martes, 18 de diciembre de 2018

domingo, 16 de diciembre de 2018

sábado, 15 de diciembre de 2018

Mrs Wilson. Primera temporada.

Siempre (procuro decirle a mis alumnos que) todo es mentira. Por cada diez segundos de verdad, un día de mentiras. Con esa proporción se aplica Mrs Wilson. Cuando la batidora de mierda empieza a salir, no hay vuelta atrás. Sin límite. Y la tensión que tiene Mrs Wilson no deja descanso. Nada. Ni un segundo de mentira, ni un día de verdad. Reflexiona Mrs Wilson sobre el precio de querer saber la verdad. La verdad. La puta verdad cuando todo es mentira. Cuando la pequeñísima parte de verdad que compartimos es mejor no saberla. La mentira en primera persona, en mujeres simultáneas, en hijos paralelos, en cárceles de muerte y perversión. Guerras, informantes, espías, mentiras, el poder de la Iglesia (antagonismo protestantismo Vs. catolicismo) y vicios varios. Nocturnos juegos que siempre acaban mal. Mejor no saber, mejor no caer en la tentación de la verdad, porque ya lo cantan los Carolina Durante "que si el tiempo perdido, que si odiarse a uno mismo". Mejor no saber. Mejor no. Mejor.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Segunda versión del día

Que no nos falten himnos nunca. Jamás. Esta tarde. Romanones todos.

La (penúltima) versión

jueves, 13 de diciembre de 2018

La chica del tambor (The Little Drummer Girl). Primera temporada

No hay Rosalindas, vayan de amarillo o no. No quedan. Por mucho que a tito Guillermo se le antojara así. La chica del tambor mete demasiados asuntos en el primer capítulo, difuso por momentos pero brillante con final acropolístico. Vivan las clases de Historia, vivan las Olimpiadas. Cuando tengo la suerte de explicar el siglo XX y hablo de Munich y sus atletas muertos y de la castración de uno de los once, el personal del pupitre me mira raro. La Guerra Fría, los daños colaterales, el ajedrez de la Historia y todo lo demás. Reflexiona La chica del tambor sobre la posibilidad de huir, de escapar, de intentar volver a un pasado que nunca volverá. O tal vez, sí. Da mucho juego pero también pone demasiada tensión. Es agridulce, como un día de dolor nocturno, como un agobio atemporal que nunca acaba. Altamente recomendable pero para no sufrir. Somos demasiado mayores para jugar a espías. Y todo lo demás, también.