jueves, 20 de agosto de 2026

Lucky. Primera temporada.

Termino la primera temporada de Lucky justo antes de que el amigo Andrés me pregunte por Álvaro Pombo y de que mi hija me tenga seis horas jugando con trozos de madera y, creo, que Lucky, se merecía un mejor final, o, al menos, algo más de venganza, algo más de punzada en el corazón, ahora que ya nadie se acuerda del Wilco de Templeton. Con buenos capítulos (o trepidantes, que se añora mucho lo trepidante cuando ya nada es trepidante) al principio, llegas a Lucky por esa separación entre ojos, a esa bandera argentina descarnada que es Anya Taylor-Joy. Da igual que el señor Justified no lleve gorro, sea su padre y sea un cabrón; da igual que Annette Bennig vaya de madre mala (o descarriada); da igual todo, porque todo lo abarca AT-J. Todo. Hay robo, hay mentira, hay persecuciones guapas, hay jodiendas que se estiran innecesariamente (ese penúltimo capítulo), hay falsedad entre pozos de petróleo, hay que pensar sobre aquello que nos decía Mediapunta: “No tengo la fe, y tengo la D de la derrota en mi piel”. Y Lucky, en esta primera temporada, va de derrotas, de recuerdos de piscinas y cumpleaños de robo, de cárceles y de gentuza disfrazada de guays y de oraciones que no tienen respuesta. Porque al final, ni un muñeco te salva, ni diez palabras, ni jodiendas con vistas a un horizonte demasiado idealizado. Un buen divertimento para desconectar de todo lo demás.

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