jueves, 8 de noviembre de 2018

Mayans M.C. Primera temporada

El jacksontellerismo me lleva a la primera temporada de Mayans M.C. Esa forma de vivir que vimos en Sons of Anarchy vuelve, con prótesis y pastillas, con muros y hampa, con alcaldesas corruptas y agentes con pasado, con cárcel y carnicerías, con raptos de niños y monjas asesinados, con incomprendidos y con tipos que tienen un pasado muy brumoso. Todo tiene una explicación cuando se busca. El pasado, hecho luz fluorescente, también. Luchas fraternales, bailes para gentes malas, versículos de San Juan incompletos. La familia por encima de todo en estos asuntos de los Mayans M.C. Búsqueda del Plan B ante la imposibilidad del Plan A. Nada como saltar al vacío, nada como una hija que aparece de la nada, nada como una manta de dolor y venganza. Todos tenemos un pasado, todos tenemos hechos que nos cambiaron para mal. Siempre. Y esa manera de terminar los capítulos, dando motivos para pensar en lo que nos ocurre y en la causa de lo que nos ocurre. Muerte, pasado, cárteles, olvidados, desheredados, parias. Y, como pasaba en la previa, el espíritu de Sigmund PutiFreud siempre pasando, siempre hay una madre muerta y una madre por matar, siempre un dolor de muelas y una paliza que lo desencadena todo. Túneles, fronteras, motos, polis que juegan a varias barajas. Cenizas y mierdas varias. Siempre hay un familiar al que matar y enterrar, siempre un padre al que hacer llorar, siempre un jefe al que fallar, siempre un coche al que perseguir, siempre un hijo de la anarquía al que perseguir. El pasado, monterogleciado, siempre hay que olvidarlo o magnificarlo. Pero en uno de estos clubs, difícil olvidar ni perdonar. Y todo lo demás, también.

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