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viernes, 28 de febrero de 2025
Lykkeland. El tiempo de la felicidad. Tercera temporada.
Hágase querer por un dedo cosido a su posición original. Hágase querer entre la medicina y las finanzas, entre la familia y las visitas inapropiadas, entre saber lo que hacer y querer hacer lo que no sabemos: “No es delito ser un capullo”. Pero ser un capullo tiene consecuencias, aunque no sea delito. No deja lugar a los espacios equívocos El tiempo de la felicidad porque siempre hay ataques, ya sea externos o internos, que nos dejan fritos. Crear, columpiar, innovar, poner en su sitio los asuntos, las cosas e, incluso, la familia. Con ese ritmo lento, sin prisa, El tiempo de la felicidad ha construido un buen relato, un ejercicio de comprensión de un proceso en el que se ensamblan máquinas y personajes, seres y piezas, válvulas y miembros de un cuerpo que da satisfacciones y también muchos quebrantos. Crisis bancarias, hipotecas, sueldos que no se cubren, despidos, ejemplos holandeses: “Sé que no es el peor día de tu vida. Ni el segundo. Pero no es bueno”. Y como decía el hombre de la camisa verde, y también ETDLF, “nada es nunca para nosotros”. Prudencia en épocas de imprudencia. ¿O era al revés? Ni retirada ni jubilación, que eso es un vocabulario trasnochado. Adicción a un trabajo que no acaba nunca, aunque poniendo en esa balanza que siempre va al mismo lado, dudamos entre familia y trabajo. Y volvemos a dudar de esa normalidad que aburre y abruma, que asusta y adormila. Humillaciones y discusiones, pero no todo va para ser puchero de marrano de engorde: “Somos buzos, no gais que se acuestan con desconocidos en saunas”. Y la pregunta del millón: ¿Hasta cuándo el petróleo? Hay veces que hay que tragar vinagres, saltar al vacío, hacer lo imposible por la familia política, y, si toca, rezar aunque el ateísmo sea tu religión y preguntarnos: “¿Deberíamos sacar pecho por contribuir a una sociedad clasista?”. Esta tercera temporada de El tiempo de la felicidad nos lleva a reflexionar sobre las dependencias: dependencia de Dios, dependencia de la familia, dependencia de las drogas y, sobre todo, dependencia del capitalismo, porque hasta los más recalcitrantes enemigos del mismo se derriten ante un buen cheque cargado de ceros. Pero al final, todo se reduce a lo mismo: “Jugamos al Monopoly. Nos compramos la primera casa, tenemos suerte cuando todos caen en nuestra casilla antes de que puedan comprar nada, y, de repente, tenemos un hotel y podemos ir a por todas. Y esta casa me la quedo yo. ¿Cómo? ¿Sólo dos casas? Pues venga, me las quedo yo también. El que inventó el Monopoly lo hizo para que la gente entendiera lo injusto y arbitrario que es el capitalismo. Nos subestimó. Todos somos avariciosos sin remedio”. Y yo quiero más casas.
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