miércoles, 17 de octubre de 2018

Gigantes. Primera temporada.

Le pongo una pega a la primera temporada de Gigantes desde el principio: la falta de velocidad para contar la historia que quiere contar. Dicen los buenos narradores, los buenos periodistas deportivos que hacen análisis, que se necesita la pausa. Pero una cosa es la pausa y otra esperar sin motivo. Y fastidia porque la historia es buena. Muy buena. Hermanos irrreconciliables, padre que solo pasa una, harinas varias, Tizianos con los que blanquear esas mismas harinas, odios gitanos, desamor (mal)entendido, bares que nunca cierran, linces con orejas tiesas, gigantes que no se cansan de matar hormigas, fascistas que toman de su propia medicina, jueces y fiscales típicamente españoles, policías honrados y de los otros, periodistas que venden sus sagrados agujeros por lo que haga falta y abogados que pierden sus entrañas por buenas perras. Yo le hubiera dado, aparte de la velocidad necesaria, aún más sangre y menos diálogos que no llevan a ningún sitio. Pero a fin de cuentas, excelizados todos en una buen cuadro de naturaleza muerta, hay que sumar y el resultado es positivo. Cierto que el infierno es una cosa muy personalidad y la fraternalidad un truco de marketing. Eso no se puede negar. El odio genético es como tres puntos suspensivos, siempre está ahí y puede dar la cara en cualquier momento. Pero hay doñanear, hay que buscar refugio en el barrio y en la tribu y en las palabras de pasado. Y todo lo demás, también.

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