martes, 14 de marzo de 2017

4 estaciones en La Habana. Primera temporada

Cuatro estaciones en La Habana empieza lento. No van con prisas. Buenas canciones, diálogos lentos, buenos mostradores, casas viejas sin 34, techos sin red, cables remendados, macetas multiplicadas, todo Cristo diciendo "te lo juro por mi madre" y muchas historias más. Y Jorge Perugorría vuelve a enamorarse, y vuelve a escribir, y se tambalea borracho, y fuma, recuerda con amigos el pasado y los bares lustrosos que nunca visitamos, y lentitud y jazz, y coches viejos, y sustos con la Policía Nacional, y cabrones que también aman a las orquídeas, y teléfonos reutilizados, y oficinas con humedades en los techos, y calendarios y la imposibilidad de conseguir café y cabezas llenas de humo, persianas aún más viejos. ¿Revolución es no mentir jamás? Y el miedo a que te dejen abandonado en la isla, largar(te) con un balsero y dejar todo atrás. Pero no. Siempre hay miedo en el cuerpo. Y hojas arrancadas en un Biblia, y el capítulo 17 del Evangelio de San Mateo y buscar una transfiguración de un hombre en un mundo que te oprime y te aniquila o te manda a cortar caña para que te conviertas al machismo-leninismo. Vaya figura este protagonista, Mario Conde, escribiendo con su vieja máquina, sobre folios húmedos y buscando ron para celebrar cualquier cosa. También salen los jinetes apocalípticos, los asuntos internos, mitad cuervos y mitad buitres que escarban buscando cualquier miseria para justificar(se). Buenas vistas aéreas, buenas vistas nocturnas, buenas casas coloniales pero la comida es un lujo y hay que ponerle mucha imaginación para seguir creyendo en la Revolución. Demasiada. Y los budas de oro enterrados y la mierda del régimen y la temporada de huracanes y el dolor existencial. Grandes momentos, aunque con altibajos, en esta primera temporada de Cuatro estaciones en La Habana. Quizás la velocidad, quizás a humedad, quizás la lluvia, quizás la ausencia de esperanzas. Pero siempre nos queda la Creedence Clearwater Revival. O lo que haga falta.