jueves, 6 de enero de 2022

Deceit primera temporada.

Deceit es tormento y sombra de duda, es error humano y deseo de venganza, es milagro esperpéntico y anhelo de vendetta. Deceit, desde el principio, es culpabilidad cuando únicamente supone sospecha, es injusticia cuando lo que quieres es gritar. El famoso “justos por pecadores” se lleva a su máxima expresión con Deceit. Los valores nacionales, por los suelos; la integridad policial, puesta en duda. Y hacen falta chivos expiatorios, cabezas que rueden como la de Riego con la vuelta del absolutismo. Expertos que quedan a la altura del betún, secreta con tormentos personales, policías con vicios y gomina que huyen porque buscan una buena piedra para esconderse. Deceit es plan de fuga porque la música no suena bien, porque todo Cristo desafina y siempre hay un Getsemaní muy personal. Deceit es dolor y dignidad, pero hay que verla.

Caso 63. Primera temporada.

Caso 63 nos lleva en su primera temporada a plantearnos hipótesis de saltos temporales y de fraudes, de ilusiones ópticas y de jodiendas con vistas a un aeropuerto, de generaciones “entre pandemias” y de errores de subsanar, de volver a hablar de “paciente cero” a escuchar susurros sobre la muerte o la futura desaparición de todo. Estamos en mitad del caos y, en ese tsunami de noticias e imágenes, parece que busquemos informaciones y ficciones que nos hagan ver un final posible, sea el que sea. No es fácil buscar explicaciones a lo que no entendemos, o a lo que no queremos entender, o a lo que se hace imposible de entender. En mitad de una mentira, siempre estamos en la diatriba de escoger un camino, pero parece que siempre es el equivocado: los psicofármacos, el ataque preventivo, la huida, fingir lo que no somos y lo que podríamos ser. Me ha gustado la inmediatez de los capítulos cortos de la primera temporada de Caso 63, los diálogos punzantes, los puntos suspensivos de la sorpresa y la novedad. Un gran acierto.

miércoles, 5 de enero de 2022

Gomorra. Quinta temporada.

Veo loas a Gomorra, como si Gomorra hubiera inventado el fuego. Digo el fuego como podría decir la rueda. O el sílex. O el gintonic. Ahora todos sabemos valorar la maestría de los re—gis—tros—conseguidos por Gomorra a lo largo de sus cinco temporadas. La mafia existía, existe y existirá. Siempre. Pero tampoco nos pongamos medallas de más, que la última Olimpiada tuvo que esperar cinco años y eso trastoca muchas calendas. Tokio 2020 en 2021. Gomorra se hizo esperar y se fue hasta Riga a resucitar muertos y gulags, a matar letones y a recurrir a cementerios en los que matar. Otra vez. Gomorra, la vida misma, es una sucesión de cementerios (aparte del mal gusto para vestir de la mayoría, del mal gusto para decorar casas, del mal gusto en general). Viva la mafia y el mal gusto. O lo que consideremos mal gusto. El mal gusto no es el mismo para todos. No siempre. Quizás no sea para tanto, quizás siempre exageremos, quizás hay trenes que no lleguen nunca. Ahora todos somos expertos en series que antes nadie veía, en series por las que no pagaríamos o que no les prestaríamos atención si las pusieran en la tele pública. Acetona para nuestras uñas, aunque no estén pintadas. “¿Si te hubiera traicionado me habrías matado?”. No vale para la política, pero sí para Gomorra. Hay niveles en la traición y en la desesperación, en el divorcio y en la ausencia, en la viudedad y en la ceguera. Hay veces que ni en la Biblia encuentras una respuesta. Decía don Manuel Alcántara que había que llevar cuidado con las vocaciones tardías y con las agonías largas. Algo así ha pasado con Gomorra, que ha empezado como un seminarista bueno, un cura normalita y un obispo malo que no sabe el modo de acabar su mandato. ¿Esto pretendía ser algún tipo de moraleja? Lástima.

martes, 4 de enero de 2022

La emboscada. Caso Ardines.

No tenía en mi disco duro mental nada sobre La embocada (Caso Ardines). Había olvidado por completo esta muerte del concejal comunista de Llanes. Nada. Olvidamos demasiado rápido. La inmediatez hace que eliminemos información al instante, dejando fuera de nuestra órbita todo tipo de historias y planetas, de sus satélites y sus cometas. La emboscada (Caso Ardines) es una historia de celos que intenta disfrazarse de otra cosa, intenta disimularse pero con los medios actuales es muy difícil crear un carnaval para semejante disparate. ¿Y los celos llegan a tanto en el siglo XXI? ¿Es posible que un marido celoso lleve a cabo el plan de buscar con un amigo a dos tipos que se carguen al tipo que conoce de los veraneos y con el que hay lazos familiares? Pues sí. Los celos lo son todo y más, mueven el mundo, nos llevan a situaciones embarazosas y dramas de proporciones shakesperianas. Podemos pensar que nadie quiere llegar a estos extremos, pero se llega; podemos pensar que en el último momento, te puedes rajar; podemos pensar que incluso puedes olvidarlo todo y dejarlo pasar y, por tu familia, obviar tu cornamenta y creer en la penitencia y, como si los celos fueran un delito, en la reinserción. Pero no. No puedes hacer nada con los celos, y más teniendo pruebas, y más escuchando a la Guardia Civil con las pruebas que aporta. Quizás es la historia más vieja del mundo, pero siempre nos recreamos con el mal ajeno, con la que le pone los cuernos al marido y con el que quiere vendetta, con el que cree que con venganza obtendrá redención pero, como en la canción planetaria, solo obtiene “penas y dolores”. La emboscada (Caso Ardines) es un buen trabajo radiofónico, con un guion sólido y una estructura bien definida para hacernos recordar que, aunque sean lo más viejo del mundo, los celos lo son todo y no nos gusta compartir a nuestra mujer con otro hombre, aunque en palabras de ella únicamente fuera esporádicamente. La emboscada (Caso Ardines) es un digno trabajo que merece la pena ser escuchado y que está disponible en las webs de Onda Cero Radio y de la RTPA.

lunes, 3 de enero de 2022

Hierve

No me meto en tecnicismos porque no sé de cine ni de video, no tengo ni idea de editar ni de montar. Me da igual un plano secuencia de hora y media que plano y contra plano. La historia es lo que me interesa de una película. Hierve va de un restaurante y de lo que pasa en él durante hora y media, desde que no hay ni Dios hasta que está petado de imbéciles y de gente interesada, de gente que se cree que está en Benavente pidiendo cordero al punto y de tontas que van a un restaurante a chisparse, de gente que bebe alcohol en una botella de plástico y de cocineros que se rascan la nariz de forma inconsciente mientras un inspector de sanidad te hace preguntas. Hay momentos en los que Hierve no es creíble, como tantas otras cosas en la vida. Lo que pasa es que ahora todos somos expertos en MasterChef, o como se escriba el nombre de ese programa. El más tonto te hace un guisado a la manera versallesca, con garbanzos que saben a pétalos o al revés, que a fin de cuentas todo te lo paga la estrellita verdinegra: todo es mentira hasta que una puerta se cierra, que es como acaba Hierve. La película es ante todo estrés, del primero al último del restaurante, menos al más julandrón del asunto que pasa de todo. ¿Podemos estar estresados continuamente independientemente de nuestro rol en nuestro puesto de trabajo? ¿Queremos más o menos responsabilidad en nuestros trabajos? Hierve es un ejercicio de velocidad, de tránsito de un infierno previsible a otro irreal, pero la vida cotidiana es eso: algo que creeríamos con lo que disfrutaríamos y acaba siendo una puta mierda.

Fundación. Primera temporada.

Reflexiona desde el primer capítulo Fundación de algo llamado Psicohistoria o PsicoHistoria, un invento de matemáticos para predecir el futuro en bases a sus estudios y locuras. Como si de un imperio romano en esplendor se tratara, maestros y alumnos, muestran sus predicciones y las advertencias no siempre son bien recibidas. A nadie (o a casi nadie) le gusta que le digan lo que va a pasar, lo que puede pasar o lo que ha pasado. El Segura sube y sube y nosotros tomando kombucha tranquilamente, hasta que el Segura entra en tu salón y se bebé tu café, tu té y tu jodida kombucha, y sabe mejor incluso que ella. Viva el Segrua. No entiendo la ciencia ficción ni el éxito que tiene, porque no me la creo, porque no me funciona eso de la imaginación, pero Fundación es visualmente un espectáculo. De cine, como antes decíamos, antes de hacer el imbécil delante de una tele. Ahora, una manzana mordida expande su épica mezclando clonación e historia, matemáticas y destrucción, garras episcopales y piscinas no tan largas, exilio y viaje a ninguna parte. Empecé a ver Fundación con el sonido de los grillos totaneros que te avisan del ocaso de los días y de las lluvias que no se expanden con el dolor propio ni con el ajeno. Fundación es dolor y espectáculo, es escapar pero chocar con el anillo que te frena en una atmósfera de bóvedas extrañas. Pero luego se mete en un jardín que deriva entre lo fantasioso y lo (demasiado) increíble, entre un vocabulario en el que te pierdes y unas historias que se confunden en tiempo, espacio y parecidos que no son razonables. “El mayor fracaso de la humanidad es el estancamiento”. No hay nada como el descontrol, como no saber lo que haces continuamente. Eso pasa un poco con Fundación: te puede gustar o no, pero esa musiquilla y esas imágenes, mentira sobre mentira, tienen sus momentos. Guardianas que deben salvar el mundo, pero no pueden salvar al padre o a la persona amada. Máquinas que traicionan. Argumentos más falsos que un billete filemónico. Dinastías genéticas. ¿De verdad que predicamos en lo que creemos o nos inventamos un panteón cuando lo necesitamos? ¿Somos simples espejos de un esperma sin futuro? Sueños que atormentan, dolores que te llevan a las matemáticas, soluciones imposibles hasta que pueden llegar a serlos. O no. Hemos vistos demasiados textos e imágenes sobre personas que quieren salvar a la humanidad, pero también hemos reconocido en nuestra vida muchos vendedores de patrias, traidores de todos los colores y con ojos de diferentes formas. De todo hay. Y a eso del capítulo 9, llega la gran pregunta que nos hacemos en este blog cada cierto tiempo: ¿Cuál es el mayor invento de la Historia? Y no vale la espada, el fuego, la rueda ni el gintonic. Según Fundación, el mayor invento de la Historia es la Historia en sí “cuidadosamente tratada y moldeada”, transformando mentiras en verdades y malvados en héroes. Pues vaya un negocio: para eso no me hacía falta ver Fundación. Pero Fundación, nos lleva también a creer que la Historia puede ser suma o resta, censura o iluminación, creer en dalinianos paisajes o gritos munchianos. Todo mentira. “¿Las personas sin historia son como un árbol sin raíces?”. Pues no lo sé. Deja buenas frases la primera temporada de Fundación, pero hay que ponerle imaginación.

sábado, 1 de enero de 2022

A su imagen

Empieza A su imagen de Jérôme Ferrari con la cita del Éxodo que habla de que no hay que adorar imágenes ni rendirles culto (todavía no había futbolistas ni eneefelistas a los que adorar). Ni esculturas, ni imágenes. Del Éxodo 20, 4-5. Llevo tiempo sin leer la Biblia, estoy perdiendo las buenas costumbres, las costumbres bíblicas (bueno, lo he perdido casi todo, estoy sin brújula desde hace mucho tiempo). Luego cita a Coetzee, reflexionando sobre la obscenidad de lo que hay que tapar y esconder. Para acabar con las citas (como un soltero recalcitrante), termina con Riboulet: “Ha pasado la muerte. La foto llega después de quien, a diferencia de la pintura, no suspende el tiempo, sino que lo fija”. A su imagen, otras de esas obras con las que reflexionar con cada párrafo, con cada hecho de unas vidas que en cualquier momento se pueden destrozar. Leyendo A su imagen crees que en cualquier momento la vida se puede dividir en mil pedazos como un vaso estrellándose contra el suelo. O contra tu cara. Da igual el escenario y la fecha de los acontecimientos, da igual que sea en Belgrado o en Ajaccio, en la Primera Guerra Mundial o en una explosión de un grupo nacionalista de una isla mediterránea. Las imágenes, como los murales o los sellos de correos, nos dicen muchas cosas. ¿Qué hay dentro de nosotros que sale cuando nos recreamos con una fotografía? ¿Qué podemos sentir ante la imagen de un buitre ante un niño hambriento? Lo bueno y malo de las fotografías es la posibilidad de caminos que nos abren y que nos permiten jugar con ficción histórica: ¿Qué hubiera pasado si aquel rey yugoslavo no hubiese sido asesinado en Marsella en 1934? Qué más da. Los sermones, los que hemos recibido y los que nos quedan por recibir, los que damos y los que daremos, no son todos iguales. Podemos hacer un guión, hacer una escaleta, memorizar hechos claves, salvar meteoritos de mentiras… pero no hay dos iguales. Nunca. Con A su imagen, JF nos pone en la tesitura de pensar el sermón que, como sacerdote, le escribiríamos a nuestra ahijada en su entierro. Dice en la página 18 JF que estas muertes suponen “un escándalo con un temible poder de seducción”. ¿Pero qué muerte no es seductora? La vida y la muerte lo mueven todo, pero también los hechos que hacemos y que repercuten en los demás. Y subraya el enigma de lo que pasa cuando regalamos algo, y ese objeto cambia la vida del que lo recibe. En este caso, en A su imagen la fotografía es para la protagonista una obsesión, pero repite el autor que no es un capricho. A veces, heridos en nuestro orgullo de creernos los más importantes, de creernos el centro del universo, no diferenciamos entre caprichos y obsesiones. Pero cambiamos. Mucho como Pablo, otra vez, camino de Damasco. Y en ese cambio llevamos implícito un camino de perfección, ya sea en nuestro trabajo o en nuestras aficiones. Decía don Manuel Alcántara, hablando de los curas que se ordenan tarde, que hay que llevar cuidado con las vocaciones tardías. Pero cuando entra en la ecuación la palabra fe, el resultado es imposible de calcular. Con la fe de por medio, actuamos bajo otro prisma, en un nivel distinto, en un sector de ensoñación creado artificialmente pero que creemos absolutamente real: es el caos contra la lucidez, pero nos encanta el caos. A su imagen nos lleva a ese infierno de la fe, a aguantar un velatorio aunque el muerto apeste, a rezar cuando no tenemos consuelo, a llamar a una puerta que te mete en líos cuando no puedes esperar. El problema es que todo puede convertirse en un show de vergüenza ajena, un espectáculo de himnos atemporales. Cuando volvemos a nuestros pasados, aparecen siempre imágenes que queremos guardar y otras que deseamos esconder. No queremos ese espejo, porque con esa imagen reflejada podríamos cambiar de nombre, podríamos apuntarnos a una secta o a un grupo terrorista, podríamos dejarnos guiar por el amor equivocado o por las amistades adecuadas. Con A su imagen reflexionamos, otra vez, sobre lo difícil que es sobrevivir con lo que hemos visto y oído, con lo que sufrimos con nuestros trabajos, con la carga de nuestras retinas. Pero cuando en nuestras vidas aparece la resignación, dudamos si hemos tomado la autovía adecuada y con la velocidad necesaria, no sabemos si cambiar de sentido, volver o alejarnos lo máximo posible. Cita JF la palabra “insignificancia” en la página 76. No siempre queremos asumir lo insignificantes que somos, lo prescindibles que podemos llegar a ser. Decía el hombre de la camisa verde que no sabía si alguien le iba a llorar en su entierro. Ahora hemos visto imágenes, entre confinamientos y pandemias, de personas solitarias en el entierro de sus familiares más queridos, sin poder abrazar a nadie, sin encontrar un hombro en el que apoyarse; hemos visto féretros apilados en pabellones; hemos visto el horror de los pasillos de los hospitales con la muerte en soledad. Y hay personas, instituciones y gobiernos, de distintas ideologías y credos, que no querían que pudiésemos ver esas imágenes. No siempre hay un Cristo que resucite a Lázaro. O nunca. Y, como en las imágenes, también enfatiza Ferrari la utilización de palabras equivocadas, como las escuchadas en los entierros por curas que no conocen a los muertos, y pone a la vez en la misma frase “consuelo” y “obscenidad”. En muchas ocasiones, el consuelo es imposible, como vemos cada vez que unos padres entierran a alguno de sus hijos. Y en mitad de ese desconsuelo, repudiamos hasta al mayor de los amores y no hay penitencia posible que nos redima. No deja títere con cabeza A su imagen, hace que nos planteemos si las decisiones tomadas son las correctas, si las renuncias han sido las suficientes y si nuestros actos son execrables o manifiestamente prescindibles. Quizás, en mitad de nuestros sueños apáticos, no hacemos lo que deberíamos y nos conformamos con una tregua cuando podríamos ganar la guerra. A su imagen, una pequeña obra maestra.