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lunes, 5 de enero de 2026
Mayor of Kingstown. Cuarta temporada.
Se ha presentado Carmela Soprano, disfrazada de alcaide, en MOK, y llega de la siguiente guisa: “Este es mi castillo ahora, y solo yo puedo bajar el puente levadizo”. El jodido puente levadizo. Tiene arrugas, no lleva ropa estrafalaria, tiene arrugas (otra vez, lo repito) y da lo mismo. Sigue mandando, disfrazada en mitad del feudalismo de MOK. Porque MOK va de eso, de un feudo, de un señor, de señores menos importantes que se creen más importantes porque tienen más poder que el señor. Nada nuevo bajo el sol, porque si algunos dicen que todo es western, el hombre de la camisa verde decía que “todo es feudalismo”. Pero el que manda, se lo deja claro, ya seas Carmela o Jackie disfrazada de enfermera de serie b: “Si quieres paz en tu castillo…”. El medievo contemporáneo sólo ha cambiado la potencia de las armas; el resto, igual. Parecido. Con nieve, con muertos en mitad de la calle con ropa de monasterio, aunque el Jorge de Burgos contemporáneo es alguien de otro color distinto y con retinas distintas. Pero la mierda es mierda en todos los feudos: “Otro maldito día, otro hermoso día”. Y como en cualquier universo de TS, siempre cae un hermano, sea en el primer episodio de la primera temporada o en el tercero de la cuarta. Un hermano de sangre, o un primo medio hermano, o una hermana política, o un socio del peor de los negocios. O del negociado indefinible. Pero siempre caen. Otros los llaman adelgazamiento de la base del régimen de MOK; algunos, adiós supervivencia. Siempre hay que poner cencerros a las bestias. Siempre. Pero no hay suficientes cencerros en este mundo, me dijo un día EHDLCV. MOK no dulcifica nuestro presente, sino que nos lo presenta real: duro, asqueroso, costoso e irrespirable (y si hace falta, con más nieve que antes, que los sabañones hagan su labor tanto o más que las chimeneas en Michigan). Vivan las visitas. Cuando te quedas sin salvavidas, no queda más que hacer. Tragar agua, y volver a tragar e intentar hacer esporas en el resto de tu piel. Viva la impotencia. Sal, arena y vías de trenes convertidas en guillotinas: “Algo limpio, algo necesario”. Hasta que deja de ser limpio, hasta que deja de ser necesario. Pero todo funciona: “Es el transporte. El transporte, la sangre de los Estados Unidos. Un camino para todo, transformadores y basura. Cuando algo se marca para basura, deja de existir”. No: “No es difícil hacer desaparecer algo que no importa”. Y las putas esquinas ejerciendo de putas esquinas. ¿Seguro que cada una de nuestras ciudades no es Faluya? Nada que hacer cuando llega la tormenta, porque en MOK todo es tormenta, y “hay momentos en los que sólo podemos sobrevivir”. Y puestos a rezar, “Dios no necesita escuchar mis oraciones porque tú oyes mis órdenes”. Y la tortura como redención, como único escape posible.
sábado, 3 de enero de 2026
Mix Tape. Primera temporada.
Aunque al principio parece que los tiros son nickhornbynianos (ahora que todos se han subido al carro del Arsenal, incluído Nolan), esto va de Sheffield y de Sidney, y de libros por escribir y de recuerdos de un pasado que siempre vuelve (y ahora más con las redes sociales). Pero nada es fácil, por mucho de que se repita mucho la frase (“el matrimonio se trabaja”). Mix Tape es una serie de preguntas que no siempre tienen respuesta, aunque, a veces, las suponemos. El tiempo, ese bandido que siempre nos apuñala, que decía el hombre de la camisa verde. Enchufes rotos, imágenes del pasado, palomas que te sorprenden cuando menos te lo esperas y madres que se equivocan mucho. Aparenta más de lo que es, pero siempre es bueno creer que la vida es una canción de Jesus and Mary Chain. Pero no lo es.
viernes, 2 de enero de 2026
Elsbeth. Primera temporada.
Después de año y pico vuelvo a Elsbeth con el mismo interés que la primera vez y con tiempo escaso, otra vez. Y Elsbeth empieza con una lucha contra el tiempo en un piloto de carreras, bolsos, pastillas y puñales, casi como podría ser una canción de Joe Crepúsculo. O no. Elsbeth son palabras mayores, disfrazada de letras pequeñas, aunque con argumentos sólidos. Pero muchas veces nos quedamos con la primera imagen de alguien en nuestra retina y la de Elsbeth es la de una loca a dos bajo cero con una corona estatualibertaria y nos lleva a la confusión, tanto o más que su bufanda multicolorina: “¿Sabe que se puede aprender mucho de una persona observando su armario del baño?”. Y como todo es mentira, “la verdad se convierte en meter a los malos en la cárcel”. Y si decimos bufanda, podemos decir también pañuelo. Y de King a King, y tiro porque me toca, y Elsbeth nos toca mucho la moral (en el buen sentido) por su forma de mirar, por su forma de doblar la cabeza, por su forma robótica de hacer gestos o de gesticular en sus hechos. Y las blusas también son de colores. De muchos colores: “Tener curiosidad no es husmear, es un signo de inteligencia”. La inteligencia no siempre se muestra de la misma manera, con o sin solapa de móvil de florecitas y jersey de mantel de bar de carretera. Hágase querer por unos pendientes de corazoncitos. Vivan los balones medicinales y la política internacional: “Cuando los rusos se cargan a una persona tratan de demostrar algo, para asustar al próximo que se le ocurra criticarles”. Y claro, todos hemos sido alguna vez de los de Eli Manning después de Eli Manning: “No se lo digas a mis superiores, pero yo también he apostado a los Giants de vez en cuando”. ¿De verdad los jóvenes no han visto Ocean's Eleven? ¿Quién confunde las palabras famosa e infame? Y puede ser que “los favores puedan interpretarse mal”. O muy mal, o dejamos los consejos para otros: “No dejes que tu inseguridad oculte tu incapacidad”. Elsbeth, ese personaje “extrañamente insistente o insistentemente extraña”. Muy extraña, y, como bien dice la policía, “nunca confíes en un bailarín”. Y puestos a bailar, la misma policía, nos retrata la subida de precios, lo insostenible, independientemente del lugar en el que te encuentras: “Los que ante no podían permitirse Manhattan se iban a Brooklyn, pero ahora tampoco pueden permitirse Brooklyn”. Y apostilla: “Ahora se van con sus padres”. Kombucha para todos después del trabajo. Y no lo pone el Génesis, “pero si buscan algo, hablen con una bibliotecaria”. Paxlovid para todos.
lunes, 29 de diciembre de 2025
Pluribus. Primera temporada.
En esa división cuatripartita de la existencia vincegilliniana, todo es mentira: Albuquerque (otra vez), la repetición de nuestras pesadillas, los enanos vecinos que saben el lugar donde se encuentra nuestra llave, el bucle que nos da de comer pero que aborrecemos y, siempre, nuestra supervivencia. Si analizamos nuestra existencia desde el principio, es milagrosa. Y tenemos que preguntarnos, una y otra vez, el motivo. O los motivos. Siempre en primera persona del singular. Otros cantaban preguntándose por los motivos de los peinados. VG nos lleva, desde el primer capítulo (un capítulo de terror, del más asqueroso y atrayente terror, desde el que nos hace repetir nuestra firma una y otra vez [¿acaso hay pesadilla peor?]) a una atmósfera en la que hay colores repetidos, ratas que hacen el papel de ratas, tipos con traje que justifican la existencia de su traje y una paranoia televisada, única y exclusivamente, para el espectador. VG nos hace creernos a la protagonista, nos hace creer que puede que esta locura nos pase a nosotros. O a los barcos en Tánger, o al número 11. Todo mentira. Y después de la visita a la vizcaína, vuelta al terror en otro capítulo (el cuarto) que hace pensar y vuelve a dar miedo. Por todo. Pluribus nos lleva a reactualizar nuestro miedo, nuestros miedos, y nos lleva a defender, a ultranza, lo nuestro, aunque lo nuestro ya no tenga ningún valor y lo tengamos que enterrar y vengan unos lobos por los huesos de lo que fue carne viva: llevamos esposas hasta que dejamos querer de llevarlas. Cuando ya no queda nada, sólo nos resta honrar a los nuestros, lapidar esqueletos, tapar huecos, escribir necrológicas aunque nadie las lea (o nadie las lea de momento, que nunca sabes). Viva el helado de mango y vivan los aviones (o la vista de los aviones) desde el suelo, aunque esta vez no tengamos muñeca en la piscina. Y nada como perderse en la traducción (otra vez). Pluribus nos lleva al barranco de la elección, de lo que queremos como nuestro y de lo que queremos salvar, aunque eso nos condene. Y puestos a completar la condena, que la perpetua se resquebraje, aunque nos cueste la vida.
sábado, 27 de diciembre de 2025
El caso del Sambre. Primera temporada.
Hay veces que no sabemos ver lo que tenemos cerca. Al lado. Aquello monstruoso con lo que vivimos. Hay veces que no queremos ver lo que tenemos cerca. Al lado. Aquello monstruoso con lo que creemos que vivimos y es otra cosa. El caso del Sambre, con su locuacidad, nos muestra al monstruo en acción pero también nos muestra la incapacidad y torpeza de aquellos que debieron reconocer al monstruo y no lo hicieron. En ECDS no hay concesiones, vemos personajes confundidos y cansados, vemos repercusiones que son odiosas, vemos brújulas que no encuentran su norte ni aunque lo hubiesen querido intentar. En ese clima de decepción continua que es el ECDS hay un pequeño hilo que intenta coser un poco de esperanza para la caza del monstruo que está por llegar y que, sabiendo que llegará, quizás con algo de suerte, sea descubierto por el que está cerca de él, por que no ha sabido ver el germen del mal, por el que vive con él y no se ha dado cuenta de su monstruosidad. No sé el grado de esperanza con el que se puede salir después de ver ECDS, pero es un ejercicio agridulce de eficacia visual, aunque no tengamos higadillos suficientes para soportarlo.
domingo, 21 de diciembre de 2025
Blue Lights. Tercera temporada.
“Lo seguro no existe. Ni aquí ni en ninguna otra parte”. Con esas palabras del capítulo seis de la tercera temporada de Blue Lights se resume ese estado de inquietud al que lleva esta cuarta parte de un día porque “todo lo bueno puede desaparecer”. En cualquier momento. BL, a la que pusieron entre peana y altar los que designan el rasero de la barbaridad de creaciones (en número, no siempre en talento), va creciendo en esa Irlanda del Norte en la que se cruzan disidentes republicanos, mafiosos de la droga, policías que pasan de la inexperiencia a la supervivencia (en ese trabajo no siempre vale la antigüedad en el cuerpo, todo puede pasar en cualquier momento) y gentuza variada que puede hacerte volar en los bajos del vehículo, en cualquier cruce de calle o desde la distancia con un buen disparo con vistas al acantilado. Y en ese caos norirlandés, disfrazado de paz resquebrajada (o de bajada de pantalones, o de imposible olvido), vemos bastante sangre en las manos y copas que se clavan en el lugar menos indicado, vemos rosarios que pasan de coche a casa y de casa al infierno, pero, hasta en el peor de los olvidos, “a veces necesitas una canción”. Y esta canción, la de BL en su tercera temporada, tiene buenos acordes, aunque “cuando se acaba, se acaba”. Si no se pueden hacer planes en esta vida, en el Ulster, menos todavía, lleves o no los zapatos de payaso puestos cuando te metes en un jodido lío. En ese trozo de tierra, que queda a un salto de Escocia, siempre hay buenas frases subrayadas, esta vez, en boli azul: “Tu conciencia es como las tetas de un gato”. Y como todo es mentira, únicamente nos queda una cosa: “Fe contra mierda”. Aunque la fe, a veces, no es suficiente para luchar contra todas esas cosas que nunca queríamos saber. Nunca.
viernes, 12 de diciembre de 2025
La empresa de sillas. Primera temporada.
Al poco de empezar a ver la primera temporada de La empresa de sillas nos damos cuenta de que ese personaje, sobre el que gira todo (menos la silla que ya no puede girar), es una mezcla entre Paz Padilla y Chiquito de la Calzada en sus buenos momentos. Recuerdo que un sábado de agosto, en la misa de 8 en el Carmolí, mi padre se sentó en una silla de plástico de terraza que sacábamos para escuchar al cura decir aquello de “mis queridos hermanos” y en mitad del sermón de aquella montaña de mosquitos, la silla quebró sus patas y mi padre estuvo a punto de ir al suelo, y a mí entró la risa floja pero en voz alta. La empresa de sillas empieza con un incidente de rotura de silla con el consiguiente sonrojo del protagonista y los caretos de sus jefes y súbditos en la empresa. Y tras la rotura y caída, empieza un ejercicio de perversión y locura digna del movimiento más raro del mismísimo Chiquito. Y en esa espiral, entre la locura y la paranoia, todo se va volviendo más delirante, en busca de la empresa que fabricó la silla en cuestión. La jodida silla con que pensar que “muchas veces tengo razón en cosas que la mayoría ni siquiera sabe que está pasando”. Y entre búsqueda en Amazon y en Google (brújulas contemporáneas para desnortados), la vida de este personaje que busca ropa usada y huellas ajenas, se vuelve un manicomio andante (comisión, comisión, chat maldito y lapo en la obra). Hágase querer por un kit de espionaje experto de plástico. Y rizando el púbico pelo ajeno, en su caída repentina, nuestro Chiquito particular tiene un visionado de braga ajena, y, como ahora las empresas cuidan el honor de sus empleadas, nuestro personaje es preguntado tras una sucesión de chats ajenos de la siguiente forma: “Sé que parece una tontería, pero sólo es una formalidad de recursos humanos. ¿Alteraste la silla de alguna forma para que se rompiera y te dejara ver bajo la falda de Amanda para ver su ropa interior?”. Y el observador externo como actor secundario. Las zonas grises del mundo contemporáneo. Del jodido mundo contemporáneo. Y los gritos ante caras ajenas, y como si de un Saul Goodman postmoderno se tratase, siempre un móvil prepago con el que jugar. Y videos que esconden secretos familiares, y más cajas con golpes, o golpes con cajas y palomitas para alguien que está entre la basura la indigencia y la locura. Y siempre hay alguien que piensa en la fantasma de la navidad del presente, y ser Scrooge, y todo lo que viene después. Pero yo me quedo, claramente, con el Chiquito original.
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