jueves, 16 de abril de 2026

DTF St. Louis. Primera temporada.

“¿Cuándo se acabaron los recreos?”. Llevaba tiempo sin que me mantuviese tan atento a un primer capítulo de una serie (tendría que hacer memoria, e incluso haciéndola no lo recuerdo). DTF St. Louis, entre chutes de juegos de mesa, abrazos no deseados, barrigas menos deseadas, escotes tapados por ropa de árbitro aún menos deseada (sigo sin decir colegiada, que los árbitros no son médicos ni del colegio de dietistas) nos lleva a un escenario que va de la soledad a la compañía en menos de lo que se descarga una aplicación de móvil (latas de Bloody Mary para todos). En esa soledad, la de estar acompañados por personas a los que vemos un rato en la cama antes de irnos a trabajar y así hasta el día siguiente, creemos que lo cotidiano ha llegado para quedarse, como la artritis o las bisagras que chirrían, o ese dolor en los dedos de los pies que avisan de la lluvia de mañana. DTFSL nos mete en un jardín desde el principio, con ese fondo verde que se transforma en mapa del tiempo pero que realmente no había sido fumigado nunca. Los mensajes, las llamadas, las piscinas. Hágase querer por el engaño de la engañada, hasta que todo se vaya hasta la próxima gota fría (tampoco uso DANA, me niego, ni en las clases de segundo de bachillerato de Geografía). Hágase desear hasta que ese deseo se vuelva incontrolable y todo acabe de mala manera. O no acabe. Y siempre hay alguien que mete las narices en algo relacionado con Indiana Jones, o con los vertederos, o con esas cartas en la cabeza que nada bueno pueden traer. Y tiro, no porque me toque, sino porque me gusta tirar piedras a las paredes. O no. Pero como todo es mentira, siempre hay alguien que te vende un sueño, o la forma de recrear un sueño. Otra mentira. Ni existen los sueños ni existen las ventas de sueño. Todo es un engaño, todo bebida falsa, todo encuentro irreal. O quizás, rascando un poco, encontramos lo que no queremos encontrar, lo que no queremos ver, lo que creíamos olvidado pero siempre estuvo ahí, como ese nivel medio de hip hop que deja mucho que desear, porque todo en la vida deja mucho que desear. La vida no es un concierto en el que te cogen y te sueltan la mano sin motivo aparente. No es así, y nada es así. Como en Breaking Bad, porque todo, al final, nos recuerda a Breaking Bad, esto va de dinero. ¿Cómo pagar lo del hijo raro? ¿Cómo pagar la vida anterior? ¿Cómo pagar una casa unifamiliar en vez de vivir en un apartamento de 50 metros cuadrados en un quinto piso sin ascensor? Como en los estados convertidos en ciénagas, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Muy por encima, y luego nos quejamos, o buscamos un plan B, o queremos una piscina más grande, o las piedras golpeadas nos estallan en la cara. Pero como nos dice Isabel Cea en Sacrificio en la canción de Triángulo de Amor Bizarro, “la muerte es solo un gesto”. Pero no todo el mundo la entiende, o la quiere entender. Un poco más corta (o menos torcida), hubiera quedado mejor, pero siempre podemos pedirnos una bebida para aparentar. O cuatro, aunque no tengan descuento.

viernes, 27 de marzo de 2026

Bait. Primera temporada.

Después de Black Mirror, ya nada alrededor del cerdo será igual. Lo de Bait, que empieza muy bien y luego se descarrila, se va de madre. Entre la paranoia y lo inexplicable, entre el requisito de etnia y religión, y lo sarcástico. No sabría la forma de clasificar a Bait, con un aspirante a Bond que busca lo que no hay, con una familia que existe pero se surrealiza continuamente, con una aparato mental no apto para mentes cuerdas. Hágase querer por un viaje londinense, por una fiesta familiar, por un cine que ya no es cine porque hace mucho tiempo que dejó de serlo para convertirse en un producto de márketing, en un truco de márketing que escuchamos en Casi famosos. Todo mentira en esta vida, hasta las cabezas de cerdo voladoras y dicharacheras.

martes, 24 de marzo de 2026

La hija

Como todo es mentira, cuando acabo un libro me pongo la versión de Caja del diablo de Triángulo de Amor Bizarro. Esa Isabel, que no Rosario, nos habla, como Jota, de mentiras: ”Siempre pienso que me han engañado”. Y es así. La hija no es un libro fácil, en ninguna de sus partes, pero es un libro de los que te hace pensar (otra vez, que para eso estamos). Pensar, meterte en líos, Casi Famosos, que decía el hombre de la camisa verde. Cada vez añoro más el silencio. He leído La hija en huecos que he tenido en una sala de profesores en la que brincan más que piensan, en la que festejan más que piensan. Se ríen, o hacen comentarios, cuando te ven con el libro de turno, y no diferencian Qué quedará de nosotros de Sacheri de La hija de del Molino. Y a ellos les da igual. Vivimos rodeados de personajes que satirizan al que lleva el libro entre manos, en la mochila, en el ajetreo. La hija, en ese afán entre lo didáctico y lo inventivo (o la palabra que sea equivalente), busca creer que hay relación entre en lo que, a lo mejor, no lo hay. O quizás, el autor tenga razón. No lo sé. Pero en ese intento, en el de hacer pensar, en el de escuchar esa mentira, ese engaño, nos lo pasamos bien. O yo por lo menos lo intento, aunque creo que no está a la altura de Los alemanes. Esto es otra cosa, otra cosa hibridizada, que está bien. Escribe SDM: “Cuando pensamos en la infancia, los padres ya están colocados en la escena, no se presentan”. Cuando mi canija, con sus 33 meses y 18 días me mira, y me pide el libro, o la música de Martín, o hacer una muralla con trozos de madera, me creo de verdad (aunque sea mentira) eso de que “las cosas importantes nunca están lejos”: Ahora, con el miedo en el cuerpo de que me pase algo, o a mi canija, me acuerdo mucho de eso que decía EHDLCV: “La vida es eso que pasa entre muerte y muerte de gente que tenemos cerca”. Demasiado cerca, aunque “la vida consiste en subsistir”. Pero La hija te hace pensar en ese XIX que tenemos entre ceja y ceja, entre temas de oposiciones y cuadros a los que le damos vuelta en la quijotera, aunque “a nadie le importa el arte, siempre importan otros asuntos”: Otros putos asuntos, otros caminos de sirga como los de la 253. También creemos que decidimos solos (“Uno decide lo que cree que es mejor en soledad, y apechuga con su decisión”) y luego la vida te pone en tu sitio, o la democracia, o los abrazos, o los matrimonios con los primos: “Nos pasamos la vida admirando los amores imposibles, y cuando suceden en la realidad, escupimos sobre ellos como frailes con trabucos”. Ese mismo Jota de antes, en su Si me diste la espalda, dice que “ahora existen mil demonios”, ocupando lugares reconocibles. La hija nos recuerda que “la revolución es divertida si tienes veinte años y pocas ganas de dormir”: Pero luego está la vida, y “sentía la mentira como un insulto”: Pero no es así, porque “ninguna euforia dura demasiado”. Sobre la cimentación de nuestros valores, nadie está de acuerdo. No tuvo que ser fácil ser hija de Goya en aquel momento, pero no debe ser fácil para mi hija tener un padre como el que tiene. Pero es verdad que no tuvieron cantajuegos ni Isabel ni Luisa Fernanda. Y a cada uno de nosotros se nos mueren los reyes (ya lo cantó Algora, “no era una perdiz lo que me comí, fue el final del cuento”). Pero toca seguir, sean en la sala 66 o en la que sea, porque “no somos la misma persona todo el tiempo, no nos vestimos igual para la ópera que para el fútbol”: Pero ese triste final (el del cuento, el de SA y el de todos nosotros), nos lleva a creer que estos desastres personales tienen solución. Pero no. Siempre vendrá un Arrieta, aquí o en la tierra de las nieves de los Wolves, a ponernos tiritas, pero la herida sigue ahí, porque “somos prisioneros de nuestros prejuicios y vivencias”: Un buen libro para creer que todo esto tiene solución, aunque no la tenga. Pero siempre me queda mi canija. Mi canija.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Los domingos

“Es tan fácil rendirse”. Muy fácil. Los domingos pone en la diana a aquellos que se cuestionan lo que hacen los demás, lo que intentan hacer los demás. En esa cuestión, en esa capacidad de elección, siempre es difícil posicionarse (o no hacerlo, y pasar por tonto o por calzonazos, o por gilipollas). En esa diferencia (la que decía el hombre de la camisa verde que separa al tonto del gilipollas), es muy fácil caer en el tópico, en la palabra resultonta, en la chufla que no siempre se entiende, y cuando se entiende se busca detrás otro matiz. “Jesús pone deseos en los corazones de la gente”,pero muchas veces creemos que esos deseos podemos moldearlos a nuestro antojo, a nuestro capricho. Y como nos cansamos, “nadie está feliz todo el rato”. Lleva también Los domingos la trama a lo económico, a lo monetario, al chanchullo familiar de herencias y desvaríos, de elecciones equivocadas y familias por completar, de números que lo descuadran todo y familias que crecen y, quizás, desaparecen. Y en esos tiempos divinos, tan distintos de los terrenales, de los que acontecen sin reloj y entre rejas, siempre hay una prueba que pasar, un listón que saltar, una penúltimo foso para el gran salto. Pero siempre tropezamos, sea domingo o no. Una película para pensar en que lo que nos conviene no siempre es bien visto por los demás. Casi nunca.

domingo, 1 de marzo de 2026

Der Tiger (El tanque)

Hágase querer por la escucha de una misa en latín en mitad de ningún sitio, en mitad de una guerra de todos los demonios. Der Tiger nos lleva a una misión de locos en un mundo de locos, en un mundo de humo, puentes caídos (ahora que se lleva tanto lo de utilizar la palabra puente) y ríos que sirven para muchas cosas. Pero Der Tiger es sobre todo paranoia, búsqueda innecesaria en la derrota inminente, chapuzón iniciático de caos y de un amén que no siempre significa lo que tiene que significar. Meta para todos, entre la lucidez taciturna (siempre JMR) y una evocación continua de imágenes que nos llevan a Malick en la mirada: “Los de los tanques siempre tan especiales”. Y el Reich, siempre era el Reich, lo primero. Vino, fuego y profesores de latín: “Si algo nos legaron los antiguos romanos, si hay una gran contribución que su imperio legó al saber humano, esa es la guerra. Siempre estaban en guerra. Y no para someter a ningún enemigo, sino a su propio pueblo, siempre luchando, siempre librando guerras”. La cadena de mando y sus mierdas: “Órdenes que hay que acatar y olvidar quién eras y qué te gustaba”. Pero no siempre se entienden bien las órdenes: “Las órdenes son lo único que tenemos, ellas lo sostienen todo. El ejército, la soledad, todo”. Y todo cambia, el escenario, pero recuerda demasiado, por momentos, a ese napalmístico ejercicio visual de Coppola. Pero, como siempre, todo era mentira. Todo.

jueves, 26 de febrero de 2026

El mundo de los prodigios

Ahora que todos los políticos hablan de la importancia del relato (el de mentira, como todo), nos olvidamos de los relatos de verdad, de los que nos dan ese “valor añadido” y que nos aportan algo, aunque siempre esté presente esa vanidad de los artistas (“perfectamente admisible”). No creo que El mundo de los prodigios esté a la altura de de sus predecesoras en la trilogía, pero no todos los días nacen iguales, que decía el hombre de la camisa verde. EMDLP nos lleva por caminos de botellas a medio vaciar, por el camino del vicio y lo que no siempre es honesto, nos lleva a la importancia de recrear libros o textos que, realmente, no siempre son tan importantes (o nosotros creemos que no son tan importante”. Y en mitad de este circo (porque en EMDLP hay mucho circo, en todos los sentidos), en mitad del recuerdo de Goethe, nos encontramos con el espanto que nos asusta y nos atrae, con aquello que nos pasaba con las canciones de Roxy Music, que dependía mucho de la hora de escucha. Escribe RD que “el demonio ya no es hoy en día una figura popular”. El demonio ha desaparecido de la vida de muchos de nosotros, pero sigue estando ahí, aunque “son muy pocos los que se lo toman realmente en serio”. Y apostilla: “Al demonio le gustan más los momentos de indecisión”. Pero como hasta Oswald Spengler es mentira (y su rapado, más todavía), podemos asumir que “tomarse a broma el pasado es una forma de sugerir que no fue en realidad tan importante como puede parecer”. O quizás, nada de nada. Como sigue siendo mentira Oswald Spengler, “las bromas desmantelan los horrores, les restan toda importancia”. Toda. Pero hay que tomárselo todo a chiste, llevarlo al humor, aunque entre tanto rezo (ayer, hoy, en el reel siguiente), “el monoteísmo no deja huecos para los chistes”. En esta colección de frases enmarcables que va dejando RD, el relato parece que se olvida, porque todo es una sucesión de fantasmas que te hacen pensar que ese momento, el del delirio, está por llegar: “Cuando beba por el demonio, quiero estar seguro de que lo hago muy en serio”. Pero como somos ombliguistas por naturaleza, y nuestro ego no entraría ni en el Exxon Valdez, subrayamos en rojo que “las palabras no son más que los pedos que se tira un hatajo de idiotas que ha engullido demasiados libros”. Pum, pum. Y el Deuteronomio, y el Génesis, y el Levítico y todo lo demás, escrito por un arameo (o por Mel Gibson, antes del viernes de Dolores y del día de la Ascensión), son trucos, y ya sabemos que “los trucos los considero una mierda, para así ser digno de Cristo”. Y ya puestos (de incienso, por supuesto, y de olor a santidad) hay que robar momentos al día, robar segundos para hacer lo realmente importante: “Hay dos cosas que tienes que estar listo para hacer en este mundo: una es luchar por lo correcto y la otra es leer la Biblia a diario”. Y en la cruzada, la espada: “¡La espada bien limpia y la Biblia bien sucia!”. Pero en la mentira únicamente hay esclavitud: “Todos abrazamos nuestras cadenas. No hay hombres libres”. Y en ese intento (con la Biblia, con el día a día, con las lavadoras, con la sumisión, con las preguntas peligrosas, con los que andamos por aquí y con los que ya no están por aquí pero dejaron rastro), quizás, debemos “mantener una fachada de decencia, a pesar de todo”. A pesar de todo RD nos recuerda nuestra inexistencia para casi toda la humanidad (“Es como si fueras nadie, pero con encanto. Un cero a la izquierda, pero un cero entrañable”), inexistencia que sólo se alivia con ayuda líquida y con las ratas del carnaval, hasta que podemos “experimentar algo así como la Revolución Francesa en las entrañas”. En las putas entrañas. Y en nuestro egoísmo (¿acaso tenemos algo más?) debemos ser capaces de creer que, nuestra mentira, es la más importante de todas: “Debajo del terciopelo está el acero y, si aparece algo que no cede ante el acero, ese filo se retira e ignora la existencia de lo que se le resista”. Pero luego mete RD en la batidora a la tragedia, y a la comedia y al romanticismo (con o sin necesidad) y hasta a Aldous Huxley (“¿Qué haría Aldous Huxley si se viera en este mismo aprieto?”). Y asumiendo nuestra decrepitud (no nos queda otra, ninguna otra), falta reconocer que somos chistes ambulantes y, en nuestro pasado, chistes sin gracia ni pudor: “¿Se nos perdonarán alguna vez las estupideces que cometimos en nuestra juventud? Es una cuestión que a menudo me atormenta”. Será por tormentos, pero como todo es mentira, RD hace la pregunta del millón de bitcoins: “La verdad del pasado es algo que se ve en los museos”. Un gran libro al que le falta una puntilla para ser extraordinario.

domingo, 22 de febrero de 2026

La cena

Nunca pensé que una película de Manuel Gómez Pereira me recordara a El Club de la lucha. Nunca. Pero aunque hay papeles estelares (o colaboraciones especiales), que parece que van a ser largas y son cortísimas, la película tiene sus momentos entre ratas y sótanos, entre manjares prohibidos y canciones que nunca sonarían en la realidad que se quiere recrear. Como todo es una fiesta (y, por supuesto, mentira), hay que darle una oportunidad a estos tipos bigotudos y recién salidos cada uno de sus guerras y cautividades particulares mientras van dejando frases sobre ideas políticas y sobre una España en la que todo ya era un trámite, aunque, la mayoría de veces un trámite muy peligroso. Con ese humor y esa musiquilla singular, con tiros y cuernos y puertas que no siempre se abren y cuando se abren te meten en líos, La cena es otro de esos ejercicios de futilidad bien entendida pero que nos llevan al jaleo y a la reflexión, a subrayar en nuestra quijotera particular que “los ricos no sabrían vivir en un mundo sin pobres”. Sopa para todos, por supuesto, con mucho azafrán. Con muchísimo azafrán.

sábado, 21 de febrero de 2026

Salvador. Primera temporada.

Después de ver el primer episodio de Salvador (o todo eso que ocurre en torno a las pobladas cejas, como las mías, de Luis Tosar) no sabía si seguir con el asunto. Por el nivel, digo. Aunque con algún recuerdo a otra serie española con el tema de los marselleses y los ultras patrios y los ríos, ese listón (el famoso rasero que cada uno utiliza para su menester, para su arroz y pava particular aunque no lleve ni arroz ni coliflor), casi sergeibubkiano, pone la continuidad difícil. Muy difícil. Pero claro, siempre hay frases con las que te encuentras en la vida: “Pero tenga cuidado con lo que busca, que igual lo encuentra”. Luego llega un Duplantis y te revienta, pero en la vida todo va de superarse. Salvador nos retrata los extremos, el olvido, los sucedáneos y ese populismo más o menos barato que nos invade ante la inercia de esos mismos políticos que lo fomentan de una manera u otra. Y en ese retrato, aparece el salto isinbayéstico, el que nos retrata con cámara y falta de respuestas. Habla Salvador de “munición ideológica” y bulos, de saltos al vacío sin red ni navegación precisa. Y parece que la culpa siempre es de los padres, chirría que te chirría: “De esos que se preocupan muchísimo y se ocupan poquísimo”. Aunque en el resentimiento, se sueltan frases para pensar, o dejar de hacerlo: “En patera no viene ningún catedrático de literatura comparada”. Y claro, “todavía peor que los hijos son los padres”. Y ese profesor metido a ultra de serie b, barriga empizarrada, más falso que el duro filemonístico. El problema, como casi siempre, es querer quedar bien con todos, hacer lo que nos dicen que toca (o que hay que hacer, o pensar, o recrear [“el recreo es eso que haces cuando ya no queda nada”, decía el hombre de la camisa verde]). O no. Escuchamos, en torno a una mesa: “No me gustan los políticos porque entiendo lo que dicen, pero no entiendo lo que me quieren decir”. Pero hay más: “Hay que ser inteligente si se quiere ganar esta guerra. ¿Sabe por qué no ha habido una revolución contra la inmigración?”. Y esos espíritus, que salen, y relucen, o lo ennegrecen todo: “¿De verdad cree que después de 1000 años entre el Islam y la Europa cristiana nos vamos a llevar bien solo porque algunos quieren que nos llevemos bien? ¿Por qué? ¿Por principios? Los principios no existen, los principios se inventan. A la gente hay que explicarle lo que debe pensar y después lo que debe hacer”. Pero todo es mentira : “La verdad, como tal, no existe. La verdad, como los principios, hay que crearla, hay que buscarla”. Pum, pum: “Hasta los atentados de las Torres Gemelas, o los de Atocha, la gente no sabía lo que era un yihadista”. Y claro, la respuesta es clara: “No hay nada más convincente que un converso”. Nada. Y al final, “el techo de cada uno es nuestra propia mediocridad”. Pero al final siempre se nos rompe la pértiga, y, sobre todo, por la falta de uso. Y en caso contrario, usar alguna neurona, si es que nos quedan.

jueves, 12 de febrero de 2026

El robo. Primera temporada.

Vivan los sindicatos y los que juegan con el dinero de los demás. ¿Se puede robar a un ladrón? Vivan las galletas, vivan los que atracan al ladrón, que decía el hombre de la camisa verde. Muy verde. El robo nos toma el pelo desde el principio, que parece ser que de eso se trata. De señalar a políticos, a empresas, a bancos, a ladrones o supuestos ladrones de distintos colores y pelos y que se ve, desde el principio, que no están a la altura. A ninguna altura. Y si en la fórmula ponemos el dinero de las pensiones, la cuadra animalística se completa, con una ida y vuelta sin nombre ni dirección. Sin ninguna dirección, con la ecuación del policía con púas de juegos varios y con rubia con capucha que duerme poco y sale mucho y bebe aún más. Pero al final, como siempre, todo es mentira. Hasta el mismo robo.

lunes, 2 de febrero de 2026

Marbella (Expediente Judicial). Segunda temporada.

“Yo no soy un gángster. Que mi dinero viene de la droga… ¿De dónde creéis que viene el vuestro? O el de las grandes cadenas de hoteles, restaurantes, campañas políticas. No estoy hablando solo de Marbella, ni de la Costa del Sol. Te estoy hablando del mundo entero. Es muy fácil poner mala cara cuando se habla de narcoabogados, pero si no fuera por nosotros, esto sería el caos y los primeros que pedirían que todo volviera a ser como antes, seríais vosotros, los buenos, o los que vais de buenos”. Esas palabras del abogado protagonista de Marbella resumen la gran mentira del mundo. ¿O es que no nos acordamos del Just Say No reaganinano ideado por publicistas drogotas? Aunque no está al nivel de la primera temporada, esta continuación sigue siendo divertida, aunque hay acentos exagerados, caballos que mueren de forma equivocada, obras inacabadas e infiernos personales manifiestamente mejorables. Pero todo es posible cuando se asaltan hospitales y hay personas que muestran el lado más cabrón de las cosas. Y si han convertido a Florent en un campeón de las olas, enhorabuena.

His & Hers. Primera temporada.

His & Hers tiene momentos folletinescos que te hacen pensar en dejarlo todo en el limbo, pero es atrayente con su historia de amigas que dejan de ser amigas (¿acaso lo fueron alguna vez?) y esa relación interracial entre gente que tiene cara de estreñimiento (Jon Bernthal) y cara de muela podrida (Tessa Thompson, que parece, por momentos, que dejó su talento en el mundo del oeste postmoderno). Pero no nos desviemos, que Atlanta es muy grande, y blanca por momentos aunque sea negra de nacimiento. Aunque desde el principio algunos la destriparon (momento SO), de nada sirve la demencia, ni el odio, ni la sed ultra de joder al personal con el que tenemos trencillas (si acaso no le hemos dado un champú casero de cebolla y algo más). Sin música de Clif Martínez, nada es lo mismo, pero siempre hay una cámara que graba o deja de grabar,a piltrafillas con pretensiones y un pasado que, convertido en recuerdo duradero, es más cutre que un mueble sueco nada original. Para un rato, para una conversación interrumpida, para un duelo senil en el que encontrarse y no recordar, nunca más aquello de que “si alguien te viene con una corazonada, mándalo a la mierda”. No. No es eso. No. Es más sencillo: “Lo más peligroso que hacemos es mentir: a los demás y a nosotros mismos”. Lo dicho. Todo es mentira.

miércoles, 28 de enero de 2026

Landman. Segunda temporada.

Nada como reflexionar sobre la utilidad del desayuno para volver a ese mundo de Landman que junta mierda en el desierto y escotes en los baños, que une familias desunidas y viudedad disfrazada de crueldad, que resuelve problemas universitarios con globos y herencias y soledad con o sin puesta de sol. Y ser rico no es el sueño de todos, aunque a algunos les cambia la vida. En esta sucesión de banderas y camionetas, de sirenas y búsquedas, de venados limpios y cuestiones sobre la carne de cerdo que no todo el mundo entiende (o no quiere entender), siempre se aprende algo. Y el sermón radiofónico, hecho a la medida del precio del petróleo, porque el dinero, al final, “arruina a más familias de las que ayuda”. Y siempre hay que creer en algo o “evitar decir la verdad durante mucho tiempo, no empecemos ahora”. Pero no todo el mundo lo ve así, porque “ya se había puesto el sol cuando yo nací”. Y quizás, desde nuestra perspectiva contemporánea, “todo lo que acaba bien, está bien”. Las pruebas de Dios, la capacidad de reciclar y lo que nos queda por incorporar a nuestro infierno particular. Porque Landman va de infiernos que no asumimos, que nos llegan y con los que tenemos que apechugar. Y de cementerio a cementerio y tiro porque me toca, aunque no hay Salmo que consuele saltar de cementerio en cementerio, porque “los demonios corren más rápidos que los arcoiris”. Y no nos queda más que la resignación, aunque algunos sigan empeñados en “malgastar la vida en la esperanza”. Se pregunta Landman sobre el valor de lo que decimos, aunque realmente “la palabra de nadie vale nada, porque para eso ya están los abogados”. Y como todo sigue siendo mentira, todo sigue su curso: “La vida no tiene un plan para cada uno. Tú tienes que tener el plan. Luego, luchar con todo para hacerlo realidad”. Y luego el amor, el desamor y todo eso que hacemos para pasar años y años. Pero los planes no siempre funcionan, no siempre son efectivos, no siempre van conforme a la corriente. Y ese “recuerda responder preguntas con preguntas” que tantas veces se nos olvida (o parece que se nos olvida) y creer, o al menos, mirar para otro lado mientras entendemos “la necesidad de distanciarse de la responsabilidad”, como si fuera tan fácil poner un momento American Beauty en nuestras vidas. Pero en esta vida sin brújula, nada como ser “el mapa del camino equivocado”. Nada como volver a Landman para recordar que no somos nadie y, como decía el hombre de la camisa verde, que siempre hay una sorpresa con la que alegrarnos el día. Hasta que llega otro, y lo jode todo.

jueves, 8 de enero de 2026

Rojo

No es fácil reflexionar sobre Rojo, de Marc Cistaré, porque no es fácil pensar sobre algo sobre lo que ha pensado más de uno. Reflexiona mucho MC sobre la democracia (“La lluvia es democrática, le chinche a quien le chinche”) y reflexiona mucho sobre la capacidad de las personas (en primera persona) de cambiar el futuro de los demás (y decía EHDLCV que los demás son muchos). Rojo va sobre picar piedra, sobre encontrar un lugar en el mundo después de muchos desastres y sobre la forma en la que los cobardes encuentran su lugar. Dice MC que “las cuentas atrás no suelen terminar bien”, pero es que casi nada termina bien en la vida. Casi nada. Puestos a mirar al cielo (“uno se olvida de rezar cuando más lo necesita”), nada como mirar al frente: “La alambrada marca la barrera entre el hambre y el hambre extrema. Entre el frío y el frío insoportable. Entre el miedo y el miedo aterrador”. Y apostilla MC: “Cuando alguien manifiesta que se muere hay poco que replicar”. Volviendo a la democracia (“La democracia es una hija de puta cuando quiere”), nos hace pensar Rojo sobre lo que decide la mayoría en nuestro nombre, sobre los dobles trabajos y atribuciones, sobre los silencios incómodos y sobre las ventajas de ser insignificante cuando toca ser insignificante. Escribe MC: “La invisibilidad cotiza al alza en tiempos de guerra”. No hace falta que caigan bombas, pero la invisibilidad está muy cotizada. También retrata (otra vez) la situación del bando republicano, o, mejor dicho, la inexistencia de una cara real del bando republicano, puzzleada en cromos peleados con su creador, o con su origen primigenio. Pero como todo es mentira, Rojo, nos cuenta que las heroicidades, como todo, son mentiras, porque “son como la nieve”. Nieve para todos: “Unas veces cuajan, otras no”. Y el infierno, y las guirnaldas, y la puñeteiridad del tiempo, que “pasaba cona la rapidez con que pasa cuando no tiene que pasar rápido”: Y puestos a añadir, palabras, sobre la democracia, MC, puntualiza, atizando sobre letrinas, esclavos de los puestos de esclavitud y todo lo demás: “La democracia asoma el hocico cuando uno menos lo espera”. Un buen libro para tener buenas reflexiones, y “qué obedientes son los fascistas cuando se les olvida mandar”. Y siempre nos toca obedecer.

lunes, 5 de enero de 2026

Mayor of Kingstown. Cuarta temporada.

Se ha presentado Carmela Soprano, disfrazada de alcaide, en MOK, y llega de la siguiente guisa: “Este es mi castillo ahora, y solo yo puedo bajar el puente levadizo”. El jodido puente levadizo. Tiene arrugas, no lleva ropa estrafalaria, tiene arrugas (otra vez, lo repito) y da lo mismo. Sigue mandando, disfrazada en mitad del feudalismo de MOK. Porque MOK va de eso, de un feudo, de un señor, de señores menos importantes que se creen más importantes porque tienen más poder que el señor. Nada nuevo bajo el sol, porque si algunos dicen que todo es western, el hombre de la camisa verde decía que “todo es feudalismo”. Pero el que manda, se lo deja claro, ya seas Carmela o Jackie disfrazada de enfermera de serie b: “Si quieres paz en tu castillo…”. El medievo contemporáneo sólo ha cambiado la potencia de las armas; el resto, igual. Parecido. Con nieve, con muertos en mitad de la calle con ropa de monasterio, aunque el Jorge de Burgos contemporáneo es alguien de otro color distinto y con retinas distintas. Pero la mierda es mierda en todos los feudos: “Otro maldito día, otro hermoso día”. Y como en cualquier universo de TS, siempre cae un hermano, sea en el primer episodio de la primera temporada o en el tercero de la cuarta. Un hermano de sangre, o un primo medio hermano, o una hermana política, o un socio del peor de los negocios. O del negociado indefinible. Pero siempre caen. Otros los llaman adelgazamiento de la base del régimen de MOK; algunos, adiós supervivencia. Siempre hay que poner cencerros a las bestias. Siempre. Pero no hay suficientes cencerros en este mundo, me dijo un día EHDLCV. MOK no dulcifica nuestro presente, sino que nos lo presenta real: duro, asqueroso, costoso e irrespirable (y si hace falta, con más nieve que antes, que los sabañones hagan su labor tanto o más que las chimeneas en Michigan). Vivan las visitas. Cuando te quedas sin salvavidas, no queda más que hacer. Tragar agua, y volver a tragar e intentar hacer esporas en el resto de tu piel. Viva la impotencia. Sal, arena y vías de trenes convertidas en guillotinas: “Algo limpio, algo necesario”. Hasta que deja de ser limpio, hasta que deja de ser necesario. Pero todo funciona: “Es el transporte. El transporte, la sangre de los Estados Unidos. Un camino para todo, transformadores y basura. Cuando algo se marca para basura, deja de existir”. No: “No es difícil hacer desaparecer algo que no importa”. Y las putas esquinas ejerciendo de putas esquinas. ¿Seguro que cada una de nuestras ciudades no es Faluya? Nada que hacer cuando llega la tormenta, porque en MOK todo es tormenta, y “hay momentos en los que sólo podemos sobrevivir”. Y puestos a rezar, “Dios no necesita escuchar mis oraciones porque tú oyes mis órdenes”. Y la tortura como redención, como único escape posible.

sábado, 3 de enero de 2026

Mix Tape. Primera temporada.

Aunque al principio parece que los tiros son nickhornbynianos (ahora que todos se han subido al carro del Arsenal, incluído Nolan), esto va de Sheffield y de Sidney, y de libros por escribir y de recuerdos de un pasado que siempre vuelve (y ahora más con las redes sociales). Pero nada es fácil, por mucho de que se repita mucho la frase (“el matrimonio se trabaja”). Mix Tape es una serie de preguntas que no siempre tienen respuesta, aunque, a veces, las suponemos. El tiempo, ese bandido que siempre nos apuñala, que decía el hombre de la camisa verde. Enchufes rotos, imágenes del pasado, palomas que te sorprenden cuando menos te lo esperas y madres que se equivocan mucho. Aparenta más de lo que es, pero siempre es bueno creer que la vida es una canción de Jesus and Mary Chain. Pero no lo es.

viernes, 2 de enero de 2026

Elsbeth. Primera temporada.

Después de año y pico vuelvo a Elsbeth con el mismo interés que la primera vez y con tiempo escaso, otra vez. Y Elsbeth empieza con una lucha contra el tiempo en un piloto de carreras, bolsos, pastillas y puñales, casi como podría ser una canción de Joe Crepúsculo. O no. Elsbeth son palabras mayores, disfrazada de letras pequeñas, aunque con argumentos sólidos. Pero muchas veces nos quedamos con la primera imagen de alguien en nuestra retina y la de Elsbeth es la de una loca a dos bajo cero con una corona estatualibertaria y nos lleva a la confusión, tanto o más que su bufanda multicolorina: “¿Sabe que se puede aprender mucho de una persona observando su armario del baño?”. Y como todo es mentira, “la verdad se convierte en meter a los malos en la cárcel”. Y si decimos bufanda, podemos decir también pañuelo. Y de King a King, y tiro porque me toca, y Elsbeth nos toca mucho la moral (en el buen sentido) por su forma de mirar, por su forma de doblar la cabeza, por su forma robótica de hacer gestos o de gesticular en sus hechos. Y las blusas también son de colores. De muchos colores: “Tener curiosidad no es husmear, es un signo de inteligencia”. La inteligencia no siempre se muestra de la misma manera, con o sin solapa de móvil de florecitas y jersey de mantel de bar de carretera. Hágase querer por unos pendientes de corazoncitos. Vivan los balones medicinales y la política internacional: “Cuando los rusos se cargan a una persona tratan de demostrar algo, para asustar al próximo que se le ocurra criticarles”. Y claro, todos hemos sido alguna vez de los de Eli Manning después de Eli Manning: “No se lo digas a mis superiores, pero yo también he apostado a los Giants de vez en cuando”. ¿De verdad los jóvenes no han visto Ocean's Eleven? ¿Quién confunde las palabras famosa e infame? Y puede ser que “los favores puedan interpretarse mal”. O muy mal, o dejamos los consejos para otros: “No dejes que tu inseguridad oculte tu incapacidad”. Elsbeth, ese personaje “extrañamente insistente o insistentemente extraña”. Muy extraña, y, como bien dice la policía, “nunca confíes en un bailarín”. Y puestos a bailar, la misma policía, nos retrata la subida de precios, lo insostenible, independientemente del lugar en el que te encuentras: “Los que ante no podían permitirse Manhattan se iban a Brooklyn, pero ahora tampoco pueden permitirse Brooklyn”. Y apostilla: “Ahora se van con sus padres”. Kombucha para todos después del trabajo. Y no lo pone el Génesis, “pero si buscan algo, hablen con una bibliotecaria”. Paxlovid para todos.