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sábado, 11 de marzo de 2023
Pundonor Rubiales. Primera temporada.
Pundonor Rubiales es un rato de investigación y de radio, de informaciones que, pese a todo no nos sorprenden. El principio de Peter siempre se cumple en ciertas instituciones, y la federación de fútbol no es una novedad. Pero lo que más choca desde el principio es como canta el personal por el móvil: traviatianos todos. Sin reparos. Sin pensar ni un momento en las consecuencias. Yo he llegado un punto, desde mi absoluta falta de importancia e invisibilidad, que ni cojo las llamadas de teléfono si no conozco el número. Lo sorprendente de Pundonor Rubiales son las llamadas de ministros y secretarios de estado con cordialidad inusitada, los mensajitos al presidente del gobierno, los chismes con jugadores mediáticos y de los otros. Y lo inamovible, lo que no se puede ni debe tocar porque entonces no sabes las repercusiones, no entiendes de lo que no puedes prever. Un buen documento sonoro que retrata muy bien en que manos estamos en todos los sentidos.
viernes, 10 de marzo de 2023
Al final siempre ganan los monstruos
Al final siempre ganan los monstruos es una gran mentira, como todo en la vida. Al final del libro de Juarma se puede leer: “Si tengo una habilidad de la que puedo presumir en esta vida es la de saber mentir”. Por AFSGLM desfilan, de muchas formas y con muchas palabras, una serie de personajes. Personajes en el sentido de personajes, de tipos que no se sabe muy bien el motivo de que muchos estén llegando a la veintena o la treintena, pero es un éxito que estén llegando a la veintena o la treintena. Son personajes que me recuerdan al Sopas, al Pablo, al Gino, a mi primo Juan, a tipos sernísticos de la vida de mi pueblo pero que aquí son conocidos como Liendres o con nombres inconfundibles, porque la historia de AFSGLM es reconocible en latitudes diversas. Son individuos que farlopean a la vida, que han visto a sus padres pegar a sus madres, que han sentido los correazos de sus padres en sus espaldas, que han visto a sus padres morir de cirrosis o de cáncer, porque era lo que tocaba. Nombres como el Potas, camisetas de Guadulupe Plata, canciones de Romeo Santos, diazepames que te cambian las entrañas. E incluso, pueden llegar a la cuarentena “en ese nido de urracas” (hay vida más allá de Newcastle): “Me paso los días y las noches en los bares del pueblo, bebiendo con unos y con otros y metiéndome coca, que es lo que más me gusta hacer en este mundo”. Y siempre hay un lugar en el mundo, porque “mis camellos y la gente con la que alterno me aprecian. Y para mí eso vale mucho”. Demasiado. Y pizzerías con nombre de central de aquel Milan que primero fue de Sacchi y luego de don Fabio, y el bar del Cucaracha, y sueños e historiales médicos de traca. Al final siempre ganan los monstruos es un retrato hecho relato, con nombres intercambiables e historias que se solapan, pero es que la vida es eso: una partida de cartas en la que, aunque hagas trampas, siempre pierdes. Y si haces trampas, todo es mentira. Se lee al principio del libro: “Llevo unas semanas en la que no me caben más heridas en el cuerpo”. Los personajes (y dale con los personajes, Salva) de AFSGLM son carne de jarana, de pelea callejera, de bate de béisbol, de perro envenenado, de vinilos de Black Sabbath. Y ese bar del Entretenío, también reconocible, y el paisaje de marihuana y fragmentos de Rambo y del sueco que llegó de Malmo pero con sangre bosnia y que te puede dar un galletazo del que no te olvidas en la vida: “Todavía me duelen partes de mi cuerpo que ni sabía que existían”. Y el Priscos, y la peña que “dormía más que un gusano de seda”, y paisajes de hospitales y darte cuenta de que “a un lobo no puedes meterlo en una jaula”. En una puta jaula. Y frases como puñales, o como catanas con la que matar a una hermana: “La última vez que no lo vi drogado fue cuando hizo la comunión”. Y sabes que todo se va a ir a la mierda, aunque tengas un barniz falso de felicidad, una fachada más falsa que la de Xavi perdiendo contra un equipo alemán en Europa League en plena Semana Santa: “Qué extraños son esos instantes de felicidad antes de un desastre”. Pero la vida te pone en tu sitio, con o sin canción de Oasis de fondo: “Cuando entierras a tu mejor amigo piensas en esa última vez que lo viste y el mundo se te viene encima”. El hombre de la camisa verde decía que era casquería de la vida; Juarma, en AFSGLM escribe que “Nunca había sido tan consciente de lo hechos polvo que estamos todos. De lo reventados que están todos los que tengo alrededor. De cómo la cocaína nos había convertido en unos despojos”. Suena bien eso de despojos, y si le pones violines, mejor todavía. Al final siempre ganan los monstruos es una historia de personajes con dientes imperfectos, con dientes por reconstruir, con dientes hechos mistos por la ponzoña nuestra de todos los días. Y vayas o no con la camiseta de Isco del Madrid, “la muerte es una perra sarnosa”. AFSGLM reflexiona sobre la diferencia entre drogas con etiqueta de legal y de ilegal, de las que te llevan a la mentira y las que, legalmente, te hacen babear delante de la gente, arrastrar los pies con unas pantuflas llenas de pelusilla y con las suelas con más mierda que un árbitro comprado por más que un club. O clubes. O múltiples clubes. Decía EHDLCV que la reconversión industrial era como la droga: cierras una puerta oscura para meterte en un túnel sin salida. Y subraya Juarma el deterioro de una generación, genética hecha basura, con personajes que “tenían antecedentes penales del grosor de una guía telefónica”. Y no es raro encontrar a albañiles con estudios de Filosofía (de algo tenía que valer esa puta asignatura), aunque “los padres nunca van a ver los monstruos en que se han convertido sus hijos”. Y apostilla Juarma que ni dentro de un ataúd. Y personajes que piensan, o dicen, o subrayan, que me cuesta escoger el verbo, o la conjugación adecuada, que la cocaína “había sido la relación más larga que he tenido en mi vida”. Y por supuesto, “la única que he sido capaz de mantener”. Pero es lo que hay. Las frases que se leen AFSGLM no se escuchan en el Congreso ni en los telediarios, pero dan que pensar, dan para muchas mociones con o sin ancianos, para tesis de calado intelectual pero que casi nadie leerá: “Pregunta a quien tengas al lado dónde puedes conseguir coca. Y en menos de cinco minutos la tendrás en tus manos. Estés donde estés”. También AFSGLM nos deja momentos a lo Ian Curtis, y despedidas que no son despedidas porque las sombras no son más que eso. Es un libro de lectura para no olvidar el sitio en el que estamos, la falta de clase donde solo hay droga y no preguntas sobre una tilde o una mamarrachada con la que rellenar un telediario. “Al final siempre ganan los monstruos que escondemos dentro”. Y si la vida te farlopea, farlopa para todos: “Los monstruos siempre acaban escapando de tu corazón y haciéndolo todo pedazos”.
domingo, 5 de marzo de 2023
El Reino
Leer a Emmanuel Carrère por primera vez (y encima hacerlo con El Reino) es como poner una selección de canciones de Beck y que empiece la feria. La montaña rusa. Sobresalto, vómitos desde atrás, pelo erizado, piel de gallina e, incluso, pantalón mojado en la entrepierna. O entre lo que cada uno considere que tiene por ahí abajo. Escribe EC en la nueve de El Reino: “La experiencia me ha enseñado que es mejor no explayarse sobre lo que escribes hasta que has terminado de escribirlo”. Quizás. O no. Tal vez. Ayer, en misa de siete y media, un cura con guantes de látex blancos y mascarilla negra, al que se le caía parte de la indumentaria constantemente y que cerraba los ojos al hablar como si no hubiera mañana, intentaba explicar la transfiguración de Cristo en el monte Tabor. No sé las veces que repitió Tabor. Hablaba de silencio exterior, de silencio interior, de películas de la Hepburn, pero con esos guantes, esa mascarilla, con las gafas empañadas, con esa estampa uno no está para el monte Tabor, ni para la transfiguración del Señor ni para pepinillos en vinagre. O sí. Incluso yendo a comulgar me encontré de bruces con un buen samaritano que decidió quedarse dineros de la antigua CAM. Es lo bueno de esta religión: el perdón. Siempre hay un versículo, una parábola que utilizar en primera persona del singular. Habla desde un punto de superioridad Carrère, pero desde una superioridad que también tiene sus debilidades (“la espera de un hijo me espanta”). Y empieza con recuerdos del pasado, de esos que siempre nos vienen a la quijotera (“las misas de mi infancia sólo me habían dejado un recuerdo de coacción y aburrimiento”). ¿A alguien no? ¿Todos los críos que son obligados a ir a misa se comportan vargasllosamente? No. Ni falta que hace, lo único que tenemos que escuchar es a Beck con su Devils Harcuit. Sobre el evangelio de San Juan, suelta EC en la 48: “Me pregunto si no sería mejor cambiar de montura antes de salir de la cuadra”. Y añade: “No olvidarlo nunca: es el Evangelio el que me juzga, no al contrario”. “Todo es mentira, como siempre has sugerido”, nos repite la voz de Is de Triángulo de Amor Bizarro. En muchas de sus canciones no sale cara, y sale cruz, ya se sabe: “Eso se llama cruz. No existe alegría tras la que no se proyecte la sombra de la luz”. Al cristianismo, y ahí incluyo sus distintas versiones, cuesta seguirlo. Cuesta horrores. Escribe tito Emmanuel: “Quisiera pasar deprisa, como un seminarista agobiado por la carne pasa por delante de un anuncio de cine porno”. Claro que sí. Es que es así. Rotación y barbecho, como decía el hombre de la camisa verde hablando de la masturbación. Vuelvo a TDAB, esta vez con su Vigilantes del Espejo: “Déjalo todo y ven conmigo. Esclavo del siglo veintiuno, deja ya de llorar. ¿Por qué dejas que te estafen?”. Y el arrepentimiento siempre presente. Sigue Carrèrre con su retahíla de improperios al mundo contemporáneo desde una visión del pasado: “Todos los místicos coinciden en señalar que lo que se nos pide es lo que menos deseamos dar”. Y pone ejemplos reconocibles: Abraham e Isaac. Pero también habla de psicoanálisis y de San Pablo camino de Damasco y de Philip K. Dick, y cita a Michel Simon: “A fuerza de escribir cosas horribles, acaban sucediendo”. En momentos de lucidez (aunque ya quedan pocos), cuando estoy en 1º de ESO y empiezo a hablar de Roma, digo a la escolanía de los gritos ultrapop que no se sorprendan con nada de lo que les voy contar, que todo es superable. Con San Pablo, también pasa eso, entre iluminaciones que van más allá de lo creíble y de lo increíble. Sale también por ahí Dies Irae, y reflexiones sobre la Eucaristía (al final del libro se pregunta si no hubiese sido mejor el lavatorio como recordatorio) y sobre el pecado (“desde hace poco sé que para el pecado hay un remedio tan eficaz como la aspirina para el dolor de cabeza”). Sobre las apariciones virginales (poniendo el ejemplo de Medjugorje), escribe: “Quiere leer bien el evangelio, no incurrir en este tipo de beatería”. Y del evangelio de Juan al de Lucas, y opiniones que dan que pensar: “Si no ilumina, la figura de Jesús ciega”. Universos conocidos. O no tanto. Creemos que todo Cristo ha leído y ha reflexionado sobre los evangelios, pero no es así. No todos diferencian a gentiles (todos los no judíos) y prosélitos (gentiles atraídos por el judaísmo). No todos se hacen preguntas continuamente. No todos se hacen la pregunta definitiva, antes y después de Getsemaní: “¿Se puede pensar?”. Y los encuentros entre Lucas y Pablo en el puerto de Troas, y Lucas retirándose del relato y volviendo siete años después, y recordando que “es rezando como se aprende a rezar, no os perdáis en grandes frases”. Y las traducciones, y Pablo en Atenas, luego a Corinto (y la explicación de llamar a la sífilis “la enfermedad corintia”) y frases para dejar de llorar: “La verdad, decía Pablo de los judíos y también de los griegos, es que todo está permitido. Todo está permitido, pero, añadía, no todo es oportuno”. Y hay un juego que utiliza mucho EC sobre la relación entre estos personajes bíblicos que es meterlos en la ecuación de la revolución rusa: “Tras el episodio de Antioquía, Pablo se había convertido en el equivalente de Trotsky para Stalin”. Y sigue: “Se organizó una compaña contra él, enviaron emisarios de todas partes para denunciar su desviacionismo”. Y más líneas de máscara negra sin Conde-Duque de Olivares: “Si Jesús tarda en volver, nos explica, es porque antes tiene que venir el Anticristo”. Pero el espejo es lo peor: “Pablo no sólo temía la acción de enemigos, impostores y falsarios. Hay que dar otra vuelta de tuerca: se temía a sí mismo”. Es más. Añade Carrère que “Pablo de Tarso no era Philp K. Dick ni Stalin, aunque tenía un poco de estos dos hombres singulares”. Y citas a Edgar Allan Poe y la historia de Eutico que ha citado don Ángel más de una vez en la parroquia de San Pablo y citas homéricas: “Un sufrimiento auténtico vale más que una felicidad ilusoria”. Y La guerra de los judíos de Flavio Josefo, porque El Reino también es un libro sobre la historia de Roma y de algunos de sus emperadores y sus fobias y su locura, porque ser emperador era creerte tito Jack en el manicomio del cuco. Escribe Carrère: “Leyendo a un historiador, sea cual sea su escuela, se ve cómo confecciona su guiso, más allá del sabor que les procura su salsa se identifican los ingredientes que se ha esforzado en utilizar, y es esto lo que me induce a pensar que ya no necesito un libro de recetas, que puedo lanzarme yo solo”. Y los zelotes, y el encuentro de Emaús citado solo por Lucas y que “nadie sabe lo que sucedió el día de Pascua, pero una cosa es segura: sucedió algo”. Bueno, y tenemos el Merry Christmas de los Ramones. Y entonces, se nos pone el autor otra vez en plan demasiado sincero: “No, no creo que Jesús haya resucitado. No creo que un hombre haya vuelto de entre los muertos. Pero que alguien lo crea, y haberlo creído yo mismo, me intriga, me fascina, me perturba, me trastorna: no sé qué verbo es el más adecuado. Escribo este libro para no imaginarme mucho más, sin creerlo ya, que los que lo creen, y que yo mismo cuando lo creía. Escribo este libro para no abundar en este punto de vista”. Y Marcos y la sábana en Getsemaní, y otra vez Eutico y Bernabé (“que formará equipo con Pablo en Antioquía”), y Juana (la mujer de Chuza, el intendente de Herodes) y esas pajas mentales sobre lo que puede ser y lo que no suele suceder: “Aunque haya dicho que aquí hay una novela, el tema no me inspira. Y si no me inspira quizá se debe a que es una novela”. Y esas mentiras que vemos televisadas y que chirrían, y a las que se le ven las costuras como bien indica EC: “Es el problema de la novela histórica, y con mayor razón de las grandes producciones cinematográficas de temática histórica: enseguida tengo la impresión de estar en un Astérix”. Y Roger Van der Weyden y su cuadro de San Lucas y Rembrandt y el lavatorio y las vírgenes de Caravaggio (EC la tilda de sexy) y pajas féminas bien descritas. Y más preguntas: “Ella existió realmente, sin embargo. La Santa Virgen no lo sé, sinceramente no lo creo, pero la madre de Jesús sí”. Y sigue con la revolución rusa: “Todo va bien cuando de se trata de controlar las disputas de Pablo y de Santiago como de Trotsky y Stalin”. Y los cambios que tiene, pasando de escritor a escritor y de creyente a agnóstico: “Es como las personas que se declaran apolíticas: lo cual quiere decir que son de derechas”. Y Cafarnaúm y esta serie en la que no todos los capítulos son del mismo guionista, porque “especular sobre la fuentes de los evangelios no es un deporte moderno”. Y especificaciones obre la palabra publicano: “Les recuerdo que publicano quiere decir recaudador, colaboracionista, quiere decir pobre diablo y hasta cabronazo”. Y Lucas y relato en agosto del año 60, y el asesinato de Claudio y Nerón, y Británico y Agripina y esa ciudad millonaria en gente que era Roma. Y en otras cosas, también, peligrosa a toda antorcha: “Y las calles al caer la noche se volvían peligrosas: antes de salir a cenar, dice también Juvenal, más valía haber hecho testamento”. Y la llegada en el año 62 de San Pedro a Roma, y Juan y Marco, aunque “ninguno de ellos debió de rebajarse a visitar a Pablo”, y el fallecimiento lapidado de Santiago. Y puestos a protestar, Lutero: “Martín Lutero, que consideraba las cartas de Pablo y en particular las cartas de los romanos el corazón y la médula de la fe, pensaba que la de Santiago era una epístola de paja, indigna de figurar en el Nuevo Testamento”. Y repite, EC, la importancia de La Anchura, de La Altura, de La Longitud y de La Profundidad, aunque “lo esencial, repetía incansable Pablo, es creer en la resurrección de Cristo: el resto se da por añadidura”. Y el proyecto de Pier Paolo Pasolini sobre Pablo que quiso hacer, ambientándolo en el siglo XX y en el que aparecerían nazis (romanos), resistentes (cristianos) y Pablo (Jean Moulin). Y la visión de Lucas como oportunista, porque “como es amigo de todo el mundo, Lucas es el enemigo del Hijo del Hombre”. Y el final de Séneca, y el casi final de Paulina, y Suetonio y Tácito como fuentes, y el incendio del 64 culpando a los cristianos: “¿Nerón incendió Roma porque estaba obsesionado por el incendio de Troya? ¿Para reconstruirla más a su gusto?”. Y hasta Putin sale en el relato. Y “vidas minúsculas contra teología mayúscula”. Y la incógnita llamada Juan: “Juan es el personaje más misterioso de la generación cristiana. El más escurridizo, el más múltiple”. Añade EC: “Jesús apodaba a Santiago ya Juan Boanerges, los hijos del trueno, a causa de su carácter impetuoso”. Y esa posibilidad del viaje a Éfeso de la Virgen y de San Juan, y Marcos como secretario de Pedro y la afirmación, totalmente real, de que “si uno es cristiano, se pasa la vida renegando de Cristo”. Y la guerra en Judea del año 66, y la corrupción del gobernador, y la equivalencia que suelta EC sobre Chechenia y Rusia. Y el ascenso de Vespasiano (“el Mulero”), y Vespasiano, y los acontecimientos del 68 en Roma, y las siete iglesias de Asia, y la paranoia del Apocalipsis: “Por eso el título del libro no es Revelación sobre Jesucristo (apocalipsis quiere decir revelación), sino revelación de Jesucristo”. Y ese apocalipsis, o Apocalipsis, “se ha convertido en el campo de juego favorito de todos los esotéricos excitados, Philip Dick en el mejor de los casos, Dan Brown en el peor”. Y el saqueo de Jerusalén del 70, y Tito, hijo de Vespasiano, encargado de la victoria en Oriente para “que pusiera de manifiesto que no se desafiaba a Roma impunemente. A los terroristas, como dijo Vladimir Putin en el contexto bastante próximo de Chechenia, había que cargárselos hasta en los retretes. Y eso hicieron”. Y en esta historia de Roma que es el Reino, más frases: “Se pueden decir las cosas de otra manera, como hace el jefe bretón Calgaco, del que Tácito nos conservó estas fuertes palabras: Cuando lo han destruido todo, los romanos llaman a eso paz”. Y la ucronía (hoy la hemos convertido en distopía) y Constantino en el siglo IV y la palabra secta (y su diferencia de uso en el ámbito anglosajón): “La secta se transformó en una iglesia. En la iglesia”. Y más parábolas, como la del hijo pródigo, ya que “cada uno tiene en el Evangelio una frase que le está especialmente destinada”: “Con la conversión de Constantino comienza la larga historia de la cristiandad en Occidente, o sea, una vida adulta y una carrera profesional compuestas de pesadas responsabilidades, de grandes éxitos, de poderes inmensos, de compromisos y faltas que avergüenzan. Las Luces y la modernidad anuncian la hora del retiro. La Iglesia ya no se encuentra a gusto, es del todo evidente que su tiempo ha pasado y es difícil decir que su ancianidad, de la que somos testigos bastante indiferentes, tiende más bien a la chochez desabrida o a la diáfana lucidez que uno se desea, yo al menos, cuando piensa en su propia vejez”. Y para acabar, escribe Carrère: “Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en que creí, o si, a su manera, les ha sido fiel. No lo sé”. Pues eso. Que la duda triunfe, pero triunfe con un buen libro como El Reino.
sábado, 4 de marzo de 2023
Fauda. Cuarta temporada.
Empieza Fauda con un ritmo trepidante en esta cuarta temporada, con otra emboscada dentro de la emboscada que es aquella tierra elegida por los dioses, aquel pueblo elegido por los dioses, pero que ha instalado a los demonios en la tierra y vive inmerso en el peor de los infiernos. Y en Bruselas todo es posible, casi como en un campo de refugiados de Yenín, casi como en el Líbano. Hermanos en la guerra, pasado obtuso que se tuerce con un poco de arena en la cara o con una boda en la que reencontrarse. Agentes dobles en el interior de Hezbolá. Viva Bélgica. Y los jeques. Y los mentirosos. Y los ultras: “Tuve que elegir entre tenerte como amigo vivo o compañero muerto”. Viva la capacidad de elegir, los falsos agentes dobles, las palizas en nombre de una guerra santa. Vivir fuera de tu ambiente, de tu hábitat natural, fuera de tu colmena con el aguijón encendido. Y hasta los fieles se convierten en los peores asesinos. Y el cambio de cromos, y el miedo a lo que puede ocurrir, y los fantasmas del pasado hechos DVD. O imágenes que olvidar. Nombres y direcciones, miedo dentro del miedo, escaques que ocupar con piezas destinadas a la muerte. Hombres convertidos en ratas y miedicas, en niñas pequeñas escondidas. “Si vas a hacer algo malo, hazlo bien”. Y pasaportes españoles para escapar. Venganzas de sangre. Dudas familiares. Barrigas en duda. Dudas al poder. Y los altos del Golán. Pese que hay mucho morralla hasta el capítulo seis (casi como si de un caldero se tratara), luego se acelera el asunto y la tensión hace a esta cuarta temporada digna heredera de las anteriores. Y la figura de Ron Arad en el horizonte. Y la utilización de los cadáveres, banderas en busca de viento, giros que acaban llevándote al boca del infierno convertida en pocilga. ¿Solución? ¿Posición ganada en ese ajedrez en el que es imposible ganar? Esos últimos capítulos dan mucho que pensar, sobre la decepción y la duda, sobre la posibilidad de la derrota infinita, de un giro a un mañana aún más cabrón pese a que el hoy ya es un verdadero hijo de puta. Y sí, "hasta a las mejores maletas le fallan las ruedas".
domingo, 26 de febrero de 2023
Casas Viejas, 90 años después
Empieza Casas Viejas, 90 años después, y te das cuenta, escuchando el relato (o el relato dentro del relato), de que no es que ocurriera el asunto de Casas Viejas. No. Tampoco que pasara lo de Castilblanco o Arnedo. Menos. Te das cuenta de que lo raro era llegar, no los problemas al llegar. Siempre tenemos un doble rasero a la hora de medir la segunda república en España. Demasiado tarde, demasiado pronto. Algunos le ponen la etiqueta de demasiado para todo. Demasiado, y sobra. En la reconstrucción de aquellos dramas que hacen en Onda Cero, no dejan nada fuera de la órbita, desde el primer capítulo con los antecedentes, desde el tiempo y los daños colaterales o la creación de entes que no se digerían bien. No había Almax forte para todos. Hubiéramos necesitado continentes de sal de fruta para que aquello acabara bien porque nadie decía lo bueno que estaba el primer bocado. Ni el postre. Pero desde el primer capítulo al cuarto, el sonido recurrente, las palabras que se repiten son el de antecedente de la Guerra Civil, el prólogo a una locura que era cuestión de tiempo, que iba a ocurrir de cualquier manera porque era lo que tocaba, era lo que pedían las entrañas. No hubo poción mágica para salir de aquel atolladero. Al final del relato, o de ese relato dentro del relato del que hablaba en la primera línea, está la derrota: en la guerra y en el 36, apenas hubo muertos en Casas Viejas porque ya los hubo antes. Hubo un capítulo final, un epílogo a algo que ya había ocurrido en una espacio pequeño. Escenas de una película que ese filtraron años de que fuera incluso rodada. Eso fue Casas Viejas. Lo de Azaña y Casares Quiroga le pudo pasar a Lerroux o a cualquier otro; lo de la Guardia Civil o la Guardia de Asalto era normal en aquel contexto; la injusticia, cotidiana; rebelarse contra aquella república de palos y cañas entre chozas de techo de castañuela, lo inevitable; la paranoia de Rojas tras su paso por África, otro episodio dentro de un quijotesco libro de locura militar en la España del XX; el papel de la prensa, fundamental. Pero, ante todo, desilusión. Una constante desilusión en la que es imposible perdonar porque aquello fue un dramón, fue la unión de jaurías en busca de sangre, y la sangre, como escuchamos más de una vez, se la beben los perros una vez fusilados y quemados sus dueños. Solo les quedo quemar el cielo, pero no había alcohol, en ese momento, para tanto. Gran documento sonoro. Y ya he abierto los ojos, pero sigo viendo la sangre y olor a carne humana quemada.
Coda: Ríase usted de los cineastas españoles que no han tenido los cojones de ilustrar con imágenes este suceso con los medios actuales (solo me acuerdo de López del Río hace mucho tiempo, en plan amateur), pero creo que para eso habrá que resucitar a Sam Peckinpah.
miércoles, 22 de febrero de 2023
La chica invisible. Primera temporada.
Patios con cal y macetas, rosales y geranios, escaleras viejas y muebles añejos (que no solo van a ser añejos los vinagres), niñas con pelo audritotuzidados (que decía el hombre de la camisa verde), y adelgazamiento de la base humana de un instituto de un pueblo sevillano en el que hace mucho calor y el personal pide botellines una vez y quintos, otra vez, indistintamente. Pese a su insultante lentitud, pese a sus imágenes desenfocadas, pese a la ausencia puntual de música, La chica invisible es una buena serie, atrayente y fácil de asumir en sus principios fundamentales (tampoco sé si esas eran sus pretensiones, o eran pretensiones mayores, o son difícilmente evaluables). Pero, en resumen, La chica invisible traza una serie de premisas reconocibles y atrayentes, con un paisaje que conocemos todos (o por lo menos, todos los que lo conocemos): feria de pueblo, asesinatos, investigación guardiacivilista, personal que se conoce desde chico, atmósfera de sudor y manzanilla, estancia perpetua en el bar, abusos y trapicheos varios, individuos, individuas e individues que en su proceso de crecimiento adolescente comparte imágenes en redes sociales y salivas y fluidos varios. En definitiva, el mapa existencial de personas en las que desconfiar, con dolores interiores y traumas que se sobrellevan entre ayudas legales e ilegales, entre casas ajenas y colchón en el suelo. Y los puntos suspensivos ahí siguen, esperando más partes en su huida hacia adelante (como si tuviéramos otra huida que no fuera esa). Un buen producto.
martes, 14 de febrero de 2023
14 de abril (de Paco Cerdá)
Llegué a 14 de abril de Paco Cerdà sin pretenderlo. Apareció entre otros salvajes libros y fue a la mochila y en una jornada hice la lectura. Sin saber nada del autor, ni referencias. Disfruté el libro, y disfruté la forma de cerrar los párrafos. Los que nos fijamos mucho en obituarios tenemos algo ya a favor con 14 de abril. Y es extraordinario el esfuerzo informativo, de archivo y búsqueda de datos de los que no salen sus nombres casi nunca (o cuando salen, no les prestamos atención, o no queremos prestarles atención). Aquella jornada de 1931 que iba a cambiar tantas cosas luego no cambio tantas, o las cambió de forma inacabada, o fue un cambio de cromos pero no un cambio de régimen como debía ser. Y no lo fue. Aquella república burguesa tenía mucho de burguesa y poco de república, con los mismos políticos de casi siempre, con una herencia y unas puertas giratorias que chirriaban mucho y necesitaban un engrasamiento. “El poder es ambición”, escribe Cerdà. También que “un entresuelo burgués no es lugar para un castor”, hablando de Lerroux, de ese Lerroux metido en una caverna esperando la gran luz. Describe PC instantes epifánicos, de esos que se recuerdan y que no se repiten, porque son únicos. 14 de abril vive de retratos quemados y bustos que vuelan, de una euforia colectiva sin contención, de una ilusión que no solo se acabó en Casas Viejas. No. Hubo más cosas. Más asuntos. Y, entre aquella fauna, describe a Juan de la Cierva: “A Palacio, según qué días, según que hombres, se llega de etiqueta. El ministro Juan de la Cierva es uno de esos hombres en uno de esos días”. Un JDLC que va al encuentro de Alfonso XIII, a ese tipo que no era un cualquiera: “Tres décadas de reinado efectivo. Con veinte presidentes del Consejo. Con ciento dos gobiernos distintos. Con dictaduras y dictablandas. Con desastres marroquíes y una semana trágica en las calles catalanas”. Y ese día no estaba la magdalena para pespuntes. Toca huir. Gran verbo ese de huir. Y reflexiona el autor sobre la fuerza: “El poder es la capacidad de infundir miedo. De atemorizar y controlar para evitar la anarquía. De amedrentar y castigar para impedir la insurrección”. Apostilla Cerdà: “El poder son las armas. La potestad de utilizar la violencia en régimen de monopolio y a discreción. El resto son circunloquios o constituciones: rodeos elusivos de una incómoda verdad”. Y el apoyo de la Guardia Civil como fundamental para el cambio que no lo fue tanto. O quizás si lo fue y nos negamos a verlo: “Para algunos, sería el golpe de gracia al rey y a la monarquía. Pues sin armas ni miedo, que le queda a una corona desprestigiada”. Y añade Cerdà: “Las aramas y el miedo –el poder- abandonan al rey”. Y entre ratas, PC nos lleva a un cuadro que no es tal, porque no hay santos óleos que ungir, o si los tenemos pero no los utilizamos porque nos cansamos de rezar demasiado pronto. Y Romanones, y Niceto Alcalá-Zamora, y ese escenario velazqueño: “En Breda se capitula y se entregan las llaves para salvar el cuello. Y esto es Breda. Un bando va a presentar su rendición; el otro respetará su retirada, nada más. Pero esta vez, trescientos años después, en esta nueva Breda sin pintor de cámara regia, la Corona española pierde”. Y más frases que suelta el autor: “La revolución exige poetas que aviven el fuego”. Banderas que cambian de tonalidad en nombre del amor, y de la patria, y de la fe, y “todo cosido por el hilo incandescente de la épica”. Y en Madrid y en Barcelona, sucede la Historia, pero también en Éibar y en Cádiz, y todos los rincones de España en los que hay que cicatrizar suturas: “El exilio, la cárcel, las renuncias. Las derrotas, los desengaños. Tanta suela gastada, tantas penalidades para llegar aquí. A este instante sudoroso en el que se asoma al balcón”. Y si se mueve la bandera, es porque hay algo que sopla: “Pero el viento parece haber cambiado. Crepúsculo de los reyes, está despuntando el alba”. Y en esa Historia de olvidados, PC nos recuerda a los mártires de Jaca, a Galán y García Hernández, fracaso honroso pero con cementerio final. Y Ramón Acín, y la bata de Julián Besteiro, y el recuerdo de Carrillo. También 14 de abril habla de escribientes, de escritores de discursos de reyes en su despedida (Gabriel Maura), de la retórica sin vuelta atrás. Y la figura del infante don Juan, y las maletas por hacer. Y nuevas direcciones, que ahora “el poder sigue al pueblo, y no al revés”. Pero no era todo tan fácil. Nada fácil. Y el recuerdo por los nombres y las fechas del ayer que se levantaron contra la tiranía: Porlier, Daoíz y Velarde, Lacy, Riego, Hoyos y Lluch, Martín, Miyas, Torrijos y Manzanaeres, Sujuto, Abad, Aso, Rumi y todos los demás. Y las meses de derrota, con nombres y apellidos de ministros, del último consejo de ministros con el rey: “Alfonso XIII levanta la vista. Allí está la sombra alargada de su ancestro en esta hora aciaga, a las cinco de la tarde”. Y un dos en la quiniela, que se estaba perdiendo en casa: “La derrota apesta, la derrota hierde, avisa de lejos a cualquier pituitaria entrenada en los juegos del poder”. Exilio. Unamuno. La palabras de rigor: “Hoy ha comenzado una nueva era y terminó una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido. Vosotros, a los que se ha llamado chusma encallada, habéis dado un hermoso ejemplo de ciudadanía manteniendo el orden contra los del orden, que no eran más que el desorden organizado”: Y visitas italianas del calcio, que sin fútbol no somos nada. Ni nadie. Ni nunca. Y Franco y Millan-Astray, y las variaciones de los himnos que se hicieron populares, y el vacío carcelario y Margarita Xirgu y todo lo demás de lo que los yanquis se quisieron enterar: “En España se desmorona una dinastía de dos siglos y medio. En Washington preocupa la rueda de prensa de un miércoles de abril. Relinchos y cascos. Lacayos y palafraneros. Y el miedo real a la repetición de Ekaterimburgo, y los muertos de Navamorcuende y Zamora y Melilla y todos los lugares. Los daños colaterales. Y los golpes de resignación, porque no queda otra: “El poder está cambiando de manos. Todo va deprisa, muy deprisa. Maura empieza a llamar a los gobernadores civiles, uno a uno, para que entreguen el poder a los presidentes de las audiencias provinciales o a los líderes republicanos de cada territorio. Allí mismo, el comité designa a Niceto Alcalá-Zamora como presidente del Gobierno y Jefe del Estado; el comité revolucionario se convierte automáticamente en Gobierno Provisional de la República. Sin traspaso de poderes. Sin formalismos. Un golpe en la mesa y ya está”. Pum, pum: “Los golpes fuertes (…) La proclamación ha culminado. Quien no haya cenado, ya puede cenar”. Y otra vez Nicolás II y su recuerdo, y Alejandra, y los niños de nombres inolvidables: Olga, Tatiana, María, Anastasia Y Alekséi. Y las palabras del padre Coloma que recuerda el autor: “Ser rey es una misión peligrosísima. Un rey tiene que estar siempre dispuesto a morir, y para esto se necesita un valor muy grande. Jamás se disculpa a un rey la cobardía”. Y el recuerdo de los atentados fallidos de 1905, de 1906 y de 1913. Pum, pum. Y la carretera del Palmar, ahora avenida del Palmar (viva El Lugar de Don Juan, y, antes, Aljucer) esperando. Madrid camino de Cartagena por carretera, y llegar al puente de los peligros, y pasar el barrio, y cruzar por la puerta de casa de mi abuelo Juan, que era azañista. Alfonso XIII por Aljucer, un visto y no visto (esto es cosa mía, pero me la estoy imaginando y me gusta). Y el puñado de comunistas mal vistos: “Los camaradas no comparten lo que ven. Perciben un soplo de conservadurismo muy alejado del vendaval revolucionario que anhelan. No es esto, no es esto. Continuismo tras un velo de ilusión. Viejos políticos monárquicos revestidos con ropajes republicanos nuevos. Los amos de siempre mandando en el corral. La enésima mutación del capitalismo. Sucias impurezas". Le falta música de Joy Division, o de The Duruti Column: “Que no quede rastro. Ni gloria ni recuerdo: el olvido. A eso quiere el pueblo condenar a Alfonso XIII y a la monarquía en estas primeras horas republicanas. El rey se ha marchado de Palacio. Pero con eso no basta. La Corona debe pagar. Hay sed de venganza”. Y añade el autor: “No solo es iconoclastia, violencia simbólica y destrucción. Ha llegado la hora de resignificar. De construir nuevos mitos”. Y el catalán de Guillermo Reinlein, y nombre de los primeros ministros y la nueva legalidad: “Detrás de la retórica, del nuevo escudo y del marco orlado late un mensaje implícito. Hay un nuevo Gobierno en España con plenos poderes, que se declara investido directamente por el pueblo, y que está dispuesto a suspender los derechos necesarios sin intervención judicial con tal de proteger a la República de sus enemigos, ya sean monárquicos, comunistas o anarquistas. Es el orden. Lo que todo poder codicia”. Y Josep Pla en los Madriles, y “nadie al otro lado da señales de vida. Nadie intenta evitar el hundimiento de la monarquía, el derrumbe de quince siglos de monarquía roída por la base y apolillada por la altura. No es una lucha de clases: uno de los dos bandos no ha comparecido en la batalla”. Y listas de reyes, de Don Pelayo a Juan V de Portugal, Requiario y Teodorico de Galicia. Y más pum pum, que diría don Andrés Serrano del Toro: “Pienso en los libros que he leído sobre España, apuntas. En general, todos estos libros dicen lo mismo. España es una cosa inmóvil. La monarquía es una situación eterna. La duración de esa monarquía está garantizada, primero, por el Ejército y la Marina, que es una clase intocable. Después, por el latifundismo del Sur, de Andalucía y Extremadura. Después, por la Iglesia católica, apostólica y romana, por la que los españoles sienten una adoración viva, activa, pintoresca e indispensable. Después, porque la industrialización es incipiente, porque el orden público es fácil y porque la clase media es rabiosamente monárquica, y una mayoría del pueblo, también. Ahora bien: hoy, día 14 de abril, todas las impresionantes columnas del templo inmóvil se han derrumbado. Me vienen tales ganas de reír que, si no estuviera tan cansado, estas ganas serían aún más abundantes. Y por eso te conformas con la sonrisa, dejas la pluma y te hundes en la cama a dormir”. Pum pum, que diríamos ya todos. Y de Cartagena a Marsella, y la familia en casa, que mañana toca tren, y Ena, “la madre extranjera de una familia desgraciada. Desgraciada a su manera, pero desgraciada”. Añade Paco Cerdà: “No una reina, un príncipe y cuatro infantes. Las máscaras han caído, arrumbados han quedado los coturnos, ya para qué interpretar papeles. La auténtica tragedia se explica sola, sin shakespeares que la adornen. Y en esta tragedia hay una madre, cinco hijos y un destino: el ostracismo”. Y Cartagena y frases sobre monarcas que antes o después caen: “Los reyes no son más que polvo. Un solo día bastará para destronarlos y arrebatarles su poder”. Una buena opción para una lectura de domingo para coger el AVE Madrid-Murcia (aunque Alfonso XIII tardó menos que yo en hacer el trayecto en coche).
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