o estalinistas. El problema de las etiquetas es atemporal, siempre estará ahí. Habla sobre la tertulia de Vallín y ¡Me cago en Godard!, y de Abisal entendida como ensayo de películas, cuadros y novelas (o eso entendí yo), y de La locura del arte y de Henry James y, con mapa incluido, de La isla del tesoro. El siguiente apartado, titulado Le dégoût de l’infini, es utilizado también para citar a José Luis Villacañas y su ensayo Los latidos de la polis y reflexionar sobre el modo en el que integran las bibliotecas a las personas (aunque según el autor algunos parecen que acompañaban a Mel Gibson en Mad Max). A diferencia de otros, se atreve a citar a Spengler (otra lectura que tengo pendiente). Detenidamente, el autor nos habla del desierto citando el Génesis, el Levítico y el Deuteronomio, pero desde un punto de vista teológico como un lugar de cultura y humanista. Después sigue con el tema del desierto en otros libros bíblicos, como el Libro de Oseas o el Evangelio de San Mateo. El siguiente apartado lleva el título de Abro Moby Dick en el capítulo 42: Macrocosmos en el que subraya la palabra soledad y los, según él, tres diablos del espíritu moderno (disolución, prisa angustiosa y tedio). Tres buenos cabrones, que diría el hombre de la camisa verde. Cita varios precedentes de la obra melvilleana en autores como Carus, Rousseau, Senancour o Lord Byron. Pasa el autor del mar al desierto, aunque yo diría en primera persona masculino singular que eso es pasar del pánico a la desolación. Se recrea en los paisajes de obras como las de Rousseau y en sus obras en las que habla de él en tercera persona (aquí Salvador Juan es el mayor ególatra, no Jean-Jacques, ese tipo que también sufre manías persecutorias por todos los costados). Cita también a Schopenhauer y vuelve a San Agustín, citando la Carta de San Pablo 13, 13-14, con aquella historia que nos dice de evitar las jaranas… Y entonces se pone con Moby Dick, con un capítulo muy atrayente, con quijotescas referencias y bíblicas consideraciones (apunto para futuras reflexiones Lo santo de Rudolf Otto). Habla de gnosticismo y de terror, con alusiones al blanco y a Poe, a albinismo y a los personajes de una novela que creo que también tengo pendiente. Abro las inquietudes de Shanti Andía por el inicio: Microcosmos es el título del siguiente apartado en el que empieza hablando de casas y hogares, aunque he leído poco de Pío Baroja (más de su estudioso Miguel Sánchez-Ostiz) y poco también de Ortega y Gasset. Indaga el autor sobre el origen, forma y contenido de la novela. Centrándose en Baroja se refiere a Jon Juaristi y Los pequeños mundos, y en la película documental de Guerín Innisfree. A continuación, titula un apartado como Un encuentro fortuito con el autor de Emporio. La cultura como rebasamiento y apropiación, en el que habla de encuentros en bares, recuerda la obra de un tal Simmel y de lo que supone la idea del todomosaico. Otros trabajos del mito. Los viajes del alma, la siguiente pieza, en la que va a Platón, el creador de esa palabra que es la mitología. Las dos simas, una parábola, es el siguiente de los apartados, en el que se recrea, otra vez, en El Quijote, más concretamente en los capítulos 32, 33 y 55 de la segunda parte, y en El resplandor, con el que acaba con el Todomosaico y da inicio a Las zonas, el capítulo II de Abisal, que empieza con citas del Génesis y de Poe, y con el apartado titulado Elogio de las cartografías. Y empezamos a cantar El mapa de Family y todo lo demás. Apela el autor a los cuentos de hadas y las geografías y mapas de autores y escritores. Y siguiendo a Ortega habla de la importancia de la caza, la guerra y la fiesta, y de los lugares que ilustramos para nuestros mitos y no está de más recordar El silencio de los corderos (la película) y aquel descenso a los infiernos (físicos y espirituales) de Clarice Starling viendo al doctor Lecter. El siguiente apartado del segundo capítulo, Todo son pantallas, empieza con un recordatorio a El día de la bestia (recuerdo que la vi en el cine Floridablanca). Y te hace pensar en el rojo de los gules, o en los gules rojos, lo que sea ese color. Y con una ilustración de 1845 de Hansel y Gretel empieza Aparece el bosque, citando a Rodríguez de la Fuente. Reflexiona el autor sobre especies animales y vegetales, sobre lindes y ese bosque germánico y su relación con el Imperio Romano, recordando la olvidada (por muchos) batalla de Teutoburgo del año 9 por el cuadro titulado Varus de Anselm Kiefer (de esta batalla tengo pendiente la serie realizada al respecto, llamada Barbarians). Siguiendo con el bosque, siguen las referencias cinematográficas que van desde David Lynch a Fritz Lang, pasando por el Parque Jurásico de tito Steven, por el Prometheus de Ridley Scott o por El proyecto de la bruja de Blair. Y aparecen comentarios sobre Wagner, sobre Hansel y Gretel, sobre Tristán e Isolda, sobre El profesor chiflado. Dedica a continuación el autor unas páginas al Twin Peaks de Lynch y su relación con el bosque, de gran interés. Y aquí, un paréntesis. Volvió el curso, o mi vuelta al curso, o a eso que llaman curso escolar y dejé olvidado Abisal en una cómoda que es envidiada por don Andrés Serrano del Toro, y no volví, como el curso, a Abisal hasta el mes de agosto, y la vuelta, otra vez, al páramo estético, y escribía entonces el autor sobre El hombre de los bosques, dejando frases sobre religiones masivas: “El cristianismo es una fuerza de restricción”. Hasta del brezo escribe ACU, ese brezo que me enseñó en El Bierzo Ana Belén Raimóndez Yebra. Y como el viento hoy en La Manga es de levante, curiosamente hay una referencia en la lectura a la España vacía: “Es más bien una pradera, aunque sin Bisontes”. Bisontes, entre otras cosas, fumaba el hermano del Pepelín (Celtas cortos sin boquilla, también), pero de eso hablaremos otro día, que ahora me pilla el recuerdo de Unamuno, de Azorín, de La ruta del Quijote, de tomillo y romero, del viaje de España a Francia en el tren de Ortega y Gasset, y de Eduardo Martínez de Pisón y su imagen del paisaje, de Zuluoaga, de Robocop y Terminator 2 (me gustan mucho las dos), de Judas Iscariote, de Danko (Calor Rojo), de Arma letal, de La jungla de Cristal. Recuerdos que llegan desde una altura 15 en un mar que es recuerdo, también, de Balzac, de Víctor Hugo y de Poe. He tenido discusiones últimamente, en este agosto de calor incesante, sobre el abandono de Murcia, y mi negación a hacerlo. Página 222: “Los hábitos nos convierten en autómatas de la ciudad”. Leo esta frase mientras escucho a Donovan y su Season of the Witch, que aparecía en la banda sonora de Dark Winds. Indios en ciudades de indios mientra ACU nos hace reflexionar sobre la ciudad subterránea, sobre las cloacas como hábitat, con alcantarillas y ratas (parece un instituto, o me recuerda a un instituto), y cita el autor a Roberto Bolaño por El policía de las ratas, y los suburbios lo vuelven a llevar Víctor Hugo. Y de ahí, a las alturas, a las azoteas como hábitat. Escribe en la página 243 el autor: “Toda ciudad desierta tiene algo de templo abandonado”. Y citas recordando a Chesterton y más frases para subrayar: “El mundo más próximo se enrarece de guerra”. La semana pasada, cuando acabó Better Call Saul, ya hablamos sobre ella. Sobre el antecedente, sobre Breaking Bad asegura ACU que “es un hecho que esta serie televisiva es un drama de piscina”. Nos vuelven los lunes por la mañana a la mente, aprovechando los huecos que dejaba el instituto (más ratas, más alcantarillas) y aquellos accidentes aéreos y aquella piscina y aquel bar y aquellos juguetes flotando. Y desde este piso 15, pienso en las escaleras como el autor lo hace recreándose con Borges, con Kafka, con Ciudadano Kane, con Fortunata y Jacinta. Y no solo escaleras, también pasillos, patios y porches: “El patio de un gran edificio es como la parte de atrás de una nevera titánica”. Y como si fuera lunes noche, o ahora viernes noche, momento Garci: “Debería meditar, en este punto preciso del porche, sobre el cine de porches de John Ford y sobre el cine de mecedoras”. Vivan las mecedoras. Y en mis oídos se filtra Beck y noche de buitres. Y en Abisal aparece la casa, y dentro de la casa, la mesa y todo lo demás: “Subimos por fin en ascensor, el ataúd vertical, la sala luminiscente de los espejos, la caja mágica”. Y recordando a barbas de distintos colores, y a la profesora Martínez Carrillo, se mezcla todo: “Toda filosofía tiene su cruzada”. El autor escribe sobre sus manías, y vuelve a Pío Baroja y a Las inquietudes de Shanti Andía, y la casa llamada Aguirreche, y el torno sigue a lo suyo: “El salón es un lugar para las colecciones, los objetos raros y también para la reminiscencia”. Y como en Breaking Bad, surgen errores, o por llamarlo a la forma de ACU, “el universo cuenta, en verdad, con accidentes felices”. Y los interiores de Poe, y los hermanos Coen, y la alfombra encumbrada por El Nota, y pensar en la censura: “Toda censura empezaría por un juicio de gusto y que todo juicio de gusto es subjetivo”. Y en esas que se mete el autor a la competencia por la inhospitalidad que se traen en el calendario noviembre y febrero y aparece el grupo genético: “Es un ambiente familiar, siciliano o catalán, con todo lo que esto implica”. Y volviendo al 15, o al 10, o al 1, reconozco mis manías, mi obsesión por la limpieza y por los pelos y no solo en el baño: “El pelo en el baño pasa de lo siniestro a lo asqueroso, de lo asqueroso a lo amenazante”. Amenaza es poco. Y como todos creemos en algo, o dejamos de creer en todo, en los refritos historicistas cabe todo, como escribe ACU al respecto:” La operación de la modernidad de procurar un nudo calor separado de las llamas prehistóricas originarias, se me hace tan retorcida como pretender extirpar la espuma de la cerveza de la cerveza”. Y en esas, o en otras, suena Copas de Yate en mi aparato de música mientras leo el papel del agua en el cine que aparece en Abisal, y las referencias a Alien, y a capítulos de la segunda temporada de Twin Peaks (16), y las penumbras de las casas (el autor se fija más en las penumbras de salones y dormitorios). Y no recuerdo El resplandor de Stanley Kubrick, pero el autor se recrea en ella, y en la novela de King: “Las casa, en especial las grandes, contienen un elemento ajeno, un rasgo no hogareño: los pasillos. Éstos remiten a dos figuras arquitectónicas: los laberintos y los hoteles. Un laberinto es un pasillo con segundas intenciones”. Y continúa el autor de Abisal en Abisal: “Los pasillos parecen todos extranjeros desarraigados, como un bolchevique agazapado, esperando a dar el golpe en un país capitalista explotador”. Cita ACU, para que visualicemos un rato, El Gatorpardo para acabar el apartado de las zonas y comenzar con las figuras. De este apartado recuerdo escribir en mis apuntes otra frase de ACU: “Es preciso mantenerse frío, tanto en la guerra como en la calle o en el herbolario”. También apunté, a continuación, otra frase de Abisal: “Lo fantástico es como una estético de lo irresuelto”. Y vuelve la presencia omnipresente de los linajes, de Kafka, y de Pío Baroja, y de Dante, y de Azorín y de condes no siempre olvidados: “Drácula es un bucle gótico: proviene de un linaje demasiado antiguo, decadente, pero al mismo tiempo, él es responsable de su propia cara, de su propio pecado”. No sé si me vale rezar lo que rezo por las noches, la verdad. Y vuelve a la familia, a la que nos desagrada: “Pensemos en un familiar ya no vergonzante, sino mas bien peligroso. Ese familiar puede representar la fatalidad en la sangre”. Y reflexiona Álvaro Cortina sobre perros y osos y sobre Deborah Kerr y sobre Vértigo y sobre Doce monos de Terry Gilliam y sobre las medias parte, o lo incompleto: “El ser a medio hacer es el monstruo de los monstruos, porque es la transformación en sí mismo”. Apostilla el autor: “Los monstruos híbridos nos recuerdan esa naturaleza a medio cocinar, origen preciso de nuestro pavor o de nuestra repulsión”. Y los gatos, y Harrison Ford en Frenético y en El fugitivo, y las ciudades, y como “las azoteas son lugares propicios para los bailes macabros” y como eso nos lleva al último concierto de los Beatles y a aquellos pantalones verdes. Y puestos a llenar el bestiario, aparece el mono, no podía ser de otra manera: “El mono es la bestia casi erguida, es un jorobado, o un tarado”. Y hasta aparece San Pablo, y la I Carta a los Corintios (7,20). Y el teatro, y volver a 2001 de Kubrick, y cita a Sartre y a Galdós y su obra Misericordia de 1897, y otra vez Pío Baroja y La Busca (ese libro lo leí varias veces en la despensa de casa de mis padres). Y cuadros que analizar, como La Pesadilla de Füssli, y su relación con Goya y con Schiller y con todo lo demás. Y después del mono, el cerdo y a ovejas asesinas, y a cerdos que no acaban nunca: “El cerdo es, quizá más que el hombre, pura carne. El cerdo es un ser cárnico. Existe la posibilidad de que este poblador de los establos sea carne que devora carne, lo cual nos lleva casi al gore”. Y cita a nuestro referente, a Ángel Ganivet, tan presente siempre antes en Gintonicdream. Y el recuerdo de Luces de bohemia y Sawa y sus reencarnaciones postmodernas. Pero no he visto Toy Story ni he leído a Vila-Matas, aunque si, y mucho, El Show de Benny Hill. ¿Qué dirían hoy nuestros políticos (y políticas, y polítiques) si se pusiese en abierto y en horario de máxima audiencia ESDBH? Y del cerdo pasa el autor al vampiro (esto me recuerda a muchos consejos de ministros de muchos países) y de ahí, a reflexiones varias: “Me figuro que todo escritor urbano ha poetizado más o menos la hospitalidad de los bares y otras cosas de los bares, que hace un siglo eran cafés”. Y de ahí, siguiente estación con parada, el zombie, y las citas a William Seabrook y referencias a figuras que emergen: “El líder, un bohemio barbado, como San Pedro, le da su bendición”. Y como en Sin perdón, siempre hay un Eastwood: “De hípsters no tienen nada: son sandinistas ortodoxos”. Y más referencias visuales, Adán y Eva expulsados del paraíso terrenal de Masaccio y El bautismo de los neófitos de , y Vasari y Breton, y Piero di Cosimo y las máquinas como insectos, y El escarabajo de oro de Poe, y la película Aladdín, y los cacharros disfrazados de máquinas, que aquí, el que más y el que menos, suscribe que está “chapado a la antigua, reaccionario agropecuario”. Y cita a Ernst Jünger y su Tempestades de acero y aparece la I Guerra Mundial, y luego surge el pantano y como “todo lo vivo tiene algo de pantano: lengua, vísceras, cerebro, aparato reproductor y aparato digestivo”. Y los aeropuertos, y Félix Rodríguez de la Fuente, y Ferrer Lerín y si sonaba Beck era por algo: “Los buitres son muy Pleistoceno y muy Medioevo al mismo tiempo”. Y el retrato de las personas, espejo en mano me valdría en primera persona masculino singular: “Debía de ser de trato complicado, como se suele decir, enfática y eufemísticamente, de los indeseables”. Y apostilla con el tema: “Este carácter difícil, como se suele decir, enfática y eufemísticamente, de estos tipos conocidos como intratables”. Y el peligro de confundir lechuzas con búhos, y las citas sobre El Mago de Oz, y El hobbit y la trilogía de Jeese Creepers que no he visto. Y David Cronenberg en su múltiples versiones, aunque para mí siempre primero La mosca o Videodrome, que para ACU “son películas somáticas, que versan sobre la carne”. Y sobre lo que pensamos y no siempre decimos: “Cuando una persona nos asquea, en un instante la olvidamos como un ser moral responsable y la pasamos a concebir, apestosa, liquidiza o salida de un agua largamente estancada”. Y Kafka, otra vez, y los bichos y el recuerdo del cine de los 80’s y su abundancia en cambios y metamorfosis. Y en el mismo espejo de antes, se refleja lo que puede reflejarse: “El cuerpo es la vía de la reproducción sexual y de la muerte natural, es el cuerpo la vereda del placer, pero también de las enfermedades incurables. Del gusto del cuerpo y de la belleza del cuerpo proceden el hedonismo, la alegría y los descendientes, y en ese sentido, es un aliado. Del cuerpo proceden las enfermedades mortales, y en ese sentido, no qué hacer con él. Tiene algo de mar, el cuerpo, que tan pronto nos eleva como nos engulle. El cuerpo es un emisario, ciertamente, de informaciones confusas, que seguramente no sean ni azar ni providencia”. Y luego llegué a las consideraciones madrepóricas y “el tiempo, eso que nadie ha visto en seco”. Y La vida de Pi, y el uso que hace Unamuno de la madrépora. Y me gusta eso de “románticos de segunda, tercera o cuarta hora”. Habla el autor del gótico literario como género “que psicologiza”. Poe, su poesía, su música y todo lo demás: “Poe quiere llevar su arte a su máximo nivel de autoconciencia, quiere licuar el gótico en una música poeniana esencial”. Y ese gótico literario y Horace Walpole y El castillo de Otranto. Sobre este asunto, ACU escribe: “Según el historiador Juan Bravo Castillo, a comienzos del siglo XVIII decir gótico o pintoresco tenía un componente crítico y despreciativo claro. Lo gótico era algo bárbaro en el mundo ilustrado inglés”. Vivan los castillos, las mansiones, Lecce, los príncipes, las prometidas sin prometido… Vivan las Cruzadas, que no nos falten nunca, siempre “lo medieval, mundo pre-ilustrado”. Y las influencias, como la de Don Guillermo Shakespeare, y hablar de lo “meduseo”, y Un cuento árabe de Beckford y esas estelas llamadas medievaloides. Me gusta de Abisal ese tono contemporáneo de comparación: “El tiempo del género gótico o de terror es un autobús que debería circular, al final del relato, muy muy rápido”. Sobre la obra cumbre de Mary Shelley, escribe: “Pero esta novela no es terrorífica, sino más bien sublime. De nuevo: ¿Nos da miedo? No. Nos impresiona”. Y apostilla ACU: “Lo sublime es, en mi imaginario, vasto, nos eleva. Lo terrorífico siempre nos aplasta”. También opina el autor sobre su libro, convertido para él (y él mismo) en formas de impertinencia), antes y después de llegar a Santiago de Compostela por alguno de sus caminos… o a La Meca. Nunca se sabe, que, hasta este próximo curso, en segundo de ESO se ve de todo… Y vuelta a lo originario: “El bautismo, por ejemplo, nos traslada al diluvio universal y la eucaristía a la última cena. Estos son rituales propiamente dichos”. El apocalipsis llegará, pero el autor nos dice su forma de afrontarlo: “Yo he escogido una manera católica furibunda y otra gótica fatalista para intentar mostrar esta música orquestal del fin de los tiempos”. Y yo me río mucho solo, quizás también sea repelente (la ex de otra medievalista ejemplar no veía con buenos ojos que me estuviera riendo, cosas que pasan antes y después de Leonor de Aquitania). Y a vueltas con Léon Bloy, y preguntas atemporales, pero de reloj en mano: “¿Cuántas veces pensamos que vamos a morir cada día?”. Y otra vez Poe, y su Eureka, y La revelación mesmérica y La verdad sobre el caso del señor Valdemar que también ilustró con sonidos Juan José Plans. Y Lovecraft, y Houellebecq, y los apocalipsis contemporáneos que a todos nos llega, aquí o en un vuelo de Ryanair. Y me he puesto, al hilo de Abisal, Desolation de Morricone de la banda sonora de La Cosa. Siempre Morricone en nuestro equipo, como aquel verano de 2007 en la plaza de toros de Lorca, hoy olvidada. Y Daniel Ausente y su Mataré a vuestros muertos, aunque yo prefiero, hablando de Morricone, Svolta Definitiva. Y con ese do menor, antes del cine de filmoteca, suena en Abisal Franco Battiato y se refiere a Mircea Eliade, y se vuelve uno contra Nietzsche y nos recreamos con Wagner y con lo que haga falta: “La ciudad, lo hemos visto, es opaca, pero tiene ventanas”. Y surge Delacroix, y perdemos mucho tiempo con esas aplicaciones que, como las mayorías de Valcárcel en su día, casi deberían estar prohibidas: “WhatsApp, el medio que nos pide tan solo 24 horas al día de nuestro tiempo”. Añade ACU que “cada poeta fabrica su vía de escape”. O lo que haga falta. Y Yeats, y Dunsay, y Joyce, y todo es mentira, hasta los agujeros del exprimidor: “Sobre el tiempo que habitamos, lector, que se esfuma cada vez que se nombra”. Y al principio del final del libro, Unamuno nos hace concentrarnos en el asunto, “de la fiera amenaza y de la esperanzadora regeneración”. Y hablando de misiones, cita también el autor a San Buenaventura, y como en el tema 20 y 21 de las oposiciones, podemos utilizar el calzador y hablar de la intrahistoria de Unamuno: “El término está ligado a la comprensión unamuniana de la historia, cuando este tema interesó al vasco, en los años 90 del siglo XIX. Creo que su rastro, su efecto de todomosaico llega, al menos, hasta sus obras de 1905, hasta su interpretación del Quijote. Es decir, sin el experimento de la intrahistoria no existiría esa boutade de libro anticervantino”. Y el recuerdo de Jon Juaristi y de Navarro Villoslada y la omnipresencia de Paz en la guerra, aquella novela sobre la tercera guerra carlista que empecé y no terminé. Escribe ACU sobre este asunto de visiones históricas: “La intrahistoria puede entenderse también como una filosofía de la historia, muy dependiente del concepto romántico de pueblo”. Y la comparación con la obra de San Agustín, y recordar fragmentos de En torno al casticismo, y los escritos de Unamuno del 1936, repensando su obra, o intentando repensar su obra, que no siempre hacemos lo que pensamos. Y Jaime Balmes, y José Donoso Cortes (en algún número de Campos de Morsas Esféricas lo citamos) y en mitad del lío, que siga el tumulto: “Unamuno gustó de confundir la intrahistoria con la ética”. Y más lío: “Unamuno sostiene que Cervantes es inferior al mito que despierta su cultura, sencillamente”. Y apostilla ACU: “Cervantes no vale lo que su Quijote, que no es suyo, sino de todos”. Y cita a Sergio del Molino y el cambio de su “España vacía” a la “España vaciada” que se ha venido utilizando por muchos, incluso en política, aunque Unamuno se refería a la “España eterna”. Cita a Pi i Margall, a Galdós, a Lucas Mallada, el epílogo de Guerra y Paz de Tolstoi y reflexiones sobre la figura del aldeano, y de esas casas que llevan dentro el olor a vaca, a estiércol, a helecho, y Annihilation, y cuadros de Zuloaga como Mujeres de Sepúlveda: “Está resignado, eso sí. En fin, como todos en la aldea, vacas incluidas”. Y Muerte de un viajante de Arthur Miller, y La ciudad sumergida, y frases que dan para varias tesis: “En Unamuno Madrid es algo así como la nueva versión de Taxi Driver”. Y recuerdos de don Federico, el primero: “En algún lugar de Más allá del bien y del mal (1886) dice Nietzsche que el espectáculo regular y doloroso en la Hisotria es ver caer a los mejores. En el mundo del joven Unamuno, los mejores son Unamunos”. Y ahora que vamos a lugares insospechados, o volvemos al lugar del crimen, o de la repetición del error, que vamos a la espera algo revelador, siempre nos queda Abisal y el recuerdo de Unamuno: “Pero Unamuno no se toma este aburrimiento muy a la tremenda (la vida como una trama huera y absurda, mera repetición de acciones vacías, alcanzará su cota de oscuridad terrible en Niebla, publicada en 1914). En la ciudad está el vicio y también está la monotonía plomiza. Esto no lo va a llenar nadie”. Y vivan los adoradores del incienso (anda por ahí una foto mía en una iglesia dándole al incienso con una camiseta de Los planetas con el planeta), y los santos bebedores, y el cuadro Un Mendigo de Pedro Irureta, y Todas las almas de Javier Marías, y las ciudades sin nombre hasta que tienen un nombre como puede ser Aljucer o la plaza de las Salesas en Madrid: viva Fernando VI. Y esa intrahistoria que nos lleva locos, siempre presente: “Yo mismo pienso en mí, con facilidad, como un futuro mendigo intrahistórico sin techo, con un todomosaico que se emborrona por la ginebra u otro alcohol de alta graduación”. Y a vueltas con las citas, el asunto o trasunto, se va cerrando con Romance de Lobos de Valle-Inclán, Misericordia, Nazarín y Desheredada de Galdós, Schelling y la pregunta del millón: ¿De verdad queda alguien vivo en España que asistió en el cine al estreno de Gilda? Al final, Abisal nos sirve para reflexionar sobre materias que nos engatusan o que odiamos pese a que nos llevan a la locura, o en palabras del autor: “No siempre uno elige lo que le influye. En realidad, para ser francos, no siempre a uno le gusta lo que le influye”. Y nunca había pensado yo ordenar mi pequeña biblioteca por… calidad. Siempre pensando, y hasta la palabra nostalgia sale al final, como Goethe, como su Werther, como Río Grande de John Ford. En definitiva, Abisal. Libro de zonas y figuras es un buen artefacto que nos lleva a pensar sobre temas y argumentos para seguir viviendo, aunque las humanidades no nos den para mucho, seamos tardobolcheviques o lo que seamos: “Ya se sabe que las letras no dan dinero. Los profesionales de las humanidades son todos, sin excepción, apocalípticos”. Lo dicho, viva Abisal, viva Morricone y viva el Apocalipsis, con o sin San Juan.
The Split. Primera temporada.
Muchas veces no nos recreamos con lo complejo, pero ponemos pegas a lo cotidiano. La superficialidad nos lleva a un recreo insano, en el que no disfrutamos del día a día, del ruido contemporáneo, de las cosas perdidas que solo añoramos cuando las tenemos delante. En ese manejo de sables que es la rutina, no todos sabemos esgrima ni somos Jaime Astarloa: solo nos preocupa sobrevivir. ¿A qué? Sobrevivir a todo, a una familia que nos condiciona desde el inicio, que marca latidos y errores, que evita catástrofes, pero lleva a batallas que degeneran en guerras y postguerras interminables. En el barniz del derecho y los asuntos de divorcios, The Split lo relaciona todo y busca las causas de los males diarios, los que nos llevan a no dormir tranquilos y robar lo que no hace falta, la deriva de lo que parece perfecto y se vuelve macabro, malentendidos que llevan a embrollos (sí, no solo Jackie Rohr utiliza la palabra embrollo) que acaban en una magdalena que no está para pespuntes. Ahora que todo es empoderamiento femenino y toda gira en torno a ministerios manifiestamente mejorables, The Split muestra las grietas de un edificio, la familia, que está cuestionado en la postmodernidad por ese refrito que no podemos comprender. Y nos lleva a la atemporal pregunta sobre la continuidad en el error, la posibilidad de cambio, la llegada de las epifanías tardías y la incertidumbre de los cambios cuando la margarita de la vida está más seca que verde. Buenas vistas y lugares reconocibles para un intento de reconciliarse con los deseos y con lo que debería ser siempre correcto. Pero en la vida, en esa mentira que vivimos con prisas y desórdenes emocionales, es imposible un grado de perfección total. Y The Split es una gran mentira, hecha con honradez y con grandes dosis de realismo, porque el infierno sigue siendo algo muy personal y no solo un nombre en una lista. Y no todo el mundo sabe aprovechar las segundas oportunidades, que es otro de los grandes temas de esta serie. Catarsis varias para una familia que es un teatro lleno de secretos y medias verdades que esconden un dolor muy difícil de soportar.
martes, 23 de agosto de 2022
City on a Hill. Primera temporada.
En la era de lo políticamente correcto en la que no se le puede llamar putas a las putas ni yonkis a los yonkis, está bien un poco de aire fresco, aunque no siempre todo el mundo se da cuenta del aire fresco. Pasamos unos años tan obsesionados con The Wire, con loas multitudinarias y autohomenajes en columnas por los columnistas que no sabían hablar de otra cosa, que parece que el resto es inmundicia. Pero no. Hay más carroña de la que hablar. Y bien. Citiy on a Hill es una buena historia construida con buenos mimbres y llevada a cabo por buenos actores y con un buen guion. O eso parece desde el principio. Es una historia de confusión, porque hay yonkis con la insignia del FBI y hay ladrones de guante sucio, pero también hay gente con inquietudes y negros con ínfulas, aunque a veces se confunden a las suegras con las perras y a las perras con las peluqueras. O no. Quizás sea todo suposición mía, quizás encontrar un restaurante iraní en Boston para alguien que solo come comida italiana sea irreal, sea ficción, sea ilustración gastronómica en un mundo que se fue a la mierda hace mucho tiempo. City on a Hill también muestra a héroes derrotados que se pasan la vida pagando facturas, y pagar facturas nunca es suficiente. No vale deslomarse en la peluquería, aunque seas una perra o que tu marido se encargue de la fruta en un supermercado aunque sea un piltrafilla para alimentar tres niños. No. Nunca es suficiente. No vale ser fiscal de distrito para un afroamericano que quiere ser alcalde de Boston. No vale el recuerdo del padre del soul. Tampoco. No vale ser un chivato en un mundo de chivatos, porque a cada cerdo le toca su San Martín. Hay muchas cosas que no valen en City on a Hill, donde se confunden citas reales o autoparódicas, citas de películas de Sidney Poitier o del tipo que le escribía los discursos a aquel líder de los derechos de los negros desde su armario bien escondido. En el zoo que es City on a Hill, “hay que ser un animal para enfrentarse a los animales”. COAH saca lo peor de cada uno: el abandono, el yonkismo (gran palabro del hombre de la camisa verde), la violación, el desastre familiar, los deseos de crecer en un mundo de gigantes cabrones, la decepción que siempre llega. Y el entierro con gaitas, que en una ecuación con Boston, policías, robos, pistolas de otros estados y del propio, hace falta un entierro y hace falta la pregunta sobre el entierro: “¿Tú nunca has pensado cómo va a ser tu entierro?”. Las preguntas los matices y todo lo demás. Y Kevin Bacon convertido en fantoche que pasa de la envidia a la pena que sientes por él, por su abandonada esposa, por su desdichada hija. Y el catolicismo mal entendido, siempre regalando consejos a destiempo, siempre equivocado en la encrucijada equivocada. En un mundo de negros, el personal aplaudía a Bird, hasta que un 18 de agosto Bird dijo basta y se largó. Los cojos también vuelan, y no es una frase del hombre de la camisa verde, es apócrifa, como todo en COAH: “Por un lado está la ley y por otro lo correcto”. Y siempre hay que brindar, aunque sea por crear problemas, por buscar problemas dentro del problema, por buscar la salida en un mundo en el que no hay solución. Y pegarle al que manda, aunque solo sea un intento. Todo es mentira, también en la aritmética de las cuotas de COAH.
sábado, 20 de agosto de 2022
Above Suspicion (Segunda temporada): La dalia roja
Oír, ver y callar. Empieza la segunda temporada de Above Suspition (La dalia roja) con un ritmo frenético de despacho, de oficina, al más puro Sorkin: todos se mueven, todos van a velocidad endiablada, ruedan las tazas de café, se piden bocadillos, suenan teléfonos, llegan cartas, hay gritos y no hay pausa. Entra el factor prensa, entra el factor del pasado, entra el factor del olvido, entra la música y la jet set, entran los jaleos familiares y de alcoba y de la peor sangre y establo. Y la tensión definitiva entre Ciarán Hinds y Kelly Reilly sigue en aumento, con choques frontales y forzados, dejando puntos suspensivos que permiten creer lo que podrá ocurrir. O no. Siguen las buenas historias y los buenos giros, ahora con una historia que no deja respirar y que atrae desde el principio. Deberían existir más ficciones como Above Suspition.
Sigue respirando. Primera temporada.
La estela de Robinson Crusoe es alargada. Saque una idea, copie una idea, adáptela a la postmodernidad y busque sombras en el pasado de la protagonista. Esta Robinsona Crusoea, la protagonista de Sigue respirando, tiene un pasado difícil: una madre pintora bohemia con problemas mentales, un padre filósofo y profesor, un medio novio que la adora pero que no es correspondido como debe, un trabajo que la absorbe, un bar donde se desfoga, un pasado que vuelve a cada momento. Y no llega a una playa, llega tras accidente de avión (Wilson, vuelve) a un valle con su río, sus compañeros muertos de avioneta, sus bolsas con dinero, su kit particular de supervivencia, sus fantasmas presentes a todas horas. A su favor tiene la duración de los capítulos, la intensidad, el desvelo continuo; en su contra, que a veces se pasa de drama, de gritos, de problemas continuados. Quizás es exagerado su éxito inmediato en el streaming, pero la balanza de los gustos no es extrapolable a nada. Un buen producto para un verano que llenar con estelas que, si se repiten en exceso, nos recuerdan demasiado a otras ficciones.
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