domingo, 17 de junio de 2018

viernes, 15 de junio de 2018

La Decisión (de Griezmann)

¿Realmente ha sido La Decisión (de Griezmann) una tomadura de pelo? ¿De verdad era real este documental? ¿De verdad que se cree Antoine a la altura de LeBron James? Se queda. Dice que se queda mientras se va a encontrar(se) con los caballos. Con sus caballos. Y lo mejor de todo es que no se entiende lo que dice la mitad de las veces. Nada. ¿Mala copia de lo de James? Lo de James no lo he visto, pero esto es difícil de clasificar. Pero dice que se queda en el Atlético. Veremos el curso que viene.

jueves, 14 de junio de 2018

Billions. Tercera temporada.

Se trata de la batalla. De la batalla de las ideas. Un banquete de ideas, de inmensos manteles blancos, de la lucha de los gemelos dorados, de las copas y las luces sobre las mesas. No deja títere con cabeza esta tercera temporada de Billions (otra vez). Y cada problema tiene su solución. Y se añora Billions cuando no se tiene. Dar pena en mitad de las tinieblas. Cartas. Nuevos protagonistas. Usurpadores. Proposiciones (in)decentes. 30 millones por decir. Cifras, cifras, cifras. Emociones diluídas. Tratos, tratos, tratos. Intentos de recuperar vidas. Anillos que lo cambian (casi) todo. Reflexiona también la tercera temporada de Billions sobre el origen genético de la bajeza. Y los dientes largos intentando probar un escribano, uno de esos que se ahogan en un buen Armagnac. ¿Qué ocurre cuando nos pasamos la ley por el forro de los caprichos? ¿Qué valor tiene la amistad en 2018? ¿Todo vale por dinero? ¿Todo es cuestión de sueños (in)cumplidos? ¿El café sienta mejor que la cicuta? ¿Cuándo llegan los temporeros a la casa del abuelo? ¿Es la culpa un estado mental? ¿Precio al kilo de culpa? ¿Cómo está de precio la culpa? ¿Tenemos estómago para mentir una y otra vez? Todos contra todos. Todos contra el mundo. Todos quieren ser el mejor. Pero no hay universo para todos. No hay suficiente dinero para todos. No vale, incluso, una pachanga con Sharapova. Tampoco juntar(te) con rusos que te hacen recordar la importancia de la familia. O tomarte un Casamigos con quien ha estado siempre en tus peores pensamientos. Como pasaba con Ray Donovan, los penúltimos capítulos de temporada son grandiosos, y hacen que pensar y dejan frases memorables, icónicas palabras para momentos de subrayado rojo, de énfasis infinita, de limar y lavar y hacer sangre a los amigos. Si es que existen los amigos. Y si existen, regalarles algo que les apasione aunque a ti te traiga malos recuerdos. Seguir siendo el rey aunque existan otros que quieran ese reinado. No es fácil en los capítulos intermedios seguir la tela de araña que se borda con aguja fina en esta tercera temporada de Billions. El jersey puede salir raro. Pero no. Entra bien y la lana no pica. Y puestos a joder la marrana, frases míticas: "No hay mamadas en un caso federal". Tal que así. "La poligamia es una forma de socialismo". Otra que tal. "Ganar no es ganar si no hay matanza". Para enmarcar, también con un buen ganchillo. "Decir la verdad es lo peor". Puede ser. "A veces, lo malo que pasa, no es tan malo". Billions siempre deja una colección, pero es difícil hacer la selección. Complicado. Y al final, siempre se abre una puerta y las coaliciones cambian, en plan Borgen y hay nuevos enemigos, y nuestros mayores detractores se convierten en nuestros máximos aliados. ¿O era al revés con los comunistas? Todo es un plan que cambia. Siempre hay que tener un plan B, de los buenos, con mayúsculas. O tal vez, no.

miércoles, 13 de junio de 2018

El rasero

Siempre hay un doble rasero. Siempre hay un rasero. Siempre un 32%. Siempre algo que se nos olvida decir en voz alta. Siempre.

24 años

Coda: Casi nada. El tiempo, la superación númerica, el libro de Katherine Neville, las mujeres durante la Revolución Francesa y Super 8.

martes, 12 de junio de 2018

El lápiz del carpintero

Empieza El lápiz del carpintero reflexionando sobre la dificultad de entender ciertas fronteras. Demasiadas fronteras. Antes, ahora, después del 1-O. La locura de las fronteras. La locura de las guerras. La locura. Y también pone énfasis en el nacimiento de todo, fruto de enfermedades varias. ¿Es la Biblia el mejor guión del mundo? Sin duda. Irrepetible. Podemos juegotronear, podemos crear lutheradas historias, podemos peakyblindear. Pero bibliear como lo hace la Biblia, imposible. Y tiene razón Rivas al escribir que hay tascas que son universidades. No de encontrar másteres ni TFG's. No. Lugares en los que aprender escuchando, estando en silencio, gerundio tras gerundio aunque sepas que la muerte está cerca. Porque en el 36, como ahora en una capilla universitaria, hay lecciones que aprender. Le digo a mis alumnos que siempre, a pesar de lo bueno o malo de sus profesores, siempre aprenderán algo, sea del Edicto de Worms o del Compromiso de Caspe. Siempre sacamos algo en claro y nos damos cuenta que la familia es muy importante pero no lo único importante; que no tenemos tantos amigos como creemos tener y si tenemos personas con las que pasamos ratos; que los amigos de verdad (no lo escribe Rivas pero si don Manuel Alcántara) se comprueban en la cárcel, en el hospital y en el cementerio. Y El lápiz del carpintero muestra la crueldad de la cárcel, de los recuerdos de fuera de la cárcel, de los momentos en que se cruzaron miradas de Vida y Muerte y de acordeones en un rincón de una costa mortífera. Y esconjuros para todos. Y en la cárcel, ese lápiz rojo de carpintero, entre mano y oreja pintó a sus compañeros, y a Da Barca lo convirtió en el sonriente Daniel. Bendita/Maldita sonrisa. Ilustra también Rivas la locura, pero lo hace con palabras. Lo hace recordando que nos empeñamos en hacer invisible, una y otra vez, al enfermo. Los locos y los disminuidos psíquicos muestran, con sus difíciles aristas, la complejidad del ser humano: de lo impensable a la lágrima, de la esquizofrenia al llanto, de la felicidad a la tortura existencial. Jodiendas con vistas a la camisa de fuerza. Heridas invisibles, recalca Rivas. Hasta que, entre gritos, entre alaridos, entre serruchazos de las cuerdas vocales, salen a nuestros oídos. Y lo audible antes que visible. Y luego, cuando son visibles, depende de los estómagos que tengamos, podemos mirar o no. Lo que vale para la locura psíquica y física, vale para la locura existencial, la locura moral, la locura política. A aquella locura de 1936 nunca se debió llegar. No sé si la paz hubiera sido posible (como Chapaprieta escribió), pero algo se debió cambiar aparte de lo que ya se cambió (leyes electorales). Creo recordar que el hombre de la camisa verde, entripipado, decía que todos llevamos una bomba de Hiroshima dentro. Y luego, se junta esa, y la de Nagasaki de mi de Acción Republicana, y la tuya de Falange, y la otra del PSOE, y la de los lerrouxianos, y la de todos aquellos que no hicieron el suficiente esfuerzo de poner de acuerdo a irreconciliables. No valía ser Italia, o Alemania, o Rusia. No. Debimos mirar más a otras democracias. Y no lo hicimos. Y lo hicimos A sangre y fuego y a lo que hiciera falta. Interminable verano el de 1936 como señala Rivas. ¿De verdad que los muertos que no mueren son un fastidio? ¿Siempre? Y el despioje mutuo como ejercicio (no solo de futilidad) recíproco. ¿La justicia pertenece al cuerpo de las almas? ¿Siempre? ¿Había disciplina en las calderas del infierno? Y las monjas, y las conversaciones con las monjas y la sangre judía de Santa Teresa. Y todo lo demás, también. Cárceles, trenes, nieve y poderes para unir. Y para escapar. Y para matar.

Los Jóvenes Turcos

No sabía yo que Margallo había sido el promotor (o uno de los promotores) de aquel grupo de UCD que pretendía renovar el partido. Los Jóvenes Turcos, se hacían llamar. Casi nada. Pero casi cuarenta años después vuelve a pretender regenerar la herencia política (o lo que queda de ella). Vaya país.