jueves, 8 de mayo de 2014

Los papeles del ilusionista

Vuelvo a las casas grandes atiborradas de recuerdos con Los papeles del ilusionista de Miguel Sánchez-Ostiz. Nuestro personaje, esta vez, vuelve a la casa del enorme laurel a hacer tiempo, a recordar, a escribir, a una espera en la que el pasado siempre está presente. De la soberbia de la juventud, de las idas y venidas a hoteles de todo tipo, de no saber que el futuro y el mañana sólo dan puñaladas, nuestro hombre pasa a recordar a la familia con la que vivió y no vivió, a recordar la muerte materna y la huida paterna, a recordar a los ancianos parientes y a los militares parientes y a todo aquello que era distinto a lo que es ahora. Pero de prestado, siempre de prestado. Y también es una novela de olores a pinturas y barnices, a las que nuestro debería haberse dedicado en sus restauraciones. Ese olor, ese recuerdo, me lleva a la casa del escultor Paco Liza, de Guadalupe, a la que habré ido casi cuarenta veces a llevar y traer santos y vírgenes y cristos antes y después de las restauraciones de turno. Ese olor perdido es el de la juventud perdida, el de lo que se fue para no volver. Y con esa juventud perdida, desde cierta edad, se ve (casi) todo distinto. O tal vez, no. Tal vez sea solo impresión, tal vez sea solo intuición. Y el París no olvidado, y "esos artistas", y los cafetines y las charlas interminables, o que terminaban tarde y mal. Evocación resentida, tal vez. El fin de la comedia acaba en patetismo, sobre todo cuando piensas que con casi cuarenta tacos puedes seguir haciendo lo que hacías con veinte años menos. Me gusta como ilustra con palabras Sánchez-Ostiz lo que creemos que es amistad. Creemos, eso he puesto. Creemos. ¿Qué buscamos en esos supuestos amigos? Al final es clientelismo, de una forma u otra, pero clientelismo. Y habla Sánchez-Ostiz de esas "zonas de sombra" que al final encontramos en los supuestos ámigos, esas zonas de única entrada para el receloso y su primera persona del singular. Los secretos y todo lo demás. También aparece, como tiene que aparecer, la cuestión del dinero. Me sorprende como en algunas novelas el personal vive del "aire". Nuestro personaje, vivió de la compra-venta artística durante un tiempo de una manera que si no llegaba a la felicidad era porque no quería. Pasaban semanas y la vida se hacía pasable. ¿Vida personal más alta? No lo sé, pero como Lester Burnham, yo creo que casi todos, queremos "la menor cuota de responsabilidad en la vida". ¿Eso llevó a nuestro personaje a volver a la casa perdida y olvidar la rutina y el estrés por un tiempo? Lo único que podemos sacar en claro es que no conocemos realmente a las personas con las que hemos compartido un tiempo (la duración midámosla, por una vez, como Lucien Febvre, Marc Bloch y Fernand Braudel, a través de los cambios y no bajo el prisma de la aguja del reloj o la hoja del calendario) muchas veces se muestran como personas irreflexivamente desconocidas, escondidas bajo un barniz y bajo diversos óleos que esconden su verdadero dibujo siniestro y real. ¿Puede ser soberbia juvenil? Quizás. Pero se pasa de la asiduidad al olvido, de la felicidad al infierno en lo que tarda la maceta de alabega en hacer la fotosíntesis. Todos somos muy diferentes aunque pasemos un buen rato juntos, pero ese buen rato no justifica amistades falsas o jodiendas con vistas a la bahía. Esas "largas conversaciones" de las que habla Sánchez-Ostiz que con el paso de las charlas (olvidad el reloj un rato, solo un rato) acaban en el diálogo más absurdo del mundo: la temperatura del café, la chica del tiempo, el precio del combustible o el vestido de la infanta hija del usurpador de turno). Como le digo a Is, casi todo, al final, acaba en la anécdota, en la más pura y trivial anécdota. Y no, no nos engañemos: la rutina prefiere la novela más aburrida de Tolstoi que el verso más tierno de Miguel Hernández, la puta vida es así.

2 comentarios:

Rubén dijo...

Fabulosas líneas. Este verano cae.

supersalvajuan dijo...

Cada uno de sus libros, una maravilla. Ahora estoy con La caja china